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Cementerios berlineses: “segundo” round

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El de Weissensee es el cementerio judío más grande de Europa, y cosa rara en Berlín, el único que no profanaciones durante el nazismo (llegaron más tarde, incluso en los 80, pero durante el nazismo se mantuvo intacto). No es la única curiosidad que ofrece a priori: a diferencia de lo que se estila en los cementerios judíos, en este se ven grandes mausoleos y tumbas grandilocuentes, muy del gusto decimonónico.

Pero en el momento en que se cruza la puerta, aparece también la historia negra de Alemania, con una lápida por cada campo de concentración en que murieron millones de judíos: Treblinka, Auschwitz, Sachsenhausen… lápidas cubiertas por esas piedras que dejan los vivos a los muertos, en señal de respeto y recuerdo. Luego, sólo unos metros más adentro, hay toda una sección del cementerio con lápidas con los que perdieron la vida luchando por Alemania durante la I Guerra Mundial, y en el centro, un monumento, intacto, con la imagen de un león descansando. ¡Cómo cambiaron las tornas sólo una generación después! Porque tumbas de muertos durante el nazismo hay muchas: se cuentan por decenas, pese al destino de la mayoría de los cadáveres. La mayoría no especifican el lugar de fallecimiento, como si no mentarlo doliera menos o maquillara la realidad. Pero en otras lo pone, casi siempre es Auschwitz, y en ocasiones, ese Auschwitz va acompañado de un recordatorio de  los descendientes de EE.UU. o Inglaterra, probablemente de los pocos que pudieron salir a tiempo del país.

Y pese a todo, es un cementerio bonito.

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Mauerweg (II)

De Oberbaumbrücke a Potsdamer Platz: sólo 7 de los 155 kilómetros que rodeaban y dividían Berlín. En teoría, siete kilómetros que no debería llevar más de una hora y media recorrer, en la práctica, tan llenos de gente que me llevó el doble de tiempo. Había muchas más personas que el viernes, sobre todo en Checkpoint Charlie y la East Side Gallery (“tourist traps”…). Pero había, sobre todo, centenares de alemanes (me pregunto cuántos de ellos habrán recorrido ese muro, pero no de luz, sino de hormigón) que se detenían a ver cada documental o a explicar a niños de apenas 10 años que tal día como hoy cayó el muro.

Y de nuevo, decenas de historias de intentos de huida y muertes, como la de Peter Fechter, a quien dejaron morir, sin hacer nada por ayudarle (me pregunto a menudo cuántas historias desconozco aún, cuántos intentos de fuga o muertes permanecen incluso silenciados).

Esta noche se cumplen los 25 años de la caída del muro de Berlín: liberarán los globos, recogerán el chiringuito y el mundo se olvidará de este muro (como se olvida a diario del de Palestina), pero el impuesto de solidaridad recuerda cada mes que el símbolo ha caído, pero que la reconstrucción alemana está lejos de haber terminado.

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Mauerweg (I)

Confieso que cuando el jueves vi los preparativos del “lichtgrenze” (la barrera de luz que hace el recorrido del muro de Berlín hasta mañana) me pareció horrible: sin globos, con una bolsas de plástico que parecían del Lidl, y una caseta de feria en cada esquina, pensé que eso lo iba a ver Rita. En algunas zonas (Potsdamer Platz, la entrada del Mauerpark) hay un montón de bloques de plástico azul con logotipos (entre ellos el de la S-Bahn, que después de vender abonos a 15 euros para este fin de semana van y se ponen en huelga), tiendas de recuerdos y en fin, un ambiente que parece de verbena a la que sólo le falta una actuación del equivalente alemán a Loco Mía.

Así que cuando salí de trabajar pensé “vale, me acerco a la puerta de Brandenburgo, veo el chiringo que han montado y tiro para casa”. Lo que no podía prever era la curiosidad: una vez allí quería ver cómo era Berlín con muro, qué debía sentirse recorriendo una ciudad brutalmente dividida. Y empecé a caminar recorriendo ese muro de luz que marcaba por dónde pasó una vez el muro. Por más que la doble línea de adoquines marque cada día dónde se levantó una vez, no es lo mismo que ver luces en lo alto: es más fácil imaginar lo que debió ser alguna vez mirar al frente y encontrar un bloque de cemento y los últimos pisos de unos edificios que estando en la misma ciudad, eran, sin embargo, otro país. Cuando me dí cuenta llevaba ya varios kilómetros caminando, y conmigo, decenas de personas: había aceras vacías, pero en las que se erigía el “lichtgrenze” apenas cabían las bicis y los peatones. Había incluso grupos de gente corriendo a lo largo del muro.  Rodeé hospitales, atravesé un cementerio (el muro tampoco respetaba tumbas), caminé junto al río, subí y bajé escaleras… en un trazado irregular y absurdo, tan absurdo y cruel como la división de la ciudad. Varios kilómetros después llegué a Bornholmer Brücke, uno de los pasos fronterizos y el primer lugar en el que se “cayó” el muro. Antes de llegar allí, pasé delante de otros dos puntos clave, donde murió Günter Litfing,  la primera víctima por disparos) y donde se produjo el último intento de fuga, el 8 de abril de 1989 en Chaussestrasse (fue el último disparo, pese a que se habían prohibido unos días antes).

Entre hoy y mañana, me toca recorrer la segunda parte: de Potsdamer Platz a Warschauer Strasse.

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El muro invisible

Faltan sólo unos días para que se celebre el 25º aniversario de la caída del muro. Un muro, que sin embargo, a veces sigue ahí, invisible y silencioso, pero marcando unas diferencias entre oeste y este que aún son palpables, aunque empiecen a difuminarse. Pienso en mi barrio: me basta con mirar arriba para ver edificios que llevan escrita la guerra fría en su fachada, una fachada gris, a menudo desconchada, con balcones que amenazan con caerse. Van renovando esos edificios poco a poco, pero un cuarto de siglo más tarde ahí siguen, sobreviviendo dos guerras y el abandono que conllevó la fría. No son los únicos vestigios que hay en mi barrio de la división: numerosas viviendas de protección oficial, parques con monumentos comunistas (algunos mejor cuidados que otros, pero todos con ese aspecto imponente tan característico de la RDA) e incluso la gente (basta con darse un paseo por Weissensee un domingo por la tarde o con acercarse a Müggelsee para sentirse transportado en el tiempo, a una ciudad aún dividida). A veces me pregunto cuántas décadas han de pasar para que dejen de notarse diferencias… que no para que se olvide, porque si hay algo que esta ciudad no se permite es olvidar su propia historia, por negra que ésta sea.

El caso es que de cara al aniversario hay programandas cientos de actividades, más de las que puedo seguir: desde visitas guiadas a lo largo del muro para todos los gustos (las oficiales salen cada hora y sólo cuestan cinco euros), a exposiciones, charlas, el cacareado muro de luz formado por globos (me gustaría saber cuánto duran esos globos en otra ciudad) hasta el concierto de Barenboim dirigiendo la 9ª sinfonía de Beethoven en la puerta de Brandenburgo (va a ser imposible acercarse, por supuesto). Por haber, hay hasta una carrera de 9 kilómetros.

Yo me he propuesto recorrer ya de una vez una parte del muro, como mínimo de Pankow a Kreuzberg, aunque estos días se puede recorrer el muro incluso a través de la pantalla, ya sea leyendo a Will Self, a Wim Wenders o mirando algunas de las múltiples galerías de fotos que andan publicando estos días todos los medios del mundo.

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“Berlinversary”

Pues un año ya aquí, y se me ha pasado rápido, sobre todo cuando pienso en todo lo que me quedar por ver, hacer, leer y aprender (sobre todo alemán).

Como no tengo mucho tiempo, me voy a limitar a enumerar algunas de las ideas preconcebidas a las que me llevo enfrentando este año, ideas, que en el 99% de los casos, vienen además de gente que no ha vivido nunca aquí y casi nunca fuera de su país.

– Mi vida es una fiesta continua: NO.

– En Alemania son más eficaces: NO necesariamente. Buena suerte con la instalación de internet y la burocracia.

– Berlín es baratísimo: NO. Ya no.

– Te vas de España y no luchas por tu país, es egoísmo: NO. Del concepto decimonónico de nación hablamos otro día, y de qué ha hecho mi país por mí, también, y de que sólo tengo una vida, creo que no hace falta ni hablar.

– Puedes vivir sin alemán: sí… pero NO. Buena suerte buscando piso, dentista o leyendo un menú.

– ¿Cuándo vas a volver? No lo sé, no tengo prisa, no es algo en lo que piense. La forma en que haces planes y piensas en el futuro cambia radicalmente cuando vives fuera. Además, soy feliz  aquí.

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Estudios de lujo… nür in Beelitz

En una ciudad en la que un alcalde que se cree Gallardón tiene que dimitir porque se embarca en la construcción de un aeropuerto faraónico y en la que la especulación inmobiliaria hace ya tiempo que se deja sentir, estaba cantado que los espacios abandonados tenían los días contados.

La última víctima es el complejo hospitalario de Beelitz, construido en el siglo XIX: el edificio sobrevivió dos guerras (incluyendo la presencia de Hitler como paciente), la división del país, servir de decorado para alguna que otra película y las visitas de cientos de aficionados al “urbex”… pero lo que lo ha rematado son los hipsters con dinero, que han comprado el complejo (no quiero ni imaginarme la pasta que ha tenido que costar) y lo van a convertir en lucrativos estudios para “fotógrafos, músicos, escritores, diseñadores…” a 1.800 euros el metro cuadrado del más barato (muy bohemio todo, “natürlich”). ¿Que te da mal rollo terminar convertido en una especia de Jack Nicholson con “cabin fever” por estar en un sitio con tanto peso histórico malrollero? No pasa nada, habrá una sala comunal, no sea que a un arrendatario le dé por pasearse con un hacha gritando que está viendo al fantasma de Hitler…

Y para celebrar tan magno acontecimiento, mañana hay un “picnic” en el que los asistentes (entre los que intuyo mucho bigotito hipster y barba post-irónica) serán recibidos por una mujer vestida de enfermera (no especifican de qué época, pero intuyo que decimonónica no será, intuyo que se decantarán por una pin-up imposible). ¿El cebo para ir al picnic y dejarse los cuartos en un proyecto de especulación? “Eh, que es tu última oprtunidad de ver Beelitz tal y como está”. Pues conmigo que no cuenten, danke.

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La cara menos amable de la RDA

Ese minúsculo pedazo de cielo, con guardas de seguridad armados vigilando en la valla de la izquierda, es el único pedacito de cielo que veían los presos de la stasi, en un minúsculo patio en el que hacían ejercicio. Un pedazo de cielo de apenas unos metros, pero que era un mundo para quien dormía en celdas de grueso cristal viselado que no permitían saber si era invierno o verano, si nevaba o llovía, ni en qué ciudad se estaba siquiera… La cárcel de Hohenschönhausen estuvo abierta hasta 1989, y cuesta creer que tanto horror siguiera vivo hasta la caída del muro.

 

Desde el momento mismo de la detención, el objetivo de la stasi era único: romper a los presos y obligarles a firmar confesiones inventadas por el personal que allí mismo tenía oficinas en las que redactaban delitos y faltas a voluntad: y era fácil que firmasen esas confesiones tras pasar un confinamiento absoluto, en el que no había contacto alguno con otro recluso, en el que hasta escribir, dibujar, cantar o bailar se castigaba con un aislamiento aún mayor (celdas de dos por dos, sin ventanas, sin váter, sin colchón, sin calefacción). El régimen de internamiento y el shock por el arresto (del que nunca se daban motivos ni explicaciones) eran tales que hasta tenían celdas acolchadas, totalmente oscuras, sin una mísera cama, para quien se volvía loco (¿cómo no enloquecer en una prisión en la que te despertaban si no estabas durmiendo en la postura reglamentaria?).

Sospecho que el museo de la DDR, que aún no he pisado, debe ser mucho más “amable”, más “simpático”, apto para todas las familias. Pero la prisión de Hohenschönhausen, que además enseñan quienes allí estuvieron presos (o guías más jóvenes que han aprendido de ellos) deja una huella difícil de borrar. “Ostalgie, oder?

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1055 Berlin

1055 berlin

La primera vez que pisé Berlín, hace ya diez años largos, la ciudad aún no llevaba la palabra “gentrificación” escrita en su ADN (¿se había acuñado el término siquiera?) pero era evidente que la transformación iniciada con la caída del muro iba a toda velocidad. Pese a todo, no había dinero para tanta reforma y eran muchas las calles que aún gritaban su pasado reciente desde fachadas grises y agrietadas (en algún momento tengo que recuperar las fotos de aquel viaje, con aquella gigante pancarta que colgaba en Kastanienalle y en la que se leía “8 Mai nazi frei”).

Prenzlauer, que era donde me quedaba entonces, estaba aún lejos de ser el cotizado barrio que es ahora, y aunque ya apuntaba maneras, aún era fácil darse de bruces con la historia sin tener que ir a buscarla rascando la superficie.  Pero desde luego, nada que ver con el Prenzaluer que documenta Jürgen Hohmuth en “1055 Berlin“: calles prácticamente vacías, comercios fantasma, hombres grises cruzando puentes y una juventud que se niega a resignarse y que crea sus propios códigos, sobre todo unos códigos estéticos que están en las antipódas de sus vecinos.

Al llegar a casa, mirando esas fotos una y otra vez, he empezado a preguntarme hasta qué punto es lícita esa cantinela del “Berlín ya no es lo que era”. ¿Qué Berlín reivindica esa sentencia? Porque ese Berlín pobre, gris y de vecinos-espías, no puede ser.

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Aquí todo se recicla(ba)

Hasta los edificios. ¿Que no sabes qué hacer con el búnker de Hitler? Pues lo conviertes en un párking. ¿Que tienes torres de vigilancia abandonadas? Perfectas para practicar escalada y dar cobijo a miles de murciélagos en Berlín. ¿Una fábrica en desuso o una planta eléctrica en desuso? Pues se convierte en club o sala de conciertos y a otra cosa. Y así, decenas de ejemplos.

Pero en una ciudad en la que el mercado inmobiliario se está convirtiendo en un negocio muy lucrativo (y que a mí me recuerda cada vez más a la cultura del “ladrillazo”), esto no podía durar: quieren poner hoteles y pisos de lujo en la East Side Gallery, se pudo frenar una propuesta muy parecida en el aeropuerto de Tempelhof y ahora se están recogiendo firmas para evitar que el rastro de Mauerpark cambie de mano (donde por supuesto, también se quieren construir viviendas de lujo, porque pese a ser la ciudad con más paro de Alemania, aquí se ve que sólo se conciben los pisos de “alto standing”). Se ve que la paciencia de los de siempre está llegando al límite y que no están por la labor de aguantar más votaciones, manifestaciones o cortapisas, porque la última víctima ha sido el parque de atracciones de Spreepark: directamente lo han incendiado. Ahora es cuestión de tiempo ver quién pone el primer ladrillo.

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“Estaba todo roto”

Camino de Müggelsee, el lago más grande de Berlín y situado en la antigua RDA, sólo se ven mansiones y casas antiguas con decoración art-déco. Metros y metros de casoplones no tan modernos como los del área de Wannsee (el primer sitio en el que me reí y mucho de aquéllo que dicen de que Berlín es “poor but sexy”), pero dede luego mansiones que bajo ningún concepto esperaba encontrar en una zona de la otrora Alemania oriental. En seguida he comenzado a fabular con los altos cargos de la república que debían vivir en el área. No encontraba otra explicación hasta que un matrimonio alemán nos han dicho que en esa zona, en los 80, “estaba todo roto”, todo fatal, o que quienes vivían en Prenzlauer Berg en la época lo decían casi con vergüenza, porque era una de las zonas de Berlín que peor estaba, y ahora, en cambio “nuestra hija paga 500 marcos (sic) por una habitación”.

Luego paseas por la playa de Müggelsee y te sientes como un figurante en “Goodbye Lenin“: hombres mayores con mullet, “speedos” de colores y estampados imposibles, mujeres bañándose en ropa interior, chavales con los gayumbos asomando bajo el bañador y abuelas tapándose la nariz con una hoja de árbol para no quemarse (en vez de usar protección solar) y te preguntas cómo viven esas personas los cambios que aún se producen en la ciudad, si para ellos son gentrificación o una simple mejora, esa reconstrucción que en Berlín occidental se pudo llevar a cabo tras la guerra pero que en el oriental se quedó a medio hacer. Pero lo que tengo cada vez más claro es que aún existen dos “berlines”, y a veces sólo los separan seis estaciones de S-Bahn.