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Madonna

 

Con eso de que Madonna cumple 60 (¡60!) años, todo el mundo anda repasando su carrera, sus momentos más polémicos, sus looks, su música, sus hallazgos estéticos, sus amantes y poco falta ya hasta para que alguien rebusque en la basura para decirnos hasta qué se consume en su casa -entre tanto top me sorprende que aún nadie haya optado por las mejores stories del instagram de Madonna, que es muy de madre de 60 años que descubre los filtros y se pasa el día presmiendo de hijos, la verdad-.  De momento, el top de canciones de Jenesaispop, con su lista de Spotify incorporada, me parece de lo mejor (aparte de recordarme la cantidad de «hitazos» que tiene). Pero poca cosa estoy leyendo sobre lo que para mí siempre será la mayor aportación de Madonna, y es la cantidad de caminos que abrió no sólo a las artistas que han venido después y que incluso llevan años imitándola (¡hola, Lady Gaga!), sino a todas las mujeres que hemos visto cómo Madonna normalizaba situaciones y actitudes que eran impensables en el mainstream hasta que llegó ella.

Sexo

Sí, lo sé, Madonna no es la primera en hablar de sexo o llevarlo a la pantalla o cantar sobre él, pero sí fue la primera en hacerlo de forma explícita y siendo además la mujer más conocida de su época. Ni siquiera Beyoncé se atrevería a cruzar las líneas que cruzó Madonna teniendo además mucho menos control sobre lo que de ella se decía del que tiene Bey. Madonna simuló masturbarse en directo, protagonizó videoclips que parecían la versión BDSM de un cuadro de Tamara de Lempicka y en los que la podíamos ver arrastrándose por el suelo para beber leche de un cuenco, puso a Mondino a dirigir una orgía en blanco y negro, reclutó a Naomi Campbell y a Isabella Rossellini para su libro Sex (¡lo que me arrepiento ahora de no haberlo comprado entonces!), hizo de arneses, fustas y antifaces complementos normales a la hora de vestir o subirse a un escenario…  Madonna siempre reivindicó -y lo sigue haciendo- la sexualidad femenina sin tapujos, con ella dejaron de ser tabúes infinidad de temas, del orgasmo femenino a la masturbación pasando por la mera existencia de un deseo femenino que no tiene como fin complacer a un hombre: ahora puede parecer muy básico, y en otras culturas lleva años siéndolo, pero en el contexto del catolicismo -en el que ella también se crió- esto era un tabú: la mujer se casaba, tenía que parir y ser buena ama de casa, discreta, modesta, no dar pie a habladurías… todo lo demás, mal.

Catolicismo

Nada hay más católico que la culpa. Si devuelves la hostia en vez de poner la otra mejilla, culpable. Si disfrutas en este «valle de lágrimas», culpable. Si no te arrepientes, culpable. Y así con todo. El catolicismo es muy cansino: todo es pecado y aquí hemos venido a sufrir y te tienes que pasar la vida pidiendo perdón, llorando y expiando tus pecados. Con esas premisas tan sombrías, no sé cómo ha conseguido tantos adeptos (aparte de a la fuerza, claro). Así que llega Madonna, con todo su bagaje católico, apostólico y romano, y se planta también ante la iglesia: la ya encionada masturbación en directo, el famoso santo que cobra vida y al que besa en  «Like a prayer«: fue el punto culminante de pequeñas blasfemias como convertir los crucifijos en un complemento estético más, reivindicar el uso del preservativo y mandar callar a su padre en «Papa Don´t Preach» por mucho que al final opte por seguir adelante con el embarazo en vez de abortar. Si este año hemos visto a Rihanna vestida de papa y nadie se ha rasgado las vestiduras se lo debemos a Madonna, que ya se encargó de matar a disgustos al Vaticano.

Moda

No es que Madonna no haya dejado un estilo por tocar -que también-, es que además ha creado escuela, desde los ya mencionados crucifijos a lo de sacar a la calle la ropa interior a normalizar las cejas negras con pelo platino pasando por la que considero una de sus mejores aportaciones a la iconografía del pop: el corsé picudo. Sólo a ella se le ocurrió, Gaultier mediante, popularizar el corsé de abuela de los años 50 y convertirlo en una seña de identidad. Ha pasado a la historia como el rayo rojo sobre la cara de Bowie, los mocasines negros con calcetines blancos de Michael Jackson, las gafas redondas de John Lennon o la camisa de franela de Kurt Cobain. Lo mejor, en todo caso, sigue siendo que a sus 60 años viste como le da la gana, si quiere ponerse un corsé se lo pone, si quiere vestirse de dominatrix lo hace, si quiere ir con una batamanta también… el mensaje que lleva años mandando al mundo está claro: a la mierda lo que digan las modasy el cómo se supone que se debe vestir una con 20, 30 o 60 años. Si en unos años se ve normal que pasados los 50 se pueda seguir llevando corsés o sitiéndose sexy sin disfrazarse de señora mayor o sin esconder el deseo, se lo podremos agradecer a Madonna.

Techos de cristal

¿Cuántas mujeres antes que Madonna han logrado lo que ella en la industria musical, por sí mismas, sin formar parte de un grupo, sin tener un hombre detrás? Ni una. Ahora no nos sorprende una Beyoncé, o una Rihanna, o una Lady Gaga, o una Cardi B… pero hasta que no llegó Madonna, nadie más que los hombres alcanazaban ventas multimillonarias. Madonna se convirtió en la primera mujer en vender 5 millones de discos en 1985 y desde entonces sin parar: puede que ya no sea quien más vende, pero todo lo que hace sigue siendo noticia, sigue estando en la cumbre y sigue siendo una influencia incontestable. Y lo logró pese -o precisamente por- ser mujer, no encajar en los cánones de belleza de la época, descender de emigrantes, no tener padrinos… Ya da igual lo que haga con el resto de su carrera, Madonna Louise Veronica Ciccone hizo historia hace años.

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Huelga feminista 8M

No debe ser fácil tener una hija y educarla sabiendo la mierda a la que se va a enfrentar (menos oportunidades, peores salarios, ser juzgada por tu físico, acoso…). A todas nos han dado consejos vagos, recomendaciones que si lo piensas son retorcidísimas (¿a cuántos hombres les han dicho sus padres que no pierdan de vista la copa cuando salen de noche?) y supongo que al igual que nosotras no hemos contado a nuestras madres toda la mierda a la que nos enfrentamos por el simple hecho de ser mujeres tampoco lo hacen ellas (y lo que debieron ver, aguantar y sufrir las mujeres que vivieron durante la guerra no lo quiero ni pensar). Que de algo no se hable, o no se hable a diario, no significa que no pase ni que vaya a dejar de pasar a corto plazo, así que la huelga me parece más necesaria que nunca: hay que nombrar las cosas, señalarlas y denunciarlas.

Si viviera en España no me lo pensaría dos veces: iría a la huelga feminista. Entiendo que hay gente que no puede -recomiendo encarecidamente seguir la cuenta de Twitter de Quiero y no puedo, en la que mujeres están compartiendo de forma anónima por qué no pueden sumarse a la convocatoria- pero siempre quedan, afortunadamente, las manifestaciones, incluso no mixtas: me parece estupendo que las haya. Hace años recuerdo que me negaba a excluir a los hombres de según qué cosas, que caía en el «not all men» (que tire la primera piedra quien nunca haya roto una lanza por su amigo, su compañero, su padre, quien fuera, para sacarlo del cajón de hombre machista), pero ya no: hay espacios que son y deben ser sólo nuestros, al menos, como poco, hasta que las cosas cambien radicalmente. Después de todo ellos tienen ya todos los espacios imaginables copados… por eso les gusta tan poco el #metoo, por eso es más fácil tratar de descalificarnos llamándonos feminazis, por eso es más fácil mirar para otro lado, o hacerse el ofendido, o marcarse un «mansplaining», o ir de aliado, o decir mierdas como»no si yo no soy machista pero las mujeres os estáis pasando con lo del #metoo y con lo del feminismo que a este paso vamos a tener que firmar un contrato para poder tocaros» o mil cosas parecidas más que todas hemos vivido.

Y no, el 8M no necesitamos que los hombres curren por dos y que se deslomen para «ayudarnos»: necesitamos que los hombres, mañana, hagan lo que hacen siempre, porque si de repente ese día a todos les da por cubrir ausencias y deslomarse con los cuidados (que parece mentira que en el siglo XXI sigan dependiendo de las mujeres), NO SE VA A NOTAR TANTO LA HUELGA. Es preciso que los hombres hagan (o dejen de hacer) lo de siempre para que de verdad se palpable que no se nos puede seguir ninguneando, ni pagando menos, ni acosando, ni amenazando, ni diciéndonos cómo vivir.

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Aprende autodefensa

Durante muchos años pense en apuntarme a algún taller de autodefensa, pero al final lo descartaba siempre por el mismo motivo: aprender a defenderme suponía aceptarme como víctima. Posicionarte en el mundo como eslabón desprotegido, como objetivo de ataques, como ser del que se abusa sistemáticamente no es fácil, pero por desgracia es la realidad (no hace falta sumergirse en todas las historias que han salido a la luz a raíz del hashtag #metoo para comprobarlo, en realidad basta con ser mujer para vivirlo en carne propia). El problema es que a la mujer, desde niña, se la educa para comportarse «como una señorita», vestirse «como una señorita», jugar «como una señorita» y hablar «como una señorita».  Al niño se le condona el ser bruto desde pequeño, a la niña se le enseña a ser una princesita: y eso incluye no pegar, no defenderse, no correr… así que entras en la edad adulta y no sabes ni dar un puñetazo (no, amigas, en contra de lo que dice la leyenda urbana, si cierras el puño en torno al dedo gordo te lo rompes).

Este fin de semana me rendí a la evidencia y me apunté a un taller de autodefensa para mujeres que además está basado en casos reales que te puedes encontrar en Berlín. Y me encantó. Lo primero que aprendimos es a no pedir perdón: estás aprendiendo autodefensa, no puedes ir con miedo y pedir perdón, porque entonces aprendes a defenderte mientras te disculpas… y ya con eso me ganaron inmediatamente. A partir de ahí aprendes a usar tu fuerza (y que tienes más de la que crees) para esquivar el peligro o huir de él, y para eso no necesitas sólo aprender a pegar, correr o a moverte de determinada forma en según que situaciones, vas a necesitar, sobre todo, desaprender el rol de docilidad y sumisión que te impone el heteropatriarcado.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿dónde aprender defensa personal en Berlín? En Pretty Deadly. Tienen cursos intensivos, regulares, para adolescentes y para LGTBQI. Las clases, además, son en inglés, así que no hay excusas. A las que estáis en cualquier otra ciudad, os recomiendo que busquéis dónde aprender. No os arrepentiréis.

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Su heteropatriarcado, gracias

Ernst Rudolph

Si va a terminar el día y aún el heteropatriarcado sigue vive y coleando (no así las mujeres asesinadas por hombres, ésas no), no entiendo las reacciones de muchos hombres. Entre las perlas que he leído: «es una fiesta», «ya tenéis igualdad» (les falta chistar), «pero de qué te quejas, si mírate, estás trabajando»… imaginad por un segundo que a la comunidad negra en EEUU le felicitasen el día cuando comienza el «black history month» y les soltaran esas muletillas. Sonaría a recochineo, ¿no? Tampoco han faltado los hombres «mainsplaneando» o los que han ido a pillar clicks a costa de usar a la mujer como cebo (he escrito hasta la saciedad de ello ya), al más puro estilo «pasen y lean, que les traigo 6 mujeres 6 para cambiar el mundo, hagánme un retuit». Hasta he leído comentarios a los que les faltaba añadir no mira, pero espera que me saco la mía, que es más grande… y luego, se supone, que me tengo que extrañar cuando a mi alrededor veo mujeres que hoy quieren dedicar el día a sus novios/amigos/amantes o cuando dedican el día a ir a la peluquería y hacerse la manicura…

Estos hombres, que tanto sienten la necesidad de felicitarnos y a los que sólo les falta responderte con un meme de Julio Iglesias supongo que nunca se han girado por la calle o se han cambiado de acera si una mujer que iba por allí les daba mala espina. Supongo que ninguna mujer les ha enseñado sus genitales en el autobús, ni se les ha arrimado a meterles mano contra su voluntad. Supongo que ninguna mujer les ha dicho «como eres listo puedes llegar a secretario». Supongo que nunca les han dicho «urgh, qué asco, no menciones la regla». Supongo que nunca les han preguntado que a qué esperan para tener hijos. Supongo que nunca les han dicho que van a morir solos por no tener hijos. Supongo que nunca les han preguntado por su situación sentimental en una entrevista de trabajo. Supongo que nunca les han dicho que «tú lo que necesitas es una buena vagina». Supongo que nunca les han dicho que van provocando. Supongo que nunca les han llamado maricones frustrados por reivindicar sus derechos. Supongo que ninguna mujer les ha echado en cara que no fueran perfectamente depilados. Supongo que nunca se han visto obligados a ponerse un peluquín o teñirse las canas de la barba para ir a hacer una entrevista de trabajo. Supongo que nunca han cobrado menos que una mujer por hacer el mismo trabajo. Supongo que nunca han ido a un médico que les echase en cara su vida sexual en una revisión de próstata. Supongo que nunca se han despertado a las 3 am retorcidos de dolor por los ovarios y aún así se han levantado a las 7 para ir a trabajar como si nada. Supongo que nunca han pagado de más por el mismo champú o desodorante que compra una mujer sólo porque el envase es azul. Supongo que cuando van a cenar con mujeres no dan por sentado que la coca-cola zero es para él y el vino para ellas. Supongo que nunca han pensado en los hombres de su familia de 3, 4, 5 años para pensar ay, pobreto mío. Supongo que nunca ha tenido compañeras de clase que le tiraban de la ropa a ver si llevaba ya gayumbos. Supongo que nunca ha escuchado chistes sexistas. Supongo que nunca ha tenido que enfrentarse a leyes injustas que competen a su cuerpo firmadas sólo por mujeres. Supongo que jamás han cuestionado su valía en el trabajo y que nunca han pensado que su ascenso se debe a acostarse con la jefa. Supongo que nunca se han tenido que levantar de un asiento en el metro cuando su compañera acerca la pierna más de la cuenta. Supongo que nunca les han chistado por la calle. Supongo que nunca les han preguntado si necesitan ayuda con la casa o con los niños. Supongo que nunca se han depilado los huevos con cera, ni con cuchilla, ni con nada. Supongo que las mujeres siempre les han mirado a la cara aunque estuviera en bañador. Supongo que no han crecido leyendo artículos en los que se les insta a tener los glúteos de Ryan Gosling y el los pectorales de Brad Pitt. Supongo que nunca han tenido que explicar por qué son feministas. Supongo que tanto ellos, como sus padres, como sus abuelos, como sus tíos, siempre pudieron votar, abrir cuentas corrientes o buscar un trabajo sin pedir permiso. Supongo que nadie ha esperado que caminen sobre tacones de 8 cms o que se paseen con medias finas a bajo cero. Supongo que no han pasado horas quemándose y retorciéndose el pelo por responder a un canon de belleza. Supongo que nunca les han preguntado si ese disco/libro/peli lo conocen porque se lo ha enseñado su novia. Supongo que nunca les han llamado putos si se acuestan en la primera cita ni estrechos si no lo hacen. Supongo que nunca han tenido que cambiar de teléfono, de casa o de barrio porque un ex no aceptaba un no. Supongo que nunca han tenido que ir a la policía a denunciar maltrato. Supongo que nunca han tenido miedo de que los maten. Supongo que nunca han vivido sabiendo que hagan lo que hagan, les van a cuestionar.

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De sexo, porno y tecnología

Cindy Gallop

Hoy he pasado el día en la Tech Open Air (TOA), uno de esos eventos en los que fundadores de start-ups y startuppers-wannabe se hacen la pelota mutuamente y de paso se dan palmaditas en la espalda convencidos de que van a cambiar el mundo para bien, todo muy rollo «The Circle«. En estas conferencias (o keynotes, como se llaman ahora, que queda más cool), hay gente con dos dedos de  frente y postureo, mucho postureo. Entre los segundos he escuchado defensas acérrimas del síndrome de Peter Pan («suspended adulthood» lo llaman) e ideas para ayudar a los refugiados que pasan (agárrense que vienen curvas) por montar un festival de música en la frontera greco-turca: como todo el mundo sabe, lo que necesitaba un refugiado atrapado en Grecia es un montón de hipsters jugando a ser solidarios mientras se emborrachan de cerveza y ego…

Al margen del típico flipado de la vida, también ha habido conferencias más que decentes, curiosamente, las mejores, las han dado mujeres que superaban con creces la media de edad de los asistentes, como Paola Antonelli, que ha presentado el brutal proyecto del MoMA «Design and violence«. Pero si hay una ponente que se ha ganado el título de jefa suprema, ésa es Cindy Gallop (a quien no sé cómo no he descubierto hasta hoy, dicho sea de paso). Hace 7 años lanzó Makelovenotporn.com, que tiene detrás una idea muy obvia: reivindicar el sexo en vez del porno. En su web no sólo explica la diferencia entre porno y sexo en la vida real en temas como la depilación brasileña o el sexo anal, sino que además enfatiza en ideas importantísimas: el consentimiento, la empatía y el diálogo. La cosa no queda ahí, claro, también hay una web en la que la gente puede compartir sus experiencias, sus vídeos… y ganar dinero con ellos. Pero hay mucho más detrás, por supuesto, y lo ha habido también en la presentación de Gallop, y es la idea de que las mujeres podemos redefinir no sólo la industria del sexo, sino también la de la tecnología: como la sociedad, las start-ups están plagadas de hombres heterosexuales blancos repitiendo los mismos esquemas de siempre, por muy innovadores que sean en algunos campos, el modelo final que exportan es más de lo mismo. Gallop lo ha dejado claro hoy: «women challenge the status quo because we are never it».  ¿Ingenuidad? No. Es imposible escuchar a Gallop, ver cómo se merienda a todos los millenials, cómo se pasa por el forro las convenciones y encima se gana la vida con ello y no creerla.

feminismo

Soy una bruja, soy una bruja, soy una bruja

Tienes el compromiso de liberar a nuestros hermanos de la opresión y de los roles sexuales estereotipados (tanto si les gusta como si no) al igual que a nosotras mismas. Te vuelves Bruja al decir en alto «soy una Bruja» tres veces y al pensar en ello. Te vuelves Bruja siendo mujer, no dócil, enfadada, alegre e inmortal.

W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno) acabaron hartas de esos hombres de izquierdas que debían ser sus compañeros de lucha pero que las dejaron en la estacada, como esos que ahora se llenan la boca de compañeras y compañeros pero siguen aferrados a su privilegio. Las W.I.T.CH. se hartaron tanto que decidieron montárselo por su cuenta retomando la imaginería de las brujas, haciendo hechizos y organizando aquelarres performativos en la calle. «¡Qué tontería, qué ingenuidad!», pensará mucha gente… pero ver a mujeres vestidas de bruja reivindicando sus derechos y pidiendo la abolición del heteropatriarcado se ve que algo sí acojonaba, porque cuando montaron el aquelarre en Wall Street en 1968 el Dow Jones cayó: no, no es brujería, es que a la bolsa le gustan poco las cosas sobre las que no tienen control.

Aunque tarde, por fin ha caído en mis manos la edición de los textos de W.I.T.C.H. publicados por La Felguera. Sus páginas no sólo contienen sus “hechizos”, sino también sus manifiestos (como el editorial “secuestrado” de la revista  Rat) e intervenciones tan poderosas como la que llevaron a cabo en una feria de novias. Pero sin duda, la edición es clave, con numerosas notas a pie de página que contextualizan, informan y dan ganas de leer y conocer aún más. Compradlo, sacadlo de una biblioteca o robadlo si hace falta, pero leedlo… y sed brujas.

literatura

Un ‘PornoBurka’ para esconder los prejuicios

ponoburka

Si alguien de cuyo criterio te fías te dice que tienes que leer ‘PornoBurka‘ de Brigitte Vasallo, allá que vas sin pensártelo dos veces (además no hay excusas, que el libro se puede descargar de forma legal y gratuita en la web de la autora). Y según lo empiezas, te llevas una sorpresa, porque no hay porno y sólo un burka (que además ni es lo que parece ser, pero mejor que éso lo descubra el lector), pero sí que hay muchas reflexiones sobre el acercamiento o el rechazo al otro y a lo desconocido, sobre la gentrificación y hasta sobre la modernidad mal entendida. En vez de tratar de sentar cátedra, la autora se limita a poner en boca (y mente) de sus protagonistas todos los prejuicios que hemos escuchado y hasta aquéllos de los que nos creemos exentos.

‘PornoBurka’ empieza siendo una reflexión sobre la identidad, el género y el feminismo, pero termina poniendo entre las cuerdas todo tipo de prejuicios, hasta aquellos que tienen los que se creen libres de ellos. Y lo hace además con mucho humor y usando el Raval como metáfora de esa Barcelona que quiere ser moderna a cualquier precio y que no se diferencia tanto de los barrios de otras ciudades que a costa de cambiar la mercería de toda la vida por el Starbucks de turno terminan por perder su identidad (ya está, ya me salió el prejuicio, se me escapó del burka mental).

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Machismo en los libros de alemán

Lo último que me esperaba al abrir un libro de alemán era encontrarme la foto de una carpintera  con preguntas como»¿qué es lo que llama la atención en esta foto?» y «¿conoces más profesiones típicamente masculinas o femeninas?». Lo grave es que no es un manual de 1938, sino del siglo XXI, y con una edición revisada en 2008. Se ve que los editores de Hueber consideran que en pleno siglo XXI (2008 no queda tan lejano) una mujer carpintera me tiene que causar sorpresa.

Cada tema del manual empieza con una foto que debe servir para hablar, introducir vocabulario… las cosas típicas, vaya. Hace unas semanas ya puse el grito en el cielo cuando en un tema sobre el futuro usaban para ilsutrarlo un robot-mujer haciendo la compra con el niño en el carrito. Como toda mujer sabe, en el futuro, aspiramos a que a la mujer se la siga confinando al cuidado de la unidad doméstica, ya sean replicantes, robots o humanos. Cuando en clase comenté que el futuro no pintaba muy bien si pensamos seguir perpetuando roles caducos, aunque sea con robots, sentí esa mirada de «ya está otra vez con lo mismo» que tan bien me conozco. Pero la foto de la carpintera ha sido demasiado incluso para el único hombre que hay en clase (es pasar el B1, y los hombres se convierten en una especie en extinción en las aulas).

A mí de momento esa foto me ha servido para autoimponerme más deberes: escribir una carta a Hueber quejándome de que aún estemos con tonterías de que una mujer carpintera nos debe sorprender. Algo me da en la nariz que la leerá un hombre.

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El feminismo vende

El feminismo vende: ahí está Lena Dunham, por ejemplo, que con su newsletter ha logrado 400.000 suscriptores en medio año y un índice de apertura del 65% (vamos, que no termina en la papelera sin abrir). No sólo eso: el contenido de Lenny acaba copando incluso los titulares de la prensa generalista, como pasó con la carta abierta de Jennifer Lawrence sobre la brecha salarial en Hollywood.

Después de años de letargo, en que parecía que escribir de según qué temas estaba fuera de lugar (¿pero por qué eres feminista, si ya hay igualdad?, es la pregunta más estúpida que he aguantado durante años… y los que me quedan), de repente hay un boom de hablar y abordar el feminismo. Pero aún estamos a años luz de lo que deberíamos tener. Habrá a quien le parezca que se habla mucho del tema, pero aún estamos rodeados de mierda. Según un estudio de 2010, el 46% de las historias que se escribían sobre mujeres sólo reforzaban los esterotipos de siempre. En 2015 las cosas no eran mucho mejores (este estudio tiene más de 100 páginas, pero ya en el índice salen datos incómodos sobre los medios en EE.UU.). O la brecha salarial entre hombres y mujeres, que en un país como Alemania es del 21.6% (sólo superada por Estonia y Austria).

En los últimos años los medios se han dado cuenta de que el feminismo vende, y ya sea por verdadero interés o por no quedarse al remolque de los clicks que podrían pillar, cada vez hay más contenidos sobre el tema. A los segundos, a los que van a por el click, se les caza inmediatamente, porque suelen caer en el «mansplaining»: hombres que no sabrían ni cómo usar un tampón, que nunca han sufrido discriminación salarial o a los que jamás han preguntado en  cuándo piensan tener hijos se empeñan en opinar de feminismo, en explicárnoslo y peor aún, en criticarlo, porque ellos lo valen, claro, porque es lo que han estado haciendo toda la vida, dominar la conversación, la agenda… y no van a perder su privilegio ahora, así tengan que descalificar a la mujer de turno, acusarnos de feminazis o sacarse de la manga un homenaje rancio. Y esta semana, toca todo eso. Hay medios que hacen una labor diaria de denuncia de la desigualdad, pero hay otros que sólo se acuerdan esta semana, porque toca pillar clicks, mejorar el posicionamiento SEO y viralizarse en las redes sociales. Medios que reproducen los peores clichés a diario, que reducen la presencia de la mujer a la sección de bazares cosméticos o cuyas plantillas apestan a testosterona sacarán esta semana su columnita o reportajito de rigor, no sea que los tilden de machistas. Y habrá hombres explicándonos lo difícil que es ser mujer, lo reivindicable que es X o Z, o lo horrorosas que son Y y W o peor aún, lo feminazis que somos y cuánto sacamos las cosas de quicio. Y mientras esos medios que nunca se acuerdan de nosotras y en cuyos titulares las mujeres «aparecen muertas» y no son asesinadas o dan cabida a hombres que hacen uso de su privilegio y les pagan por columnas en las que se limitan al «mansplaining», las que tenemos que luchar a diario contra el techo de cristal somos nosotras.

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Lo que diga Beyoncé

Se ve que había más invitados a actúar en la gala de la Superbowl aparte de Beyoncé, pero de quien se habla hoy, es de Bey. De su caída que no fue caída (Madonna debe envidiarla mucho ahora), de su estilismo homenaje a Michael Jackson pero sobre todo,  y ésto es lo que me parece más interesante, de ese ejército de mujeres vestidas como las Panteras Negras que sacó a bailar «Formation» (también era sólo de mujeres la orquesta que acompañaba su actuación). Después del patinazo del vídeo con Coldplay (yo aún no le he perdonado a Madonna lo de «La isla bonita», así que imagino que contentos deben estar en india), hacía falta recuperar a Queen Bey en todo su esplendor y nada para hacerlo como reivindicando su cultura y denunciando las muertes sistemáticas a manos de la policía de jóvenes cuyo único delito es ser negros. Si «Formation» ya levantó ampollas por su denuncia nada velada a la desidia de los políticos tras el paso del huracán Katrina, en la SuperBowl, que es lo más visto en la televisión norteamericana, ha optado por un mensaje más radical reivindicando a esas Panteras Negras que abogaban por la organización y la autodefensa. Sí, era un claro guiño al movimiento Black Lives Matter, y sus bailarinas tampoco ocultaron las pancartas que pedían justicia para Mario Woods. Y eso ha molestado mucho a ese «establishment» encantado con las ediciones de óscars en las que sólo se nomina a blancos y con las mujeres que se limitan a lucir palmito y escote, pero no demasiado.

Que a las mujeres se las utilice sistemáticamente para vender productos parece que no es grave, pero que Beyoncé reivindique los derechos de la comunidad negra es una afrenta de la que opina hasta Giuliani. A mí, creo que no hace falta decirlo, me parece estupendo lo que ha hecho Beyoncé: que aproveche su fama y el alcance que tiene cada uno de sus movimientos para soltar mensajes feministas o reclamar justicia es algo que no sólo no debería escandalizarnos, sino que deberíamos celebrar. Ya está bien de artistas calladitos, políticamente correctos, que aunque sean más conocidos que Jesucristo no abren la boca no sea que molesten a alguien. Y si con su actuación Beyoncé ha conseguido que alguien lea hoy las noticias para saber qué pasa en EEUU, o que busque en Google quiénes eran las Panteras Negras, o ha provocado un ataque de urticaria a los acólitos de Donald Trump, ya ha hecho mucho.