Archivos de la Categoría: feminismo

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Soy una bruja, soy una bruja, soy una bruja

Tienes el compromiso de liberar a nuestros hermanos de la opresión y de los roles sexuales estereotipados (tanto si les gusta como si no) al igual que a nosotras mismas. Te vuelves Bruja al decir en alto “soy una Bruja” tres veces y al pensar en ello. Te vuelves Bruja siendo mujer, no dócil, enfadada, alegre e inmortal.

W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno) acabaron hartas de esos hombres de izquierdas que debían ser sus compañeros de lucha pero que las dejaron en la estacada, como esos que ahora se llenan la boca de compañeras y compañeros pero siguen aferrados a su privilegio. Las W.I.T.CH. se hartaron tanto que decidieron montárselo por su cuenta retomando la imaginería de las brujas, haciendo hechizos y organizando aquelarres performativos en la calle. “¡Qué tontería, qué ingenuidad!”, pensará mucha gente… pero ver a mujeres vestidas de bruja reivindicando sus derechos y pidiendo la abolición del heteropatriarcado se ve que algo sí acojonaba, porque cuando montaron el aquelarre en Wall Street en 1968 el Dow Jones cayó: no, no es brujería, es que a la bolsa le gustan poco las cosas sobre las que no tienen control.

Aunque tarde, por fin ha caído en mis manos la edición de los textos de W.I.T.C.H. publicados por La Felguera. Sus páginas no sólo contienen sus “hechizos”, sino también sus manifiestos (como el editorial “secuestrado” de la revista  Rat) e intervenciones tan poderosas como la que llevaron a cabo en una feria de novias. Pero sin duda, la edición es clave, con numerosas notas a pie de página que contextualizan, informan y dan ganas de leer y conocer aún más. Compradlo, sacadlo de una biblioteca o robadlo si hace falta, pero leedlo… y sed brujas.

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Ya está bien de “victim shaming”

Es curioso como todo el mundo tiene una opinión sobre Amber Heard desde que interpuso una demanda por maltrato y una petición de alejamiento para Johnny Depp. El mismo día que se conocía la noticia, la caverna no tardó ni media hora en acusarle de buscafortunas, trepa, y demás lindezas, hasta el punto de que ha tenido que filtrar trapos sucios como fotos o mensajes (para leer los comentarios hay que taparse la nariz). Tampoco han faltado las declaraciones de amigos y familia del actor defendiéndole, por supuesto.

A mí el proceso, el divorcio, los díme y diretes me dan igual, pero me preocupa seriamente que sin conocer los detalles, sin ser juez ni parte, sin nada de nada, todo el mundo haya decidido que la víctima es en realidad la culpable, y que tenga que ser la víctima la que salga a defenderse. “Victim shaming at its best”. Es grave. El mensaje que la sociedad está mandado a las víctimas de violencia machista es que no se las va a creer, no van a tener apoyo, se las va a tildar de busconas y trepas. Me da igual quién sea el maltratador, me da igual cómo se llame y me da igual lo que haga. En caso de denuncia, lo mínimo que se debe hacer es conceder a la víctima el beneficio de la duda, no someterle a un linchamiento público.

El de Heard no es el único caso de “victim blaming”, no. Los hay a cientos, a diario, de mujeres anónimas (ya se sabe, “la culpa es de los padres que las visten como putas”, “ella se lo ha buscado”, jueces que preguntan a las víctimas si “cerró bien las piernas“…). La adolescente víctima de violación múltiple en Brasil no sólo fue cuestionada por la policía, sino que en la rueda de prensa dijeron que tenían que investigar si tenía costumbre de participar en sexo grupal, como si eso importara, como si lo que unx haga en su esfera privada y de forma consentida despenalizara el crimen, como si por eso dejara de ser un crimen. Es el eterno juzgar a la víctima y querer convertirla en verdugo, y a diferencia de las leyes, la psique colectiva no se puede cambiar con tanta facilidad.

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Machismo en los libros de alemán

Lo último que me esperaba al abrir un libro de alemán era encontrarme la foto de una carpintera  con preguntas como”¿qué es lo que llama la atención en esta foto?” y “¿conoces más profesiones típicamente masculinas o femeninas?”. Lo grave es que no es un manual de 1938, sino del siglo XXI, y con una edición revisada en 2008. Se ve que los editores de Hueber consideran que en pleno siglo XXI (2008 no queda tan lejano) una mujer carpintera me tiene que causar sorpresa.

Cada tema del manual empieza con una foto que debe servir para hablar, introducir vocabulario… las cosas típicas, vaya. Hace unas semanas ya puse el grito en el cielo cuando en un tema sobre el futuro usaban para ilsutrarlo un robot-mujer haciendo la compra con el niño en el carrito. Como toda mujer sabe, en el futuro, aspiramos a que a la mujer se la siga confinando al cuidado de la unidad doméstica, ya sean replicantes, robots o humanos. Cuando en clase comenté que el futuro no pintaba muy bien si pensamos seguir perpetuando roles caducos, aunque sea con robots, sentí esa mirada de “ya está otra vez con lo mismo” que tan bien me conozco. Pero la foto de la carpintera ha sido demasiado incluso para el único hombre que hay en clase (es pasar el B1, y los hombres se convierten en una especie en extinción en las aulas).

A mí de momento esa foto me ha servido para autoimponerme más deberes: escribir una carta a Hueber quejándome de que aún estemos con tonterías de que una mujer carpintera nos debe sorprender. Algo me da en la nariz que la leerá un hombre.

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El feminismo vende

El feminismo vende: ahí está Lena Dunham, por ejemplo, que con su newsletter ha logrado 400.000 suscriptores en medio año y un índice de apertura del 65% (vamos, que no termina en la papelera sin abrir). No sólo eso: el contenido de Lenny acaba copando incluso los titulares de la prensa generalista, como pasó con la carta abierta de Jennifer Lawrence sobre la brecha salarial en Hollywood.

Después de años de letargo, en que parecía que escribir de según qué temas estaba fuera de lugar (¿pero por qué eres feminista, si ya hay igualdad?, es la pregunta más estúpida que he aguantado durante años… y los que me quedan), de repente hay un boom de hablar y abordar el feminismo. Pero aún estamos a años luz de lo que deberíamos tener. Habrá a quien le parezca que se habla mucho del tema, pero aún estamos rodeados de mierda. Según un estudio de 2010, el 46% de las historias que se escribían sobre mujeres sólo reforzaban los esterotipos de siempre. En 2015 las cosas no eran mucho mejores (este estudio tiene más de 100 páginas, pero ya en el índice salen datos incómodos sobre los medios en EE.UU.). O la brecha salarial entre hombres y mujeres, que en un país como Alemania es del 21.6% (sólo superada por Estonia y Austria).

En los últimos años los medios se han dado cuenta de que el feminismo vende, y ya sea por verdadero interés o por no quedarse al remolque de los clicks que podrían pillar, cada vez hay más contenidos sobre el tema. A los segundos, a los que van a por el click, se les caza inmediatamente, porque suelen caer en el “mansplaining”: hombres que no sabrían ni cómo usar un tampón, que nunca han sufrido discriminación salarial o a los que jamás han preguntado en  cuándo piensan tener hijos se empeñan en opinar de feminismo, en explicárnoslo y peor aún, en criticarlo, porque ellos lo valen, claro, porque es lo que han estado haciendo toda la vida, dominar la conversación, la agenda… y no van a perder su privilegio ahora, así tengan que descalificar a la mujer de turno, acusarnos de feminazis o sacarse de la manga un homenaje rancio. Y esta semana, toca todo eso. Hay medios que hacen una labor diaria de denuncia de la desigualdad, pero hay otros que sólo se acuerdan esta semana, porque toca pillar clicks, mejorar el posicionamiento SEO y viralizarse en las redes sociales. Medios que reproducen los peores clichés a diario, que reducen la presencia de la mujer a la sección de bazares cosméticos o cuyas plantillas apestan a testosterona sacarán esta semana su columnita o reportajito de rigor, no sea que los tilden de machistas. Y habrá hombres explicándonos lo difícil que es ser mujer, lo reivindicable que es X o Z, o lo horrorosas que son Y y W o peor aún, lo feminazis que somos y cuánto sacamos las cosas de quicio. Y mientras esos medios que nunca se acuerdan de nosotras y en cuyos titulares las mujeres “aparecen muertas” y no son asesinadas o dan cabida a hombres que hacen uso de su privilegio y les pagan por columnas en las que se limitan al “mansplaining”, las que tenemos que luchar a diario contra el techo de cristal somos nosotras.

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En ‘The Hateful 8’ no hay machismo, hay supervivencia

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Le tenía ganas a ‘The Hateful 8‘, no sólo porque sea Tarantino, sino por esas acusaciones de misoginia que recaían sobre la cinta. “Vas a odiar a Daisy Domergue”, me decía un amigo, “es odiosa”. No, no lo es, es una superviviente, una persona a la que quieren destruir, a la que a tratan como a un animal, y que para mantener la dignidad sólo le queda la venganza, el hijoputismo, el orgullo. ¡Y vaya si lo usa!

Había leído también que había misoginia, que era una cinta machista, que para una protagonista que hay, y tiene que ser Domergue… Me sorprendía, porque en las películas de Tarantino, de entrada, los personajes femeninos suelen ser de armas tomar, así que allá que me fui a verla sabiendo que iba a analizar a Daisy con lupa. Y las cosas como son, no sólo no me ofendio un ápice, sino que su personaje me encantó, desde esa mala baba nacida de su orgullo y de su reticencia a ser domesticada a su actitud victoriosa al final de la cinta, cuando la vemos cubierta en sangre en una imagen que recuerda mucho a “Carrie”.

En “The Hateful 8” reciben todos, blancos, negros, mujeres, hombres, ancianos, jóvenes… pero Domergue es de las pocas que mueren matando: lucha hasta el final, y sus compañeros no la miran por encim del hombro, no: la temen, la odian y la respetan, porque saben que incluso encadenada es capaz de hacer daño, y veces le basta con la lengua. Y éso, se mire por donde se mire, no es machismo, ni misoginia ni desprecio. Todo lo contrario: incluso acorralada, Domergue tiene capacidad para hacer daño a sus mercenarios.

Y un detalle, por cierto: Tarantino ha escrito un personaje increíble  para una mujer que supera los 50 años.

 

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Lo que diga Beyoncé

Se ve que había más invitados a actúar en la gala de la Superbowl aparte de Beyoncé, pero de quien se habla hoy, es de Bey. De su caída que no fue caída (Madonna debe envidiarla mucho ahora), de su estilismo homenaje a Michael Jackson pero sobre todo,  y ésto es lo que me parece más interesante, de ese ejército de mujeres vestidas como las Panteras Negras que sacó a bailar “Formation” (también era sólo de mujeres la orquesta que acompañaba su actuación). Después del patinazo del vídeo con Coldplay (yo aún no le he perdonado a Madonna lo de “La isla bonita”, así que imagino que contentos deben estar en india), hacía falta recuperar a Queen Bey en todo su esplendor y nada para hacerlo como reivindicando su cultura y denunciando las muertes sistemáticas a manos de la policía de jóvenes cuyo único delito es ser negros. Si “Formation” ya levantó ampollas por su denuncia nada velada a la desidia de los políticos tras el paso del huracán Katrina, en la SuperBowl, que es lo más visto en la televisión norteamericana, ha optado por un mensaje más radical reivindicando a esas Panteras Negras que abogaban por la organización y la autodefensa. Sí, era un claro guiño al movimiento Black Lives Matter, y sus bailarinas tampoco ocultaron las pancartas que pedían justicia para Mario Woods. Y eso ha molestado mucho a ese “establishment” encantado con las ediciones de óscars en las que sólo se nomina a blancos y con las mujeres que se limitan a lucir palmito y escote, pero no demasiado.

Que a las mujeres se las utilice sistemáticamente para vender productos parece que no es grave, pero que Beyoncé reivindique los derechos de la comunidad negra es una afrenta de la que opina hasta Giuliani. A mí, creo que no hace falta decirlo, me parece estupendo lo que ha hecho Beyoncé: que aproveche su fama y el alcance que tiene cada uno de sus movimientos para soltar mensajes feministas o reclamar justicia es algo que no sólo no debería escandalizarnos, sino que deberíamos celebrar. Ya está bien de artistas calladitos, políticamente correctos, que aunque sean más conocidos que Jesucristo no abren la boca no sea que molesten a alguien. Y si con su actuación Beyoncé ha conseguido que alguien lea hoy las noticias para saber qué pasa en EEUU, o que busque en Google quiénes eran las Panteras Negras, o ha provocado un ataque de urticaria a los acólitos de Donald Trump, ya ha hecho mucho.

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¿Qué es Liquen?

Liquen

Si alguna vez has buscado información en Wikipedia (y probablemente no seas de este planeta si nunca lo has hecho) habrás observado ese sesgo WASP que tiene: buscar información sobre minorías o mujeres relevantes frustra, porque o bien es escasa, o apesta a patriarcado. Un sencillo ejemplo: la búsqueda de Sartre muestra un extenso índice dedicado a su obra y pensamiento. Si buscamos a Simone de Beauvoir, el índice antepone la muerte de Sartre y sus relaciones personales a su obra. Y no, esos apartados no existen en la entrada dedicada al primero. Da igual que estemos ante una de las feministas y pensadoras más relevantes del siglo XX, su papel como “pareja de” y su vida sentimental cuentan más para los editores de la Wikipedia, en su mayoría, hombres (nada menos que el 90% de quienes dedican su tiempo a la web). Las mujeres no son las únicas que salen perdiendo: cualquier minoría o país que no pertenezca a occidente y el primer mundo también ven mermada su representación.

El problema no se ciñe a la Wikipedia, sino que es extensible a buena parte de las redes sociales, donde mujeres y minorías ven cómo se perpetúan estereotipos manidos (es una ironía que sea una mujer, Hedy Lamarr, quien sentara las bases de la comunicación digital inalámbrica).

Volviendo a la pregunta de qué es Liquen: pues es nada menos que un proyecto que pretende terminar con ese ‘status quo’ no sólo estudiando ese sesgo, sino creando una app que permita explorar la Wikipedia informando sobre el mismo. Y tú puedes ayudar: basta con registrarse en esta web (no lleva ni cinco minutos) y participar en un sencillo cuestionario: unx puede quejarse, pero eso no basta para cambiar las cosas.

 

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Siglo XXI… y la regla aún es tabú

Fotografía de Rupi Kaur censurada DOS veces por Instagram
Fotografía de Rupi Kaur censurada DOS veces por Instagram

La regla aún es tabú. Puede que ya apenas se escuchen cosas como que no puedes hacer mayonesa cuando tienes el período porque se corta, pero hablar de la menstruación sigue siendo tabú. Hace años, recuerdo leer una entrevista que hicieron a Shirley Manson y en la que decía al periodista que no tenía ni idea de lo que era desangrarse entre las piernas una vez al mes. Han pasado casi 20 años desde que leí aquello, y esas palabras siguen resonando en mi cabeza: si necesitas tampones en el trabajo te los pasan clandestinamente, tus compañeras hablan en voz baja cuando piden un tampax o un ibuprofeno, no se habla de la regla cuando hay hombres delante, no sea que piensen que estás “en esos días”, y si anuncian ropa interior pensada para mujeres de carne y hueso, que ovulan una vez al mes, la censuran como si estuviéramos en el medioevo.

A la mujer se la puede sexualizar hasta la saciedad, utilizar para vender lo que haga falta, pero que no se le ocurra desangrarse entre las piernas, retorcerse de dolor o manchar la ropa interior. La mujer puede parir, pero debe ser que se preña por ciencia infusa, porque de la ovulación mejor no hablar. Seguimos como siempre: o puta en la cama y señora en la mesa, o madre, o virgen. Nada de términos medios. Los tampones tienen impuestos de artículo de lujo, como si fuera un Louis Vuitton o un Porsche, igual, y no como algo que se necesita cada mes (si nuestros políticos ovularan, segura estoy de que subvencionarían compresas y tampones, o directamente, serían gratuitos).

Luego están las preguntas dichosas: pobre de ti como tengas un mal día, que ya te soltará algún troglodita la dichosa frase de “¿qué te pasa, que estás con la regla?” Yo hace unos años aún respondía a la defensiva, ahora directamente digo que no, que en todo caso se refieren al SPM, que a ver si nos informamos, y que si acaso yo achaco sus malos días a qué sé yo, una pitopausia anticipada.  Ya sé lo que toca escuchar después: es que hay que ver las feministas cómo sois, mira qué graciosa, jajajaja, no es para tanto… Y así, sandez tras sandez. Porque la mujer puede parir (pero ojo con dar el pecho en público), o ser una puta en la cama y una señora en la mesa, pero no puede menstruar, ni desangrarse entre las piernas, ni mentar siquiera un tampón, que el 50% del planeta que ni menstrua ni conoce la diferencia entre óvulo y ovario o dolor menstrual y SPM, se escandaliza, se asusta, se queda clavado en la silla sin saber qué decir… aunque a la hora de firmar leyes que gravan artículos de higiene como si fueran de lujo no le tiemble la mano ni un poquito.

 

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No ser madre no me hace menos mujer

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Cuando una mujer se tiene que justificar por no ser madre, es que hay una batalla en el feminismo que no se ha ganado. Ningún hombre escucha las siguientes cosas: ¿cuándo piensas ser padre?, se te va a pasar el arroz, ¿por qué no quieres tener hijos?, ¿es que no te gustan los niños?, te vas a arrepentir, vas a morir solo, ¿no te gustaría tener nietos?, ¿has pensado en adoptar?, tú no lo entiendes porque no eres padre. La última frase se las trae, por esa norma, nadie entiende nada del mundo y la empatía parece que no existe. Una mujer que decida ser madre tampoco tiene que responder sobre sus razones para serlo, como si se diera por sentado que es lo normal, lo que todo el mundo entiende. Tampoco se le pregunta si no ha pensado en adoptar en vez de parir, por supuesto. Pero en el momento en que una mujer se tiene que justificar por no ser madre, desde el mismísimo momento en que se le pregunta si piensa tener hijos, se le está haciendo el juego al heteropatriarcado: si no haces lo que el sistema y la sociedad esperan de ti, te tienes que  justificar, explicarte, someterte a un tercer grado que puede venir de amigos, compañeros de trabajo, familiares… Todo el mundo se cree con derecho a preguntar a una mujer sin hijos por su decisión. Aún no he visto a una sola madre a la que se le preguntara por qué ha tenido hijos.

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me han preguntado si no tengo hijos, si pienso tenerlos, y cuándo. y como Maribel Verdú a propósito del tema, me cabrea e indigna que esas mismas personas jamás hagan la pregunta a un hombre. Las mismas personas que supongo que luego hablarán de paternidad responsable, custodia compartida y bajas de paternidad.

Últimamente no hago más que encontrar artículos sobre las justificaciones para no ser madre.

Que en pleno siglo XXI la mujer aún tenga que definirse frente a la sociedad en base a su maternidad y que tenga que dar explicaciones sobre lo que hace con su vida y demostrar que no tener hijos no le convierte en una persona egoísta es un atraso, y dice mucho de cómo ve a la mujer quien formula la pregunta. Y que a estas alturas haya que explicar que es lícito y válido no tener hijos…

 

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Ten Walls vs. Kozelek: doble rasero

valerie solanas

A estas alturas de la película, todo el mundo ha oído hablar del affaire Ten Walls: compara a los gays con pedófilos, y acto seguido se queda sin bolos, sin promotora y acaba condenado al ostracismo. Bien por el lobby gay, por los promotores de festivales, por quienes se han hecho eco de la noticia. Chapeau. A raíz de lo de Ten Walls, me preguntaba yo ayer si las mujeres tendríamos el mismo apoyo en caso de que un músico se despachara así con nuestro género. Y efectivamente, mis suspicacias se han confirmado hoy mismo. Resulta que Mark Kozelek puede llamar denigrar a una periodista en público y llamarle puta, e irse de rositas. Hasta el momento, sólo he visto la noticia en Jenesaispop. Y en los muros de Facebook leo a hombres decir que qué barbaridad, que a ver si ahora los músicos tienen que tener un comportamiento intachable. Pues no, no pido que un artista vaya a misa, lleve los zapatos impecables, se afeite a diario, salga a la calle con cilicios ni nada parecido. Pero no sabía que tocar una guitarra era una carta blanca para justificar declaraciones que en boca de un político supondrían el fin de su carrera. Estoy leyendo justificaciones absolutamente peregrinas, tipo “todos conocemos a gente que dice burradas”. Pero esa gente no tiene un altavoz delante, y muchos no tendríamos trato con alguien que va así por la vida. Qué casualidad, todas las justificaciones salen de boca de hombres heterosexuales. Cañete mal, el tertuliano de Radio Marca mal, Kozelek no, es que es un incomprendido. Y así siempre. Por supuesto, y que nadie lo dude, la loca era Valerie Solanas, y Andy Warhol un pobre hombre con sus cosas de artista.