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La cultura que nos dejó el Muro

La cultura que nos dejó el Muro

Pocas ciudades pueden presumir de tener la oferta cultural de Berlín: no solo es un imán para miles de artistas, sino para los aficionados al arte. Buena parte de la riqueza cultural de la ciudad es difícil de entender sin el Muro.

“Berlín ya no es lo que era” es una frase recurrente entre quienes vivimos en la ciudad. Se la escucharás a quien ha nacido aquí, a quien lleva dos años y a quien lleva una década. Pero aunque la ciudad se está gentrificando a marchas forzadas —los alquileres están subiendo más rápidamente que en cualquier otra ciudad alemana, los sueldos no— y desde todos los frentes se está haciendo un esfuerzo porque se convierta en una capital a la altura de Londres o París, lo cierto es que la capital alemana, afortunadamente, aún conserva ese espíritu de “vive y deja vivir” y una vida cultural única.

Cuando se habla de Berlín, casi todos piensan en clubes como Berghain (al que muchos llaman el Templo) o Tresor. La adopción del techno de Detroit en la capital alemana y su conversión en un reclamo turístico para el resto del planeta, Love Parade mediante, está más que documentada en libros como Der Klang Der Familie de Felix Denk y Sven von Thülen o en Lost and Sound: Berlin, Techno und der easyJet set de Tobias Rapp, pero rara vez se menciona la gran cantidad de teatros, cines de barrio, conciertos y exposiciones que se pueden disfrutar cada semana.

Berlin Wall, Niederkirchnerstraße, Berlin 1988. Foto: Roland Arhelger
Berlin Wall, Niederkirchnerstraße, Berlin 1988. Foto: Roland Arhelger

En Berlín las películas aguantan meses en cartelera, los cines de verano se llenan hasta entre semana, puedes ver una nueva exposición cada día y aún es posible descubrir espacios en los que lo mismo puedes jugar al billar que ver una película, un concierto o una obra de teatro, como sucede por ejemplo en el Kulturfabrik de Moabit, un edificio ocupado tras la caída del Muro y que se ha convertido en uno de los ejes de la vida social de uno de los pocos barrios por el que aún no ha pasado el rodillo gentrificador: “A principios de los años 90, todo el mundo se fijaba en el este y se iba allí”, explica Stefan ‘Django’ Fürstenau, uno de los presidentes de Kulturfabrik, “y el oeste no estaba en el foco de la policía ni del gobierno, así que era fácil hacer cosas aquí. También era posible tener apoyo [vecinal], así que decidimos okupar el edificio”. 

Lo que empezó como un pequeño café en el que organizaban exposiciones se fue expandiendo planta por planta, y gracias a la connivencia de los vecinos llegaron a hacerse con el edificio completo: ahora ya no se limitan a montar exposiciones, sino que tienen un cine de verano en el que se paga la voluntad y hasta organizan talleres para niños. 

La caída del Muro provocó un momento único e histórico en el que todo era posible, hasta reinventar la ciudad: “Cuando el muro cayó había mucho optimismo, mucha gente del oeste fue al este porque había muchos sótanos vacíos, casas vacías, pisos vacíos, fábricas… Podías hacer cualquier cosa. Es la misma época en que se fundó Tacheles y fue un momento único para hacer de todo. Mucha gente se iba al este porque no necesitabas dinero para hacer algo allí y era antes de que hubiera internet y toda la información sobre los nuevos clubes se lograba a través de flyers y tenías que acercarte para ver de qué iba, era muy divertido”.

Berlin 1989. Foto: Raphaël Thiémard
Berlin 1989. Foto: Raphaël Thiémard

Encontrarse con tanto espacio vacío inoculó en los berlineses la idea de que todo podía ser reconvertido: hasta no hace tanto, una antigua piscina municipal era una de las pistas de baile de referencia en la ciudad, un antiguo crematorio alberga ahora galerías de arte, oficinas y una sala de conciertos en Wedding y muchos cementerios tienen cafeterías al aire libre y hasta columpios para niños. 

La función de los espacios no es sagrada, y la inclusión de un edificio en la lista de lugares históricos de la ciudad los protege de la especulación inmobiliaria: la prisión de la Stasi se ha convertido en un museo del que los propios presos son los guías, una iglesia medio destruida por las bombas junto a Alexanderplatz acoge ahora conciertos, la antigua estación de espionaje de la NSA en Grünewald hace ahora las veces de mirador, galería de grafiti y terraza en la que tomarse una cerveza (aunque los aficionados al urbex hayan perdido un lugar de peregrinaje) y uno de los parque más importantes de Berlín es el antiguo aeropuerto de Tempelhof, por cuyas pistas “despegan” ahora ciclistas y skaters con cometas.

La ópera como arma política

Berlín no vive únicamente de techno, grafitis y espacios okupados: la división de la ciudad convirtió la ópera en un instrumento político. Aunque la Deutsche Oper se inauguró en 1961 (el mismo año que se levantó el Muro), su construcción estaba prevista con anterioridad. Jörg Königsdorf, director dramático del teatro, explica que “desde el principio estaba claro que esto era una demostración de poder y de que Alemania Occidental no iba a abandonar Berlín occidental, especialmente porque la historia de Berlín siempre había tenido reyes, gobiernos… y todo eso había desaparecido, así que los ciudadanos necesitaban algo que los representara, un lugar al que ir y poder demostrar quiénes eran y que la sociedad aún funcionaba, y esa era una de las misiones de la Deutsche Oper. Tenía invitados muy importantes, aquí podían venir los reyes o presidentes de gobierno”. Al ser un arma política, “se invirtió mucho dinero y se trajo a los mejores cantantes: Domingo, Pavarotti… cantaban cada noche, y los mejores tenores del mundo no venían aquí por motivos políticos, sino porque se les pagaba bien”.

Al caer el Muro, se encontraron con una ciudad que tenía no una, sino tres óperas: la Komische, la Staatsoper y la Deutsche. Durante unos años se temió por su supervivencia, pero con el tiempo cada una ha logrado encontrar su hueco y la Deutsche sigue siendo la favorita de los berlineses del oeste, cuyos gustos y bagaje cultural aún provocan anécdotas que nos hablan de una división de la ciudad más sutil pero aún perceptible: este año se representa por primera vez una obra con montaje del enfant terrible de los escenarios de la antigua RDA, Frank Castorf cuya interpretación de La fuerza del destino de Verdi provocó abucheos, gritos y hasta portazos durante la representación: “Yo pensaba que después de 30 años esto ya no tenía relevancia”, comenta Königsdorf, “pero la reacción del público es como una herida, que está curada, pero que aún mantiene una cicatriz, y la gente enseguida piensa en cuánto dolió hace 30 años”. 

Königsdorf también señala el Muro como un elemento clave para entender la idiosincrasia de la ciudad: a la riqueza cultural de Berlín este (“todos los escritores importantes y los directores de escena que pudieron desarrollar su estilo en los años 80 en la RDA se convirtieron en una gran influencia más tarde para Alemania”) se unía que “en Berlín Oeste, por el mero hecho de venir aquí cuando eras un hombre joven, no tenías que hacer el servicio militar, así que era algo muy atractivo para gente joven y creativa”. 

La caída del Muro permitió que ambas culturas entrasen en contacto en una ciudad de la que huyeron los ricos para “construirse casas en el campo, así que en los años 90 la ciudad estaba algo vacía y había más espacio para la gente creativa”. El resto, es historia.

Publicado en El Salto (noviembre 2019)

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