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Pegida sólo quiere niños arios

 

Kinderschokolade

Marchando otra de mi “Hassobjekt” favorito: Pegida, ese grupo que declara luchar contra la “islamización de occidente” y cuyos seguidores niegan ser nazis o racistas, por más que sus actos digan lo contrario. Hoy, además, han demostrado al mundo que también son idiotas. Una de las facciones del grupo, en el sur de Alemania, ha lanzado en internet una campaña de boicot al chocolate Kinder: que en  las cajas de las chocolatinas hubiera niño de todos los colores en vez del clásico ario no les ha sentado nada bien. Algunos seguidores han empezado a dejar comentarios en el post de Facebook que ha originado la polémica (y que me niego a buscar y enlazar) y en Twitter anunciando que iban a boicotear a Ferrero y que poco menos que se acercaba el fin de la civilización y que a lo mejor se trataba de “advertencias de futuros terroristas”.

Lo que han demostrado, en realidad, es que son todo lo racistas que niegan ser, pero además han hecho el mayor de los ridículos, porque esos niños no son otros que los jugadores de la selección alemana.

La respuesta en Twitter no se ha hecho esperar, y bajo el hashtag #cutesolidarity cientos de alemanes están compartiendo sus fotos infantiles contra Pegida o comparándoles con Hitler en el hashtag #Kinderschokolade.

Yo creo que mañana me voy al súper a comprar Kinder bueno, pero sólo si llevan la cara de Boateng o Gundogan.

 

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Lo que diga Beyoncé

Se ve que había más invitados a actúar en la gala de la Superbowl aparte de Beyoncé, pero de quien se habla hoy, es de Bey. De su caída que no fue caída (Madonna debe envidiarla mucho ahora), de su estilismo homenaje a Michael Jackson pero sobre todo,  y ésto es lo que me parece más interesante, de ese ejército de mujeres vestidas como las Panteras Negras que sacó a bailar “Formation” (también era sólo de mujeres la orquesta que acompañaba su actuación). Después del patinazo del vídeo con Coldplay (yo aún no le he perdonado a Madonna lo de “La isla bonita”, así que imagino que contentos deben estar en india), hacía falta recuperar a Queen Bey en todo su esplendor y nada para hacerlo como reivindicando su cultura y denunciando las muertes sistemáticas a manos de la policía de jóvenes cuyo único delito es ser negros. Si “Formation” ya levantó ampollas por su denuncia nada velada a la desidia de los políticos tras el paso del huracán Katrina, en la SuperBowl, que es lo más visto en la televisión norteamericana, ha optado por un mensaje más radical reivindicando a esas Panteras Negras que abogaban por la organización y la autodefensa. Sí, era un claro guiño al movimiento Black Lives Matter, y sus bailarinas tampoco ocultaron las pancartas que pedían justicia para Mario Woods. Y eso ha molestado mucho a ese “establishment” encantado con las ediciones de óscars en las que sólo se nomina a blancos y con las mujeres que se limitan a lucir palmito y escote, pero no demasiado.

Que a las mujeres se las utilice sistemáticamente para vender productos parece que no es grave, pero que Beyoncé reivindique los derechos de la comunidad negra es una afrenta de la que opina hasta Giuliani. A mí, creo que no hace falta decirlo, me parece estupendo lo que ha hecho Beyoncé: que aproveche su fama y el alcance que tiene cada uno de sus movimientos para soltar mensajes feministas o reclamar justicia es algo que no sólo no debería escandalizarnos, sino que deberíamos celebrar. Ya está bien de artistas calladitos, políticamente correctos, que aunque sean más conocidos que Jesucristo no abren la boca no sea que molesten a alguien. Y si con su actuación Beyoncé ha conseguido que alguien lea hoy las noticias para saber qué pasa en EEUU, o que busque en Google quiénes eran las Panteras Negras, o ha provocado un ataque de urticaria a los acólitos de Donald Trump, ya ha hecho mucho.

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La encrucijada de Alemania

Spiegel, agosto 2015

El pasado mes de agosto, Spiegel publicaba un número con portada doble que analizaba las reacciones a la llegada de refugiados a Alemania. Por un lado, mostraba la cara más amable, la de los ciudadanos que se han volcado en ayudar y por el otro, la de esa Alemania negra que sale a la calle cada lunes con Pegida para protestar contra la islamización de occidente. Cuando parecía que Pegida perdía fuelle, la crisis de los refugiados ha inflamado las protestas, y ayer, en una manifestación a la que acudieron 20.000 personas se vivieron ataques a periodistas, agresiones a marroquíes y lo más delirante, un escritor de origen turco lamentando en el púlpito que los campos de concentración ya no estén en uso. Akif Pirinçci, que así se llama el mirlo blanco, ha visto cómo le emplaza la fiscalía, cómo su editorial le da la patada y cómo se convierte en el objeto de burlas en prensa y redes sociales. El escándalo ha sido tan grande que hasta los partidarios de Pegida han mostrado su rechazo (algunos periodistas dicen que el público lo abucheó) y Lutz Bachman, el líder de Pegida, ha salido a disculparse públicamente. Parece que  su estrategia de invitar al podio a gente de origen extranjero para demostrar que no es racista le ha salido mal, y podría hacer que muchos de sus seguidores le den la espalda, pero sigue teniendo el apoyo de la extrema derecha y ya llaman la atención sobre el problema incluso desde el Parlamento Europeo: casi cada semana incendian albergues de refugiados y sólo hace unos días que apuñalaban a la candidata a la alcaldía de Colonia por su política de asilo.

Por cada manifestación de Pegida, ya lo he contado alguna vez, hay una contramanifestación, gestos de rechazo institucionales (el apagado de los edificios simbólicos, las pancartas contra el odio en la ópera de Dresde) y la condena generalizada (hasta el sensacionalista Bild, que es a la prensa alemana lo que el Daily Mail a la británica, hoy ha publicado los comentarios xenófobos que muchos alemanes vierten en la red); pero siguen los ataques y las reuniones (los “paseos”, como los llaman). El problema está ahí,  y no es fácil: no se pueden prohibir las reuniones de Pegida porque les daría más fuerza. Hay que educar, pero sobre todo, mostrar cero tolerancia, porque si algo nos ha enseñado la historia reciente de Alemania, es que ese callar y dejar hacer tiene resultados nefastos.

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Berlín sale a la calle contra Pegida

El Reichstag y la puerta de Brandenburgo, apagadas contra Pegida.

 

Un tema del que se habla poco en la prensa española pero mucho entre quienes vivimos en Berlín, es el auge de Pegida (“patriotas europeos contra la islamización de occidente”), que llevan manifestándose desde que comenzó el invierno contra la islamización de Alemania: aunque dicen que no tienen ningún problema contra los musulmanes, la realidad que muestran es otra, se manifiestan con crucifijos decorados con la bandera alemana y a poco que se suelten las pocas veces que dan la cara en algún reportaje o que hablan desde el anonimato de los comentarios de internet, queda clarísimo que son anti-musulmanes y xenófobos. Su discurso se puede resumir en el escalofriante “Alemania para los alemanes, y si son cristianos, mejor”. Su líder, Lutz Bachmann, es un mirlo blanco con antecedentes penales que con sus consignas ha aunado a mucho alemán de a pie, a neonazis, y a la AfD, la extrema derecha con la que se reúnen los de Pegida esta misma semana (y ese encuentro, a muchos nos pone los pelos como escarpias).

Las marchas contra la “islamización de Alemania” están siendo multitudinarias en Dresden, donde ojo, sólo hay un 2,8% de inmigrantes (de los cuales, musulmanes son sólo el 0.1%). En Berlín, por ejemplo, los inmigrantes somos el 15%. Justo antes de Navidad, en Dresden salieron a la calle 12.700 personas a cantar “villancicos” y de paso, recordar al mundo que Alemania es para los alemanes. La catedral, la ópera y otros edificios de la ciudad apagaron las luces y colgaron pancartas pidieron a la gente que abriera los ojos. También salió a la calle otra contra-manifestación, en contra de Pegida (basta con buscar #nopegida en Twitter o Facebook para encontrar información sobre el rechazo que generan). Lo de las contramanifestaciones, es algo a lo que estamos acostumbrados quienes vivimos aquí. Por cada 10 nazis que salen a la calle, salen 100 antifascistas. Al final, la Polizei tiene que acordonar las manis con lecheras y antidistubrios para evitar los enfrentamientos. Por desgracia, aquella contramani fue anecdótica, tan sólo unos cientos salieron a la calle. En Bonn, afortunadamente, pasó justamente lo contrario.

Los lunes es el día clave de Pegida: es cuando salen a la calle, apropiándose del “Wir sind das Volk” (somos el pueblo) que coreaban los ciudadanos de la RDA contra la Stasi en los 80. Todo delirante, pero decenas de miles de personas parece que han olvidado su propia historia.

La situación es tan sangrante que Merkel encaró el problema en su discurso de Navidad, y no como hacen los políticos españoles, que pasan de puntillas (si pasan) por las cosas sin llamarlas por su nombre, sino abiertamente, pidiendo a los alemanes que no acudan a unas marchas en las que sus participantes están “están llenos de prejuicios, frialdad, e incluso odio“.

Hoy, Pegida salía a la calle en Berllín (aquí se hacen llamar “Bärgida”, en Bonn “Bogida”, Kögida en Colonia…). No sólo en Berlín, sino en toda Alemania. Y ayer ya había convocadas tres contramanis en la capital alemana. Un centenar de partidarios de Pegida no han podido avanzar desde la Rathaus porque se han quedado literalmente atrapados por los miles de contramanifestantes (que esos sí, han llegado sin problemas hasta la puerta de Brandeburgo). Pero no sólo los berlineses han dado la espalda a la xenofobia: también lo han hecho las instituciones. Durante unos minutos, la torre de televisión, la puertda de Brandeburgo y el Reichstag se han apagado en señal de rechazo (también lo ha hecho la catedral de Colonia). Berlín se ha quedado a oscuras.

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Beyoncé no puede ser feminista

Beyoncé no puede ser feminista. No lo digo yo, lo dicen opinadores/as que parecen no querer aceptar que se puede ser mujer, joven, atractiva, segura de sí misma, y negra para más inri, y además feminista. Que no, hombre, no, que todo el mundo sabe que las feministas somos mujeres feas, gordas, amargadas y enemigas de la depilación, hasta ahí podíamos llegar. Lo dicen sobre todo hombres blancos que han crecido en heteropatriarcados con todos los privilegios que sus gónadas y sexualidad les dan desde que nacen. Los segundos, eso sí, lo suelen decir en “petit comité”, no sea que alguna feminista soliviantada ponga el grito en el cielo. Hoy me he encontrado con otra de esas críticas hechas por hombres, pero no es el primer día: desde que Beyoncé sacó su último disco, me he visto ya defendiendo varias veces (casi siempre ante un hombre) que se puede ser Beyoncé y creer firmemente en la igualdad de oportunidades. Pero que un hombre no entienda/acepte eso, es, por desgracia, el pan-nuestro-de-cada-día, ahora bien, que muchas mujeres le critiquen por declararse feminista me parece más grave  (afortunadamente, son las menos).

Si algo ha puesto en claro Beyoncé con su último disco (y ahora también con su manifiesto) es un tema que se viene hablando desde hace tiempo y que por un motivo u otro se pasa de largo, y es cómo el feminismo no ha sido inclusivo con la mujer negra.  Como bien apuntaba Mikki Kendall en The Guardian, no existe la talla única para el feminismo, o como señalaban en NPR, hay toda una comunidad de mujeres que no entienden por empoderamiento lo mismo que una larga tradición de mujeres blancas de clase media. Y parece que molesta, y mucho.

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Miss América no es blanca, ¿y qué?

Vaya por delante que no entiendo que nadie quiera presentarse a un concurso de belleza  y  ser tratado como un pedazo de carne. El drama no es que se siga celebrando un certamen cavernario, sino que por primera vez en la historia en EE.UU. no ha ganado una mujer blanca y preferiblemente rubia (este año la favorita era una militar que “ojo-cuidado-cuánta-transgresión” iba tatuada), sino una mujer de origen indio, Nina Davuluri. Y se ha liado. En twitter a muchos usuarios les parecía una infamia tener una “miss” de origen indio, o árabe, o extranjera o musulmana (que a la gente lo mismo le da que le da lo mismo, todo en el mismo saco): además de racistas, ignorantes. Parece que quienes se rasgan las vestiduras por no tener una miss WASP no saben, o no quieren saber, que en 30 años los blancos dejan de ser mayoría en EE.UU.: seguirán siendo el grupo más numeroso, sí, pero ya no serán la mayoría.

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Algunas lecturas sobre el caso de Trayvon Martin

Si alguien aún no sabe de qué va el caso Trayvor Martin es que no vive en este mundo o le interesa poco, pero si algo ha demostrado es que el racismo en EE.UU. sigue vivo y coleando y que lo de “and justice for all” de lo que tanto presumen pues muy bien sobre el papel, pero poco más si eres negro  y pobre.

De todo lo que se ha escrito estos días sobre el caso y sus implicaciones (y lo que queda), hay que leer a Questlove y Ta-Nehisi Coates (aquí un gran desconocido, pero una de las mejores firmas que se pueden leer en EE.UU. cuando se trata de temas raciales).

Aquí dejo unos enlaces:

The Banality of Richard Cohen and Racist Profiling (Ta-Nehisi Coates).

– Trayvon Martin and I Ain’t Shit (Questlove).

– That Doesn’t Mean It Doesn’t Sting Any Less (Questlove).

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Frederick Douglass y el 4 de julio

Frederick Douglass nació esclavo y murió libre, pero no gracias a esas guerra de Secesión que desde Hollywood nos venden como buenrollista y desinteresada (a Lincoln no le interesaban los esclavos, sino la mano de obra gratis que tenía el sur y que podía hacer sombra incluso al industrializado norte… “it’s the economy, stupid”), sino porque él mismo luchó por su libertad: se escapó, hablando en plata. Y claro, no tardaron los abolicionistas en convertirle en portavos de su causa: el 4 de julio le invitaron a participar en las celebraciones de los abolicionistas y él dio un discurso al día siguiente (en las celebraciones no quiso participar) que ya es histórico y en el que venía a decir que por qué iba a tener que celebrar él el 4 de julio, que esa causa no era la suya (de hecho, lo que tampoco cuentan los discursos oficiales es que el primer muerto por la independencia de Inglaterra fue un esclavo, Crispus Attucks).

En Journos of Color, un blog que recomiendo a cualquiera mínimamente interesado en conocer la historia no oficial de EE.UU. y todo lo que tenga que ver con el racismo, recuperan ese discurso de Douglass que contiene una verdad como un puño:

No hay una nación culpable de prácticas más escandalosas y sangrientas que la de los Estados Unidos ahora mismo.

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‘The house I live in’

¿Qué pasa cuando una “guerra contra las drogas” se convierte en persecución pero no en prevención? ¿Qué ocurre cuando las penas por posesión y tráfico de drogas, por pequeña que sea la cantidad, es de décadas? ¿Y cuándo esas penas recaen sobre el pobre, el más débil, y se ceban en los guetos? ¿O qué pasa cuando una ley criminaliza de forma indirecta a una raza o comunidad? Esas y otras preguntas son las que plantea ‘The house I live in‘, el documental de Eugene Jarecki que se sumerge en los efectos de la guerra contra las drogas iniciada por Nixon en los 60 y que ha logrado el dudoso récord de convertir a EE.UU. en el país con más presos del mundo. una guerra contra las drogas que además ha agudizado la exclusión social y en muchos casos hasta el racismo: la posesión de crack tiene penas mucho mayores que la de cocaína en polvo. Casualmente, esas penas se establecieron en los 80 y había mucho más consumidores de crack en la comunidad negra… por una cuestión de pobreza, porque era más barato que la coca. Ni más ni menos. Un código penal racista que ya denunció (si bien de forma tangencial) el documental ‘Planet Rock‘.

A partir de una historia particular, la de su niñera, Jarecki va tirando del hilo y entrevista a abogados, policías, celadores, médicos, jueces, psicólogos, presos y sus familiares, activistas, periodistas como David Simon, traficantes… y todo tipo de  implicados, que van desmontando las mentiras y fracasos de esa guerra y que además descubren el lucrativo negocio de las cárceles y seguridad privadas.  Se puede ver hasta el 22 de abril en el Atlántida Film Fest: hasta la fecha, lo mejor que he visto en el festival.

 

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Vender a cualquier precio

A veces me asombra la capacidad de las marcas (sobre todo de algunas que además se las dan de modernas, “jóvenes” y “progres”) para perpetuar los peores clichés, los más rancios, los de peor gusto, los que más daño pueden hacer: desde los anuncios de productos adelgazantes a las líneas de juguete color rosa para chicas pasando por esas marcas de cosméticos que contratan a Beyoncé pero a la que blanquean la piel hasta que parece blanca. Hasta para anunciar compresas los publicitarios recurren a culos perfectos en bragas de colores moviéndose con alegría (muy realista, como bien sabe cualquier mujer que esté menstruando: lo que más te apetece hacer esos días es marcarte una samba en paños menores).

Pero cuando piensas que la publicidad no puede caer más bajo, llega Ford y se cubre de gloria lanzando una campaña en la India en la que varias mujeres hípersexualizadas y maniatadas (tres de ellas, caricaturas de las Kadarshian bajo la atenta mirada de Berlusconi) están encerradas en el maletero. Una campaña que llega después de que dos mujeres hayan sido violadas en grupo en ese país, que una de ellas haya muerto y que además se haya destapado que en la India se  viola a una mujer cada 20 minutos (al menos, esa es la cifra que se ha contabilizado entre quienes denuncian). No me puedo imaginar qué pasó por la cabeza de los creativos ni de los directivos de Ford que dieron luz verde a esta campaña. Incluso si no hubiera pasado en la India lo que ha pasado, sigo sin verle la gracia. Pero aprobarlo aún después de las manifestaciones que ha habido, del clamor social, de la muerte de una mujer, se me escapa por completo. ¿No podían dar marcha atrás? No, una disculpita, y aquí paz y después gloria, ¿no? Pues no. No conduzco, pero si alguna vez lo hago, antes prefiero seguir usando el transporte público a usar un Ford así me lo regalen (de fidelización, después de todo, puede que sí sepan algo).