‘T2 Trainspotting’ – Elige madurar

Trainspotting logró sin proponérselo lo que muchas otras cintas (Reality Bites, te estoy mirando a ti) intentaron sin éxito: convertirse en una película generacional. El miedo a una secuela era razonable, por más que repitiera el mismo equipo creativo basándose en la secuela escrita por el autor de la novela original, Irvine Welsh.

No sé cuántas veces he tenido en mis manos Porno (2002) de Irvine Welsh y me he ido sin comprarlo de la librería. Enfrentarse a una segunda parte de Trainspotting (1996) no sólo corre el riesgo de convertirse en un innecesario ejercicio de nostalgia (y van ya unos cuantos) sino además de provocar que el espectador se mire al espejo y haga balance. Tal vez consciente de ello, Danny Boyle ha optado para esta secuela por el humor en vez de por el manido “cualquier tiempo pasado fue mejor”: nada más abrirse la cinta vemos a un irreconocible Ewan McGregor dándose una hostia en el gimnasio y a partir de ahí Boyle nos invita a reírnos de y con unos personajes a los que no les ha ido demasiado bien y que ni por esa ni por permisividad podrían hacer lo que en su juventud. En esta Europa en crisis que se empeña en virar a la derecha, ni se podría firmar una cinta como la de 1996 ni sus personajes disfrutan de la libertad de entonces.

Nostalgia cero

Seamos realistas: nadie esperaba encontrarse a Sick Boy, Begbie, Spud y Renton (que ahora se hacen llamar por sus nombres de pila) montados en el dólar y con una convencional vida doméstica. Ni siquiera Renton ha logrado su sueño de clase media y lo único que le acompañan cuando vuelve a Edimburgo son la cicatriz de una operación y una demanda de divorcio. A sus compañeros no les ha ido mucho mejor: Begbie está en la cárcel, Spud sigue enganchado a la heroína y Sick Boy se dedica a la extorsión. Con ese panorama habría sido fácil caer en la tentación de la nostalgia, pero aunque Simon echa en cara a Renton que es un “turista en su propia juventud”, en realidad los protagonistas sólo miran atrás para ajustar cuentas con el presente. Ni siquiera sentimos nostalgia cuando vemos algún flashback de Renton corriendo a ritmo de Underworld por un cochambroso Edimburgo a años luz del que aparece en T2 Trainspotting (¿seguro que la oficina de turismo de la ciudad no me ha metido pasta?), ni cuando los vemos tratando de ligar con veinteañeras que podrían ser sus hijas o sobrinas.

Es inevitable pensar que en T2 Trainspotting lo de menos es la trama, y lo de más, enfrentar a los personajes con la crisis de los casi cincuenta: ya no vale salir corriendo hacia delante ni escabullirse de la realidad a base de gramos. Tampoco habría funcionado para ese espectador que ahora ronda la edad de los protagonistas y que rompe a aplaudir cuando Renton suelta su speech del “elige vida” adaptado a los tiempos que corren. Y es ahí, precisamente, donde está el mérito de esta secuela, en lograr conectar con un público para el que Trainspotting marcó una época pero al que no le valen los mismo trucos porque se ha vuelto más cínico, más desencantado y más viejo. Dudo mucho que T2 logre conectar con los millennials, que seguramente vean en los personajes de Ewan McGregor y compañía un puñado de viejos perdedores que no van a molar por mucho que le sacudan el polvo a su vieja colección de vinilos. Porque a pese a las dosis de humor, T2 tiene un poso amargo con unos personajes que se preguntan qué se supone que deben hacer los próximos treinta años.

Publicado en Canino (febrero 2017)

Deja un comentario