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Berlin Babylon

Quienes vivimos en Berlín nos pasamos el día con lo del «Berlín ya no es lo que era». Cuando me vine a vivir, hace casi seis años, quienes llevaban más tiempo que yo lo decían, y ahora me veo a mí misma diciéndoselo a quienes no llevan más que unos meses en la ciudad, como si fuera un abuelo cascarrabias… pero en realidad no es más que la constatación de que Berlín está empezando a reclamar su sitio como capital europea, y eso pasa por dejar de ser esa ciudad de andar por casa en la que parecía haberse detenido el tiempo y a la que no le importaba nada lo que pensaras de ella o estar presentable.

Las cosas han cambiado mucho: en Warschauerstrasse han abierto un centro comercial gigante al que me he negado a entrar, Tacheles hace tiempo que pasó a manos inversoras extranjeras, el Clärchens Ballhaus lo cierran por reforma en 2020 (esperemos que respeten el interior), a Teufelsberg se entra previo pago y los graffitis han quitado protagonismo al edificio y hasta Beelitz se puede visitar ya sólo previo pago de 10 euros (entrar ahí ha pasado de ser una actividad clandestina e ilegal a un tour más con su rating en Trip Advisor). No es que quienes vivimos aquí queramos una ciudad que se cae a pedazos, pero si hay un sentimiento generalizado de gentrificación a machas forzadas, de pensar en el inversor extranjero en vez de en quien vive aquí, de tirar abajo todo lo viejo… y ser un poco cutre: la apertura del nuevo aeropuerto de Berlín lleva años aplazada y mientras van supliendo las carencias de Schönefeld a base de añadir módulos prefabricados.

En «Berlin Babylon« (nada que ver con la serie), el director Hubertus Siegert documentó el proceso de transformación que se dio en Berlín tras la caída del muro: desde la construcción de la nueva cúpula del Reichstag a los edificios que ahora se elevan en Potsdamer Platz pasando por el gran debate sobre el destino del Palast der Republik (spoiler: se tiró abajo y se está reconstruyendo el palacio original anterior a la guerra). En las imágenes que grabó durante tres años se ve un Berlín vacío, que aún lleva las cicatrices de la guerra y del muro, con casas que se caen a pedazos, muchas hasta sin cristales en las ventanas, solares abandonados, poquísimo tráfico, menos gente aún en las calles y mucha desolación. Es la cara de un Berlín que empezaba a despertar, en el que todo era posible, pero como lo es cuando los niños juegan en un descampado a imaginan que están en una isla buscando un tesoro.

El documental de Siegert muestra ese momento en que la clase política debe enfrentarse a la necesidad de construir espacios y edificios públicos y se reúne con arquitectos de todo el mundo. Casi todos parecen obsesionados con construir centros comerciales y edificios de oficinas cristal, como si las personas sólo importasen como consumidores y trabajadores. Hay algunos arquitectos que sí se plantean y reflexionan sobre el peso de la historia en Berlín o que dedican sus esfuerzos a rehabilitar casas que se caen a pedazos, pero son mayoría los que piensan en una megalópolis que gire en torno a trabajar y consumir, en ser parte del rodillo, en definitiva, y en gentrificar mucho antes de que la palabra se popularizara.

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Escapada a Dessau desde Berlín

Casa de los maestros

Ir a Dessau era una de esas cosas que tenía pendiente, el típico viaje que precisamente por estar tan cerca he ido dejando casi seis años. Ahora ya sí que no tenía escapatoria: con el centenario de la Bauhaus, es casi imposible pisar la calle sin encontrarse carteles en cada esquina anunciando exposiciones o eventos relacionados (escribí para El Salto sobre el centenario a principios de año), así que la idea de escaparme a Dessau volvió a tomar forma, máxime después de averiguar que se puede dormir en la que fue la residencia de estudiantes de la Bauhaus (todos los fines de semana están ya ocupados hasta 2020, pero entre semana, es cuestión de escribir con tiempo y la noche sale por 40 euros).

Kornhaus

Llegar a Dessau lleva entre dos horas -si se coge el tren regional directo– y hora y media si se hace un transbordo o en autobús, pero hay menos frecuencia y la verdad, a mí no me cuadraban los horarios, pero sale más barato y la opción existe.

Bauhaus

La estación de tren queda a 600 metros del edificio de la Bauhaus, así que si te quedas allí a dormir, más fácil imposible. Si vas en bici mejor, pero si no, y allí no quieres caminar ni alquilar una, hay una línea de autobús (la 10, si no recuerdo mal) que para en todos los edificios emblemáticos de a Bauhaus en Dessau.

Bauhaus

Si sólo quieres ver la Universidad y las casas de los profesores, en un día da tiempo de sobra, si quieres aprovechar y visitar la Kornhaus (donde se puede comer, iba a escribir «disfrutar» comida tradicional alemana, pero seamos realistas, la comida tradicional alemana no me mata), la Stählhaus, las viviendas de Gropius Bau en el sur de la ciudad o el economato, hacen falta dos días salvo que vayas en coche, bajes, hagas la foto y vuelvas a subir al coche hasta la próxima parada (que hay quien lo hace, pero allá cada cual).

Bauhaus

El mes que viene además se inaugura el museo de la Bauhaus, así que hay otra razón más de peso para quedarse y echar allí dos días (asomarte a tu propio balcón en una habitación y sentirte como una Bauhäuslerin es otra, la verdad). Y quien se sature con arquitectura modernista, también puede disfrutar de los incontables parques y bosques de la ciudad (que no viene nada mal cuando te pilla una de esas olas de calor que que convierten a Alemania en una versión de Madrid sin aire acondicionado).

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Berlín más allá de las guías

Siempre que viene alguien de visita se repiten dos preguntas: qué ver que no sea lo típico y dónde comer. Estos dos mapas (que están en permanente revisión, al menos el de sitios para comer) deberían responder a ambas preguntas. Los sitios están marcados en el mapa, el por qué son interesantes ya le toca a cada uno, que para eso está internet (al margen de que lo que le interesa a X no le tiene por qué interesar a Z), pero todos los sitios que aparecen, tienen interés y no, no son los típicos de las guías y hay de todo: desde antiguas estaciones de la NSA a la villa olímpica del 36 pasando por el «ballhaus» más antiguo de Berlín. Y un favor: si queréis saber cómo era el muro o Berlín dividido, dejad de tomar la East Side Gallery como referencia y pasaros por Bernauerstrasse.

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Babylon Berlin y otras obsesiones

Lo único que he hecho este fin de semana, además de toser como si no hubiera mañana, es ver Babylon Berlin, la serie alemana basada en las novelas policíacas de Volker Kutscher. La serie se ha financiado, en buena parte, con ese impuesto de 52 euros trimestrales que tenemos que pagar quienes vivimos aquí tengamos o no tele para garantizar la independencia de la televisión pública (ése, al menos en teoría, es el motivo del impuesto, si se cumple, es algo que no puedo juzgar). Y como en Alemania con el dinero no se juega, ahora se puede ver de forma gratuita en el país (en el resto del mundo se  puede ver en plataformas de pago) e incluso algunos cines están haciendo proyecciones de la serie: y sí, efectivamente, se ha convertido en el fenómeno de la temporada aquí en Berlín. A mí esta serie me habría gustado viviendo aquí o no, porque tiene algunas de las cosas que más me interesa: Berlín, los años 20, buena música (hasta se han marcado una playlist en Spotify con los temas de la serie)… pero además, viviendo aquí, es fascinante reconocer muchos de los sitios en los que están rodados los interiores (el Delphi, la Komische Oper) o «ver» el aspecto que tenía Berlín antes de la guerra. A quien le guste la serie, no puedo dejar de recomendarle que lea Voluptuous Panic, de Mel Gordon.

Pero este mes, además, hay otras cuantas cosas que me tienen enganchada, para todos los gustos. Paso a enumerar:

En el apartado autobombo, yo sigo subiendo mis «entrevistas sin adulterar» a Soundcloud (pero como no estoy por la labor de hacerme cuenta pro, según vaya subiendo irán desapareciendo las más antiguas, así que iré poco a poco) y el próximo 29 de octubre sale Tour Vértigo en Libros Walden. Pero de eso ya escribiré más adelante, antes de que llegue el disco nuevo de Rosalía y me olvide de casi todo lo demás.

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No, los españoles no dormimos siestas en el trabajo

Nada como emigrar y hablar a diario con gente de otras nacionalidades para empezar a escuchar un tópico tras otro de lo que se supone que somos y haceos los españoles. El que aún me saca de mis casillas es el de la siesta. La cosa, más o menos, va siempre así (suele cambiar el interlocutor, pero el diálogo es casi igual):

  • Claro, como en España os echáis siesta a diario…
  • No, no, qué va
  • Que sí, que paráis en el trabajo para echar siesta
  • Que no
  • Que sí, que España se para…
  • Pues debo ser una pringada, porque en ninguna de los sitios en que he trabajado hemos parado a dormir
  • ¿Entonces para qué tenéis jornada partida?
  • Gute Frage, pero normalmente comes en menos tiempo y le regalas ratos extras a la empresa.
  • No, es para dormir la siesta, que una amiga que vive allí duerme siesta en su empresa (misteriosamente, siempre tienen una amiga que trabaja en España en una empresa en la que duermen la siesta allí mismo, no sé si de orinal y cama o sobre el teclado)
  • ¿Ah, sí? ¿Y en qué empresa trabaja tu amiga, con esos privilegios?
  • Pero dormís siesta en España, que yo lo sé
  • Sí, y también vamos al trabajo en caballo, con peineta y caracolillos en la frente..

Si lo único que se creyeran es lo de la siesta, sería llevadero, pero hay más:

  • Comemos jamón a todas horas, incluso para desayunar
  • Todos somos muy pasionales, y por supuesto, el ejemplo que siempre ponen es » Vicky, Cristina, Barcelona»
  • En España siempre hace calor, sol y buen tiempo. De milagro no hay una playa en cada barrio.
  • Consecuencia del perpetuo verano en que creen que vivimos, a todos nos gusta el calor y el sol. Pobre de ti si no es así.
  • Madrileños y catalanes nos odiamos mutuamente.
  • Cataluña empieza y termina en Barcelona: rara vez conocen algo más.

Y así con casi todo. Entiendo que es fácil caer en el tópico, seguro que yo también peco de creerme más de uno, pero que te digan que no, que no se para en las empresas a dormir siesta de manta y orinal, que lo desdigas una y mil veces y que insistan… por ahí, no paso.

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Berlinale 2018

Si preguntas a cualquier persona que viva en Berlín, te dirá que febrero es el peor mes: los días son grises y frío y, alegan muchos, ya no tienes siquiera mercadillos navideños. Pero a mí me gusta, porque es cuando hay dos de mis acontecimientos favoritos del año: el festival CTM y la Berlinale. Del primero ya di cuenta en Beatburguer y el segundo acaba de comenzar con la habitual lucha para lograr entradas y con gente incluso dispuesta a dormir en la cola. Como de lo último paso, mi única opción es probar suerte en internet, y a veces, como descubrí el pasado año, es posible encontrar entrada el mismo día de la proyección. Pero lo que más me gusta de la Berlinale, sin duda, es la posibilidad de salirme del circuito de cine anglosajón: desde que vivo en Berlín estoy limitada por los subtítulos en alemán. Estos días, todas las películas llevan subtítulos en inglés (algunas incluso hasta con intérprete de lengua de signos), así que de repente me puedo salir del blockbuster «made in USA» o de la enésima adaptación al cine de la obra de Jane Austen. No es lo único que me gusta del festival: también tienen un empeño en llevar el cine a los barrios, y las proyecciones no son sólo en los cines más grandes y céntricos, sino hasta en cines

Se supone que uno de los platos fuertes este año es Isle of Dogs pero, lo confieso, me da una pereza infinita.  Prefiero ver los documentales de Linn da Quebrada y Romy Schneider. De momento no me quejo: en el último minuto, y cuando se suponía que estaba todo vendido, he logrado una entrada para ver MATANGI / MAYA / M.I.A. con el aliciente del Q&A de M.I.A. y el director Steve Loveridge (que ésa es otra cosa que me gusta de la Berlinale: los turnos de preguntas del público).

 

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Aprende autodefensa

Durante muchos años pense en apuntarme a algún taller de autodefensa, pero al final lo descartaba siempre por el mismo motivo: aprender a defenderme suponía aceptarme como víctima. Posicionarte en el mundo como eslabón desprotegido, como objetivo de ataques, como ser del que se abusa sistemáticamente no es fácil, pero por desgracia es la realidad (no hace falta sumergirse en todas las historias que han salido a la luz a raíz del hashtag #metoo para comprobarlo, en realidad basta con ser mujer para vivirlo en carne propia). El problema es que a la mujer, desde niña, se la educa para comportarse «como una señorita», vestirse «como una señorita», jugar «como una señorita» y hablar «como una señorita».  Al niño se le condona el ser bruto desde pequeño, a la niña se le enseña a ser una princesita: y eso incluye no pegar, no defenderse, no correr… así que entras en la edad adulta y no sabes ni dar un puñetazo (no, amigas, en contra de lo que dice la leyenda urbana, si cierras el puño en torno al dedo gordo te lo rompes).

Este fin de semana me rendí a la evidencia y me apunté a un taller de autodefensa para mujeres que además está basado en casos reales que te puedes encontrar en Berlín. Y me encantó. Lo primero que aprendimos es a no pedir perdón: estás aprendiendo autodefensa, no puedes ir con miedo y pedir perdón, porque entonces aprendes a defenderte mientras te disculpas… y ya con eso me ganaron inmediatamente. A partir de ahí aprendes a usar tu fuerza (y que tienes más de la que crees) para esquivar el peligro o huir de él, y para eso no necesitas sólo aprender a pegar, correr o a moverte de determinada forma en según que situaciones, vas a necesitar, sobre todo, desaprender el rol de docilidad y sumisión que te impone el heteropatriarcado.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿dónde aprender defensa personal en Berlín? En Pretty Deadly. Tienen cursos intensivos, regulares, para adolescentes y para LGTBQI. Las clases, además, son en inglés, así que no hay excusas. A las que estáis en cualquier otra ciudad, os recomiendo que busquéis dónde aprender. No os arrepentiréis.

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Las reglas del juego

«Siempre voy a ser demasiado cara para comprar», «lo que digo siempre va a ser lo que pienso», «siempre voy a hacer las cosas que digo que voy a hacer». ¿Quién puede firmar un contrato asegurando que va a vivir de acuerdo con alguna de las máximas? ¿Quién puede hacerlo pasada la infancia? ¿Acaso no tenemos precio en el momento en que entramos en el mercado laboral y hay que pagar un alquiler? ¿No terminamos tirando la toalla cuando se trata de llevar a cabo no ya proyectos irreales, sino cosas mucho más pequeñas (ir más al gimnasio, dejar de fumar, aprender idiomas? ¿Realmente puede alguien ir por la vida diciendo lo que piensa en todo momento?

Ése es el punto de partida de la instalación de Adrian Piper en el Hamburguer Bahnhof de Berlín: tres mostradores, uno por cada sentencia. El visitante elige a qué se compromete, firma un contrato, sa su mail y recibe un papel a cambio. «A fecha tal, Fulano de Tal dijo que siempre va a hacer todo lo que dice que va a hacer». En la teoría, se trata de estudiar las bases de un contrato social en el que sepas a ciencia exacta con quién cuentas para qué. En la práctica, se establece un diálogo con uno mismo: ¿puedo firmar realmente alguno de estos contratos? ¿Acaso no he roto ya todas estas normas hace años? ¿Cuántos principios me he saltado, cuántas cosas que dije que nunca haría he terminado haciendo, cuántas más haré? ¿Cuántas veces me he callado lo que pienso «por no liarla» y cuántas más se que me espera callar cada día, cada mes, cada año?

Así que ves a la gente, paseando y mirando los puestos, indecisos, haciendo preguntas, hablando entre ellos. Sólo vi un grupo firmando todos los contratos posibles alegremente, sin pensar, entre risas: ni uno de ellos debía superar los 25 años e iban en grupo, claro (la manada, la validación a través del otro, el venga, vamos, por qué no).

En septiembre, cuando retiren los mostradores, todos los que han firmado uno de los contrato recibirán un listado con los nombres de las personas que también se han adscrito a esa sentencia. Podrán ponerse en contacto. Pongamos que ves en la lista el nombre X, y quieres preguntarle a X «¿de verdad has terminado y hecho todo lo que dijiste que harías?, ¿dices siempre lo que piensas?, ¿no tienes precio?». Entonces puedes escribir al museo, y pedir que te pongan en contacto con X. Las leyes alemanas de protección de la privacidad no lo ponen tan fácil, el museo no te va a dar su mail así sin más. Primero tendrán que ponerse en contacto con el otro, decirle que tú quieres hablar con él/ella, y sólo si acepta, el museo podrá darte el mail.

Me pregunto: ¿alguien habrá firmado con el fin de ponerse en contacto con los firmantes y dinamitar sus creencias, cuestionar la robustez de su argumento? ¿Será la propia Adrian Piper quien escriba para demostrar la falacia? ¿Se puede crear un nuevo contrato social basado en la verdad?

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Berlinale: manual de uso

La primera Berlinale que viví en Berlín me lo monté muy mal: sólo logré ver una película, y de milagro, pese a estar cada día pegada a la pantalla del ordenador a las 10:00 e inlcuso hacer cola en las taquillas de Potsdamer Platz. Pero es posible disfrutar de la Berlinale si uno se organiza y no se ofusca con ver sólo los reclamos obvios del festival.

Primer paso: organización, esa cosa tan alemana. Merece la pena echar un rato viendo la programación. Lleva tiempo, pero es la única forma de enterarse de que sevan a estrenar cintas de Bruce LaBruce sobre la misandria, documentales sobre el movimiento por los derechos civiles, sobre la escena techno alemana, sobre la homosexualidad en la RFA o sobre Beuys. Además este año hay bastante cine español: se estrenan «Pieles» y «El Bar» y va a proyectarse «La reina de España». También es una oportunidad única para ver cine no anglosajón sin preocuparse por los subtítulos (en la Berlinale están en inglés). La web del festival permite ir añadiendo en un horario personalizado lo que te interesa e incluso descargarlo en formato iCal. Más fácil, imposible.

Segundo paso: ir más allá de la obviedad. Está claro que uno de los platos fuertes del festival es «Trainspotting 2″, y como era de esperar, antes de que el fesstival comenzara no quedaba una sola entrada (se ponen a la venta en internet 4 días antes de la proyección, a las 10:00, y en algunos puntos físicos como las taquillas de Potsdamer Platz, donde hay quien incluso hace noche).  Pero a veces son las secciones paralelas a la competición quienes dan gratas sorpresas. Hay desde secciones dedicadas al cine alemán a retrospectivas (este año dedicada a la ciencia ficción y en la que se puede ver desde «Encuentros en la Tercera Fase» a «Blade Runner») o la sección de Panorama, que a veces esconde auténticas joyas.

Tercer paso: cuanto más raro es el horario, más posibilidades de lograr entrada. Si quieres ver una película un viernes a las 21, ve asumiendo que te vas a quedar sin entrada aunque tengas la mano sobre el ratón a las 9:59, ahora, si la quieres ver a las 9:00 de un domingo o pasadas las 22 (a esas horas se ve que los alemanes y los críticos pasan ya de cine), las posibilidades de hacerse con un ticket se multiplican ostensiblemente. Así que paciencia y, sobre todo, mucha flexibilidad.

Actualización: he descubierto que el mismo día de la proyección, y pasado el pico de las 10, es posible encontrar entradas para algunas películas que salen a la venta online en el último momento, así que todo es cuestión de estar un poco pendiente.

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A propósito de «Volveremos»

Creo que es la primera vez desde que empezó la crisis que alguien escribe un libro sobre todos los que hemos emigrado: nos han usado como arma electoral o incluso para opinar en tertulias, pero poco más. Así que cuando vi «Volveremos», de Noemí López Trujillo y Estefanía S.Vasconcellos, supe que lo tenía que leer, aunque fuera por curiosidad. El clásico «a ver qué dicen los otros»… y lo que dicen los otros, en realidad, no es tan distinto de lo que digo yo o lo que dicen muchos de mis amigos. Puede que yo me identifique más con X que con Z (igual que otros lectores se identificarán más con Z que con Y), pero hay unos lugares comunes que sólo puedes compartir con alguien que ha emigrado, ya esté encantado de haberlo hecho o deseando volver a casa, y casi todo gira en torno al sentimiento de pertenencia. Hasta que no haces las maletas, y no hablo de hacerlas para estudiar un año fuera con beca Erasmus y fecha de caducidad, sino sin billete de vuelta, no te planteas el sentimiendo de pertenencia, sencillamente porque no te hace falta. En el momento en que te vas, te encuentras pensándote y repensándote en términos nuevos. Emigrante e inmigrante, por ejemplo: como la mayoría de los que participan en el libro, me considero emigrante en España e inmigrante en Alemania (nunca «expat»). O el futuro, que de repente pasa a estar condicionado única y exclusivamente por el dónde (hasta el cómo depende del dónde). O sobre todo cómo un día despiertas y ese luagr que llamas casa ya no está sólo allí, sino también aquí.