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‘The house I live in’

¿Qué pasa cuando una “guerra contra las drogas” se convierte en persecución pero no en prevención? ¿Qué ocurre cuando las penas por posesión y tráfico de drogas, por pequeña que sea la cantidad, es de décadas? ¿Y cuándo esas penas recaen sobre el pobre, el más débil, y se ceban en los guetos? ¿O qué pasa cuando una ley criminaliza de forma indirecta a una raza o comunidad? Esas y otras preguntas son las que plantea ‘The house I live in‘, el documental de Eugene Jarecki que se sumerge en los efectos de la guerra contra las drogas iniciada por Nixon en los 60 y que ha logrado el dudoso récord de convertir a EE.UU. en el país con más presos del mundo. una guerra contra las drogas que además ha agudizado la exclusión social y en muchos casos hasta el racismo: la posesión de crack tiene penas mucho mayores que la de cocaína en polvo. Casualmente, esas penas se establecieron en los 80 y había mucho más consumidores de crack en la comunidad negra… por una cuestión de pobreza, porque era más barato que la coca. Ni más ni menos. Un código penal racista que ya denunció (si bien de forma tangencial) el documental ‘Planet Rock‘.

A partir de una historia particular, la de su niñera, Jarecki va tirando del hilo y entrevista a abogados, policías, celadores, médicos, jueces, psicólogos, presos y sus familiares, activistas, periodistas como David Simon, traficantes… y todo tipo de  implicados, que van desmontando las mentiras y fracasos de esa guerra y que además descubren el lucrativo negocio de las cárceles y seguridad privadas.  Se puede ver hasta el 22 de abril en el Atlántida Film Fest: hasta la fecha, lo mejor que he visto en el festival.

 

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Vender a cualquier precio

A veces me asombra la capacidad de las marcas (sobre todo de algunas que además se las dan de modernas, “jóvenes” y “progres”) para perpetuar los peores clichés, los más rancios, los de peor gusto, los que más daño pueden hacer: desde los anuncios de productos adelgazantes a las líneas de juguete color rosa para chicas pasando por esas marcas de cosméticos que contratan a Beyoncé pero a la que blanquean la piel hasta que parece blanca. Hasta para anunciar compresas los publicitarios recurren a culos perfectos en bragas de colores moviéndose con alegría (muy realista, como bien sabe cualquier mujer que esté menstruando: lo que más te apetece hacer esos días es marcarte una samba en paños menores).

Pero cuando piensas que la publicidad no puede caer más bajo, llega Ford y se cubre de gloria lanzando una campaña en la India en la que varias mujeres hípersexualizadas y maniatadas (tres de ellas, caricaturas de las Kadarshian bajo la atenta mirada de Berlusconi) están encerradas en el maletero. Una campaña que llega después de que dos mujeres hayan sido violadas en grupo en ese país, que una de ellas haya muerto y que además se haya destapado que en la India se  viola a una mujer cada 20 minutos (al menos, esa es la cifra que se ha contabilizado entre quienes denuncian). No me puedo imaginar qué pasó por la cabeza de los creativos ni de los directivos de Ford que dieron luz verde a esta campaña. Incluso si no hubiera pasado en la India lo que ha pasado, sigo sin verle la gracia. Pero aprobarlo aún después de las manifestaciones que ha habido, del clamor social, de la muerte de una mujer, se me escapa por completo. ¿No podían dar marcha atrás? No, una disculpita, y aquí paz y después gloria, ¿no? Pues no. No conduzco, pero si alguna vez lo hago, antes prefiero seguir usando el transporte público a usar un Ford así me lo regalen (de fidelización, después de todo, puede que sí sepan algo).

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La literatura del “Harlem Renaissance”

Llevo un tiempo indagando, todo lo que puedo, en la literatura del Harlem Renaissance, ese movimiento cultural que nace en Harlem (con tentáculos en París y en Chicago) en los años 20 cuando por fin la comunidad negra pudo empezar a disfrutar de algunos de los derechos conquitados (que no todos). El legado del Harlem Renaissance en la música está bien documentado, pero aquí se conoce mucho menos el legado literario, que es absolutamente fascinante y rico. Se trata de autores que además aprovechan su obra para denunciar el racismo e incluso establecer diálogos entra las distintas posturas personajes mediantes: en ‘Passing‘, por ejemplo, Nella Larsen enfrenta a dos mujeres que pueden pasar por blancas. Una de ellas, lo hace incluso mintiendo a su marido, la otra, está orgullosa de su raza y no esconde su identidad. Cada una, con su decisión, asume riesgos distintos, pero sirve para mostrar que aún entonces, y pese a los logros, existía la segregación, por poner un sólo ejemplo. O  ‘Banjo’, en la que Claude McKay muestra las condiciones de vida (y sí, también el racismo) entre los exiliados en Francia y de paso establece un debate riquísimo en torno a todas las teorías que entonces estaban en boga, desde las de Booker T. Washington a las de Marcus Garvey. O Zora Neale Hurston, que en sus obras de teatro muestra, con un humor agridulce, el lado más costumbrista.

Muchas de estas obras (y autores) ni siquiera están traducidas al castellano (y si lo están, no las he encontrado o están descatalogadas), pero se pueden encontrar en Archive.org, digitalizadas a menudo por universidades norteamericanas. Son más que recomendables, al menos todo lo que he leído hasta ahora (aún tengo lecturas pendientes). Como muestra, este sobrecogedor soneto de Claude McKay: ‘If we must die” (si debemos morir – que no sea como cerdos).

If we must die, let it not be like hogs
Hunted and penned in an inglorious spot,
While round us bark the mad and hungry dogs,
Making their mock at our accurséd lot.
If we must die, O let us nobly die,
So that our precious blood may not be shed
In vain; then even the monsters we defy
Shall be constrained to honor us though dead!
O, kinsmen! we must meet the common foe!
Though far outnumbered let us show us brave,
And for their thousand blows deal one death-blow!
What though before us lies the open grave?
Like men we’ll face the murderous, cowardly pack,
Pressed to the wall, dying, but fighting back!

cine

Sobre el racismo en ‘Django Unchained’

Había leído tanto sobre el supuesto racismo de la última película de Tarantino que a ratos, más que disfrutarla sin más, no hacía más que mirar con lupa.

Es cierto que dicen “nigger” continuamente, pero ojo, ¿es que alguien esperaba menos de un esclavista? ¿Realmente alguien entró en el cine con la idea de encontrarse terratenientes benévolos y preocupados por sus esclavos? ¿Alguien se ha creído los discursos racistas y paternalistas que nos ha vendido el cine durante años con respecto a la esclavitud? ¿De verdad? Sólo un breve repaso: se los llevaron a la fuerza de África, a un país cuya lengua desconocían, los ataron con cadenas y los consideraban “cosas”, “bienes muebles”. Así que no es racismo, sino realismo. Otra cosa es cuando se lo llaman entre los esclavos. ¿A nadie le suena lo de la apropiación del término despectivo para subvertirlo? Pues eso mismo.

Otro momento que puede dar lugar a malentendidos es el primer traje que se compra Django una vez libre. Absurdo, sí. ¿Racismo? No, forma parte del personaje y de sus circunstancias (¿quién no se ha puesto ropa ridícula en la adolescencia y ha salido luego a la calle convencido de ir estupendo?). De hecho, hasta una esclava le pone en evidencia, y a partir de ese momento Django elige ropa con mejor tino. No, tampoco es racismo.

Por último está el personaje de Christopher, interpretado por Samuel L. Jackson: turbio, cretino, vendido, adulador, chaquetero. Un lameculos que no se piensa dos veces vender a los suyos por salvar el pellejo. Sí, es un gilipollas integral, pero no se trata de hacer una película maniqueísta, sino realista, y es más que probable que muchos desarrollaran ese tipo de conducta para sobrevivir. Tampoco veo ahí una cuestión racial, sino más bien de carácter. Es triste, pero si hay mujeres machistas y obreros que se creen de la patronal, ¿por qué no iba a haber esclavos que sólo buscaban sobrevivir aunque fuera a costa de caer en el servilismo más feroz?

No olvidemos además que es una película en la que un ex-esclavo se venga de todos y cada uno de los que le han hecho la vida imposible. ¿Racista ‘Django Unchained’? No.

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Marian Anderson

Una de las cosas que más me gusta del curso de estudios afroamericanos que estoy siguiendo es que no se centra únicamente en los grandes nombres de los que lucharon por los derechos civiles, sino que también se adentra en esas pequeñas batallas que se libraron sin grandes discursos, sino de puertas adentro, en salones, oficinas y hasta en la Casa Blanca.

Ése es justo el caso de Marian Anderson, que en 1939 se enfrentó a la prohibición de las “Hijas de la Revolución Americana” de ofrecer unr ecital en un teatro segregado y que les pertenecía (cada año cantaba en Washington, pero con su fama por las nubes los espacios en los que tradicionalmente había actuado se quedaban pequeños). Gracias a la mediación de Eleanor Roosevelt y de varios miembros de organizaciones por los derechos civiles, Anderson pudo actuar en Lincoln Memorial ante un público de 75.000 personas que, por primera vez, no estaba segregado. ¿Y cómo abrió Marian Anderson ese recital? Sencillo: reivindicando que esa “tierra de libertad” también era suya.

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Ida B. Wells

Ya estoy con el curso de Estudios Afroamericanos y no dejo de aprender y de asombrarme, como cuando en la última ‘clase’ hablaron de Ida B. Wells, una activista pionera que luchó contra los linchamientos que se extendieron en EE.UU. tras la abolición de la esclavitud y que se siguieron produciendo hasta bien entrada la década de los años 60. A menudo incluso los anunciaban en la prensa, organizaban macabros “festivales” a los que la gente acudía, en los que había fotógrafos profesionales “inmortalizando” el momento para luego vender postales (también era frecuente que se vendieran órganos del ejecutado: orejas, rodillas, dedos, genitales…). Auténticas barbaridades que tenían lugar “in the land of the free” y contra las que Ida B. Wells ejerció toda una campaña no sólo a través de sus artículos (era periodista), sino en charlas que dio hasta en el Reino Unido. Huelga decir que Wells pronto se convirtió en persona non grata en Memphis, de donde que tuvo que huir amenazada de muerte por denunciar que esos linchamientos camuflados de venganza tras supuestas violaciones en realidad no eran más que actos de racismo.

Ida B. Wells no se limitó a perseguir los linchamientos, sino que fue una pionera en la lucha por los derechos de la mujer, para quien pedía el voto, años antes que Rosa Parks se negó a dejar su asiento en un autobús, organizó boicots junto a Frederick Douglass en la exposición mundial de Columbia por la falta de representación de la vida de los afroamericanos e inclusó creó organizaciones que luchaban por los derechos civiles de las mujeres afroamericanas (si la mujer entonces era poco más que un florero, la mujer negra  sufría directamente una doble discriminación, por género y por raza).

 

Ida B. Wells volvió a Memphis años más tarde, donde murió en 1931.

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Rhonda Lee: despedida por responder a comentarios racistas

La mujer de la imagen es Rhonda Lee, hasta hace dos días, presentadora de metereología en KTBS, una cadena de Los Ángeles. Ha sido despedida porque despues de recibir reiterados insultos y comentarios racistas por parte de un espectador a través de internet, decidió dejar de callar y respondió, con una educación y paciencia exquisitas, la verdad, a semejante interfecto. Aquí se puede leer la respuesta íntegra de Rhonda Lee a esos comentarios.

Dicen en KTBS que a Rhonda Lee se la ha despedido en realidad por haber violado la política de empresa de no responder a los comentarios que se vierten en internet. A mí, francamente, la respuesta de KTBS me apesta a “esto no es lo que parece“, y lo que parece, en realidad, es que los periodistas, a veces, mejor callados… incluso en la autodenominada “tierra de la libertad y hogar de los valientes“.

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Estudios afroamericanos… por la cara

Quien siga mínimamente este blog o me conozca un poco, sabe que lo de mi interés por el racismo no es nada nuevo. Pero aquí, ya sabemos cómo son las cosas (aquí y en todas partes, en realidad): estudiamos una y mil veces la Reconquista y el descubrimiento de América pero de historia más allá de nuestras fronteras poco, lo justo. En mi caso, la historia de España que me enseñaron en el colegio terminaba siempre con Alfonso XIII, que el franquismo aún estaba recién enterrado como quien dice,  y no fuera que el profesor de turno se metiera en líos llamando a las cosas por su nombre. Con suerte en la facultad das con algún prfesor que te hace leer la “Historia universal” de Hobsbwam.

El caso es que de un tiempo a esta parte no hago más que pensar que no me basta con leer libros sobre los Panteras Negras y ensayos de Angela Davis, que necesito un poco más. Y héte aquí la solución a mis problema: un curso online de la Universidad de Yale… y gratuito. No creo que me dé tiempo a leerme toda la bibliografía, pero estas vacaciones ya tengo alternativa a la sobredosis de almíbar y falso amor. No dan título, pero no me hace falta, lo que quiero es aprender. Pero hay más: nada menos que 550 cursos, prácticamente para todos los gustos. He descubierto un filón.

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‘I want my MTV’: cuando la MTV aún era musical

Yo no tenía MTV. Tampoco la tenían mis amigas. No la vi por primera vez hasta que fui a EE.UU.  Recuerdo que mi hermana y yo nos quedamos pegadas a la tele, y no queríamos irnos de la habitación, ” a ver qué vídeo ponían ahora”. Mis padres nos sacaron de allí a regañadientes. Pero en los 80, afortunadamante, en España había programas de música: los suficientes como para poder pasar unas horas pendiente del próximo vídeo que pondrían. Por éso no me ha costado trabajo sumergirme en la lectura de ‘I want my MTV‘ y visualizar mentalmente todos los vídeos de los que hablan. Después de todo, pertenezco a esa generación que creció viendo vídeos musicales, que se asustó viendo ‘Thriller‘ (me consuela leer que Cee Lo también salió despavorido de la habitación), que vivió el escándalo del ‘Like a prayer‘ y que canturreaba el ‘Video killed the radio star‘.

El libro de Craig Mark y Rob Tannenbaum, pese a todo, no es un relato nostálgico al más puro estilo “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sino una historia oral y muy bien documentada sobre cómo era por dentro la MTV, cómo cambió la industria musical y cómo lanzó las carreras de músicos y directores. Ojo, que tampoco es una hagiografía: no faltan los detalles escabrosos, claro, pero lo más chocante es descubrir el racismo y sexismo que había tras ese canal de televisión que aparentemente lideraba la vanguardia: se negaron a emitir vídeos de Michael Jackson hasta que no se vieron entre la espada y la pared, ningunearon el rap hasta que descubrieron que era rentable y rechazaron entrevistar a Don Letts cuando se presentó en la cadena y descubrieron que era negro. Que las mujeres de los videoclips de los 80 no tenían más papel que el de lucir palmito y lencería es algo que salta a la vista, pero dentro de la cadena el machismo también campaba a sus anchas… junto a la homofobia. Unos mirlos blancos, en definitiva, cuyos excesos a menudos superaban los que se atribuían a las estrellas de rock pero que cambiaron la forma en que se presentaba la música y que en última instancia tenían poder para lanzar o arruinar una carrera.

Marks y Tannenbaum hacen un análisis que trasciende lo meramente musical a través de las declaraciones de trabajadores de la MTV, músicos y directores que pudieron abrirse camino en el cine gracias a los videoclips (David Fincher es un buen ejemplo). Fechan el fin de la MTV a principios de los 90, con la llegada de los anti-vídeos de Nirvana y Pearl Jam y la decisión de la cadena de apostar por los ‘realities’ que, a día de hoy, siguen ocupando la mayor parte de su parrilla.  Pero tampoco reivindican la vuelta del pasado: en la era de YouTube, es uno quien elige lo que ve y cuándo lo ve. Y no nos engañemos, casi todos buscamos vídeos antiguos.

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Malcolm X: activismo incómodo

Malcolm X representa ese activismo incómodo que no casa bien con esta corrección política que nos sacude. La prueba está en que ni siquiera Obama se ha acordado de él en sus discursos: mucho mejor acudir a Martin Luther King, admirado por negros y blancos y respetado por todos. Malcolm X, en cambio, siempre fue incómodo, muy incómodo: lo fue en vida y lo sigue siendo años después de su muerte.

Se le acusó de racista. Y sí, durante mucho tiempo lo fue. ¿Quién no lo sería cuando su familia vive amenazada por y perseguida el Ku Klux Klan, cuando los profesores le dicen que con suerte puede aspirar a carpintero y cuando la sociedad le niega derechos básicos?

Su vida tampoco fue ejemplar: chulo y ladrón de poca monta, terminó en la cárcel, donde se replanteó toda sus creencias. Y ahí es donde entra en juego el Malcolm X que conocemos, el que luchaba por los derechos de los negros, el que no se casaba con nadie y el que tampoco quería saber de blancos. Un discurso políticamente incorrecto, por supuesto. Da igual que luego cambiara de idea y de discurso y abogara por la integración interracial: a nadie le interesaba escucharlo, no era noticiable, no vendía. Daba igual que se supiera condenado a muerte y que se negara al cacheo de quienes iban a escucharle. Tampoco era suficiente para redimirse. Da igual que lo mataran. A los ojos del mundo, Luther King sigue siendo el poli bueno de esta historia y Malcolm X el personaje incómodo que es preferible mantener en la sombra.

Afortunadamente, no es difícil recuperar sus palabras, su vida y su obra. Quien no sabe, es porque no quiere.