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Mumblecore!

Cuando crees que ya lo has visto casi todo, se inventan un género nuevo: el ‘mumblecore‘. Literalmente, ‘mumblecore’ viene a significar el corazón de lo masticado. El meollo de la cuestión, vamos, que es de lo que va este nuevo género cinematográfico. En el ‘mumblecore’ todo se reduce al mínimo: diálogos, personajes, puesta en escena… Como en las películas de Gus Van Sant o en las primeras de Hal Hartley. Pero además tienen un toque del Dogma95 en la forma en que están rodadas y montadas: con pocos medios, buscando la naturalidad por encima de la maestría técnica y con una cámara que a menudo oscila entre el naturalismo y el ‘cinéma verité‘. ¿Más independiente que el cine independiente? Puede ser, porque no hacen falta muchos medios para rodar una película del género. Hasta las bandas sonoras tienen un toque ‘amateur’.

Según Wikipedia hay que buscar el origen de este cine en John Cassavetes y en ‘Slacker‘ de Richard Linklater. Francamente, veo el ‘mumblecore’ más cerca del segundo que del primero, pero no deja de ser mi opinión.

Se trata de películas sin grandes pretensiones que cuentan historias sencillas, casi siempre protagonizadas por treintañeros sin demasiados medios económicos, y normalmente centradas en la vida sentimental de los personajes. Curiosamente,tienen un acercamiento al teatro (¿involuntario o causal?) cumpliendo la norma de la unidad de espacio, tiempo y acción. Por supuesto, cada director es un mundo y tienen sus pequeñas diferencias. Yo recomiendo a Aaron Katz, que rueda unas películas casi minimalistas con personajes confusos que se enamoran de la persona equivocada: ‘Dance Party USA’ y ‘Quiet city’ me gustaron especialmente.

Recomiendo lo de siempre: ver alguna de estas películas en vez de leer sobre ellas. Es la mejor manera de formarse una opinión propia. En Filmin estrenaron el pasado año las ‘mumblecore sessions‘: dado que muchas de estas películas ni siquiera se han estrenado en España, es una buena forma de verlas.

batiburrillo

Fetichismo extremo

Entiendo la mitomanía: yo también he sido muy mitómana (a veces aún lo soy, aunque cada vez con más reservas). Lo que no comprendo es el fetchismo extremo, esa creencia según la cual por tener un objeto que ha usado el ídolo de uno está más cerca de él. Creo que la mejor forma de acercarse a un artista es profundizar en su obra, no poseer objetos suyos. La genialidad no es contagiosa ni se hereda por tener cosas que en otro tiempo pertenecieron a alguien.

De un tiempo a esta parte estamos alcanzando unas cotas de fetichismo absurdas. Ahora se pone a subasta un diente de John Lennon. No dudo que se venderá: su taza de váter ya alcanzó las 9.500 libras. También se puso a subasta el retrete de Salinger, ‘sin limpiar’. ¿Qué pasa por la cabeza de quienes compran algo así? No lo sé.

Pero no puedo evitar acordarme de aquella escena de ‘Slacker‘ en la que la batería de Butthole Surfers intenta vender el tejido de una citología de Madonna. No logra su ibjetivo. Creo que en 1991 ni Richard Linklater podía imaginar que a día de hoy habría gente pagando dinero por objetos absurdos.