
Llevo un tiempo indagando, todo lo que puedo, en la literatura del Harlem Renaissance, ese movimiento cultural que nace en Harlem (con tentáculos en París y en Chicago) en los años 20 cuando por fin la comunidad negra pudo empezar a disfrutar de algunos de los derechos conquitados (que no todos). El legado del Harlem Renaissance en la música está bien documentado, pero aquí se conoce mucho menos el legado literario, que es absolutamente fascinante y rico. Se trata de autores que además aprovechan su obra para denunciar el racismo e incluso establecer diálogos entra las distintas posturas personajes mediantes: en ‘Passing‘, por ejemplo, Nella Larsen enfrenta a dos mujeres que pueden pasar por blancas. Una de ellas, lo hace incluso mintiendo a su marido, la otra, está orgullosa de su raza y no esconde su identidad. Cada una, con su decisión, asume riesgos distintos, pero sirve para mostrar que aún entonces, y pese a los logros, existía la segregación, por poner un sólo ejemplo. O ‘Banjo’, en la que Claude McKay muestra las condiciones de vida (y sí, también el racismo) entre los exiliados en Francia y de paso establece un debate riquísimo en torno a todas las teorías que entonces estaban en boga, desde las de Booker T. Washington a las de Marcus Garvey. O Zora Neale Hurston, que en sus obras de teatro muestra, con un humor agridulce, el lado más costumbrista.
Muchas de estas obras (y autores) ni siquiera están traducidas al castellano (y si lo están, no las he encontrado o están descatalogadas), pero se pueden encontrar en Archive.org, digitalizadas a menudo por universidades norteamericanas. Son más que recomendables, al menos todo lo que he leído hasta ahora (aún tengo lecturas pendientes). Como muestra, este sobrecogedor soneto de Claude McKay: ‘If we must die” (si debemos morir – que no sea como cerdos).
If we must die, let it not be like hogs
Hunted and penned in an inglorious spot,
While round us bark the mad and hungry dogs,
Making their mock at our accurséd lot.
If we must die, O let us nobly die,
So that our precious blood may not be shed
In vain; then even the monsters we defy
Shall be constrained to honor us though dead!
O, kinsmen! we must meet the common foe!
Though far outnumbered let us show us brave,
And for their thousand blows deal one death-blow!
What though before us lies the open grave?
Like men we’ll face the murderous, cowardly pack,
Pressed to the wall, dying, but fighting back!