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El cambio climático también se combate desde casa

Por repelente que suene, el medioambiente me preocupa desde que recuerdo tener algo de conciencia sociopolítica: la primera vez que me hice vegetariana fue en los 90, durante más de un año consagré las mañanas de mis viernes a hacer voluntariado en Greenpeace y si no empecé a reciclar antes fue por la sencilla razón de que en España era imposible por mucho que quisieras separar la basura.

Recuerdo cómo en Greenpeace ya nos hablaban de problemas que entonces parecían inimaginables pero que ahora no sólo son muy reales, sino que han superado la previsión más catastrofista que pude escuchar allí: en Berlín es verano desde mayo (cuando me vine hace 5 años tenía, literalmente, tres vestidos de verano porque no te hacía falta más), en el ártico ha habido incendios forestales, el «permafrost» se está derritiendo, aparecen burbujas de metano en lagos del Ártico, en Ciudad del Cabo se preguntan la sequía es extrema, la OMS dice que la dieta del futuro pasará por comer insectos… y en fin, todos leemos la prensa, así que  a nadie debería coger por sorpresa nada de lo que digo. Si aún hay quien se cree que no es para tanto, que se lea «This changes everything» de Naomi Klein.

Con este panorama, a mí me da mucha pena la gente que da saltos de alegría cuando tenemos 35 grados en Berlín durante días y días, quienes se quejan de que ya no den bolsitas o quienes no pueden vivir sin su nespresso ni su botella de agua mineral, porque son pequeños gestos que no nos cuesta nada cambiar y de los que va a depender el futuro del que de momento es el único planeta habitable. Hay gente que debería preocuparse aunque sólo fuera por puro egoísmo y por no querer terminar subido al techo de su casa en plena inundación o ver cómo sus hijos comen insectos o emigran para huir de la desertización. Y lo mejor, es que hay cosas que cuestan muy poco esfuerzo y además ahorran dinero:

    1. Come menos carne: yo no digo que todo el mundo tenga que ser vegano o vegetariano, pero. reducir el consumo de animales no cuesta tanto (que por otra parte se crían de forma tan tóxica y enfermiza que no sólo es inhumano, es que estás comiendo animales ENFERMOS). Esta vez no sólo he dejado de comer carne, también he reducido el consumo de  lácteos al mínimo y será cuestión de tiempo que deje el pescado (más no puedo reducir su consumo, pero ya hay animales que ni me planteo comer). Quien quiera saber cómo se cría lo que venden en los supermercados, incluso lo que va etiquetado como bio, que lea «Eating Animals» de J. S. Foer. Aviso: no es agradable.
    2. Lleva tu propia bolsa al súper: da igual que puedas comprar una de papel, cuanto menos gastes, mejor. Las bolsas de IKEA son un pozo sin fondo para ir al súper, cabe en ellas la compra de la semana y dobladas no ocupan nada. Si encima llevas una mochila, ahí puedes cargar los briks y botellas.
    3. Usa menos plástico: éste es uno de mis caballos de batalla y lo más difícil, porque hasta para comprar tomates parece que no te libras del dichos plástico. Las bolsas absurdas que dan en los supermercados para meter la fruta son innecesarias y además no se pueden reutilizar para nada. Contaminas para que la fruta no vaya suelta dos minutos. Si no quieres que los higos, el tomate o los limones se mezclen con paquetes pesados, lleva una tote bag de tela, y listo. Y ésa es otra: ¿pueden los distribuidores dejar de usar cinco envoltorios distintos para tres tomates? No hacen falta, de verdad. Mi último gran descubrimiento es el champú sólido: puedes meterlo en una caja de metal cuando viajas, no necesitas facturarlo, dura más que el tradicional y lo más importante, no terminará flotando en la playa o sirviendo de trampa letal para aves marinas o peces. Para ducharme, hace años que empleo mi propio jabón: una pastilla es tan eficaz como un gel de baño, y de nuevo, no lleva plástico.
    4. Recicla: es tan obvio, que da vergüenza escribirlo, pero hay demasiada gente que no lo hace.
    5. Consume menos: ¿cuántas veces has abierto el armario y te has encontrado algo que llevabas sin ponerte meses o que ni has estrenado? Hacer una camiseta supone un gasto de 2.700 litros de agua (de las condiciones en que se fabrica esa camiseta da para post y hasta para libro completo). No todo el mundo (yo tampoco) podemos prescindir de comprar ropa barata, pero sí puedo prescindir de esa falda que sé que no me pondré nunca y comprar en rebajas algo que sé que me va a durar algo más (el pijama que llevo puesto ahora, no exagero, tiene 18 años:  hay colores y estilos que no se pasan de moda jamás).
    6. Usa el transporte público. O la bici. O hasta el monopatín si quieres.
    7. La copa menstrual: todo ventajas.
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La crisis se ha comido el medioambiente

De un tiempo a esta parte noto que las noticias medioambientales cada vez ocupan menos espacio en la prensa. Ni siquiera la Cumbre de Qatar sobre cambio climático tuvo la repercusión de la de Tokio. Parece que a menos que ocurran desastres como los del Golfo de México, las noticias sobre medio ambiente han quedado relegadas a los ladillos, a la letra pequeña, al espacio que rellenar. La crisis se ha comido hasta eso, incluso desaparece esa sección del NY Times. Como si las cosas mejorasen solas o el desastre no fuera casi imparable. Invisibilizar el problema es agravarlo.