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‘Material girl’: música y sexismo

La extensión universitaria de la Universidad de Oviedo está impartiendo un curso que ya me gustaría haberme encontrado en la facultad: “Material Girl: a codazos con el patriarcado musical”. Afortunadamente,  @notschinmm  está compartiendo recursos, materiales y temario del curso en “Material Girl”, un blog lleno de bibliografía, vídeos y buena música. Más que recomendable.

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La polémica del día: el machismo en el “indie”

Últimamente no hago más que encontrarme con el debate del feminismo, no sé si es que a raíz del 15M se han despertando algunas conciencias que andaban un poco dormidas o qué, pero el caso es que ahí está.

El último dardo lo lanza El Diagonal desde una columna llamada “Machismo gafapasta” en la que se denuncia la actitud machista del indie. Hay cosas con las que no estoy de acuerdo de ese artículo, pero sí en el fondo: hay machismo, sí, pero no en el “indie” (qué manía tengo a hablar de escena, y más aún “indie”, me da mucha grima, la verdad), sino en todos los sectores de la sociedad. En todos. En la línea de autobús que cojo habitualmente sólo he visto una mujer al volante, por ejemplo. También podemos hablar de los reportajes de las “vecinitas” (¿se siguen haciendo?), de la foto de una mujer en ropa interior que saca ese diario deportivo o de la lamentable presencia femenina en el Gobierno (oh, sí, hay mujeres, ¿pero son válidas?).

En realidad, pienso que el machismo terminará el día que exista empatía. Yo no quiero una igualación por abajo, para mí no es un logro que un grupo de mujeres vaya a a un “boys” y meta billetes en el tanga de un hombre, más bien lo veo un retroceso. Al final todo se reduce a respeto mutuo y empatía. No quiero guerras de sexos tampoco, no me interesan, me agotan y no llevan a ninguna parte. Creo mucho más en ponerse en la piel del otro. Y me da igual que hablemos de “indie”, de “mainstream”, de literatura, de política o de arte. Las actitudes, son las mismas en todos los mundos, me temo.

No creo que como dice el artículo un grupo se convierta automáticamente en machista por escribir una canción vengativa. Yo misma he sentido empatía con algunas de las letras que señalan con el dedo en ese artículo, y eso no me convierte en ¿”andronista”? ¿Cómo se llama a quien odia a los hombres? Porque feminista, desde luego, no es. También se obvian en el artículo canciones en las que se ensalza a la mujer, por ejemplo, o en las que directamente se habla de política. Tampoco creo que decir que ‘Disfraz de tigre‘, que es una canción sobre una caja registradora, se pueda poner como ejemplo de empoderamiento de la mujer.

Me parece mucho más enriquecedor para todos aportar ejemplos positivos al debate, y artistas “indies” (otra vez la palabra) que no son machistas, afortunadamente los hay y ha habido: Margarita, Ginferno, Grosgoroth, Extraperlo, Los Punsetes, Delorean, Centella, Sibyl Vane, Veracruz, Za!, Uke, Diego García, Linda Mirada, Humbert Humbert…

Tal vez, es sólo una hipótesis, igual me equivoco, pero creo que podríamos llegar más lejos si además de dedicarnos al “yo acuso”, hiciéramos algo por aportar ejemplos positivos y constructivos, enseñar un camino.

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Inmersa en un patriarcado cultural

Cuando leí por primera vez la columna que Elena Cabrera publicaba ayer en PlayGround denunciando el machismo cultural me sentí identificada de la primera a la última línea. Llevo tanto tiempo padeciendo, conviviendo y denunciando ese machismo cultural que ya forma parte de mi vida, por eso no me sorprendía nada de lo que ella contaba: nada que una mujer no viva a diario en este mundo que se supone menos machista (el de la cultura) pero que en realidad esconde conductas rancias tras una pátina de pseudoprogresía y modernidad. Tener que aguantar reseñas en las que se tiene que mencionar el corte de pelo de Cat Power como si fuera determinante (¿alguien menciona los cambios de imagen de Ariel Pink, por ejemplo?) o leer a críticos musicales babeando con el físico de la artista de moda de turno (las críticas del primer disco de Russian Red eran directamente repulsivas) es parte del status quo de la prensa cultural. También lo es que las mujeres seamos minoría en las redacciones, tanto que cuando una mujer firma un texto se da por sentado que lo escribe un hombre. Tanto, que cuando una mujer llega a dirigir el NY Times es noticia porque es mujer, y luego ya viene el resto de su currículum.

Suele decirse que España es un matriarcado. Si por matriarcado entendemos que tradicionalmente son las mujeres quienes han criado a sus hijos, entonces sí, pero si atendemos a quiénes gobiernan, escriben las normas y dirigen el cotarro, llevamos SIGLOS inmersos en un patriarcado.

Recuerdo aquellos primeros días de la Acampada Sol en que asistí, pasmada, a una asamblea en la que se discutía si debía mantenerse o no aquella pancarta que decía “la revolución será feminista o no será”. Con 20 años solía pensar que a estas alturas de la vida ese debate ya no sería necesario. Por desgracia, lo sigue siendo. La prueba está en que el artículo de Elena ha levantado ampollas  y ha dado que pensar… sobre todo a hombres (José Rosales reflexionaba ayer en voz alta, otros lo hacían en petit comité, pero lo hacían también). Y me gusta que eso pase. Porque las mujeres no necesitamos que nos recuerden cuál es la representación que de nosotras se hace en el mundo de la cultura: la padecemos a diario, crecemos con ella, la sentimos en nuestra piel cada día. Hace falta que sean los hombres quienes lean estas cosas, porque mientras ellos detenten el poder, son los únicos que nos pueden ayudar. Y francamente, si yo fuera hombre, no querría compañeras hípersexualizadas, sumisas y complacientes, querría un igual.