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A propósito de “Volveremos”

Creo que es la primera vez desde que empezó la crisis que alguien escribe un libro sobre todos los que hemos emigrado: nos han usado como arma electoral o incluso para opinar en tertulias, pero poco más. Así que cuando vi “Volveremos”, de Noemí López Trujillo y Estefanía S.Vasconcellos, supe que lo tenía que leer, aunque fuera por curiosidad. El clásico “a ver qué dicen los otros”… y lo que dicen los otros, en realidad, no es tan distinto de lo que digo yo o lo que dicen muchos de mis amigos. Puede que yo me identifique más con X que con Z (igual que otros lectores se identificarán más con Z que con Y), pero hay unos lugares comunes que sólo puedes compartir con alguien que ha emigrado, ya esté encantado de haberlo hecho o deseando volver a casa, y casi todo gira en torno al sentimiento de pertenencia. Hasta que no haces las maletas, y no hablo de hacerlas para estudiar un año fuera con beca Erasmus y fecha de caducidad, sino sin billete de vuelta, no te planteas el sentimiendo de pertenencia, sencillamente porque no te hace falta. En el momento en que te vas, te encuentras pensándote y repensándote en términos nuevos. Emigrante e inmigrante, por ejemplo: como la mayoría de los que participan en el libro, me considero emigrante en España e inmigrante en Alemania (nunca “expat”). O el futuro, que de repente pasa a estar condicionado única y exclusivamente por el dónde (hasta el cómo depende del dónde). O sobre todo cómo un día despiertas y ese luagr que llamas casa ya no está sólo allí, sino también aquí.

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Emigrantes que se olvidan que lo son

Hay un tipo de emigrante absolutamente absurdo que se olvida de que lo es, y que en cuanto sale el tema de los refugiados (y en Alemania, huelga decirlo, sale mucho) empieza a despotricar contra ellos con unos argumentos dignos de Pegida: que si suponen un gasto, que si no saben alemán, que si no trabajan… en fin, argumentos todos absurdos, fáciles de desmontar y que a mí además hace que se me salgan los ojos de las órbitas, porque es el mismo tipo de dialéctica falaz que Pegida o AfD usan contra los extranjeros que a su vez se quejan de los refugiados.

La última diatriba la he vivido en clase de alemán, donde está un extranjero, emigrante, que obviamente no domina el idioma, pero que se cree superior a alguien que lo ha perdido todo. Todo ha empezado cuando la profesora nos ha explicado cuáles son los principales partidos políticos y dónde se posicionan. Ella podía haberse limitado a seguir con el programa y haber omitido la pregunta de una alumna sobre un partido político y se había evitado meterse en jardines, pero pacientemente, lo ha explicado. Y llega el turno de AfD, cuenta de qué van, qué defienden y que están ideológicamente en el mismo saco que Pegida. Entonces interviene el mirlo blanco, cuyo nombre hasta desconozco, y dice que la gente de Pegida y AfD es normal (ahí he intuido que se avecinaba una tragedia) y a continuación dice que después de todo, tienen razón y que ya se podían haber quedado en Siria. Lo tenía sentado al lado y he tenido que reprimir las ganas de darle una colleja, pero había que ver las miradas que le hemos echado todos. La profesora, aún más desconcertada, le dice que cómo se van a quedar allí, que no hay nada, que si no ha visto imágenes de Alepo, que dónde se van a quedar si no tienen ni casa. Y él, ni corto ni perezoso, va y suelta que entonces se podían haber quedado en Grecia, que allí estaban “bien”.  Me han dado ganas de preguntarle que por qué no vive él así si se está bien y que por qué no se ha quedado él en su país (ignoro cuál) si seguimos con su lógica absurda, pero se me ha adelantado la profesora cuando le ha preguntado si sabe algo de cómo y dónde vivían en Grecia.

Pero claro, éste es el tipo de estupideces que propicia autodenominarse “expat” y olvidar que no, que uno es un emigrado que tiene más de Gastarbeiter que de ciudadano naturalizado. Y si no, intenta votar en la generales en 2017.

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El coste de las fronteras

El lunes se publicaba que Alemania destinará 6 billones de euros en ayudas para los refugiados. Se ha hablado también de la ayuda de 6.000 euros por refugiado que dará la Unión Europea a los países que acojan a personas que huyen de la guerra. Cada vez que sale una noticia como ésta, sobre todo en España, en seguida hay quienes se echan las manos en la cabeza hablando del gasto que supone y dando rienda suelta a la xenofobia (como si miles de personas no hubieran tenido que huir de España hace sólo dos generaciones).

Sin embargo, se habla mucho menos de los millones que se gastan en levantar fronteras, deportar personas, armar guardias fronterizas… The Migrant Files recoge lo que se gastó la Unión Europea el pasado año, antes de que se hablara de crisis de refugiados, en impedir que quienes huyen de la guerra y el hambre llegasen a Europa. La valla de Melilla, por ejemplo, costó 47 millones de euros. Las deportaciones, 11.3000 millones de euros. Y los datos no están completos, porque Nicolas Kayser-Bril, uno de los creadores del proyecto, explicaba hace poco en una conferencia que los gobiernos no se muestran precisamente dispuestos a revelar el coste que tiene levantar y mantener vigiladas las fronteras.

Journalism++ también se empeñaron en 2014 en elaborar un censo de emigrantes muertos tratando de llegar a Europa, y la tarea tampoco resultó sencilla, porque la coordinación de la Unión  Europea a la hora de contabilizar víctimas no era ni de lejos la misma que había para coordinar fronteras.

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La expulsión de españoles en Alemania ya es una realidad

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Recuerdo que cuando se aprobó en Alemania esa nueva ley según la cual te pueden echar del país cuando llevas medio año sin trabajo, casi todos los españoles que conozco me  decían que estaba pensado para las personas que llegan de Europa del Este. El argumento me parecía absurdo y para qué mentir, racista: como si no importara que echasen a la gente de países que no conoces, como si hubiera distintos tipos de personas… No hay nada más tonto que ser un emigrante que se cree con más derechos que otros. “Que es para los otros esa ley, no para nosotros, que somos distintos”, era el mensaje. Un mensaje peligroso y xenófobo, dicho sea de paso.

Pero resulta que para los alemanes, los españoles somos “los otros, los demás”, y ya hay un caso en Berlín de una española a la que quieren expulsar: la mujer pidió el Hartz IV y no sólo se lo negaron, sino que además le llegó una carta diciéndole que tiene que abandonar el país. No es la única, porque en este artículo del TAZ se hacen eco del caso de una familia búlgara que también ha recibido la carta y hablan de los casos que se acumulan en Múnich.

Mientras, podemos seguir con la estupidez de que esta ley es para “los demás” o asumir que nosotros también somos “los otros”.