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Todos los hombres del Washington Post

¿Es posible un nuevo Watergate? No me refiero al escándalo político (está claro que no sólo es posible, sino que se hacen cosas aún peores). Me refiero a la serie de reportajes que publicó The Washington Post en 1973. ¿Tendrían hoy Carl Bernstein y Bob Woodward alguna oportunidad de sacar a la luz escándalo semejante trabajando por cuenta ajena en la redacción de un diario? La respuesta, desgraciadamente, me temo que es un no. Salvo que fueran redactores freelance que se pudieran alimentar de aire e ilusiones, pocas posibilidades hay hoy día de que un periodista pueda invertir meses en un reportaje.

La historia la conocemos todos: un aviso de la policía de Washington aparentemente irrelevante conduce a una gran investigación que concluye con la dimisión de Nixon. Aunque es indudable que la colaboración de Garganta Profunda ayudó a los periodistas a encauzar la investigación cuando se perdían o parecían dar palos de ciego, ninguno de los reportajes que firmaron habría llegado a buen puerto de no ser por el trabajo de Bernstein y Woodward: a diferencia de lo que se estila ahora, apenas tiraron de teletipos (en el libro no se mencionan más que un par de veces) y sí de fuentes. Algunas las consiguieron a costa de insistir, llamar, entrevistarse con ellas y ganarse su confianza, aunque les llevara tiempo. Si creían que había una pista en México o en Miami, allá iban, gracias también a un redactor jefe que no escatimaba en gastos con tal de llegar al fondo. El mismo redactor jefe que prefería postponer un reportaje a publicar información no contrastada.

Otras cosas que llaman la atención del libro son el apoyo incondicional de la dueña del Washington Post, dispuesta a ir a la cárcel antes que permitir que sus periodistas se vieran obligados a revelar las fuentes. O que Bernstein y Woodward no podían entrevistarse con nadie sin identificarse como periodistas del Post. O que antes de publicar algo que afectara negativamente a alguien se le llamara para advertirle y confirmar la información… En definitiva, una serie de prácticas más que deseables pero que por desgracia, se están perdiendo en el periodismo actual. Ahora importa la exclusiva y el dar la noticia antes que nadie, prima la cantidad sobre la calidad. Unos tiempos con redacciones raquíticas y redactores mal pagados. ¿Cómo se puede pedir a un periodista que apenas llega a fin de mes y que está haciendo el trabajo que hace un par de años hacían tres personas que se dedique de forma exclusiva a investigar? Nada de eso. Mejor esperar a que se filtren los próximos cables de Wikileaks. A veces ni hace falta traducirlos. Que el lector se busque la vida.

¿Es éste el periodismo que queremos?