Archivos de la Categoría: música

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Vuelve Tour Vértigo

 

Portada de Tour Vértigo para Libros Walden. Diseño de Manuel Donada

 

Vuelve Tour Vértigo: en papel y de la mano de libros Walden, en una edición aumentada con un nuevo capítulo en el que se explora el impacto que las redes sociales tiene para los músicos, cómo las gestionan, si son un mal necesario o una plataforma más… para ello he entrevistado a nuevos artistas, algunos de los cuales no han conocido una industria musical sin redes.

Para quienes no sepan de qué se trata, o lean sobre Tour vértigo por primera vez, se trata de una historia oral que desmonta el mito de «sexo, drogas y rock and roll» y que explora cómo es en realidad la vida en la carretera, las dificultades a las que deben enfrentarse los artistas que no tienen presupuestos millonarios a la hora de grabar disco y encontrar financiación, las horas de soledad, los encontronazos con la prensa…

Los artistas entrevistados son Adrián de Alfonso, AGF, Aïsha Devi, Alan Vega, Albany, Alexander Hacke,  Alta Cabeza, Animal Collective, Arnau Sala, Astrud, Bea Pelea, Black Dice, Carter USM, Centella, Clint, Cosey Fanni Tutti, Danielle de Picciotto, Darren Hayman, Deerhoof, Delorean, El Guincho, Faust, Ginferno, Glass Candy, Grabba Grabba Tape, Handsome furs, HEALTH, Ian MacKaye, La Bien Querida,
Liars, Lindstrom, Los Planetas, Los Punsetes, Margarita, Massieras, Matías Aguayo, Micah P.
Hinson, Oneida, Surfer Blood, Tomasa del Real, The Ex, The Wave Pictures, Uke, Wire, Wolf Eyes,
Xiu Xiu, ZA! y Zola Jesus. A todos, los podéis escuchar en esta lista de Spotify

La portada del libro, por cierto, es de Manuel Donada.

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Babylon Berlin y otras obsesiones

Lo único que he hecho este fin de semana, además de toser como si no hubiera mañana, es ver Babylon Berlin, la serie alemana basada en las novelas policíacas de Volker Kutscher. La serie se ha financiado, en buena parte, con ese impuesto de 52 euros trimestrales que tenemos que pagar quienes vivimos aquí tengamos o no tele para garantizar la independencia de la televisión pública (ése, al menos en teoría, es el motivo del impuesto, si se cumple, es algo que no puedo juzgar). Y como en Alemania con el dinero no se juega, ahora se puede ver de forma gratuita en el país (en el resto del mundo se  puede ver en plataformas de pago) e incluso algunos cines están haciendo proyecciones de la serie: y sí, efectivamente, se ha convertido en el fenómeno de la temporada aquí en Berlín. A mí esta serie me habría gustado viviendo aquí o no, porque tiene algunas de las cosas que más me interesa: Berlín, los años 20, buena música (hasta se han marcado una playlist en Spotify con los temas de la serie)… pero además, viviendo aquí, es fascinante reconocer muchos de los sitios en los que están rodados los interiores (el Delphi, la Komische Oper) o «ver» el aspecto que tenía Berlín antes de la guerra. A quien le guste la serie, no puedo dejar de recomendarle que lea Voluptuous Panic, de Mel Gordon.

Pero este mes, además, hay otras cuantas cosas que me tienen enganchada, para todos los gustos. Paso a enumerar:

En el apartado autobombo, yo sigo subiendo mis «entrevistas sin adulterar» a Soundcloud (pero como no estoy por la labor de hacerme cuenta pro, según vaya subiendo irán desapareciendo las más antiguas, así que iré poco a poco) y el próximo 29 de octubre sale Tour Vértigo en Libros Walden. Pero de eso ya escribiré más adelante, antes de que llegue el disco nuevo de Rosalía y me olvide de casi todo lo demás.

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Entrevistas sin adulterar

De lo que da de sí una entrevista a lo que se publica, a veces va un mundo: casi siempre por cuestiones de espacio, las entrevistas quedan reducida a la mínima expresión. Con internet eso ha mejorado algo, pero no del todo, porque nadie está por la labor de leer tochos por entregas online y a poco que una entrevista dure media hora, eso se traduce en un par de paginas de transcripción literal.

Tengo unas cuantas entrevistas digitalizadas que jamás se llegaron a publicar íntegras, ya fuera por el dichoso espacio o porque se trataba de ruedas de prensa, y muchas de ellas las hice para medios ya desaparecidos o que se han transformado tan radicalmente que ni conservan los artículos que se publicaron allí hace poco más de un lustro, así que en mi cuenta de Soundcloud podréis ir encontrando poco a poco, sin cortes ni censura, unas cuantas entrevistas y ruedas de prensa tal y como se hicieron.

 

De momento ya se pueden escuchar la masterclass de Los Planetas con Diego Manrique en la RBMA de Madrid, una rueda de prensa de Malcolm McLaren en la que decía cosas como que su abuela la recomendaba llevar tapones a los oídos a la escuela para que no le lavasen el cerebro, una entrevista de Lindsay Kemp en la que sí, claro, habla de Bowie, pero también de su amor por España y por el arte o la subida más reciente, una rueda de prensa de Marianne Faithfull en la que se queja de que le sigan preguntando por Mick Jagger como si no hubiera hecho nada más con su vida.

 

Próximamente, más.

 

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Madonna

 

Con eso de que Madonna cumple 60 (¡60!) años, todo el mundo anda repasando su carrera, sus momentos más polémicos, sus looks, su música, sus hallazgos estéticos, sus amantes y poco falta ya hasta para que alguien rebusque en la basura para decirnos hasta qué se consume en su casa -entre tanto top me sorprende que aún nadie haya optado por las mejores stories del instagram de Madonna, que es muy de madre de 60 años que descubre los filtros y se pasa el día presmiendo de hijos, la verdad-.  De momento, el top de canciones de Jenesaispop, con su lista de Spotify incorporada, me parece de lo mejor (aparte de recordarme la cantidad de «hitazos» que tiene). Pero poca cosa estoy leyendo sobre lo que para mí siempre será la mayor aportación de Madonna, y es la cantidad de caminos que abrió no sólo a las artistas que han venido después y que incluso llevan años imitándola (¡hola, Lady Gaga!), sino a todas las mujeres que hemos visto cómo Madonna normalizaba situaciones y actitudes que eran impensables en el mainstream hasta que llegó ella.

Sexo

Sí, lo sé, Madonna no es la primera en hablar de sexo o llevarlo a la pantalla o cantar sobre él, pero sí fue la primera en hacerlo de forma explícita y siendo además la mujer más conocida de su época. Ni siquiera Beyoncé se atrevería a cruzar las líneas que cruzó Madonna teniendo además mucho menos control sobre lo que de ella se decía del que tiene Bey. Madonna simuló masturbarse en directo, protagonizó videoclips que parecían la versión BDSM de un cuadro de Tamara de Lempicka y en los que la podíamos ver arrastrándose por el suelo para beber leche de un cuenco, puso a Mondino a dirigir una orgía en blanco y negro, reclutó a Naomi Campbell y a Isabella Rossellini para su libro Sex (¡lo que me arrepiento ahora de no haberlo comprado entonces!), hizo de arneses, fustas y antifaces complementos normales a la hora de vestir o subirse a un escenario…  Madonna siempre reivindicó -y lo sigue haciendo- la sexualidad femenina sin tapujos, con ella dejaron de ser tabúes infinidad de temas, del orgasmo femenino a la masturbación pasando por la mera existencia de un deseo femenino que no tiene como fin complacer a un hombre: ahora puede parecer muy básico, y en otras culturas lleva años siéndolo, pero en el contexto del catolicismo -en el que ella también se crió- esto era un tabú: la mujer se casaba, tenía que parir y ser buena ama de casa, discreta, modesta, no dar pie a habladurías… todo lo demás, mal.

Catolicismo

Nada hay más católico que la culpa. Si devuelves la hostia en vez de poner la otra mejilla, culpable. Si disfrutas en este «valle de lágrimas», culpable. Si no te arrepientes, culpable. Y así con todo. El catolicismo es muy cansino: todo es pecado y aquí hemos venido a sufrir y te tienes que pasar la vida pidiendo perdón, llorando y expiando tus pecados. Con esas premisas tan sombrías, no sé cómo ha conseguido tantos adeptos (aparte de a la fuerza, claro). Así que llega Madonna, con todo su bagaje católico, apostólico y romano, y se planta también ante la iglesia: la ya encionada masturbación en directo, el famoso santo que cobra vida y al que besa en  «Like a prayer«: fue el punto culminante de pequeñas blasfemias como convertir los crucifijos en un complemento estético más, reivindicar el uso del preservativo y mandar callar a su padre en «Papa Don´t Preach» por mucho que al final opte por seguir adelante con el embarazo en vez de abortar. Si este año hemos visto a Rihanna vestida de papa y nadie se ha rasgado las vestiduras se lo debemos a Madonna, que ya se encargó de matar a disgustos al Vaticano.

Moda

No es que Madonna no haya dejado un estilo por tocar -que también-, es que además ha creado escuela, desde los ya mencionados crucifijos a lo de sacar a la calle la ropa interior a normalizar las cejas negras con pelo platino pasando por la que considero una de sus mejores aportaciones a la iconografía del pop: el corsé picudo. Sólo a ella se le ocurrió, Gaultier mediante, popularizar el corsé de abuela de los años 50 y convertirlo en una seña de identidad. Ha pasado a la historia como el rayo rojo sobre la cara de Bowie, los mocasines negros con calcetines blancos de Michael Jackson, las gafas redondas de John Lennon o la camisa de franela de Kurt Cobain. Lo mejor, en todo caso, sigue siendo que a sus 60 años viste como le da la gana, si quiere ponerse un corsé se lo pone, si quiere vestirse de dominatrix lo hace, si quiere ir con una batamanta también… el mensaje que lleva años mandando al mundo está claro: a la mierda lo que digan las modasy el cómo se supone que se debe vestir una con 20, 30 o 60 años. Si en unos años se ve normal que pasados los 50 se pueda seguir llevando corsés o sitiéndose sexy sin disfrazarse de señora mayor o sin esconder el deseo, se lo podremos agradecer a Madonna.

Techos de cristal

¿Cuántas mujeres antes que Madonna han logrado lo que ella en la industria musical, por sí mismas, sin formar parte de un grupo, sin tener un hombre detrás? Ni una. Ahora no nos sorprende una Beyoncé, o una Rihanna, o una Lady Gaga, o una Cardi B… pero hasta que no llegó Madonna, nadie más que los hombres alcanazaban ventas multimillonarias. Madonna se convirtió en la primera mujer en vender 5 millones de discos en 1985 y desde entonces sin parar: puede que ya no sea quien más vende, pero todo lo que hace sigue siendo noticia, sigue estando en la cumbre y sigue siendo una influencia incontestable. Y lo logró pese -o precisamente por- ser mujer, no encajar en los cánones de belleza de la época, descender de emigrantes, no tener padrinos… Ya da igual lo que haga con el resto de su carrera, Madonna Louise Veronica Ciccone hizo historia hace años.

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El timo de las listas

Hace tiempo que la única lista que me interesa es la de la compra, y pese a todo, cada vez hay más y más listas con lo mejor del año, la gente ya hasta nos cuenta en Facebook sus top  10 intimidades que no nos interesan. Para los que aún se creen el timo de X revista ha elegido X peli/disco/libro/whatever como el mejor del año, os explico cómo va la cosa.

1 . Toda la redacción dice que el mejor disco es el de los Beatles, pero el jefe prefiere el de los Stones, o es amigo de Mick Jagger, o un día se subió con el al yate o es el primo de su novia: disco del año, el de los Stones.

2. Toda la redacción y el jefe prefieren el de los Beatles, pero los Stones meten pasta y mandan mail recordando que aún hay que cerrar el presupuesto de la campaña de publi del año que viene: disco del año, el de los Stones.

3. La redacción y el jefe prefieren el disco de los Beatles, y ninguno mete pasta, pero con la que hay liada con el tema del #metoo, mejor poner un disco con una mujer en los primeros puestos o en el top 1 para parecer aliados: disco del año, el de las Slits.

4. La redacción y el jefe prefieren el disco de los Beatles, y ninguno mete pasta, pero con la que hay liada con el tema del #metoo y del #blacklivesmatter, mejor poner un disco que muestre qué sensibles son en el medio: disco del año, Solange.

5. La redacción dice que el mejor festival ha sido Woodstock, pero tu jefe se pegó la vida padre en Glastonbury después de tener 20 pases VIP, son colegas y además meten pasta: festival del año, Glasto.

Si existe un medio en el que no se dé ninguno de los puntos anteriores y que además sea económicamente viable, por favor, presentádmelo.

 

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¿Queríais punk? Pues tomad 2 tazas

 

No sé cuántos años llevo escuchando «ya no hay punk», «necesitamos punk», «los inserte-aquí-nombre-de-grupo-viejuno sí que molaban»… y bla, bla, bla. Pero todo de boquilla. Cuando Crystal Castles la liaron parda en el Sónar, de repente eran unos impresentables, unos mamarrachos, poco profesionales, y los mismos que en su momento añoraban el punk, de repente se rasgaban las vestiduras.

Lo mismo, mismito está pasando con Pxxr Gvng, o Los Santos, o como decidan llamarse mientras sigan facturando discazos: se pasan por el forro todo lo que se supone que se debe hacer en el mundo de la música, ya sea sacar de golpe y porrazo todos los discos de su sello en un solo día o ponerlos a la venta en Bandcamp con un «paga lo que quieras». El futuro no pasa por discográficas – lanzamiento de single – sonar en la radio – disco a la venta – gira y vuelta a empezar, está cambiando y ya no hay que respetar los tiempos, los formatos ni ná de ná. Ellos han entendido lo que muchos aún se niegan a ver: te debes a tus fans, y no a al directivo de un sello.  No es lo único que hacen: con Pxxr Gvng Los Santos no sabes qué te espera: ¿reggaeton, trap o todo lo contrario? A saber, lo averiguaremos el 24 de marzo.

Pero sobre todo, el punk como actitud hace años que dejó de estar en grupos de guitarras que aún tiran del 1, 2, 3, 4 y el «hey, ho, let´s go»: cada vez que veo a un grupo «punk» participando en eventos que cuentan con el beneplácito de las instituciones me queda más claro que está muerto. Nada como esas exposiciones dedicadas al punk para certificar su defunción.  ¿Grupos «indies» (no olvidemos que es la abreviatura de independiente) cuyo sueño es fichar por multis? ¡No hombre, no! Llamadlo de otra forma, pero por mucho que lleven chapas con mensajes provocativos o levanten el puño, de actitud punk poco tienen ya.

Y quien no me crea, aquí van algunas de las sentencias de Yung Beef (aka Lana del Rey, sí, con un par) y compañía en cualquiera de sus formas:

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Llama lo que quieras a las Spice Girls, pero no las llames feministas

Spice Girls

Si vuelvo a leer un artículo más que hable de las Spice Girls como imagen del feminismo y del «girl power» (girl, edulcorado, inofensivo, a años luz del grrrl), me doy golpes contra una pared. Con la cosa del aniversario del «Wannabe»  (lo que quiere ser, lo que no es, a lo que aspira y no llega) andan los medios dando artículos sobre la efeméride. Y no hay uno que no lleve las palabras feminismo y girl power. Los que llevan las palabras márketing, producto, fantasía sexual masculina no los he leído aún, porque una de dos, o Google los indexa fatal o es que no se han escrito.

Las Spice Girls eran una versión infantiloide, tonta, comercial y patriarcal de las riot grrrls. Las segundas no se podían empaquetar y vender a gran escala, así que Fuller se sacó de la manga un girl power de vergüenza ajena, elegido por casting, vestido por estilistas, que por no tener nada de power no tenían ni el de decir que es lo que «realmente, realmente quieren» para seguir con frases que dan tanto miedo como «si quieres mi futuro, olvida mi pasado»: quiéreme sin pasado, como si fuera una virgencita tonta, que no ha hecho nada de conocerte, hagamos tabula rasa, finjamos que no tengo pasado. Eso, la primera línea de la canción. Por no hablar de que todas las fotos de promo nos las mostraban vestidas según los cánones de las fantasías masculinas: poca ropa y muy ceñida, y las tetas cuanto más cerca de las amígdalas mejor. Hasta una «baby Spice», no me jodas.

De feministas las Spice Girls no tenían ni el nombre («chicas picantes, especiadas»). Y por más que la ONU lance un vídeo con la canción de marras para reivindicar los derechos de las niñas, las Spice Girls y el Wannabe seguirán siendo puro márketing. Punto.

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Adiós, sexy MF

Prince

La santísima trinidad del mainstream de los 80 eran Madonna, Prince y Michael Jackson. No se había acuñado lo de la corrección política, faltaban décadas para que cada día se generase un debate sobre la apropiación cultural y no había cuotas, y ahí estaban, una mujer  y dos hombre negros, cortando el bacalao, publicando discos legendarios y de paso,  en los casos de Prince y Madonna, cuestionando todas las ideas establecidas sobre el género. Ahí estaba Prince, mucho antes de ser «AFKAP», jugando a la ambigüedad sexual, a  no definirse, a no cuadrar en ninguna casilla, y ser, pese a todo, un «sexy motherfucker«.

Cambió las reglas del juego, como muy bien cuenta Javier Blánquez en El Mundo  y compuso algunas de las mejores canciones del siglo XX, pero también ayudó a redifinir los roles de género mucho antes de que se acuñara lo de «gender fluid», haciéndose acompañar de bandas compuestas por mujeres en sus giras, tratando incluso de crear supergrupos femeninos  (¿alguien más recuerda a Vanity 6?) e incluyendo el sexo en su obra como una variable más (por no hablar de sus tacones o sus «crop tops»). Ahora no parece revolucionario, pero en esos 80 de puritanismo, pegatinas de «explicit content» en los discos y rombos en las películas, esa reivindicación de una sexualidad libre, sin represión y  en la que todo valía siempre que fuera consentido, era liberadora. Uno podía ser/sentir/desear lo que le diera la gana. Y Prince, como Madonna, hizo de ello una bandera justo cuando la mojigatería se empezaba a imponer como modelo. Lástima que él también viera «la luz» y terminara convertido en una caricatura puritana contraria al matrimonio homosexual y a la libertad sexual de la que él mismo hizo gala (“God came to earth and saw people sticking it wherever and doing it with whatever, and he just cleared it all out. He was, like, ‘Enough.’», declaraba en una entrevista en 2008). Yo, hoy, prefiero recordar al otro Prince.

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Lo que diga Beyoncé

Se ve que había más invitados a actúar en la gala de la Superbowl aparte de Beyoncé, pero de quien se habla hoy, es de Bey. De su caída que no fue caída (Madonna debe envidiarla mucho ahora), de su estilismo homenaje a Michael Jackson pero sobre todo,  y ésto es lo que me parece más interesante, de ese ejército de mujeres vestidas como las Panteras Negras que sacó a bailar «Formation» (también era sólo de mujeres la orquesta que acompañaba su actuación). Después del patinazo del vídeo con Coldplay (yo aún no le he perdonado a Madonna lo de «La isla bonita», así que imagino que contentos deben estar en india), hacía falta recuperar a Queen Bey en todo su esplendor y nada para hacerlo como reivindicando su cultura y denunciando las muertes sistemáticas a manos de la policía de jóvenes cuyo único delito es ser negros. Si «Formation» ya levantó ampollas por su denuncia nada velada a la desidia de los políticos tras el paso del huracán Katrina, en la SuperBowl, que es lo más visto en la televisión norteamericana, ha optado por un mensaje más radical reivindicando a esas Panteras Negras que abogaban por la organización y la autodefensa. Sí, era un claro guiño al movimiento Black Lives Matter, y sus bailarinas tampoco ocultaron las pancartas que pedían justicia para Mario Woods. Y eso ha molestado mucho a ese «establishment» encantado con las ediciones de óscars en las que sólo se nomina a blancos y con las mujeres que se limitan a lucir palmito y escote, pero no demasiado.

Que a las mujeres se las utilice sistemáticamente para vender productos parece que no es grave, pero que Beyoncé reivindique los derechos de la comunidad negra es una afrenta de la que opina hasta Giuliani. A mí, creo que no hace falta decirlo, me parece estupendo lo que ha hecho Beyoncé: que aproveche su fama y el alcance que tiene cada uno de sus movimientos para soltar mensajes feministas o reclamar justicia es algo que no sólo no debería escandalizarnos, sino que deberíamos celebrar. Ya está bien de artistas calladitos, políticamente correctos, que aunque sean más conocidos que Jesucristo no abren la boca no sea que molesten a alguien. Y si con su actuación Beyoncé ha conseguido que alguien lea hoy las noticias para saber qué pasa en EEUU, o que busque en Google quiénes eran las Panteras Negras, o ha provocado un ataque de urticaria a los acólitos de Donald Trump, ya ha hecho mucho.

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«Let’s dance the blues»

david bowie

De la muerte de Bowie se ha escrito largo y tendido, se escribe aún casi a diario. Todos recibimos la noticia con incredulidad: que nuestros ídolos no son inmortales es algo que sabemos, pero que no queremos creer. Por eso son ídolos, porque en nuestro subconsciente no son simples mortales: han puesto la banda sonora de nuestras vidas, nos han acompañado (la voz de Bowie suena ahora por mis altavoces, como casi a diario desde que conocí la noticia) y nos han hecho soñar, evadirnos e incluso recuperar la esperanza en la humanidad cuando abres un periódico o miras alrededor. Sí, el hombre puede ser mediocre, ruin y vil. Pero también puede ser genial, tener destellos de lucidez, dar sentido a llamarnos «hombres» (básicamente es la capacidad de crear y no una secuencia genética o el caminar de pie lo que nos separa de los animales). A muchos, Bowie incluso les ayudó a salir del armario o a no sentirse marcianos con su sexualidad. Y a millones, nos hizo soñar, emocionarnos o algo que a priori parece tan simple como bailar.

No me voy a repetir, no voy a hablar de las mil caras de Bowie, ni de su legado musical, que ahí está, para quien lo quiera buscar si es que no lo conoce ya, tampoco voy a hablar del fin de una era (Óscar Broc ya lo ha hecho mejor que yo), pero que no vengan a decirme si puedo lamentar o no la muerte de alguien que era algo más que un artista al que nunca conocí personalmente como ha querido hacer JK Rawling: a lo mejor uno no ha vivido de verdad, y simplemente ha pansado de puntillas por aquí, si nunca se ha encerrado en su habitación a escuchar una canción una y otra vez mientras se le pone la carne de gallina. Cuando alguien trasciende lo meramente musical y se convierte en un fenómeno social, como hizo Bowie, que vengan a decirnos si podemos o no lamentar su muerte es absurdo (además, por esa norma, para qué hacer uso de la empatía, para qué preocuparnos por el prójimo si total, su dolor no es el nuestro, su lucha no es la nuestra). Prefiero quedarme con la actitud de Arcade Fire celebrando su música en un funeral masivo en Nueva Orléans, y parafraseando al mismísimo Bowie, qué demonios, «let´s dance the blues».