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No soy una marca

Últimamente se habla mucho en blogs y prensa del “periodista como marca”: incluso he leído que “un periodista vale hoy lo que su red social”.

Francamente, creo que hemos perdido el norte. Sí, de acuerdo, las redes sociales pueden ayudar al periodista, pero deben ser un medio, y no un fin. No se pueden sustituir la calle y el conocimiento por los pensamientos en voz alta de Twitter ni por los “me gusta” de Facebook. He leído a muchos “periodistas marca” publicando en diarios de tirada nacional reportajes que fuera del contexto de un blog no producen más que sonrojo: piezas basadas única y exclusivamente en lo que la gente dice en Twitter. Craso error, porque Twitter no representa, ni de lejos, a la sociedad española. En España lo emplea sólo un 11% de la población, una cifra que en absoluto se puede considerar representativa, máxime aún si tenemos en cuenta que la mayoría de los usuarios de la red social de microblogging lo usan como herramienta de trabajo y predominan (con mucha diferencia) los hombres y licenciados y/o con estudios de postgrado. Vamos, que el español medio no lo usa ni de lejos. Hay mucha gente que ni sabe lo que es ni para qué sirve. ¿Entonces qué importa lo que digan otros periodistas en Twitter a la hora de elaborar un reportaje? ¿Desde cuándo lo que dicen cuatro se convierte en verdad universal? Supongo que es más cómodo, más moderno y más pintón: no pasa un día sin que un medio de comunicación asome a la portada de su web una noticia cuya fuente es la cuenta de Twitter de un famoso o el trending topic del día.

¿No será que la “marca personal” esconde falta de imaginación, recursos, medios y ganas de trabajar? ¿Acaso no debería un periodista formarse continuamente y pasar menos tiempo dedicado al autobombo?

Algunos de los periodistas a los que más admiro no tienen blog, ni Twitter, creo que ni Facebook… Gabilondo, sin ir más lejos, que estos días es -por desgracia- noticia. Pienso en Bernstein y Woodward, que destaparon el Watergate sin redes sociales, ni internet, ni gracias a los cables filtrados por una asociación como Wikileaks.

Si queremos salvar el periodismo, habrá que empezar por recordar que ante todo somos periodistas y no marcas, y que la firma jamás debe primar sobre la información. Y lo dice una, por cierto, que gestionando su marca “profesional” es nefasta: no tengo Facebook, he cambiado de blog tantas veces que ni lo recuerdo, en Twitter he estado bajo distintas pieles y cerré la cuenta de Flickr cuando más visitas tenía. Por no tener, no tengo ni LinkedIn. Eso sí, tengo una buena pila de libros esperándome y no pasa un día sin que lea la prensa, incluida la extranjera. Y soy consciente de que aún estoy muy lejos de ser la periodista que me gustaría llegar a ser: me queda mucho por aprender. Y prefiero aprenderlo a perder el tiempo en convertirme en un continente sin contenido. Mal vamos si dejamos que el logo ocupe el lugar de la persona.