batiburrillo

El internet pre-filtros

Ahora que en Twitter se miden las palabras, que en Facebook se vigila quién nos lee y que en instagram sólo se publica un selfie después de hacer cientos, añadir un filtro favorecedor y buscar los hashtags adecuados, cuesta creer que hubo un tiempo en que si se usaba un filtro era para añadir los destellos del Photoshop con el que todos empezábamos a trastear, que no se trataba de salir guapo, sino desencajado, rodando, bebiendo o con cara de pocos amigos. Tampoco se llevaban los diseños sobrios: el fucsia, el rojo, el amarillo y los iconos pixelados eran los reyes de MySpace y Fotolog, y el feísmo campaba a sus anchas.

Lo más sorprendentede ese internet primigenio de IRC y cuentas de hotmail, sin embargo, no es la estética, sino la «ética»: había una total falta de autocensura. Recuerdo, por ejemplo, el post de un amigo -por aquel entonces una «celebrité» del indie barcelonés- con una compresa usada, manchada con sangre. Algo que hoy habría sido probablemente censurado o denunciado por alguien que no puede soportar siquiera un pezón o un pelo en la pierna, sirvió para alimentar un debate -recuerdo las conversaciones al respecto en el Barbarella- pero a nadie se le pasaba por la cabeza censurar.

Incluso el postureo estaba limitado: en Fotolog, podías subir como mucho una foto al día, y hasta el número de comentarios que se podían recibir no era excesivo. A diferencia de lo que sucede ahora, no existía una competición por cosechar likes.

Con MySpace la cosa sí era algo distinta: ahí sí que se presumía no sólo de cantidad de amigos, sino que además -¡horror!- los podías ordenar por preferencia: una extensión del kindergarten, del cuál es tu mejor amigo, de por qué si yo te he puesto en mi top 5 tú a mí no… una cosa absurda, una chiquillada, pero no pasaba de ahí, porque no había «klout» que midiese tu popularidad ni tu valor como «influencer»… y claro que había «influencers», pero eran «influencers» sin saberlo, que no te querían vender nada, pero de los que todos estábamos pendientes.

Entrar en MySpace ahora sin tener una cuenta y ver viejas páginas es prácticamente imposible (lo he intentado), pero es increíble la cantidad de perfiles de Fotolog aún activos de gente a la que conozco, o a la que seguía, y a la que ahora sigo en Twitter, o he llegado incluso a conocer, y que gastan incluso el mismo nick que gastaban entonces por las redes. Eso sí, todos, pero absolutamente todos, mantienen -mantenemos- un perfil mucho más discreto. Se acabaron las salidas de tono, las fotos con cinco copas de más, el corte de mangas a todo lo que oliera a «establishment» o la provocación porque sí. Es curioso, también, que muchos de los que iban de sobrados hace 10 o 12 años y se creían saberlo todo, ahora se llevan las manos a la cabeza cuando algún joven hace lo propio en Twitter o allá donde le escuchen.

El internet de ahora tiene muchos filtros: hay quien usa tantos que parece más joven ahora que hace 20 años… con orejas de conejo, sí, pero con aspecto casi pre-púber. Pero el mayor filtro es el de esa autocensura que hace sólo 10 años se nos habría antojado inimiaginable. ¡Qué ingenuos éramos!

 

*He puesto una imagen del fotolog del Barbarella porque no hay riesgo de que nadie se vea de repente casi 15 años más tarde con una foto que no publicaría ahora en internet bajo ningún concepto, pero es curioso cómo basta añadir muchos nicks de Twitter a fotolog.com  para encontrar fotos que jamás publicaríamos ahora y que hasta nos atreveríamos a señalae si las publica un chaval de 20 años.

batiburrillo

No, los españoles no dormimos siestas en el trabajo

Nada como emigrar y hablar a diario con gente de otras nacionalidades para empezar a escuchar un tópico tras otro de lo que se supone que somos y haceos los españoles. El que aún me saca de mis casillas es el de la siesta. La cosa, más o menos, va siempre así (suele cambiar el interlocutor, pero el diálogo es casi igual):

  • Claro, como en España os echáis siesta a diario…
  • No, no, qué va
  • Que sí, que paráis en el trabajo para echar siesta
  • Que no
  • Que sí, que España se para…
  • Pues debo ser una pringada, porque en ninguna de los sitios en que he trabajado hemos parado a dormir
  • ¿Entonces para qué tenéis jornada partida?
  • Gute Frage, pero normalmente comes en menos tiempo y le regalas ratos extras a la empresa.
  • No, es para dormir la siesta, que una amiga que vive allí duerme siesta en su empresa (misteriosamente, siempre tienen una amiga que trabaja en España en una empresa en la que duermen la siesta allí mismo, no sé si de orinal y cama o sobre el teclado)
  • ¿Ah, sí? ¿Y en qué empresa trabaja tu amiga, con esos privilegios?
  • Pero dormís siesta en España, que yo lo sé
  • Sí, y también vamos al trabajo en caballo, con peineta y caracolillos en la frente..

Si lo único que se creyeran es lo de la siesta, sería llevadero, pero hay más:

  • Comemos jamón a todas horas, incluso para desayunar
  • Todos somos muy pasionales, y por supuesto, el ejemplo que siempre ponen es » Vicky, Cristina, Barcelona»
  • En España siempre hace calor, sol y buen tiempo. De milagro no hay una playa en cada barrio.
  • Consecuencia del perpetuo verano en que creen que vivimos, a todos nos gusta el calor y el sol. Pobre de ti si no es así.
  • Madrileños y catalanes nos odiamos mutuamente.
  • Cataluña empieza y termina en Barcelona: rara vez conocen algo más.

Y así con casi todo. Entiendo que es fácil caer en el tópico, seguro que yo también peco de creerme más de uno, pero que te digan que no, que no se para en las empresas a dormir siesta de manta y orinal, que lo desdigas una y mil veces y que insistan… por ahí, no paso.

feminismo

Huelga feminista 8M

No debe ser fácil tener una hija y educarla sabiendo la mierda a la que se va a enfrentar (menos oportunidades, peores salarios, ser juzgada por tu físico, acoso…). A todas nos han dado consejos vagos, recomendaciones que si lo piensas son retorcidísimas (¿a cuántos hombres les han dicho sus padres que no pierdan de vista la copa cuando salen de noche?) y supongo que al igual que nosotras no hemos contado a nuestras madres toda la mierda a la que nos enfrentamos por el simple hecho de ser mujeres tampoco lo hacen ellas (y lo que debieron ver, aguantar y sufrir las mujeres que vivieron durante la guerra no lo quiero ni pensar). Que de algo no se hable, o no se hable a diario, no significa que no pase ni que vaya a dejar de pasar a corto plazo, así que la huelga me parece más necesaria que nunca: hay que nombrar las cosas, señalarlas y denunciarlas.

Si viviera en España no me lo pensaría dos veces: iría a la huelga feminista. Entiendo que hay gente que no puede -recomiendo encarecidamente seguir la cuenta de Twitter de Quiero y no puedo, en la que mujeres están compartiendo de forma anónima por qué no pueden sumarse a la convocatoria- pero siempre quedan, afortunadamente, las manifestaciones, incluso no mixtas: me parece estupendo que las haya. Hace años recuerdo que me negaba a excluir a los hombres de según qué cosas, que caía en el «not all men» (que tire la primera piedra quien nunca haya roto una lanza por su amigo, su compañero, su padre, quien fuera, para sacarlo del cajón de hombre machista), pero ya no: hay espacios que son y deben ser sólo nuestros, al menos, como poco, hasta que las cosas cambien radicalmente. Después de todo ellos tienen ya todos los espacios imaginables copados… por eso les gusta tan poco el #metoo, por eso es más fácil tratar de descalificarnos llamándonos feminazis, por eso es más fácil mirar para otro lado, o hacerse el ofendido, o marcarse un «mansplaining», o ir de aliado, o decir mierdas como»no si yo no soy machista pero las mujeres os estáis pasando con lo del #metoo y con lo del feminismo que a este paso vamos a tener que firmar un contrato para poder tocaros» o mil cosas parecidas más que todas hemos vivido.

Y no, el 8M no necesitamos que los hombres curren por dos y que se deslomen para «ayudarnos»: necesitamos que los hombres, mañana, hagan lo que hacen siempre, porque si de repente ese día a todos les da por cubrir ausencias y deslomarse con los cuidados (que parece mentira que en el siglo XXI sigan dependiendo de las mujeres), NO SE VA A NOTAR TANTO LA HUELGA. Es preciso que los hombres hagan (o dejen de hacer) lo de siempre para que de verdad se palpable que no se nos puede seguir ninguneando, ni pagando menos, ni acosando, ni amenazando, ni diciéndonos cómo vivir.

batiburrillo

El problema llega cuando te lo crees…

…cuando te lo tomas todo en serio, y dices venga, va, por qué no.

Y te das la hostia.

Ahora no llores.

cine

Berlinale 2018

Si preguntas a cualquier persona que viva en Berlín, te dirá que febrero es el peor mes: los días son grises y frío y, alegan muchos, ya no tienes siquiera mercadillos navideños. Pero a mí me gusta, porque es cuando hay dos de mis acontecimientos favoritos del año: el festival CTM y la Berlinale. Del primero ya di cuenta en Beatburguer y el segundo acaba de comenzar con la habitual lucha para lograr entradas y con gente incluso dispuesta a dormir en la cola. Como de lo último paso, mi única opción es probar suerte en internet, y a veces, como descubrí el pasado año, es posible encontrar entrada el mismo día de la proyección. Pero lo que más me gusta de la Berlinale, sin duda, es la posibilidad de salirme del circuito de cine anglosajón: desde que vivo en Berlín estoy limitada por los subtítulos en alemán. Estos días, todas las películas llevan subtítulos en inglés (algunas incluso hasta con intérprete de lengua de signos), así que de repente me puedo salir del blockbuster «made in USA» o de la enésima adaptación al cine de la obra de Jane Austen. No es lo único que me gusta del festival: también tienen un empeño en llevar el cine a los barrios, y las proyecciones no son sólo en los cines más grandes y céntricos, sino hasta en cines

Se supone que uno de los platos fuertes este año es Isle of Dogs pero, lo confieso, me da una pereza infinita.  Prefiero ver los documentales de Linn da Quebrada y Romy Schneider. De momento no me quejo: en el último minuto, y cuando se suponía que estaba todo vendido, he logrado una entrada para ver MATANGI / MAYA / M.I.A. con el aliciente del Q&A de M.I.A. y el director Steve Loveridge (que ésa es otra cosa que me gusta de la Berlinale: los turnos de preguntas del público).

 

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Menos redes sociales y más planes de dominación mundial

Hasta hace unos días he tenido instalada en el móvil una de esas apps que cronometran cuánto tiempo pasas mirando la pantalla. Si alguien me hubiera dicho que puedo llegar a pasar hasta 4 horas y media mirando el móvil no me lo habría creído: al margen de los nanosegundos que lleva programar y apagar la alarma o eegir algo que escuchar camino del trabajo, el 90% del tiempo se pierde en mirar Instagram, Facebook o Twitter por enésima vez… y salvo que sigas a miles de personas, es imposible que encuentres cambios significativos no ya en cinco minutos, sino hasta en media hora… pero ahí estamos todos como idiotas, viendo la última «story» con lo que ha comido Pepe, leyendo el enésimo comentario al estatus de resaca de Pepa o viendo otra foto más de un niño con la boca abierta y llena de comida a medio masticar que sus padres no te ahorran – cuando esos niños sean adolescentes y sus fotos con babas les persigan de por vida, van a tener que instaurar el divorcio paterno-filial, porque ese momento embarazoso en que los padres enseñan a tu novio/a las fotos tuyas en pañales o en la más bochornosa adolescencia, ahora se produce en público, en tiempo real, y sin posibilidad alguna de que las víctimas puedan decir «mamá no enseñes esas fotos»… pero a lo que iba: el tiempo. Vale que con 5 minutos desperdigados por aquí y 10 por allí no se puede hacer mucho, pero con 4 horas, aunque sea en plazos de 30 minutos, sí. Como no soy ludita y -lo reconozco- me gusta internet más que a un tonto, lo único que puedo hacer es desinstalar apps absurdas, cerrar perfiles de redes en las que no hay nadie (hay un páramo mayor que Google Plus: Ello) y silenciar a esas personas a las que no puedes dejar de seguir sin que se desate el drama. Y a partir de ahora, a hurdir planes de dominación mundial en ese tiempo.

 

 

batiburrillo feminismo sociedad

Vagones sólo para mujeres

Lo que se ve en la foto es el andén del metro de la Ciudad de México. Hay una zona bien diferenciada: sólo para mujeres y niños menores de 12 años. En algunas estaciones hay incluso vigilantes conrtolando que ningún hombre amague entrar en esa zona, en otras estaciones, hay incluso túneles y escaleras que sólo para mujeres que desembocan directamente en esa zona del andén que, por supuesto, es muy inferior al resto: apenas un 20% del espacio.

Una periodista me contó que esas zonas no surgieron para evitar el acoso, sino para que las madres que hace décadas llevaban a sus hijos al colegio encontrasen espacio en hora punta, pero obviamente ya no es el único motivo por el que siguen funcionando: un 66% de las mujeres mayores de 15 años sufrieron vioelncia machista, según un estudio de 2017. La cifra, como siempre, puede ser mayor, porque sólo un 2.2% de las victimas pidieron ayuda institucional o presentaron denuncia.

Recuerdo uno de los días que vi esperando al tren en la zona «normal» a un transexual y una drag… «Qué papelón», pensé», porque si te subías a un vagón que no estuviera en el «gueto» sólo veías hombres…

México no es el único país con vagones para mujeres y la triste realidad es que a veces no hace falta ni que existan: no conozco una sola mujer que coja el metro sola de noche y no se fije en quién va en cada vagón.

música

El timo de las listas

Hace tiempo que la única lista que me interesa es la de la compra, y pese a todo, cada vez hay más y más listas con lo mejor del año, la gente ya hasta nos cuenta en Facebook sus top  10 intimidades que no nos interesan. Para los que aún se creen el timo de X revista ha elegido X peli/disco/libro/whatever como el mejor del año, os explico cómo va la cosa.

1 . Toda la redacción dice que el mejor disco es el de los Beatles, pero el jefe prefiere el de los Stones, o es amigo de Mick Jagger, o un día se subió con el al yate o es el primo de su novia: disco del año, el de los Stones.

2. Toda la redacción y el jefe prefieren el de los Beatles, pero los Stones meten pasta y mandan mail recordando que aún hay que cerrar el presupuesto de la campaña de publi del año que viene: disco del año, el de los Stones.

3. La redacción y el jefe prefieren el disco de los Beatles, y ninguno mete pasta, pero con la que hay liada con el tema del #metoo, mejor poner un disco con una mujer en los primeros puestos o en el top 1 para parecer aliados: disco del año, el de las Slits.

4. La redacción y el jefe prefieren el disco de los Beatles, y ninguno mete pasta, pero con la que hay liada con el tema del #metoo y del #blacklivesmatter, mejor poner un disco que muestre qué sensibles son en el medio: disco del año, Solange.

5. La redacción dice que el mejor festival ha sido Woodstock, pero tu jefe se pegó la vida padre en Glastonbury después de tener 20 pases VIP, son colegas y además meten pasta: festival del año, Glasto.

Si existe un medio en el que no se dé ninguno de los puntos anteriores y que además sea económicamente viable, por favor, presentádmelo.

 

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Copenhague en un fin de semana

Teniendo en cuenta lo que me gustan los países nórdicos y que Copenhague está a una hora de Berlín en avión y 7 en tren,  si no había ido antes es por ese «pequeño» inconveniente que tiene viajar al norte: es caro. Bastante caro. Comer por menos de 15 euros es casi imposible, y ojo, incluso bebiendo agua del grifo, así que lo más sensato es alojarse en algún sitio que te permita cocinar y olvidarse de comidas pantagruélicas (eso sí, en Manfred´s es posible comer el plato del día por unos 20 euros, y los cocineros son los mismos que los del restaurante Relae, considerado uno de los 50 mejores según Michelín). También es verdad que resistirse a delicias como el helado de regaliz, el chocolate salado relleno de regaliz, el regaliz con sal y todas las variables imaginables de regaliz es difícil, al menos para mí… pero bueno, al lío, que aquí no he venido a hablar de comida.

La Sirenita: hablando mal y pronto, es un mojón. Está donde Cristo perdió los clavos, no es para tanto y lo único que vas a ver es a decenas de turistas tratando de hacerse los graciosillos posando con la Sirenita. Ni os molestéis.

El Museo Louisiana: la única razón por la que me fui del Lousiana es porque cerraban, no porque me aburriera, y aunque sólo sea por ver la instalación de Kusama ya vale la pena la excursión (está en las afueras de la ciudad). No es el único museo que vale la pena visitar: el museo de diseño y el CC (con intalación de Yoko Ono hasta finales de diciembre) también son imprescindibles. En realidad no vi un museo malo allí, para qué nos vamos a engañar…

Christiania: casi tan decepcionante como la Sierenita. La calle principal da asco-pena: tiene todos los males del turismo de masas concentrado en apenas unos metros, sólo que en vez de puestos vendiendo souvenirs de la ciudad, se venden distintos tipos de marihuana y baratijas  que podrías comprar en cualquier rastro del mundo. Lo mejor es ignorar esa zona y adentrarse en el bosque para ver las casa que la gente se ha construido reciclando materiales de otras viviendas o tirando de DIY. Hay casas realmente bonitas, pero más allá de eso, poco más hay que ver o hacer en Christiania. Supongo que los fundadores de la comuna jamás pensaron que se convertiría en un centro turístico al que la gente iría en masa principalmente a comprar marihuana y beber cerveza y tratar de hacer fotos pese a lo prohibido que está. A tenor de lo que vi, no me sorprendería si hubiera casas de Christiania listadas en Airbnb.

Mercadillos: Hay unos cuantos, pero mi favorito lo descubrí por lo que siempre me pasa: me perdí. Den Bla Hal es una maravilla. Hay que pagar un par de coronas para entrar, pero vale la pena.

Tívoli: lo confieso, no me gustan los parques de atracciones ni las montañas rusas y no me montaría en muchas de las atracciones que vi allí ni aunque me pagasen miles de euros porque seguramente me daría un infarto antes de bajarme y ya ves de qué me serviría el dinero… pero los jardines son chulos y vale la pena visitar el parque más antiguo de Europa. Si además te gustan las montañas rusas, imagino que es tu paraíso.

Nyhavn: la típica «tourist trap» que tienen todas las ciudades. ¡Huye!

Lo mejor de Copenhague, sin embargo, es casi intangible: caminar perdiéndose en sus calles con un ojo puesto en los edificios y otro en los canales, en las tiendas (lo del diseño danés NO es una leyenda urbana) y por esas callejuelas empedradas en las que a menudo no se ve un alma.

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Aprende autodefensa

Durante muchos años pense en apuntarme a algún taller de autodefensa, pero al final lo descartaba siempre por el mismo motivo: aprender a defenderme suponía aceptarme como víctima. Posicionarte en el mundo como eslabón desprotegido, como objetivo de ataques, como ser del que se abusa sistemáticamente no es fácil, pero por desgracia es la realidad (no hace falta sumergirse en todas las historias que han salido a la luz a raíz del hashtag #metoo para comprobarlo, en realidad basta con ser mujer para vivirlo en carne propia). El problema es que a la mujer, desde niña, se la educa para comportarse «como una señorita», vestirse «como una señorita», jugar «como una señorita» y hablar «como una señorita».  Al niño se le condona el ser bruto desde pequeño, a la niña se le enseña a ser una princesita: y eso incluye no pegar, no defenderse, no correr… así que entras en la edad adulta y no sabes ni dar un puñetazo (no, amigas, en contra de lo que dice la leyenda urbana, si cierras el puño en torno al dedo gordo te lo rompes).

Este fin de semana me rendí a la evidencia y me apunté a un taller de autodefensa para mujeres que además está basado en casos reales que te puedes encontrar en Berlín. Y me encantó. Lo primero que aprendimos es a no pedir perdón: estás aprendiendo autodefensa, no puedes ir con miedo y pedir perdón, porque entonces aprendes a defenderte mientras te disculpas… y ya con eso me ganaron inmediatamente. A partir de ahí aprendes a usar tu fuerza (y que tienes más de la que crees) para esquivar el peligro o huir de él, y para eso no necesitas sólo aprender a pegar, correr o a moverte de determinada forma en según que situaciones, vas a necesitar, sobre todo, desaprender el rol de docilidad y sumisión que te impone el heteropatriarcado.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿dónde aprender defensa personal en Berlín? En Pretty Deadly. Tienen cursos intensivos, regulares, para adolescentes y para LGTBQI. Las clases, además, son en inglés, así que no hay excusas. A las que estáis en cualquier otra ciudad, os recomiendo que busquéis dónde aprender. No os arrepentiréis.