
Recuerdo bien la primera vez que cayó en mis manos un cómic de Chris Ware porque me produjo una inmensa desazón: esos personajes corrientes con vidas monótonas y que parecían condenados a la soledad y la insatisfacción angustiaban. Con los años me han llegado a angustiar aún más, porque no deja de ser lo más parecido a la realidad, pero sin embargo les he empezado a coger cariño, y en buena parte se debe a la forma en que Ware los trata: no lo hace desde la pena ni la compasión, sino desde la más plena empatía.
Hay mucho de eso en ‘Building Stories‘ también, por supuesto que lo hay. Sus protagonistas viven solos, y cuando no es así, casi como si lo hicieran, porque la incomprensión que sufren se multiplica por mil. Además de las tradicionales historias de esos personajes del universo de Ware, ‘Building Stories’ también cuenta la historia del propio edificio que los acoge en primera persona: un edificio lleno de recuerdos, agradecimientos e incluso reproches y que se sabe llamado a morir por antiguo y al que el propio lector no quiere dejar morir porque le coge cariño a las miles de vivencias del mismo, y que Ware describe con todo lujo de detalles en forma de llamadas no recibidas, mascotas acogidas o libros leídos entre sus paredes.
Pero hay, además, una tercera lectura de ‘Building Stories’: la del absoluto homenaje al papel en plena era digital. ‘Building stories’, como cualquier edificio, es una caja que contiene decenas de historias en todos los formatos imaginables: tiras cómicas, tebeos, periódicos de gran formato… Cada una de las historias (porque la vida de cada protagonista, a su vez, contiene varias vidas distintas) se cuenta en un formato diferente que no deja de ser a su vez en recorrido por la historia del humor y la narrativa gráficas, desde las pequeñas tiras incluidas en periódicos nacionales a los tebeos infantiles pasando por esos pequeños cómics de tapa dura (novelas gráficas, que les llaman ahora) más conceptuales. No siempre es fácil leer este libro-caja-edificio-contenedor: a ratos agota psicológicamente, a ratos simplemente hace falta espacio y brazos largos, pero compensa, y con creces.






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