Close
Felix Denk: “A Berlín no le gustan los triunfadores”

Felix Denk: “A Berlín no le gustan los triunfadores”

denk

Miles de personas acuden cada año a Berlín en busca de la meca europea del techno: clubs que no cierran en todo el fin de semana, DJs que se marcan sesiones maratonianas y una permisividad que es imposible de imaginar en otras capitales.

Pero no siempre fue así: la caída del Muro sirvió de catalizador para el desarrollo de una cultura en la que no había estrellas y que soñaba con transformar la sociedad. Durante año y medio, Felix Denk (periodista) y Sven von Thülen (DJ que se deja caer con regularidad por las cabinas de Berlín) entrevistaron a sus protagonistas en un esfuerzo titánico por documentar una historia que nadie quería publicar, pero en la que ellos creían a ciegas porque también habían participado en ella: ambos llegaron a Berlín tras la caída del Muro, y vivieron esa libertad y despreocupación propias de ciudades que se abren al mundo tras un periodo de aislamiento o represión.

Durante la entrevista, Denk no oculta la admiración que siente por la historia reciente de Berlín ni por quienes se empeñaron en cambiar el mundo a través de la música electrónica. “Poder mirar a las vidas de otras personas fue fascinante”, me dice. Parte de la grandeza de ‘Der Klang der Familie’  es que logran transmitir ese entusiasmo a través de una historia oral en la que a los autores sólo se les escucha durante el prólogo. Ahora, con la primera edición en castellano del libro, a Denk le llega el turno de hablar en primera persona no sólo de lo que vivió, sino de ese Berlín que aún sigue abonado al techno.

¿Cómo se os ocurrió la idea de escribir este libro?

Es una historia muy loca, se nos ocurrió hace 10 años, cuando cerró el primer club Tresor. Sven y yo éramos mucho más jóvenes que la gente que había en el club cuando llegamos a Berlín y podías ver que todo era muy salvaje y que la historia era muy palpable allí. Era un club subterráneo, con paredes de hormigón muy gruesas, y en invierno, cuando el suelo se helaba, se filtraba agua por el techo… era bastante loco. Nosotros veníamos de Múnich, que es una ciudad muy burguesa, así que todo era muy exótico,  distinto y emocionante.

A los dos nos encantaba la música, aprender todo lo que podíamos, y cuanto más tiempo pasábamos en la escena más historias aprendíamos sobre estos lugares, sobre cómo se descubrieron, sobre todo lo que trajeron y sobre la gente que estaba implicada. Y nos enganchamos a escuchar historias, que en Berlín eran como historias de folclore, el tipo de saber común que se transmite de forma oral. Así que nos parecía interesante reunirlas porque también nos dimos cuenta de que cuentan mucho sobre la historia alemana, sobre la ciudad, sobre la caída del Muro y sobre lo que significaba ser joven en Berlín occidental pero también en Berlín oriental, con toda estos tan grupos distintos juntos. También era muy fascinante que la música no venía de Berlín.

Dos de los factores que permitieron la eclosión de la escena techno fueron la caída del Muro y el hartazgo de una escena dominada por Blixa Bargeld y Nick Cave…

Sí, sí, e hipotéticamente nada habría pasado si no hubiera caída el Muro. El acid house fue un predecesor del techno pero siempre estuvo limitado a un público mucho más pequeño en Berlín. Fue un fenómeno pop durante un verano en el que hubo grandes fiestas, pero después quedó reducido a un grupo más vanguardista, gays en su mayoria y un par de freaks a los que les interesaba la música electrónica, pero siempre fue muy pequeño, mucho más pequeño que en Hamburgo o en Frankfurt, donde tenían escenas mucho más grandes y profesionales y también una industria musical que no existía en Berlín. También fue algo grande en Londres, pero aquí fue minúsculo. Berlín no es una ciudad de baile, no es una ciudad con una gran tradición de clubs, es una ciudad con una tradición de freaks, por decirlo de alguna manera, y desde los 60 vinieron muchos jóvenes que no querían cumplir el servicio militar, y en Berlín occidental no tenían que hacerlo, y también hay una larga tradición okupa desde los 70. Y hay una tradición de experimentos sociales extraños, de comunas y cosas así, y también de experimentos sónicos, de música rara, ya sea electrónica o punk extraño. Así que esto era lo que estaba pasando en Berlín, pero no había clubbing, así que la escena de baile era bastante nueva y esa escena no habría sido posible sin la fuerza de la nueva música y sin el carisma de los nuevos lugares que había en el Este, porque en el Oeste estaba todo ocupado, no se habría podido hacer nada nuevo: habría llegado la policía, los vecinos se habrían quejado, no tenía los lugares adecuados para ello.

Además también estaba la idea del DIY: no es tan difícil hacer una fiesta, es mucho más fácil montar una fiesta que un concierto, porque necesitas menos cosas, sólo necesitas un DJ y con suerte, viene mucha gente, y eso es todo. Montar una banda es mucho más complicado, necesitas los instrumentos, y practicar, que la industria musical pague la producción del disco. Con el techno era más fácil y era el momento adecuado en Berlín.

También parece clave que las autoridades no sabían cómo gestionar todos esos espacios abandonados, era más fácil montar clubs que no cumplían las medidas de seguridad, y eso ahora sería imposible.

Exacto. Lo primero es que la gente ni siquiera sabía a quién preguntar porque no había ninguna autoridad en Berlín Este, ni siquiera podías preguntar si podías hacer una fiesta allí. E incluso si sabían quién era el dueño del edificio, tampoco sabían si podían pedirle permiso, así que llevó un tiempo. A veces decían que iban a montar una galería, que es algo absurdo, pero al menos así tenías permiso para vender alcohol y podías montar un club. Pero desde 1992 en adelante la autoridad estaba ya establecida de alguna forma y si querías montar algo de forma regular era buena idea tener algún tipo de permiso. Pero durante mucho tiempo hubo muchas formas de camuflar que lo que había era un club y se podía hacer más o menos todo.

Ahora todo está muy profesionalizado.

Si, ahora es todo mucho más difícil. Todo es mucho más caro, cada vez quedan menos espacios libres, pero de alguna forma aún es posible con la escena de las “open air” en verano e incluso raves que son reventadas por la policía, pero cuando tienen una buena localización pueden durar toda la noche y a veces son víctimas de su propio éxito, porque va demasiada gente.

Berlín se ha convertido en la meca del techno, y es un arma de doble filo: lo mismo que ayuda a su desarrollo, lo está matando.

Sí, exacto, es el eterno ciclo de las subculturas de alguna forma. Si algo no es correcto o no está bien puede matar todo lo demás, y es una gran amenaza. Por una parte es necesario, porque si no tuviera tanto éxito ahora no estaríamos hablando de ello pero si tiene demasiado éxito puede terminarse. Lo interesante de sitios como Berghain es que ha estado funcionando durante diez años y cada año tiene más éxito y las fiestas son cada vez más largas. Es raro, porque no es lo que suele suceder con la vida nocturna, normalmente se hace rentable pronto, la gente pierde interés… pero en los últimos años ha afectado incluso a la estructura del club, ahora son mucho más profesionales. Cuando empezaron probablemente no tenían ni un número de identificación fiscal y ahora es un negocio que lleva funcionando diez años con 70 personas contratadas y con fama de ser buenos empresarios, con 13 pagas mensuales, vacaciones largas… tienen muy buena reputación. Aparentemente no es sólo buen club, sino un buen sitio para trabajar. Está mucho más estructurado y organizado. Si vas un lunes por la mañana, por ejemplo, aún encuentras papel higiénico en el baño.

Leyendo ‘Der Klang der Familie’ da la sensación de que todos se llevaban muy bien hasta que empezaron a tener éxito y dinero .

Sí, de alguna forma fue así. Todos eran muy jóvenes y no tenían experiencia, y mucha gente subestimó la fuerza y el poder económico que de repente tuvo. Estaba creciendo tan deprisa y no había una industria musical alrededor porque era algo que tampoco encajaba con lo que pasaba. Una de las cosas que molestó a mucha gente es que a Marusha se la vendió como a una estrella, y la escena techno era algo diferente estructuralmente: algo invisible y las estrellas eran la pista de baile y el local, la fiesta, pero no un tipo en el escenario como en el rock. Era una concepción ingenua, se trataba de crear una sociedad nueva y mucha gente creía en ello. Para ellos era como una secta, algo muy íntimo, pasaba mucho tiempo juntos y mucha gente ganaba el dinero en las fiestas, ahorraba el dinero para las fiestas y se lo gastaba en las fiestas, tenían su propio sistema económico. Una vez que se aceleró y se hizo más grande, se empezaron a hacer divisiones entre ganadores y perdedores. Y mucha gente también perdió muchas oportunidades, porque no eran hábiles con los negocios, sí eran buenos localizando sitios, organizando fiestas, pero nunca pensaron en ser estrellas de pop, tal vez porque no se les pasó por la cabeza o porque no tenían la profesionalidad y persistencia suficientes para tener éxito a nivel internacional. DJs como Tanith, que era muy bueno, no publicaba periódicamente, era más bien como un freak. La segunda generación ya era más pragmática e hizo mucho dinero. Pero Berlín es una ciudad a la que no le gustan los triunfadores, no nos gustan, nuestros iconos son, de alguna manera, los perdedores, y sigue sin tener una cultura de la estrella como en América o incluso Múnich en Alemania.

¿Fue muy difícil convencer a la gente para que hablara con vosotros?

Sven y yo estuvimos trabajando como periodistas musicales así que conocíamos a un par de personas, pero no a la mayoría, así que hablamos con ellos y les dijimos que no estábamos interesados sólo en hombres hablando de sus discos, sino en tener una visión más amplia: gente que trabajaba en los clubs, ravers, periodistas, dealers y toda esta gente que formaba parte de la escena, no sólo los artistas. Llevó un tiempo localizar a esta gente que no era tan visible, pero fue también un desafío porque a muchos les traía buenos recuerdos de su juventud, pero a otros también de sus fracasos. Así que era algo muy emocional, llevó  tiempo. Además la gente de la noche aquí tiene algo de aristocrática, a veces son arrogantes, no hablan con cualquiera, tienen su grupo y es muy difícil entrar ahí, necesitas que alguien de dentro diga que vale, que está bien hablar contigo. Hubo gente a la que costó mucho convencer, pero lo que nos pasó al final es que se nos acercaban y decían “eh, ¿cómo es que no estoy en el libro?” o “¿por qué salgo tan poco?”, así que al final se produjo el efecto contrario.

¿Entonces aún tienen estas luchas de ego que a veces se perciben en el libro?

Sí. Aún hay algunas rencillas, sí.

¿Después de publicar el libro, hubo gente que os dijera que las cosas no eran como las contáis?

Algunos se quejaron, sí. Antes de publicar el libro estábamos un poco incómodos y había gente que quería leerlo antes y cuando lo sacamos estábamos un poco paranoicos con las reacciones, pero salvo un par de excepciones, casi nadie se quejó, estaban todos muy contentos. Para algunos fue algo muy emocional y les sirvió para retomar el contacto y ver qué estaban haciendo los demás. Hicimos una fiesta, mucha gente vino, y algunos no se habían visto en diez años, y fue muy emotivo, porque para ellos nos convertimos en una fuente de información, nos pedían números de teléfono y les pusimos en contacto. También ayudó que no éramos parte de la escena ni pertenecíamos a un bando o a otro.

Lo divertido fue que un chico nos quiso demandar con 30.000 euros, pero ni siquiera lo habíamos entrevistado, simplemente le mencionamos. Es un líder hooligan de la escena neonazi, un tipo oscuro y realmente peligroso de Berlín Este relacionado con la escena de los porteros durante los primeros años. En el libro se dice que tuvo relaciones sexuales con un hombre. Pero el abogado le dijo que no había caso.

También documentáis el vínculo que se estableció entre Berlín y Detroit.

Sí, es una relación muy curiosa, porque ellos inventaron la música de baile, pero no había clubs. Tenían el Music Institute, pero duró 10 meses o algo asi… muy poco tiempo. Es difícil montar un club allí. Es muy peligroso, evidentemente, y es una ciudad muy grande, y tienes que conducir… y además no había una comunidad, sino que iban en solitario, y a veces eran rivales y tenían celos. Y otra razón para la conexión eran las coincidencias: que la gente de Tresor conociera a Jeff Mills, o que la gente de Hardwax los conociera y les permitiera distribuir directamente… Al final sólo eran una o dos personas las que lo hicieron posible, pero esa relación se mantiene. En Tresor aún pinchan los DJs de Detroit, presentan sus discos allí, Juan Atkins pincha mucho en  la ciudad… Asi que es bastante loco, porque al final se estableció una simbiosis: ellos tenían el sonido, pero para ellos también fue muy decepcionante que su música nunca terminara de triunfar en Detroit, sobre todo para la gente de Underground Resistance, que lo veían como una oportunidad para la ciudad.

¿Crees que Berlín está empezando a vivir de la nostalgia?

Hay una juventud muy nostálgica, pero con el techno no estoy tan seguro, aunque es algo conservador. Si vas a Berghain o a cualquier club lo que ponen podía haber sonado en los 90 también, incluso los elementos estéticos son casi los mismos, y es parte del ADN de la música… pero si miras la programación de hace 10 años en Berghain era mucho más experimental y ahora es más clásica.

Publicado en Numerocero (noviembre 2015)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Close