Archivos de la Categoría: televisión

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Quiero más personajes como GJ

Hacía tiempo que un personaje de una serie no me fascinaba tanto, puede que desde el de Gemma Teller en ‘Sons of Anarchy’: Holly Hunter aparece poco en ‘Top of the lake’ y el suyo no deja de ser un papel secundario, pero se come a todos los demás sin levantar siquiera una ceja, en sentido literal. Sólo por eso, ya merece la pena dedicar unos minutos a la serie de Jane Campion.

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Adiós (temporalmente) a ‘Girls’

Esta noche emiten el último episodio de ‘Girls’. Nunca pensé que me fuera a enganchar  esa serie. Temía que se tratara de otra serie más de chicas estupendas, modernísimas, y sus absurdos problemas en “hipsterlandia”. Problemas de veintañeros, además, y con la racha que tengo de ver malas películas protagonizadas por veinteañeros últimamente no sabía si es que yo me estaba haciendo vieja o que ahora nadie sabe retratar a un veinteañero inteligente (que haberlos, haylos; me consta).

Así que después de la insistencia y alabanzas de dos amigos (dos hombres, para más señas), le dí una oportunidad. Ahora estoy enganchada.  Claro que hay capítulos más flojos, y personajes que en la vida real no los querría cerca, pero en general es tremendamente realista. He perdido la cuenta de situaciones que ha mostrado la serie y con las que me he identificado (a lo mejor es que mi vida es más tópica de lo que me creo). También he visto situaciones en las que he reconocido a amigos/as. Y sobre todo, muchas situaciones crudas, embarazosas y duras, de ésas que te dejan un regusto amargo, que no buscan la autocomplaciencia, y que sí, también se dan en la vida real. Creo que por eso me gusta ‘Girls’. Ver cómo Adam, por ejemplo, hace que su novia se arrastre por el suelo en un juego sexual que termina mal, que Hannah descubra que tiene VPH, que Ray esté sin trabajo ni casa a los 33 o que Marnie pierda la dignidad intentando impresionar a su ex son buenos ejemplos: no son capítulos con final feliz, como suele pasar en este tipo de series, sino con finales agridulces, imprevistos y a veces humillantes. Como la vida misma. Puede que por eso me la crea más que a otras series.

Sospecho que el último episodio será duro, temo que Jessa dé una mala sorpresa (¿dónde está?) y que Adam se precipite al vacío (tiene toda la pinta). Pero al menos será realista.

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‘Portlandia’: ¿muerte por sobredosis?

‘Portlandia’ sigue siendo una de mis series favoritas, pero algo está pasando con esta tercera temporada, y no precisamente bueno: que tuviera 12 capítulos en vez de 6 o 10, como las anteriores, a priori parecía una buena noticia, pero me temo que empieza a morir por sobredosis. De entrada, la “desaparición” de Kyle MacLachlan como alcalde, que ha dado lugar a episodios de transición bastante aburridos con Roseanne Barr como protagonista. Luego, la incorporación de Chlöe Sevigny y la necesidad de explotar su personaje, que no tiene gracia ninguna y que sólo ha dado un par de buenos momentos, como ese gag en el que con ella parodian el ‘Jules et Jim’ de Godard. Luego están esos sketches delirantes protagonizados por ratons (¿por qué?), coyotes que se convierten en indios (¿POR QUÉ?) o los dos científicos hablando de leche (una pérdida de tiempo). A las protagonistas de Women and Women First prácticamente las han liquidado, y los episodios dedicados a la pareja que decide  convertir su casa en un Bread & Breakfast empezaron bien, pero ya son demasiado repetitivos.

La gracia de ‘Portlandia’ está precisamente en esos sketches cortos, que con pinceladas son capaces de reírse de situaciones corrientes, y querer convertir esos bocetos en cuadros, alargando las bromas y estirándolas hasta el infinito, está matando la esencia del programa. Pero ahora, cuando una serie funciona, hay que alargarla a toda costa, aunque por el camino se pierda aquello que la hizo triunfar en primer lugar.

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El regreso de ‘Black mirror’

Aviso: contiene spoilers. Todos los imaginables.

Tanta expectación para nada: ni el prometido “nudo en el estómago”, ni la sensación de estar asistiendo a una distopía plausible ni, desde luego, la risa socarrona que provocaba el episodio del cerdo (aunque el cerdo, lo confieso, me daba mucha pena). El punto de partida es sencillo: ¿qué pasa con nuestra vida on line cuando morimos? La verdad es que a día de hoy las posibilidades, además de tener muy mal gusto, son un poco espeluznantes: desde dejar vídeos grabados que se podrán ver en Facebook a una aplicación que sigue tuiteando por ti (disponible en quince días). ‘Be right back‘, el episodio que ha estrenado la segunda temporada de ‘Black mirror’, parte de ese presupuesto: la pareja de la protagonista muere y ella decide usar una aplicación que le permite mantener conversaciones con el difunto gracias a la información que el mismo ha dejado en vida en la red. Al principio, la protagonista es reacia, pero cuando descubre que está embarazada, se lanza de lleno a usar la aplicación, hasta llega a adquirir un robot con su aspecto y programado para que hable y se mueva como él. La relación, al principio idílica, se va al garete porque en realidad no es él mismo (por mucho que uno muestra en la red, hay comportamientos y anécdotas que siguen quedando en el ámbito privado, y es ahí donde la protagonista se da cuenta de que se ha enganchado a una falacia). Intenta “matar” al clon, pero como no lo consigue, lo encierra en el sótano y hala, a seguir viviendo.

Inverosímil de principio a fin (entre otras cosas, porque nadie puede rehacer su vida con un clon de su pareja espiando en el sótano). Pero sobre todo porque parte de una idea: la negación de la muerte. De acuerdo, en occidente es casi tabú mentarla, pero está ahí, existe, la única razón por la que estamos vivos es porque vamos a morir algún día. En otras culturas la muerte forma parte de la vida, no es tabú (en el antiguo Japón, incluso era costumbre que quienes sabían que su fin estaba cerca se retirasen a esperar su hora aislados del mundanal ruido, como explica Murasaki Shikibu en ‘La historia de Genji’). Va más allá este episodio de ‘Black mirror’: se pasa por el forro la necesidad de hacer un duelo para superar cualquier pérdida. Precisamente porque la protagonista no hace duelo alguno, porque tiene a un clon escondido en casa, aunque pasan los años y la hija es ya casi adolescente, ahí la vemos, con la misma cara amargada que al principio: jamás va a superar esa pérdida (ese hecho, per se, es mucho más terrorífico, y plausible, que el de guardar a un hombre biónico en el armario).

También habría sido mucho más interesante que explorasen esa idea tan primermundista del narcisismo: ese ensimismamiento que nos hace creernos no sólo interesantes, sino casi el centro del universo, esa idea según la cual al resto del planeta le tiene que importar lo que pensamos, comemos o hasta dónde hacemos check-in. Ese narcisismo, y no otra cosa, es lo que supongo que debe hacer pensar a más de uno/a en dejar un vídeo programado para que aparezca en Facebook una vez que se muere.

Pero no puedo creerme, como pretende este episodio, que una mujer con dos dedos de frente cree que es posible reemplazar la experiencia de una relación con un robot, por mucho que se le parezca al fallecido. Y en el momento en que falla el planteamiento (por las cuestiones filosóficas, vitales y casi ideológicas que implica la elección de la protagonista), por mucho que la tecnología avance a velocidad de vértigo, pincha todo lo demás. Entre otras cosas, la empatía y la verosimilitud.

 

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Cine de sobremesa

En domingos lluviosos y fríos como hoy, en que lo único que apetece es esconderse bajo una manta y ver una película, no puedo evitar acordarme de aquellos ciclos de cine clásico con los que crecí: cada sábado y domingo, después del telediario, pasaban por una de las dos únicas cadenas de televisión una película “antigua”. Entonces no éramos tan modernos y lo del cine en blanco y negro no era una cuestión de esnobismo o audiencias, tampoco estaba mal visto que pusieran largometrajes de los años 50 y lo normal era que dedicaran ciclos enteros al western, a las películas de gángsters, de aventuras… Mis favoritas, sin duda, eran las de piratas y mafiosos. Y si encima las protagonizaba una mujer (como en el caso de ‘La mujer pirata’), ya no podía pedir más.

Para cuando llegué a mi adolescencia, además de haber desarrollado un gusto por las películas de época que aún arrastro, tenía un bagaje cinematográfico mínimo. No resulta difícil encontrar a alguien nacido en los 70 que se haya visto más películas del oeste que alguien de la generación posterior.

Ahora, cada fin de semana, la misma historia: películas en color, modernas sin duda, pero planas. Antes que echar una cinta en blanco y negro, las televisiones prefieren apostar por un “Estrenos TV” con niñera perversa, padres alcohólicos, hijos conflictivos y demás miserias. Cine de resaca, vaya.

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¡Que me devuelvan a Liz Lemon!

Lo que más me gustaba de Liz Lemon es que era real: una treintañera que pasa más tiempo en el trabajo que en casa, con problemas normales, momentos embarazosos y a años luz de esas mujeres que vende la televisión y que están divinas de la muerte hasta cuando se despiertan con resaca. Liz Lemon no era así, para ella importaba más el cerebro. Y sus relaciones eran un desastre… como la vida misma, vaya. No me gustaba tanto un personaje femenino desde los tiempos de Murphy Brown (con permiso de Gemma Teller, claro). Pero lo mejor de Liz Lemon, sin duda, era que no necesitaba, quería ni buscaba esa felicidad que se supone que las mujeres buscamos: pareja e hijos, lo que viene dictando la sociedad desde que el mundo es mundo, vaya.

Y ahora leo que la casan. Se acabó: termina la serie y Lemon pasa por vicaría. Final… ¿feliz? Pues no. Podrían haber salido del paso incluso con un “arrejuntamiento”, mucho más digno y creíble en el caso de Lemon… pero parece que al final se impone el conservadurismo hasta en este reducto en el que la única mujer florero de la serie era la diana de todas las bromas. Algo va muy mal cuando Liz Lemon se casa.

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La tiranía de la eterna adolescencia

Nada nuevo bajo el sol: vivimos una tiranía de la juventud. No siempre ha sido así, claro, a veces me pregunto cuántos siglos pasaron hasta que las mujeres descubrieron la menopausia, que llegar a los cincuenta en ciertos siglos era un  hito… los mismos siglos en los que la adolescencia era un concepto inexistente porque se pasaba de la infancia al campo, el matrimonio, la maternidad, la guerra… o lo que hubiera en cada momento. En realidad, el concepto “teenager” no surge hasta la década de los 50, cuando las grandes marcas descubren todo un filón en ese fragmento de edad que va desde los 13 a los 19 años.

Pero la cosa se ha pasado de rosca. Ahora vivimos en una sublimación de la eterna juventud. Mujeres de treinta anunciando Tena Lady, adolescentes con ropa de señora y en fin, del cine y la tele mejor ni hablamos, porque los personajes femeninos mayores de 40 prácticamente brillan por su ausencia. El hombre tampoco se salva, y el concepto “madurito interesante” es un eufemismo, una forma de negar lo evidente:  la vejez existe, aunque sólo la muestren en el telediario a la hora de hablar de las pensiones.

Y los medios tienen culpa, claro que sí, con esa apología salvaje de la juventud a cualquier precio, como si la edad no conllevara sabiduría. Genios adolescentes, que yo recuerde ahora mismo, y que hayan sobrevivido a modas y modos, sólo están Rimbaud y Mozart. Pero aquí como si nada, a sacar figurines, no sea que el lector vea una arruga o una cana y se le indigeste el desayuno.

Y luego que nos vendan Dorian Gray “sólo” como una novela.

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‘The Newsroom’: ¿va en serio?

Tanto tiempo esperando ‘The Newsroom‘ para nada: un cúmulo de buenas intenciones que queda en soberano despropósito. Primero, ese discurso patriotero de “América no es un gran país pero puede volver a serlo” disfrazado de crítica a EE.UU. Tiene un tufillo tan rancio, tan “tea party”, que se desmonta él solo.

Luego, las buenos propósitos: “podemos ser un gran informativo y dar a conocer la verdad”. Vaya, cuando el protagonista de la historia tiene tras de sí enmarcada una foto de Obama una se pregunta “¿qué verdad puede ofrecer un periodista casado con el poder de esa forma?”.

El personaje de MacKenzie… ¡no hay por dónde cogerlo! ¿Tengo que creerme que una mujer que ha pasado tres años como corresponsal de guerra en Oriente Próximo se preocupa por sus maletas “que son de Louis Vuitton” y lo primero que hace al pisar una redacción es hablar de que ha fundido la tarjeta de crédito en trapos? ¿De verdad? El comentario que hace la misma tipa a una de sus empleadas de “tengo que llevarte de compras” para felicitarla por el curro, ¿cómo me lo tomo, como mujer o como periodista? Porque en los dos casos me ofende profudamente que alguien crea que la mejor felicitación laboral que puede hacerme es una invitación a ir de compras… Y se supone, por supuesto, que éste es el personaje fuerte y que toma las riendas de la redacción. ¡Acabáramos!

Tampoco falta, por supuesto, la tensión sexual servida en bandeja de plata en forma de separación y flirteo a tres bandas, no sea que pierdan al público: demos culebrón a la audiencia, aunque les hablemos de veracidad (intuyo una deriva hacia las tramas de tinte sentimental en las próximas semanas capaces de hacer olvidar si la serie transcurre en una redacción o en una tienda de Macy’s).

Francamente, estoy deseando que vuelva ‘Boss’, que al menos me creo a esos políticos corruptos y ávidos de poder. Y si quiero series sobre periodistas, rescato ‘Murphy Brown‘, que sin buscarlo se coló en la campaña electoral del ’92. O releo a Hunter S. Thompson. Pero ‘The Newsroom’… va a ser que no.

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Regreso a ‘Twin Peaks’

Una bolsa, las aspas del ventilador girando, una llamada, paredes rosas pastel, la cascada del Great Northern… David Lynch consigue inquietar en apenas unos minutos: desde el primer momento, el espectador sabe que ese paraje idílico que es Twin Peaks esconde algo. En cuanto se descubre el cadáver de Laura Palmer el enganche a la serie está garantizado.

De ‘Twin Peaks‘ se ha escrito tanto que pocas cosas nuevas se pueden descubrir: el azar que provocó la creación de Bob, el homenaje a ‘El fugitivo’ en el personaje de Mike y, sobre todo, los conflictos de Lynch con la productora, que le obligaron a resolver el caso de Laura Palmer y alargar la serie a su pesar. De ahí que Lynch se desentendiera de la serie durante la segunda temporada, algo que se nota en seguida porque en el momento que se descubre la verdad y ‘Twin Peaks’ pasa a centrarse en otras tramas, pierde buena parte del interés. En ese momento uno pasa a ver una serie de tintes costumbristas y policiacos que no tienen el gancho de la primera temporada. Afortunadamente, Lynch se volvió a poner tras la cámara para rodar el último episodio, recuperando en sólo 45 minutos todo el interés y el suspense que se desaparece de la serie cuando su mano deja de estar presente.

En España la serie se estrenó en 1990: entonces no se había visto nada así en televisión. Al menos, yo no había visto nada parecido. La serie me dejó KO desde el primer momento. Creo que las series, tal y como las conocemos hoy, son deudoras de ‘Twin Peaks’: era una televisión que iba más allá, con un tratamiento cinematográfico y argumentos inteligentes que no tenían por qué resolverse en un solo episodio. Por no hablar del toque ‘Lynch’: las cortinas rojas, esa iluminación cercana a la pintura flamenca, la capacidad de poner los pelos de punta y la habilidad para mezclar lo sórdido con lo sobrenatural y que sea el espectador quien decida, como dice Cooper, si prefiere creer que Laura Palmer fue la víctima de los abusos de su propio padre o de una fuerza oscura. Tampoco faltan buenas dosis de sutil humor negro.

Cuando hace unos años sacaron la serie en DVD la compré con miedo a que me decepcionara. Al fin y al cabo, pensaba, puede que yo no fuera más que una adolescente impresionable y que la serie no fuera para tanto. Pero pronto me di cuenta de que no era así, que efectivamente era la serie, y que aún era capaz de hacerme temblar de miedo ante la mera visión de Bob (Lynch asusta por sorpresa y cuando uno menos lo espera, en una habitación rosa y a plena luz del día, no necesita esperar a que anochezca y que suene música inquietante). Desde entonces, cada año espero a que llegue el invierno para volver a ver ‘Twin Peaks’. La devoro como si fuera la primera vez y aguanto con estoicismo los capítulos centrales de la segunda temporada consciente de que no son más que una travesía por el desierto necesaria para reencontrarme con ese gran final que tiene la serie. Veo desfilar los nombres de los directores que toman las riendas esa temporada (entre los que están Uli Edel y Diane Keaton), pero me emociono cuando leo “directed by David Lynch” porque sé que ese episodio no fallará, aunque Lynch tenga que hacerse cargo de personajes como James o Dick Tremaine, que palidecen al lado de la memorable Lady Log.

Si tuviera que elegir una única escena de ‘Twin Peaks’ que resumiera a la perfección el espíritu de la serie optaría por la siguiente. Corresponde al primer capítulo de la segunda temporada y sí, está dirigido por David Lynch… ‘The owls are not what they seem‘.

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‘Portlandia’

La reacción tras ver el primer capítulo de ‘Portlandia‘ es de sorpresa absoluta y enganche inmediato. No se trata de la típica sitcom, sino de una serie de sketches que tienen un punto Muchachada Nui y Monty Python: humor absurdo y un tanto surrealista que tiene como protagonistas la modernidad, la nostalgia por los 90, el feminismo, la música, la ecología, el ahorro, el diseño… No se libra casi nada.

Además, la serie está llena de secundarios del mundo de la cultura y del cine: Kyle Maclachlan, Colin Meloy, Gus Van Sant, Aimee Mann, Steve Buscemi, Corin Tucker… Tiene todas las papeletas para convertirse en una serie de culto.

En EE. UU. han ogranizado incluso una gira que llevará ‘Portlandia’ por distintos festivales y para la segunda temporada ya se ha confirmado la participación de Joanna Newsom, Eddie Vedder, Steve Jones y Annie Clark, entre otros.

El 6 de diciembre se pone a la venta el DVD con la primera temporada, y un mes más tarde comienza a emitirse la segunda en IFC.

Sorprende ver a Carrie Brownstein (cantante y guitarrista de Sleater-Kinney y Wild Flag) haciendo de actriz cómica y metiéndose en diferentes pieles para dar rienda suelta a su vis cómica. Sorprende pero funciona.

En la serie además participan como personajes secundarios actores y músicos como Kyle Maclachlan, Steve Buscemi, Gus Van Sant, Corin Tucker, Colin Meloy… A menudo aparecen en un juego importante de autorreferencia, como cuando el personaje de Maclachlan insiste en no tener nada que ver con Seattle (la ciudad en la que se rodó ‘Twin Peaks‘ y en la que él daba vida al agente Cooper). De hecho, la serie juega con muchas bromas de ese tipo (como el capítulo en el que Brownstein trabaja en la conserjería de un hotel en el que se alojan los asistentes a un festival de música).

‘Portlandia’, que tiene todos los ingredientes para convertirse en una serie de culto, va a protagonizar una gira por EE.UU. y en la segunda temporada, que se estrena el 6 de enero en IFC van a participar Joanna Newsom, Eddie Vedder, Tim Robbins, Steve Jones y Penny Marshall.

El DVD de la primera temporada se pone a la venta el 6 de diciembre.