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Otro “verano infinito”

El sabado comienza otro “verano infinito” en el que leer (o releer) ‘La broma infinita’. En 2009 me apunté, en 2011 lo volví a leer por mi cuenta, y aunque parecía que los impares iban a ser mis veranos de DFW, parece que este año le toca a ‘House of leaves‘. Pero si alguien aún no ha leído ‘La broma…’, le recomiendo que se apunte.

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#OccupyGaddis: el verano de ‘JR’

En 2009 se puso en marcha una lectura colectiva de “La broma infinita” como homenaje a David Foster Wallace. Se puso en marcha una web y la lista de correo de DFW estuvo echando humo durante el verano. Algunos tiraron la toalla, pero quienes llegamos al final pudimos compartir durante meses opiniones, comentarios sobre las celebérrimas notas a pie de página, risas y anécdotas. Ya he leído dos veces “La broma…”, pero me gustó poder compartirlo al menos una de sus lecturas con personas que andaban más o menos por el mismo punto que yo.

Hoy, en el resumen de la lista de correo de DFW, he descubierto que este mismo viernes comienza una lectura colectiva de ‘JR’ de Gaddis, un autor al que llevo tiempo queriendo hincar el diente. Esta vez, la iniciativa surge de un periodista de Los Angeles Review of Books, que la ha bautizado como #OccupyGaddis (como yo, el periodista del que parte la iniciativa tiene en Gaddis su asignatura pendiente). Me ha faltado tiempo para comprarme el libro. Me temo que llegará unos días más tarde de lo previsto, pero vale la pena, ya alcanzaré al resto… y si llevo retraso no importa. No es una carrera, no se trata de competir, sino de compartir… y aprender. Y desde luego, aquel verano aprendí, y mucho, de DFW. ¿Por qué no repetir con Gaddis?

P.D. #occupygaddis se puede seguir en Twitter con ese mismo hashtag y en GoodReads.

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‘La broma infinita’

No es la obra de David Foster Wallace más fácil de leer: más de 1200 páginas, 388 anotaciones a pie de ídem, tapa dura (la edición de bolsillo, que yo sepa, no existe en castellano), una compleja trama y frases eternas. Poco punto y aparte, capítulos largos y una compleja trama ambientada en un centro de rehabilitación y una escuela de tenis de alto nivel.

Toda la novela gira en torno a la familia Incandenza, cuyo patriarca, a quienes sus hijos llaman Él Mismo, se suicida metiendo la cabeza en el microondas tras dejar un legado de películas que de una forma u otra afectan a todos los personajes. Se trata de cintas que en un principio van dirigidas al consumo doméstico pero que con el tiempo se transforman en obras de arte y ensayo o en tomaduras de pelo que provocan una serie de reacciones que trascienden lo meramente cinematográfico. Una de sus últimas grabaciones, de la que poco se sabe, es capaz de producir un placer tan absoluto que quien la ve muere. Pronto se convierte en un arma política secreta en una sociedad que lo que busca es el placer infinito, ya sea a través de las drogas, la adicción al deporte o el visionado de cintas convenientemente elegidas según el gusto del consumidor (aunque la obra está escrita en 1996, David Foster Wallace ya anticipaba algunas realidades como las videoconferencias, la “televisión a la carta” o las tabletas).

La excusa sirve a David Foster Wallace para hacer un retrato crítico de una sociedad infantilizada en la que los personajes más lúcidos son quienes más excéntricos o perdidos parecen, porque la búsqueda de un entretenimiento infinito no puede estar libre de un cinismo y dolor infinitos, como el que sienten mucho de los protagonistas.

La broma infinita es una novela dura. Pero también es conmovedora, crítica, analítica, divertida, cínica y tremendamente inteligente. A veces, todo a la vez.

Como es casi imposible quedarse con una sola frase del libro, dejo un extracto… y que hablen las palabras de DFW, que lo harán mejor que yo.

Que la mayoría de la gente adicta a una Sustancia también es adicta a pensar, lo cual significa que tienen una relación compulsiva y enfermiza con su propio pensamiento. Que el bonito término de los AA de Boston para el pensamiento adictivo es: Análisis-Parñalisis. Que los gatos cogerán, de hecho, una violenta diarrea si les das leche, o sea, lo contrario de la imagen popular sobre los gatos y la leche. Que simplemente es mucho más agradable estar contento que indignado. Que el noventa y nueve por ciento de este pensamiento de los pensadores compulsivos versa sobre sí mismos; que el noventa y nueve por ciento de ese pensamiento sobre sí mismos consiste en imaginarse y luego aprestarse a las cosas que están a punto de sucederles, y luego, extrañamente, si dejan de pensar en eso, el cien por cien de las cosas que ocupan el noventa y nueve por ciento de su tiempo y energía imaginándose y preparándose para todas las contingencias y consecuencias que de ellas se puedan derivar, jamás son buenas. Y que, por tanto, esto se relaciona de forma bastante interesante con la necesidad de los recién llegados a la sobriedad de rezar para perder literalmente la cabeza. En pocas palabras: que el noventa y nueve por ciento de la actividad de esa cabeza consiste en acojonarse a sí misma. Que es posible hacer huevos escalfados en un microondas. Que el término callejero para lo maravilloso es “cabreante”. Que las madres de algunas personas no les han enseñado a cubrirse la boca o girarse antes de estornudar. Que nadie que haya estado en la cárcel vuelve a ser el mismo. Que nos es imprescindible practicar el sexo con una persona para que esta os pases sus ladillas. Que uno se siente mejor en una habitación limpia que en una sucia. Que a la gente que hay que tener más terror es a la gente aterrorizada. Que se necesita mucho valor para mostrarse débil. Que no hay que pegarle a nadie aunque se tengan muchas ganas de hacerlo. Que ningún instante individual y concreto es en sí mismo insoportable.