Archivos de Etiqueta: berlin

arte batiburrillo

Las reglas del juego

“Siempre voy a ser demasiado cara para comprar”, “lo que digo siempre va a ser lo que pienso”, “siempre voy a hacer las cosas que digo que voy a hacer”. ¿Quién puede firmar un contrato asegurando que va a vivir de acuerdo con alguna de las máximas? ¿Quién puede hacerlo pasada la infancia? ¿Acaso no tenemos precio en el momento en que entramos en el mercado laboral y hay que pagar un alquiler? ¿No terminamos tirando la toalla cuando se trata de llevar a cabo no ya proyectos irreales, sino cosas mucho más pequeñas (ir más al gimnasio, dejar de fumar, aprender idiomas? ¿Realmente puede alguien ir por la vida diciendo lo que piensa en todo momento?

Ése es el punto de partida de la instalación de Adrian Piper en el Hamburguer Bahnhof de Berlín: tres mostradores, uno por cada sentencia. El visitante elige a qué se compromete, firma un contrato, sa su mail y recibe un papel a cambio. “A fecha tal, Fulano de Tal dijo que siempre va a hacer todo lo que dice que va a hacer”. En la teoría, se trata de estudiar las bases de un contrato social en el que sepas a ciencia exacta con quién cuentas para qué. En la práctica, se establece un diálogo con uno mismo: ¿puedo firmar realmente alguno de estos contratos? ¿Acaso no he roto ya todas estas normas hace años? ¿Cuántos principios me he saltado, cuántas cosas que dije que nunca haría he terminado haciendo, cuántas más haré? ¿Cuántas veces me he callado lo que pienso “por no liarla” y cuántas más se que me espera callar cada día, cada mes, cada año?

Así que ves a la gente, paseando y mirando los puestos, indecisos, haciendo preguntas, hablando entre ellos. Sólo vi un grupo firmando todos los contratos posibles alegremente, sin pensar, entre risas: ni uno de ellos debía superar los 25 años e iban en grupo, claro (la manada, la validación a través del otro, el venga, vamos, por qué no).

En septiembre, cuando retiren los mostradores, todos los que han firmado uno de los contrato recibirán un listado con los nombres de las personas que también se han adscrito a esa sentencia. Podrán ponerse en contacto. Pongamos que ves en la lista el nombre X, y quieres preguntarle a X “¿de verdad has terminado y hecho todo lo que dijiste que harías?, ¿dices siempre lo que piensas?, ¿no tienes precio?”. Entonces puedes escribir al museo, y pedir que te pongan en contacto con X. Las leyes alemanas de protección de la privacidad no lo ponen tan fácil, el museo no te va a dar su mail así sin más. Primero tendrán que ponerse en contacto con el otro, decirle que tú quieres hablar con él/ella, y sólo si acepta, el museo podrá darte el mail.

Me pregunto: ¿alguien habrá firmado con el fin de ponerse en contacto con los firmantes y dinamitar sus creencias, cuestionar la robustez de su argumento? ¿Será la propia Adrian Piper quien escriba para demostrar la falacia? ¿Se puede crear un nuevo contrato social basado en la verdad?

cine

Berlinale: manual de uso

La primera Berlinale que viví en Berlín me lo monté muy mal: sólo logré ver una película, y de milagro, pese a estar cada día pegada a la pantalla del ordenador a las 10:00 e inlcuso hacer cola en las taquillas de Potsdamer Platz. Pero es posible disfrutar de la Berlinale si uno se organiza y no se ofusca con ver sólo los reclamos obvios del festival.

Primer paso: organización, esa cosa tan alemana. Merece la pena echar un rato viendo la programación. Lleva tiempo, pero es la única forma de enterarse de que sevan a estrenar cintas de Bruce LaBruce sobre la misandria, documentales sobre el movimiento por los derechos civiles, sobre la escena techno alemana, sobre la homosexualidad en la RFA o sobre Beuys. Además este año hay bastante cine español: se estrenan “Pieles” y “El Bar” y va a proyectarse “La reina de España”. También es una oportunidad única para ver cine no anglosajón sin preocuparse por los subtítulos (en la Berlinale están en inglés). La web del festival permite ir añadiendo en un horario personalizado lo que te interesa e incluso descargarlo en formato iCal. Más fácil, imposible.

Segundo paso: ir más allá de la obviedad. Está claro que uno de los platos fuertes del festival es “Trainspotting 2″, y como era de esperar, antes de que el fesstival comenzara no quedaba una sola entrada (se ponen a la venta en internet 4 días antes de la proyección, a las 10:00, y en algunos puntos físicos como las taquillas de Potsdamer Platz, donde hay quien incluso hace noche).  Pero a veces son las secciones paralelas a la competición quienes dan gratas sorpresas. Hay desde secciones dedicadas al cine alemán a retrospectivas (este año dedicada a la ciencia ficción y en la que se puede ver desde “Encuentros en la Tercera Fase” a “Blade Runner”) o la sección de Panorama, que a veces esconde auténticas joyas.

Tercer paso: cuanto más raro es el horario, más posibilidades de lograr entrada. Si quieres ver una película un viernes a las 21, ve asumiendo que te vas a quedar sin entrada aunque tengas la mano sobre el ratón a las 9:59, ahora, si la quieres ver a las 9:00 de un domingo o pasadas las 22 (a esas horas se ve que los alemanes y los críticos pasan ya de cine), las posibilidades de hacerse con un ticket se multiplican ostensiblemente. Así que paciencia y, sobre todo, mucha flexibilidad.

Actualización: he descubierto que el mismo día de la proyección, y pasado el pico de las 10, es posible encontrar entradas para algunas películas que salen a la venta online en el último momento, así que todo es cuestión de estar un poco pendiente.

batiburrillo

A propósito de “Volveremos”

Creo que es la primera vez desde que empezó la crisis que alguien escribe un libro sobre todos los que hemos emigrado: nos han usado como arma electoral o incluso para opinar en tertulias, pero poco más. Así que cuando vi “Volveremos”, de Noemí López Trujillo y Estefanía S.Vasconcellos, supe que lo tenía que leer, aunque fuera por curiosidad. El clásico “a ver qué dicen los otros”… y lo que dicen los otros, en realidad, no es tan distinto de lo que digo yo o lo que dicen muchos de mis amigos. Puede que yo me identifique más con X que con Z (igual que otros lectores se identificarán más con Z que con Y), pero hay unos lugares comunes que sólo puedes compartir con alguien que ha emigrado, ya esté encantado de haberlo hecho o deseando volver a casa, y casi todo gira en torno al sentimiento de pertenencia. Hasta que no haces las maletas, y no hablo de hacerlas para estudiar un año fuera con beca Erasmus y fecha de caducidad, sino sin billete de vuelta, no te planteas el sentimiendo de pertenencia, sencillamente porque no te hace falta. En el momento en que te vas, te encuentras pensándote y repensándote en términos nuevos. Emigrante e inmigrante, por ejemplo: como la mayoría de los que participan en el libro, me considero emigrante en España e inmigrante en Alemania (nunca “expat”). O el futuro, que de repente pasa a estar condicionado única y exclusivamente por el dónde (hasta el cómo depende del dónde). O sobre todo cómo un día despiertas y ese luagr que llamas casa ya no está sólo allí, sino también aquí.

batiburrillo

Emigrantes que se olvidan que lo son

Hay un tipo de emigrante absolutamente absurdo que se olvida de que lo es, y que en cuanto sale el tema de los refugiados (y en Alemania, huelga decirlo, sale mucho) empieza a despotricar contra ellos con unos argumentos dignos de Pegida: que si suponen un gasto, que si no saben alemán, que si no trabajan… en fin, argumentos todos absurdos, fáciles de desmontar y que a mí además hace que se me salgan los ojos de las órbitas, porque es el mismo tipo de dialéctica falaz que Pegida o AfD usan contra los extranjeros que a su vez se quejan de los refugiados.

La última diatriba la he vivido en clase de alemán, donde está un extranjero, emigrante, que obviamente no domina el idioma, pero que se cree superior a alguien que lo ha perdido todo. Todo ha empezado cuando la profesora nos ha explicado cuáles son los principales partidos políticos y dónde se posicionan. Ella podía haberse limitado a seguir con el programa y haber omitido la pregunta de una alumna sobre un partido político y se había evitado meterse en jardines, pero pacientemente, lo ha explicado. Y llega el turno de AfD, cuenta de qué van, qué defienden y que están ideológicamente en el mismo saco que Pegida. Entonces interviene el mirlo blanco, cuyo nombre hasta desconozco, y dice que la gente de Pegida y AfD es normal (ahí he intuido que se avecinaba una tragedia) y a continuación dice que después de todo, tienen razón y que ya se podían haber quedado en Siria. Lo tenía sentado al lado y he tenido que reprimir las ganas de darle una colleja, pero había que ver las miradas que le hemos echado todos. La profesora, aún más desconcertada, le dice que cómo se van a quedar allí, que no hay nada, que si no ha visto imágenes de Alepo, que dónde se van a quedar si no tienen ni casa. Y él, ni corto ni perezoso, va y suelta que entonces se podían haber quedado en Grecia, que allí estaban “bien”.  Me han dado ganas de preguntarle que por qué no vive él así si se está bien y que por qué no se ha quedado él en su país (ignoro cuál) si seguimos con su lógica absurda, pero se me ha adelantado la profesora cuando le ha preguntado si sabe algo de cómo y dónde vivían en Grecia.

Pero claro, éste es el tipo de estupideces que propicia autodenominarse “expat” y olvidar que no, que uno es un emigrado que tiene más de Gastarbeiter que de ciudadano naturalizado. Y si no, intenta votar en la generales en 2017.

batiburrillo

Tres años en Berlín

Voilà, tres años ya. Hace ya mucho tiempo que quedaron atrás esos días en que me despertaba sin saber muy bien dónde estaba y en que se me hacía raro llamar “casa” a Berlín. Ahora a veces siento que tengo dos vidas que a veces ni se tocan y otras coinciden de lleno. No estás allí, pero aquí siempre tienes algo de allí. Y tanto allí como aquí seré siempre la de fuera. Luego está la eterna pregunta, que te hacen también aquí y allí: ¿piensas volver? Pero es que ésta es también mi casa, parecen olvidar. Y si algo aprendes yéndote es que no sirve de nada hacer planes. Y volver a qué, para qué y en qué condiciones. Pero la pregunta está siempre en el aire, siempre surge, y aunque nadie la formule, te ronda la cabeza. Conozco a quien se volvería mañana mismo si pudiera, y a quien cada vez ve más lejos regresar porque cuanto más tiempo pasa, aquí es menos extraño y más casa.

política

¡Qué fácil es votar en Alemania!

 

20160830_220327

Por elecciones que no quede: el próximo 18 de septiembre hay locales en Alemania, y los residentes de países de la Unión Europea podemos votar a los representantes del distrito. No es poca cosa: entre las cosas que se discuten está si deben o no abrirs los “spätis” en domingo, si los gays deben tener los mismos derechos que un matrimonio heterosexual, si permitir o no el alquiler de pisos para turistas, si la policía debe llevar cámaras en el uniforme o si el aeropuerto de Tegel debe o no seguir funcionando cuando se inaugure el de Berlín (inserte aquí una carcajada).

Aunque en su momento leí que yo tenía derecho a votar y había guardado un PDF con toda la información, la sorpresa llegó en forma de carta: ahí no sólo te explicaban qué se vota, cuándo y en qué colegio y mesa te toca, sino que sorpresa, también incluye la información en inglés.

El problema, claro, es qué votar (qué no votar lo tengo clarísimo) y hasta éso resulta fácil: hay dos tests on line en los que te plantean los principales puntos de lo que está en juego, tanto en Berlín, como en cada barrio (que es lo que podemos elegir los residentes comunitarios). Algunas preguntas coinciden (la del aeropuerto, por ejemplo), otras, depende del “kiez” de cada uno. Además, luego se puede ver la postura de cada partido con respecto a cada propuesta y leer sus argumentos para estar a favor o en contra.

Así que nada, el 18 otra vez a votar. A este paso, antes de que termine el año puedo escribir un manual sobre procesos electorales para emigrados, pero en éstas también voto.

batiburrillo

El Berlín de Zweig

…precisamente porque allí no existía una verdadera tradición ni una cultura milenaria, la ciudad seducía a los jóvenes y los alentaba a experimentar. Y es que tradición significa también rémora. Viena, ligada a la antigüedad, idólatra de su pasado, se mostraba cauta y expectante ante los jóvenes y sus audaces experimentos. En cambio, en Berlín, que quería configurarse rápidamente y cobrar una forma personal, los jóvenes buscaban la novedad. Era muy natural, pues, que acudiesen allí desde todas las partes del imperio, incluso desde Austria. (…) Salvo la vieja “Unter den Linden”, no existía un centro propiamente dicho, no existía un coso como en nuestro Graben y, gracias al viejo espíritu ahorrador prusiano, faltaba por entero una elegancia general.

Así describe Stefan Zweig en “El mundo de ayer” el Berlín que conoció en su juventud. Yo no lo veo tan diferente al de ahora.

 

economía feminismo sociedad

De sexo, porno y tecnología

Cindy Gallop

Hoy he pasado el día en la Tech Open Air (TOA), uno de esos eventos en los que fundadores de start-ups y startuppers-wannabe se hacen la pelota mutuamente y de paso se dan palmaditas en la espalda convencidos de que van a cambiar el mundo para bien, todo muy rollo “The Circle“. En estas conferencias (o keynotes, como se llaman ahora, que queda más cool), hay gente con dos dedos de  frente y postureo, mucho postureo. Entre los segundos he escuchado defensas acérrimas del síndrome de Peter Pan (“suspended adulthood” lo llaman) e ideas para ayudar a los refugiados que pasan (agárrense que vienen curvas) por montar un festival de música en la frontera greco-turca: como todo el mundo sabe, lo que necesitaba un refugiado atrapado en Grecia es un montón de hipsters jugando a ser solidarios mientras se emborrachan de cerveza y ego…

Al margen del típico flipado de la vida, también ha habido conferencias más que decentes, curiosamente, las mejores, las han dado mujeres que superaban con creces la media de edad de los asistentes, como Paola Antonelli, que ha presentado el brutal proyecto del MoMA “Design and violence“. Pero si hay una ponente que se ha ganado el título de jefa suprema, ésa es Cindy Gallop (a quien no sé cómo no he descubierto hasta hoy, dicho sea de paso). Hace 7 años lanzó Makelovenotporn.com, que tiene detrás una idea muy obvia: reivindicar el sexo en vez del porno. En su web no sólo explica la diferencia entre porno y sexo en la vida real en temas como la depilación brasileña o el sexo anal, sino que además enfatiza en ideas importantísimas: el consentimiento, la empatía y el diálogo. La cosa no queda ahí, claro, también hay una web en la que la gente puede compartir sus experiencias, sus vídeos… y ganar dinero con ellos. Pero hay mucho más detrás, por supuesto, y lo ha habido también en la presentación de Gallop, y es la idea de que las mujeres podemos redefinir no sólo la industria del sexo, sino también la de la tecnología: como la sociedad, las start-ups están plagadas de hombres heterosexuales blancos repitiendo los mismos esquemas de siempre, por muy innovadores que sean en algunos campos, el modelo final que exportan es más de lo mismo. Gallop lo ha dejado claro hoy: “women challenge the status quo because we are never it”.  ¿Ingenuidad? No. Es imposible escuchar a Gallop, ver cómo se merienda a todos los millenials, cómo se pasa por el forro las convenciones y encima se gana la vida con ello y no creerla.

batiburrillo

La intrahistoria de Alemania

cliff

Desde que pisé Berlín por primera vez, una de las cosas que más me fascina es esa “historia” escrita en minúscula y compuesta por millones de historias que jamás conoceremos pero que han asistido a algunos de los acontecimientos clave de Europa. Es fácil conocer tu “intrahistoria” cuando creces en tu país, pero cuando estás de acogida la tienes que aprender. La lectura es parte importante del proceso, pero siempre te quedará por conocer la historia de esa viejecilla que se sienta en el metro (¿de qué lado estaba, qué sabía?) o la de ese vecino mayor que pasea a su perro cada noche vestido con ropa que parece sacada del baúl de los recuerdos.

Mi obsesión por conocer la intrahistoria de Alemania pasa por rebuscar en las cajas de zapatos repletas de fotos desechadas de los mercadillos. ¿Quiénes son esas personas? ¿En qué lado de la guerra les tocó vivir? ¿Qué sabían? ¿Este u oeste? De mi pared cuelgan fotos de mujeres decimonónicas, con su opresivo corsé, familias posando en lo que parece una fiesta de Navidad, con una fecha escrita en el reverso imposible de eludir: 1933, niños de la postguerra, con vestidos inmaculados que parecen ajenos al drama vivido sólo unos años, un par de carpinteros, una mujer trabajadora, con pañuelo atado al cuello, posando en la puerta de una casa, parejas en un “kneipe” o jóvenes como la de la foto, jugando a hacer equilibrios, como los que hace ahora la historia, que parece querer asomarse al vacío una vez más.

cine política sociedad

Ai Weiwei convierte a los refugiados en carne de photocall

#cinemaforpeace Berlin

Una foto publicada por Ai Weiwei (@aiww) el

En su última cruzada, Ai Weiwei ha decidido llamar la atención sobre el tema de los refugiados, pero hace ya tiempo que cruzó la línea que separa la preocupación con la explotación: primero fue a Lesbos a hacerse selfies con los refugiados y después hizo el ridículo posando como Aylan. Pero una de las escenas más vergonzantes se ha producido en la Berlinale, donde se ha terminado de convertir un drama huminatario en carne de papel cuché y fama 2.0.

El lunes se celebró en la Berlinale la gala Cinema for Peace, que premia las películas que promueven la paz y el entendimiento. Hasta ahí, todo más o menos normal. Ai Weiwei aprovechó la ocasión para llamar la atención sobre los refugiados colocando cientos de chalecos salvavidas en las columnas del Konzerthaus, el teatro que acogió la gala. También colgó un bote utilizado  por quienes cruzan el Mediterráneo huyendo de la guerra con las palabras “safe passage”. Pero el artista chino parece haber olvidado la persecución que él mismo ha sufrido y aquéllo le debió parecer poco, así que decidió que se colocaran las mantas térmicas que recibien los refugiados al llegar a la costa en las sillas de los invitados a la gala para después pedirles que se cubrieran con ellas y se hicieran un selfie. Y ahí la cosa se convirtió en algo dantesco, con Charlize Theron y Pussy Riot llenando las páginas de la prensa alemana de fotos en las que las vemos cubriendo sus vestidos de alta costura y sus diamantes con las mantas doradas mientras posan sonrientes a la cámara. La indignación no tardó en llgar a las redes sociales, donde #cinemaforpeace se convirtió en trending topic  algunos se apresuraron a mostrar el destino de las mantas: arrinconadas en las esquinas junto a botellas de alcohol vacías. Querían mostrar solidaridad y apoyo, han demostrado frivolidad.