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Es economía, pero no colaborativa

Lo que voy a decir no es nada nuevo ni original: Airbnb y similares no promueven la “economía colaborativa”, sino la burbuja turística. Ayuda a los de siempre (quién va a alquilar un piso por 500 euros al mes cuando puede sacar eso por una semana), destruye tejido social y echa a los vecinos hasta convertir barrios enteros en grandes parques temáticos para turistas. Que se lo pregunten a y su modelo de “economía colaborativa” se están cargando habitabilidad de las ciudades. Sólo lo he usado una vez, y a mi pesar, pero siempre que viajo prefiero tirar de hotel a inflar aún más la burbuja inmobiliaria, a contribuir a la gentrificación y a convertir barrios enteros en parques temáticos para turistas.

Lo que sí me llama la atención es ver cómo mucha de la gente que se queja de la subida de los alquileres no duda en tirar de Airbnb cuando se va de vacaciones, como esos turistas que van a otros países a hacer el hooligan pero no en casa, faltaría más.

¿Que Airbnb y sucedáneos no son el único problema? Por supuesto. Pero lo agravan, y luego pasa lo que pasa…

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Un ‘PornoBurka’ para esconder los prejuicios

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Si alguien de cuyo criterio te fías te dice que tienes que leer ‘PornoBurka‘ de Brigitte Vasallo, allá que vas sin pensártelo dos veces (además no hay excusas, que el libro se puede descargar de forma legal y gratuita en la web de la autora). Y según lo empiezas, te llevas una sorpresa, porque no hay porno y sólo un burka (que además ni es lo que parece ser, pero mejor que éso lo descubra el lector), pero sí que hay muchas reflexiones sobre el acercamiento o el rechazo al otro y a lo desconocido, sobre la gentrificación y hasta sobre la modernidad mal entendida. En vez de tratar de sentar cátedra, la autora se limita a poner en boca (y mente) de sus protagonistas todos los prejuicios que hemos escuchado y hasta aquéllos de los que nos creemos exentos.

‘PornoBurka’ empieza siendo una reflexión sobre la identidad, el género y el feminismo, pero termina poniendo entre las cuerdas todo tipo de prejuicios, hasta aquellos que tienen los que se creen libres de ellos. Y lo hace además con mucho humor y usando el Raval como metáfora de esa Barcelona que quiere ser moderna a cualquier precio y que no se diferencia tanto de los barrios de otras ciudades que a costa de cambiar la mercería de toda la vida por el Starbucks de turno terminan por perder su identidad (ya está, ya me salió el prejuicio, se me escapó del burka mental).

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“Estaba todo roto”

Camino de Müggelsee, el lago más grande de Berlín y situado en la antigua RDA, sólo se ven mansiones y casas antiguas con decoración art-déco. Metros y metros de casoplones no tan modernos como los del área de Wannsee (el primer sitio en el que me reí y mucho de aquéllo que dicen de que Berlín es “poor but sexy”), pero dede luego mansiones que bajo ningún concepto esperaba encontrar en una zona de la otrora Alemania oriental. En seguida he comenzado a fabular con los altos cargos de la república que debían vivir en el área. No encontraba otra explicación hasta que un matrimonio alemán nos han dicho que en esa zona, en los 80, “estaba todo roto”, todo fatal, o que quienes vivían en Prenzlauer Berg en la época lo decían casi con vergüenza, porque era una de las zonas de Berlín que peor estaba, y ahora, en cambio “nuestra hija paga 500 marcos (sic) por una habitación”.

Luego paseas por la playa de Müggelsee y te sientes como un figurante en “Goodbye Lenin“: hombres mayores con mullet, “speedos” de colores y estampados imposibles, mujeres bañándose en ropa interior, chavales con los gayumbos asomando bajo el bañador y abuelas tapándose la nariz con una hoja de árbol para no quemarse (en vez de usar protección solar) y te preguntas cómo viven esas personas los cambios que aún se producen en la ciudad, si para ellos son gentrificación o una simple mejora, esa reconstrucción que en Berlín occidental se pudo llevar a cabo tras la guerra pero que en el oriental se quedó a medio hacer. Pero lo que tengo cada vez más claro es que aún existen dos “berlines”, y a veces sólo los separan seis estaciones de S-Bahn.

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Desmontando mitos: Berlín

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana llamada Berlín, se podía vivir con cuatro perras, una habitación del tamaño de dos minipisos se podía alquilar por menos de 200 euros y se podía llegar con vuelos de 100 euros. Muy bonito, sí. Y aunque todo eso fue hace mucho, mucho tiempo, la leyenda urbana persiste: Berlín es baratísimo (ya no tanto), las habitaciones son enormes (eso sí), y tiradas (no, ya no, ya están como en Madrid o Barcelona), todo el mundo es bienvenido (falso), es muy bohemia (se está gentrificando a marchas forzadas)… Las cosas no son tan fáciles ya, pero la leyenda persiste. Da igual que los precios se hayan duplicado, que haya que competir con cientos de personas para conseguir una habitación o que la vida nocturna cada día encuentre más trabas. ¿En busca de trabajo? Alemania -y automáticamente casi todo el mundo piensa en Berlín-  es la meca. Se habla mucho menos de que Berlín es la ciudad alemana con la tasa más elevada de desempleo (el 12,4%, frente al 7,4% del resto del país), por ejemplo. O de los alquileres de 400 o incluso 650 euros por 50 metros cuadrados , o de cómo esos precios siguen subiendo cada vez que alguien con más dinero se quiere quitar de encima a la competencia añadiendo unos euros más, o de cómo esa efervescente vida nocturna empieza a peligrar, o de la imposibilidad de encontrar trabajo en una ciudad cuyo idioma no hablas (me cuentan amigos que viven allí que conocen a decenas de españoles que llegan convencidos de que encontrarán allí ese trabajoaquí inexistente pese a todo, incluso pese al desconocimiento de la lengua). Pero la leyenda urbana es más poderosa. Y amo Berlín, y claro que me gustaría vivir allí, o haberlo hecho en algún momento, pero ya ni siquiera es posible encontrar billetes de 100 euros para hacer una escapada (ni siquiera para ir cuando nadie la quiere pisar, en pleno invierno), los edificios abandonados terminarán por ser lofts de lujo y no es descabellado pensar que en poco tiempo será tan caro como Londres. Es todo como ese famoso bulo que circula por internet de que el autónomo no paga nada (o casi nada) en Alemania: pues otra gran verdad a medias.

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Aberraciones arquitectónicas en nombre de la gentrificación

Hubo un tiempo en Madrid en que éramos  eran tan modernos que en vez de remodelar los edificios neoclásicos del XIX, los tiraban y en su lugar plantaban moles de cristal. Basta con un paseo por la Gran Vía para encontrarse una de esas aberraciones frente al Chicote: tras ese horrible cristal verde, si la luz es la adecuada y uno se fija, puede ver una de esas fachadas decimonónicas. Esos edificios, que tan modernos parecían en la década de los 80, son la cosa menos habitable y ecológica del mundo. Trabajar tras una cristalera enorme supone pelarse de frío en invierno, de calor en verano, y abusar de calefacción y aire acondicionado. Los atardeceres son impagables, eso es cierto, pero es la única ventaja que les he encontrado en años, no sé si compensa.

Cuanto más “moderna” es una ciudad, más afán hay por tener el edificio más estrambótica del mundo (ay, las torres KIO). Y claro, era de esperar que Williamsburg sucumbiera a esa fiebre. Lo de la foto es el proyecto para cambiar la cara de la antigua Sugar Factory: la verdad es que parece más propio de Dubai que de Brooklyn, que lo mejor que tiene son precisamente esos antiguos almacenes y edificios de ladrillo rojo que sobreviven a pesar de todo.

Pero ésa no es la única aberración arquitectónica que deja el fin de semana: Berlín, una vez más, en peligro. Como no tienen suficiente con instalar tuberías azules gigantes sobre las cabezas de los transeúntes (salen más baratas que ponerlas bajo tierra), ahora han autorizado una construcción de lujo junto East Side Gallery, donde se mantiene en pie parte emblemática del muro, donde más gente murió tratando de saltar al otro lado. A priori, parece que lo de construir viviendas de lujo en la ciudad con mayor precariedad y paro de Alemania no tiene sentido, pero con los planes de convertir a Berlín en la Silicon Valley de Europa la especulación empieza a campar a sus anchas. El domingo se logró parar el desmantelamiento de esa parte del muro, pero sólo temporalmente. La contrucción del edificio sigue adelante, y que esa parte del muro desaparezca o acabe tras una vitrina, es cuestión de tiempo.

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La “gentrificación” de Brooklyn, ahora en documental

Leo en Free Williamsburg que se ha rodado un documental sobre la “gentrificación” (dichoso palabro) de Williamsburg y me pregunto cuánto tardarán en llegar documentales parecidos sobre Berlín o Malasaña, reconvertida ahora en tierra de “cupcake” y pose. No voy a negar lo más obvio, como que en algunos de esos barrios se ha generado empleo, por ejemplo, pero tampoco se puede negar que en muchos otros, y Malasaña es un buen ejemplo, se ha disparado por las nubes el precio de la vivienda, han echado a los comerciantes de toda la vida, y ahora sólo se encuentran tiendas muy modernas, de precios prohibitivos, que a menudo duran sólo unos meses abiertas porque con la que está cayendo,  a ver quién se compra una tontería por 30 euros la unidad… mientras unos poquitos se llenan los bolsillos, los poquitos de siempre, claro. En Kreuzberg, uno de esos barrios de Berlín que se está “gentrificando” a la velocidad de la luz, echaban de su casa hace poco a una familia que no se podía permitir una subida de alquiler de nada menos que 715 € mensuales (mientras, por aquí, sigue vigente esa leyenda urbana de que la vivienda en Berlín es baratíiiiisima, aunque los pisos tengan ya casi el mismo precio que aquí). Y hace tiempo que no piso el Poblenou en Barcelona, pero intuyo que sigue el mismo camino. Y cada vez lo tengo más claro: cuando los “cupcakes” entran en un barrio, es hora de mudarse.