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Madonna

 

Con eso de que Madonna cumple 60 (¡60!) años, todo el mundo anda repasando su carrera, sus momentos más polémicos, sus looks, su música, sus hallazgos estéticos, sus amantes y poco falta ya hasta para que alguien rebusque en la basura para decirnos hasta qué se consume en su casa -entre tanto top me sorprende que aún nadie haya optado por las mejores stories del instagram de Madonna, que es muy de madre de 60 años que descubre los filtros y se pasa el día presmiendo de hijos, la verdad-.  De momento, el top de canciones de Jenesaispop, con su lista de Spotify incorporada, me parece de lo mejor (aparte de recordarme la cantidad de «hitazos» que tiene). Pero poca cosa estoy leyendo sobre lo que para mí siempre será la mayor aportación de Madonna, y es la cantidad de caminos que abrió no sólo a las artistas que han venido después y que incluso llevan años imitándola (¡hola, Lady Gaga!), sino a todas las mujeres que hemos visto cómo Madonna normalizaba situaciones y actitudes que eran impensables en el mainstream hasta que llegó ella.

Sexo

Sí, lo sé, Madonna no es la primera en hablar de sexo o llevarlo a la pantalla o cantar sobre él, pero sí fue la primera en hacerlo de forma explícita y siendo además la mujer más conocida de su época. Ni siquiera Beyoncé se atrevería a cruzar las líneas que cruzó Madonna teniendo además mucho menos control sobre lo que de ella se decía del que tiene Bey. Madonna simuló masturbarse en directo, protagonizó videoclips que parecían la versión BDSM de un cuadro de Tamara de Lempicka y en los que la podíamos ver arrastrándose por el suelo para beber leche de un cuenco, puso a Mondino a dirigir una orgía en blanco y negro, reclutó a Naomi Campbell y a Isabella Rossellini para su libro Sex (¡lo que me arrepiento ahora de no haberlo comprado entonces!), hizo de arneses, fustas y antifaces complementos normales a la hora de vestir o subirse a un escenario…  Madonna siempre reivindicó -y lo sigue haciendo- la sexualidad femenina sin tapujos, con ella dejaron de ser tabúes infinidad de temas, del orgasmo femenino a la masturbación pasando por la mera existencia de un deseo femenino que no tiene como fin complacer a un hombre: ahora puede parecer muy básico, y en otras culturas lleva años siéndolo, pero en el contexto del catolicismo -en el que ella también se crió- esto era un tabú: la mujer se casaba, tenía que parir y ser buena ama de casa, discreta, modesta, no dar pie a habladurías… todo lo demás, mal.

Catolicismo

Nada hay más católico que la culpa. Si devuelves la hostia en vez de poner la otra mejilla, culpable. Si disfrutas en este «valle de lágrimas», culpable. Si no te arrepientes, culpable. Y así con todo. El catolicismo es muy cansino: todo es pecado y aquí hemos venido a sufrir y te tienes que pasar la vida pidiendo perdón, llorando y expiando tus pecados. Con esas premisas tan sombrías, no sé cómo ha conseguido tantos adeptos (aparte de a la fuerza, claro). Así que llega Madonna, con todo su bagaje católico, apostólico y romano, y se planta también ante la iglesia: la ya encionada masturbación en directo, el famoso santo que cobra vida y al que besa en  «Like a prayer«: fue el punto culminante de pequeñas blasfemias como convertir los crucifijos en un complemento estético más, reivindicar el uso del preservativo y mandar callar a su padre en «Papa Don´t Preach» por mucho que al final opte por seguir adelante con el embarazo en vez de abortar. Si este año hemos visto a Rihanna vestida de papa y nadie se ha rasgado las vestiduras se lo debemos a Madonna, que ya se encargó de matar a disgustos al Vaticano.

Moda

No es que Madonna no haya dejado un estilo por tocar -que también-, es que además ha creado escuela, desde los ya mencionados crucifijos a lo de sacar a la calle la ropa interior a normalizar las cejas negras con pelo platino pasando por la que considero una de sus mejores aportaciones a la iconografía del pop: el corsé picudo. Sólo a ella se le ocurrió, Gaultier mediante, popularizar el corsé de abuela de los años 50 y convertirlo en una seña de identidad. Ha pasado a la historia como el rayo rojo sobre la cara de Bowie, los mocasines negros con calcetines blancos de Michael Jackson, las gafas redondas de John Lennon o la camisa de franela de Kurt Cobain. Lo mejor, en todo caso, sigue siendo que a sus 60 años viste como le da la gana, si quiere ponerse un corsé se lo pone, si quiere vestirse de dominatrix lo hace, si quiere ir con una batamanta también… el mensaje que lleva años mandando al mundo está claro: a la mierda lo que digan las modasy el cómo se supone que se debe vestir una con 20, 30 o 60 años. Si en unos años se ve normal que pasados los 50 se pueda seguir llevando corsés o sitiéndose sexy sin disfrazarse de señora mayor o sin esconder el deseo, se lo podremos agradecer a Madonna.

Techos de cristal

¿Cuántas mujeres antes que Madonna han logrado lo que ella en la industria musical, por sí mismas, sin formar parte de un grupo, sin tener un hombre detrás? Ni una. Ahora no nos sorprende una Beyoncé, o una Rihanna, o una Lady Gaga, o una Cardi B… pero hasta que no llegó Madonna, nadie más que los hombres alcanazaban ventas multimillonarias. Madonna se convirtió en la primera mujer en vender 5 millones de discos en 1985 y desde entonces sin parar: puede que ya no sea quien más vende, pero todo lo que hace sigue siendo noticia, sigue estando en la cumbre y sigue siendo una influencia incontestable. Y lo logró pese -o precisamente por- ser mujer, no encajar en los cánones de belleza de la época, descender de emigrantes, no tener padrinos… Ya da igual lo que haga con el resto de su carrera, Madonna Louise Veronica Ciccone hizo historia hace años.

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Beyoncé no puede ser feminista

Beyoncé no puede ser feminista. No lo digo yo, lo dicen opinadores/as que parecen no querer aceptar que se puede ser mujer, joven, atractiva, segura de sí misma, y negra para más inri, y además feminista. Que no, hombre, no, que todo el mundo sabe que las feministas somos mujeres feas, gordas, amargadas y enemigas de la depilación, hasta ahí podíamos llegar. Lo dicen sobre todo hombres blancos que han crecido en heteropatriarcados con todos los privilegios que sus gónadas y sexualidad les dan desde que nacen. Los segundos, eso sí, lo suelen decir en «petit comité», no sea que alguna feminista soliviantada ponga el grito en el cielo. Hoy me he encontrado con otra de esas críticas hechas por hombres, pero no es el primer día: desde que Beyoncé sacó su último disco, me he visto ya defendiendo varias veces (casi siempre ante un hombre) que se puede ser Beyoncé y creer firmemente en la igualdad de oportunidades. Pero que un hombre no entienda/acepte eso, es, por desgracia, el pan-nuestro-de-cada-día, ahora bien, que muchas mujeres le critiquen por declararse feminista me parece más grave  (afortunadamente, son las menos).

Si algo ha puesto en claro Beyoncé con su último disco (y ahora también con su manifiesto) es un tema que se viene hablando desde hace tiempo y que por un motivo u otro se pasa de largo, y es cómo el feminismo no ha sido inclusivo con la mujer negra.  Como bien apuntaba Mikki Kendall en The Guardian, no existe la talla única para el feminismo, o como señalaban en NPR, hay toda una comunidad de mujeres que no entienden por empoderamiento lo mismo que una larga tradición de mujeres blancas de clase media. Y parece que molesta, y mucho.

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El afro de Solange Knowles

Con Solange Knowles me sucede como con su hermana Beyoncé: me gustan un par de canciones, las que me gustan, me gustan mucho, y el resto me da un poco igual. Pero hay algo que me fascina en Solange, y es ese afro todopoderoso con el que ha decidido presentarse ante el mundo cuando ha empezado a tomarse en serio lo de la música. No siempre lo ha llevado así,  pero ahora lo luce siempre. A mí me recuerda al afro de Angela Davis. Me parece, además, una declaración de principios: nada de amoldarse al estereotipo de belleza blanco.

Me sorprende que nadie hable del afro de Solange. Ese afro no es una elección meramente estética, es una declaración de principios. Basta con echar un vistazo a este reportaje de Al Jazeera para ver cómo a la mujer negra se le blanquea la piel con Photoshop en EE.UU. o la polémica por un anuncio de Nivea en que un hombre con la cabeza rapada lanzaba como si fuera una pelota su «antigua cabeza», que lucía un imponente afro, bajo el eslógan «re- civilízate» (el reportaje, por cierto, también analiza el cómo y el por qué vuelve a ponerse de moda el afro en EE.UU.).

Me gusta el afro de Solange, mucho más que esas fotos de su hermana para promocionar «4». A ver cuánto tiempo puede seguir llevándolo.

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Beyoncé de andar por casa

En EE.UU. aún andan a vueltas con la actuación de Beyoncé en la Superbowl: que si tenía que haber salido tapadita o que si como salió estaba bien que saliera si le daba la real gana. Hoy he leído un brillante artículo al respecto, que diferencia, muy bien, entre lo que supone ser sexy y ser un objeto sexual (ahora va a resultar que hay que taparse, no sea que se muestre más piel de la cuenta, como temían en los Grammy). Ya lo dije en su momento: no es lo que se enseña, sino el por qué.

Y luego hay otro tema: hay quien está atractivo/a hasta con un saco de patatas. De hecho hoy he recordado un viejo vídeo en el que sale Beyoncé vestida de lo más normal, con vaqueros y camiseta, bailando con las vecinas de su suegra. Aparte de que ya me gustaría a mí bailar así, hay que rendirse a la evidencia: hasta  vestida de estar por casa, Beyoncé tiene ese «algo».

 

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Grammys con dos rombos

El puritanismo ha vuelto: primero, la actuación de Beyoncé en la Superbowl, que ha sentado tan mal a algunas mentes bienpensantes que parece que en la prensa norteamericana se ha abierto todo un debate al respecto: ¿iba Beyoncé demasiado descocada? ¿Es esa la imagen que debe dar una mujer?  Como si enseñar el cuerpo te convirtiera en un objeto sexual y descerebrado (a estas alturas, francamente, creí que estaba muy claro que no es tanto lo que se enseña sino el por qué).

Pero hay más: resulta que todos los participantes en la próxima gala de los premios Grammy, tanto hombres como mujeres, ojo, han recibido una carta con un estricto código para vestir: nada de marcar pezones, culo, demasiada piel desnuda y ojo, ¡ni chapas con mensajes políticos! No sea que alguien decida aparecer con un traje transparente y un cinturón ancho en el que se lea «somos el 99%» o «Guantánamo sigue abierto». De locos. Sería absurdo, y digno de pasarse por alto, si no fuera por la mojigatería, el conservadurismo, el control sobre el cuerpo y el puritanismo que esconde todo eso… ¡Y eso que las últimas elecciones no las ha ganado el «tea party»! Si yo fuera, me marcaría un «Jezabel», y  como Bette Davis, me pasaría el código por el forro. ¿Y qué si te vetan la entrada a futuras galas? ¿Es que alguien se toma en serio cualquier premio? ¿Esos premios?