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Las estrategias de márketing de Miley Cyrus y las de Arcade Fire

Arcade Fire han elegido un mal día para estrenar vídeo interactivo (más el que tiene que estar al caer rodado por Corbijn): sin teasers, sin plantillas pegadas en ciudades estratégcas, sin mensajes crípticos y sin campañas de márketing propias de Daft Punk, Miley Cyrus se acaba de convertir en trending topic por obra y gracia del videoclip que ha rodado con Terry Richardson. Que sí, que sale desnuda (si lo hubiera hecho Lady Gaga ya andarían sus fans diciendo que es arte) y que lame un martillo pilón (¿hola?, ¿alguien más se acuerda de las que liaba Madonna en los 80 y 90?).  Sospecho que en los próximos días habrá artículos de todo tipo en todas partes posicionándose a favor o en contra de la nueva jugada de Miley. Mientras, Arcade Fire seguirán con sus teasers, sus apariciones en programas norteamericanos de late-night, sus snippets y su rumorología. A final de año, no hay que ser un lince, las arcas de Miley estarán mucho más llenas que las de los canadienses.

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‘I want my MTV’: cuando la MTV aún era musical

Yo no tenía MTV. Tampoco la tenían mis amigas. No la vi por primera vez hasta que fui a EE.UU.  Recuerdo que mi hermana y yo nos quedamos pegadas a la tele, y no queríamos irnos de la habitación, ” a ver qué vídeo ponían ahora”. Mis padres nos sacaron de allí a regañadientes. Pero en los 80, afortunadamante, en España había programas de música: los suficientes como para poder pasar unas horas pendiente del próximo vídeo que pondrían. Por éso no me ha costado trabajo sumergirme en la lectura de ‘I want my MTV‘ y visualizar mentalmente todos los vídeos de los que hablan. Después de todo, pertenezco a esa generación que creció viendo vídeos musicales, que se asustó viendo ‘Thriller‘ (me consuela leer que Cee Lo también salió despavorido de la habitación), que vivió el escándalo del ‘Like a prayer‘ y que canturreaba el ‘Video killed the radio star‘.

El libro de Craig Mark y Rob Tannenbaum, pese a todo, no es un relato nostálgico al más puro estilo “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sino una historia oral y muy bien documentada sobre cómo era por dentro la MTV, cómo cambió la industria musical y cómo lanzó las carreras de músicos y directores. Ojo, que tampoco es una hagiografía: no faltan los detalles escabrosos, claro, pero lo más chocante es descubrir el racismo y sexismo que había tras ese canal de televisión que aparentemente lideraba la vanguardia: se negaron a emitir vídeos de Michael Jackson hasta que no se vieron entre la espada y la pared, ningunearon el rap hasta que descubrieron que era rentable y rechazaron entrevistar a Don Letts cuando se presentó en la cadena y descubrieron que era negro. Que las mujeres de los videoclips de los 80 no tenían más papel que el de lucir palmito y lencería es algo que salta a la vista, pero dentro de la cadena el machismo también campaba a sus anchas… junto a la homofobia. Unos mirlos blancos, en definitiva, cuyos excesos a menudos superaban los que se atribuían a las estrellas de rock pero que cambiaron la forma en que se presentaba la música y que en última instancia tenían poder para lanzar o arruinar una carrera.

Marks y Tannenbaum hacen un análisis que trasciende lo meramente musical a través de las declaraciones de trabajadores de la MTV, músicos y directores que pudieron abrirse camino en el cine gracias a los videoclips (David Fincher es un buen ejemplo). Fechan el fin de la MTV a principios de los 90, con la llegada de los anti-vídeos de Nirvana y Pearl Jam y la decisión de la cadena de apostar por los ‘realities’ que, a día de hoy, siguen ocupando la mayor parte de su parrilla.  Pero tampoco reivindican la vuelta del pasado: en la era de YouTube, es uno quien elige lo que ve y cuándo lo ve. Y no nos engañemos, casi todos buscamos vídeos antiguos.

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M.I.A., Madonna, la Superbowl y otras chicas del montón

¡Pobre Madge! Y lo digo yo, que he sido fan acérrima de Madonna… pero es que a veces no atina.

A ver, querida, ¿cómo te lo explico para que me entiendas? Tú, que diste un nuevo significado a la palabra escándalo, vas y cometes un error de manual. Que sí, que ni Britney ni Aguilera podían hacerte sombra, pero M.I.A…. Madge, ‘querida’, ¿es que no lees la prensa? ¿Ni siquiera el NME ahora que presumes de ser más británica que la reina de Inglaterra? ¿No has visto sus vídeoclips? ¿No sabes que su expediente tienes más entradas que la KGB?

Así que llegas tú, en plan faraónica y divina de la muerte, con tus pendientes de Bulgari, toda divinísima y haciendo sentadillas con más brío que la terremoto de Alcorcón

Y a M.I.A. le basta un segundo para echar por tierra toda esa puesta en escena y que se hable casi más de ella que de ti. Un dedo: es lo único que ha necesitado. ¡Levantar un dedo! ¡Y qué más da si la multan! Su archimillonario marido ya lo resolverá a golpe de talonario

Madonna, querida, te has equivocado. Me parece que esto no lo resuelves ni con un morreo a Lady Gaga.

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Fetichismo extremo

Entiendo la mitomanía: yo también he sido muy mitómana (a veces aún lo soy, aunque cada vez con más reservas). Lo que no comprendo es el fetchismo extremo, esa creencia según la cual por tener un objeto que ha usado el ídolo de uno está más cerca de él. Creo que la mejor forma de acercarse a un artista es profundizar en su obra, no poseer objetos suyos. La genialidad no es contagiosa ni se hereda por tener cosas que en otro tiempo pertenecieron a alguien.

De un tiempo a esta parte estamos alcanzando unas cotas de fetichismo absurdas. Ahora se pone a subasta un diente de John Lennon. No dudo que se venderá: su taza de váter ya alcanzó las 9.500 libras. También se puso a subasta el retrete de Salinger, ‘sin limpiar’. ¿Qué pasa por la cabeza de quienes compran algo así? No lo sé.

Pero no puedo evitar acordarme de aquella escena de ‘Slacker‘ en la que la batería de Butthole Surfers intenta vender el tejido de una citología de Madonna. No logra su ibjetivo. Creo que en 1991 ni Richard Linklater podía imaginar que a día de hoy habría gente pagando dinero por objetos absurdos.