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La intrahistoria de Alemania

cliff

Desde que pisé Berlín por primera vez, una de las cosas que más me fascina es esa “historia” escrita en minúscula y compuesta por millones de historias que jamás conoceremos pero que han asistido a algunos de los acontecimientos clave de Europa. Es fácil conocer tu “intrahistoria” cuando creces en tu país, pero cuando estás de acogida la tienes que aprender. La lectura es parte importante del proceso, pero siempre te quedará por conocer la historia de esa viejecilla que se sienta en el metro (¿de qué lado estaba, qué sabía?) o la de ese vecino mayor que pasea a su perro cada noche vestido con ropa que parece sacada del baúl de los recuerdos.

Mi obsesión por conocer la intrahistoria de Alemania pasa por rebuscar en las cajas de zapatos repletas de fotos desechadas de los mercadillos. ¿Quiénes son esas personas? ¿En qué lado de la guerra les tocó vivir? ¿Qué sabían? ¿Este u oeste? De mi pared cuelgan fotos de mujeres decimonónicas, con su opresivo corsé, familias posando en lo que parece una fiesta de Navidad, con una fecha escrita en el reverso imposible de eludir: 1933, niños de la postguerra, con vestidos inmaculados que parecen ajenos al drama vivido sólo unos años, un par de carpinteros, una mujer trabajadora, con pañuelo atado al cuello, posando en la puerta de una casa, parejas en un “kneipe” o jóvenes como la de la foto, jugando a hacer equilibrios, como los que hace ahora la historia, que parece querer asomarse al vacío una vez más.

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Adiós, sexy MF

Prince

La santísima trinidad del mainstream de los 80 eran Madonna, Prince y Michael Jackson. No se había acuñado lo de la corrección política, faltaban décadas para que cada día se generase un debate sobre la apropiación cultural y no había cuotas, y ahí estaban, una mujer  y dos hombre negros, cortando el bacalao, publicando discos legendarios y de paso,  en los casos de Prince y Madonna, cuestionando todas las ideas establecidas sobre el género. Ahí estaba Prince, mucho antes de ser “AFKAP”, jugando a la ambigüedad sexual, a  no definirse, a no cuadrar en ninguna casilla, y ser, pese a todo, un “sexy motherfucker“.

Cambió las reglas del juego, como muy bien cuenta Javier Blánquez en El Mundo  y compuso algunas de las mejores canciones del siglo XX, pero también ayudó a redifinir los roles de género mucho antes de que se acuñara lo de “gender fluid”, haciéndose acompañar de bandas compuestas por mujeres en sus giras, tratando incluso de crear supergrupos femeninos  (¿alguien más recuerda a Vanity 6?) e incluyendo el sexo en su obra como una variable más (por no hablar de sus tacones o sus “crop tops”). Ahora no parece revolucionario, pero en esos 80 de puritanismo, pegatinas de “explicit content” en los discos y rombos en las películas, esa reivindicación de una sexualidad libre, sin represión y  en la que todo valía siempre que fuera consentido, era liberadora. Uno podía ser/sentir/desear lo que le diera la gana. Y Prince, como Madonna, hizo de ello una bandera justo cuando la mojigatería se empezaba a imponer como modelo. Lástima que él también viera “la luz” y terminara convertido en una caricatura puritana contraria al matrimonio homosexual y a la libertad sexual de la que él mismo hizo gala (“God came to earth and saw people sticking it wherever and doing it with whatever, and he just cleared it all out. He was, like, ‘Enough.’”, declaraba en una entrevista en 2008). Yo, hoy, prefiero recordar al otro Prince.

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“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”

El otro día hablabla con un alemán de los papeles de Panamá. Alemanes, de momento, sólo hay uno en los papeles: Nico Rosberg (aunque a algunos nos encantaría que saliera Schäuble, no nos engañemos, o cualquiera de los líderes de Pegida o AfD). Españoles o italianos, los hay espuertas, y a diferencia de Islandia, en España no se mueve nadie del sillón (si la dimisión de Soria depende de la decisión de la pantalla de plasma, se forma gobierno antes de que decida). Me decía que él tiene la teoría de que con la educación protestante cada error cuenta, mientras que con la católica, se entona el mea culpa y hala, perdonados, a otra cosa, tabula rasa. No soy ninguna experta en protestantismo, así que ignoro si alguna fisura se me escapa, pero que en España tenemos una larga tradición de intentar resolver las cosas con un “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, es innegable.

Llevamos unos días de declaraciones del tipo “no era yo, es que los deberes se los ha comido el perro”, que dan mucha vergüenza.Y piensas que igual que una de las primeras palabras que aprendes en alemán es “ordnung” (seguida muy de cerca de “gesetz”), un alemán que aprendiera español no podría entender la prensa ni la historia sin conocer “corrupción”. Y vas a clase de alemán, o te relaciones con lugareños, y en cuanto salen los papeles, sale “Spanien”. Pero no pasa nada, se entona el mea culpa (cuando se entona, que otros ni eso) y a seguir cortejando a las cadenas rivales (chapeau por quienes votaron contra la renovación del programa troglodita ése de Osborne) o a pensar en la alfombra roja de Cannes. “La vida sigue igual”, que canta el ex-portero del Madrid. Y yo, lo confieso, ya tengo marcado en rojo en el calendario ir a ver “Julieta” en cuanto pise Spanien, pero yo no perdono un drama de Almodóvar, qué le vamos a hacer. “Mea culpa” y ya tal.

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Meándose en la puerta de la casa de Kafka

Gente esperando a ver cómo da la hora el relo astronómico

Cuando se vive en Alemania, visitar Praga es tan fácil como acercarse a Marruecos o Portugal desde España. Queda cerca, y a diferencia de los países nórdicos vecinos, es barato. Llevaba dos años resistiéndome porque me  daba en la nariz que podía ser un parque temático turístico… y no me equivocaba. Bonito, sí, pero algunas zonas estaban más concurridas que el centro de Madrid en vísperas de Navidad. ¿Que querías ver cómo daba la hora el reloj astronómico? Pues te ibas media hora antes a “coger sitio” o lo intuías. ¿Que tocaba cruzar el puente de Carlos? Peor que el metro con servicios mínimos por huelga… y así con todo. Y por supuesto, también tocaba esquivar despedidas de soltero/a, “pub crawls” con guías que se anuncian con “la mejor noche que nunca vas a recordar” y por supuesto, restaurantes que anuncian su menú en inglés. Una maratón.

Así que cuando decides que te toca ver el museo de Kafka piensas “bueno, pues ahora a ver las cosas desde la barrera, que debe estar aquéllo como para ver la Gioconda”. Y según te acercas, por supuesto, empiezas a ver más gente otra vez, gente apiñada alrededor de “algo”, que por fin alcanzas a ver… una fuente de dos hombres meando sobre el mapa de la república checa. Y detrás, el museo… prácticamente vacío, con 5 personas por sala a lo sumo. Un museo maravilloso, dicho sea de paso, un remanso de paz mientras en las puertas todo el mundo se agolpa a ver la estatua de los meones.

Este año me voy de vacaciones a algún lugar lejano y frío, donde no me encuentre captadores de tours de “pub crawl” ni despedidas de soltero/a.

La atracción no es el museo de Kafka, sino la escultura de los meones

 

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¿Qué es Liquen?

Liquen

Si alguna vez has buscado información en Wikipedia (y probablemente no seas de este planeta si nunca lo has hecho) habrás observado ese sesgo WASP que tiene: buscar información sobre minorías o mujeres relevantes frustra, porque o bien es escasa, o apesta a patriarcado. Un sencillo ejemplo: la búsqueda de Sartre muestra un extenso índice dedicado a su obra y pensamiento. Si buscamos a Simone de Beauvoir, el índice antepone la muerte de Sartre y sus relaciones personales a su obra. Y no, esos apartados no existen en la entrada dedicada al primero. Da igual que estemos ante una de las feministas y pensadoras más relevantes del siglo XX, su papel como “pareja de” y su vida sentimental cuentan más para los editores de la Wikipedia, en su mayoría, hombres (nada menos que el 90% de quienes dedican su tiempo a la web). Las mujeres no son las únicas que salen perdiendo: cualquier minoría o país que no pertenezca a occidente y el primer mundo también ven mermada su representación.

El problema no se ciñe a la Wikipedia, sino que es extensible a buena parte de las redes sociales, donde mujeres y minorías ven cómo se perpetúan estereotipos manidos (es una ironía que sea una mujer, Hedy Lamarr, quien sentara las bases de la comunicación digital inalámbrica).

Volviendo a la pregunta de qué es Liquen: pues es nada menos que un proyecto que pretende terminar con ese ‘status quo’ no sólo estudiando ese sesgo, sino creando una app que permita explorar la Wikipedia informando sobre el mismo. Y tú puedes ayudar: basta con registrarse en esta web (no lleva ni cinco minutos) y participar en un sencillo cuestionario: unx puede quejarse, pero eso no basta para cambiar las cosas.

 

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“Let’s dance the blues”

david bowie

De la muerte de Bowie se ha escrito largo y tendido, se escribe aún casi a diario. Todos recibimos la noticia con incredulidad: que nuestros ídolos no son inmortales es algo que sabemos, pero que no queremos creer. Por eso son ídolos, porque en nuestro subconsciente no son simples mortales: han puesto la banda sonora de nuestras vidas, nos han acompañado (la voz de Bowie suena ahora por mis altavoces, como casi a diario desde que conocí la noticia) y nos han hecho soñar, evadirnos e incluso recuperar la esperanza en la humanidad cuando abres un periódico o miras alrededor. Sí, el hombre puede ser mediocre, ruin y vil. Pero también puede ser genial, tener destellos de lucidez, dar sentido a llamarnos “hombres” (básicamente es la capacidad de crear y no una secuencia genética o el caminar de pie lo que nos separa de los animales). A muchos, Bowie incluso les ayudó a salir del armario o a no sentirse marcianos con su sexualidad. Y a millones, nos hizo soñar, emocionarnos o algo que a priori parece tan simple como bailar.

No me voy a repetir, no voy a hablar de las mil caras de Bowie, ni de su legado musical, que ahí está, para quien lo quiera buscar si es que no lo conoce ya, tampoco voy a hablar del fin de una era (Óscar Broc ya lo ha hecho mejor que yo), pero que no vengan a decirme si puedo lamentar o no la muerte de alguien que era algo más que un artista al que nunca conocí personalmente como ha querido hacer JK Rawling: a lo mejor uno no ha vivido de verdad, y simplemente ha pansado de puntillas por aquí, si nunca se ha encerrado en su habitación a escuchar una canción una y otra vez mientras se le pone la carne de gallina. Cuando alguien trasciende lo meramente musical y se convierte en un fenómeno social, como hizo Bowie, que vengan a decirnos si podemos o no lamentar su muerte es absurdo (además, por esa norma, para qué hacer uso de la empatía, para qué preocuparnos por el prójimo si total, su dolor no es el nuestro, su lucha no es la nuestra). Prefiero quedarme con la actitud de Arcade Fire celebrando su música en un funeral masivo en Nueva Orléans, y parafraseando al mismísimo Bowie, qué demonios, “let´s dance the blues”.

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En las entrañas de la Deep Web

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Hace unos años me descargué Tor y traté de navegar por la Deep Web. Me pasó lo mismo que describe Lucía Lijtmaer al principio de “Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora“: no encontraba nada, pero porque no sabía ni qué buscar. También perdía la paciencia con tanto corta y pega de enlaces y con lo terriblemente lento que era todo (no sé si habrá mejorado, pero hace unos años entrar en la Deep Web requería paciencia y tiempo).

“Quiero los secretos del Pentágono…” podría haber sido una simple guía de moverse por la Deep Web, pero en su lugar Lucía pone en antecedentes al lector, le habla del tratamiento que da la prensa a la Deep Web, expone los primeros casos de hacktivismo, se adentra en la biografía de Aaron Swartz y ayuda al lector a meterse en una red que se ha convertido desde hace años en el objetivo del gobierno norteamericano. Es tan fácil perderse (en todos los sentidos) en la Deep Web, que The New York Times lo ha convertido en su garganta profunda y Aphex Twin la utilizó para anunciar su ansiado regreso.

Quien diga que no le pica la curiosidad por saber qué se cuece en la Deep Web, es como quien dice que no le interesa lo que sucede enne el mundo, porque como escribe la autora, “la Deep Web es una suerte de espejo, a ratos oscuro, a ratos funcional, de lo mejor y lo peor“.

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El lado más sórdido del cabaret

Anita Berber

 

Imposible no sentir fascinación por la república de Weimar: la crisis económica de los años 20 y 30 es imprescindible para entender por qué subió Hitler al poder, pero además, desde el cine y la literatura se nos ha vendido una época de libertinaje a la que es difícil resistirse.  Menos aún después de que Liza Minnelli pusiera cara a la Sally Bowles de Christopher Isherwood: a partir de ese momento, el cabaret y Berlín pasaban a estar para siempre unidos en el imaginario colectivo. Pero como todo en Berlín, hay que rascar si no quiere uno quedarse con una imagen superficial.

“Voluptuous Panic: The Erotic World of Weimar Berlin” surge cuando Mel Gordon inicia una colaboración con Nina Hagen que le lleva a investigar el mundo del cabaret y de la sexualidad en la república de Weimar. Y sí, había diversión, libertinaje y una libertad que nos creemos que es de ahora (ya en los años 30 había clubs en los que el dress code era ir desnudo -“nachtlokal“- y el nudismo tenía cientos de adeptos), pero también había mucha sordidez y prostitución provocada por la crisis económica: embarazadas que cotizaban al alza mientras duraba su gestación, prostitución infantil, viudas  a las que no les quedaba otra que vender su cuerpo para tener algo caliente en el plato… se calcula que en los años de la crisis había sólo en Berlín unas 120.000 prostitutas, a las que hay que sumar unos 35.000 chaperos (los ritos iniciáticos de los “wild boys” que se dedicaban a la calle eran de una violencia brutal).

Había pues dos “cabarets”, dos “berlines” y dos “libertinajes”: el consentido y buscado (en el que sobre todo encontraron una libertad absoluta transexuales, homosexuales y lesbianas) y el forzado por el hambre. Cuando Hitler llegó al poder, el que inmediatamente prohibió con leyes represivas fue, por supuesto, el primero.

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Votar desde el extranjero: miedo, asco y tongo en la embajada

Que votar desde el extranjero no iba a ser fácil ya lo sabía: el “vuelva usted mañana” de Larra es moco de pavo en comparación con la realidad. Con la que se ha liado esta mañana en la embajada española, pensé que a muchos de los que estábamos allí nos detenían o nos quitaban la nacionalidad. No ha pasado nada de eso, pero fijo que ya estamos en una lista negra.

Vayamos por partes: la embajada española en Berlín está al lado del zoo, tan al lado que antes de llegar a la puerta pasas junto a la jaula de las llamas, desde donde te llega el inconfundible efluvio de mierda de animal enjaulado. Todo un presagio.

Como muchos otros, aunque estoy inscrita y registrada como residente desde hace un año, no aparezco en el censo… así que me he tenido que presentar en la embajada a reclamar mi derecho al voto. No era la única con ese problema: había tanta gente en las mismas que las puertas de seguridad que no dejan pasar ni con cuatro míseras monedas en el bolsillo (historia verídica) se han bloqueado. De la embajada se entraba y salía sin control alguno, sin tocar un solo timbre, sin nada de nada. Eso sí, no se le ocurra a uno aparcar la bici cerca que le sale un picoleto a chistar “señorita, quite de ahí la bici” (verídico).

Mientras esperaba mi turno he visto cómo chillaban a dos chicas y cómo a uno se lo llevaban tras una puerta que han cerrado de un portazo y que ha salido poco después relatando en arameo, quejándose de que no le dejan registrarse. Así estaban los ánimos: se ve que la consigna es impide que voten como sea.

Llega mi turno, y antes de nada, la empleada cuyo sueldo sale del bolsillo de todos los españoles tiene que ponerse los pendientes, mirar el colgante, decidir cómo se lo coloca, y ponérselo. Da igual que hubiera una veintena de personas esperando en una sala de 5 metros cuadrados esperando a ir a trabajar, en esta vida, todos lo sabemos, hay prioridades. Y cuando por fin me atiende, empezamos mal: que claro, igual no estoy en el censo, porque me registré a finales de año. ¿Mayo es finales de año? Acabáramos. Bueno, pero se mudó. Sí, pero comuniqué mi mudanza. Se le acaban las excusas. Llama a otra funcionaria que le dice que lo que pasa es que en España no habrán podido leer el censo porque va encriptado (EE.UU. tiene la NSA; España aún tiene la T.I.A.) y me dan un papel para el censo. Lo relleno y seguimos para bingo, porque una casilla dice “apellido de casada”. No hay opción de “apellido de casado” (si mañana me casara con un alemán, él podría coger mi apellido, aunque a nuestro gobierno eso no se le pasa ni por la cabeza).

Entrego el papel, y comienza la pesadilla. Pregunto que si ahora no tengo que pedir el voto, o rellenar algo que diga que quiero votar, y me responde la mujer que lo tengo todo muy clarito en internet (no me dice ni en qué web) y que ella no está “para eso”, que lo busque en internet que ahí está todo.

– Bueno, su sueldo sale de los impuestos que pagamos los españoles para que ayude a quienes vivimos en el extranjero, ¿no?
– Está usted siendo muy desagradable.
– Estoy siendo tan desagradable como el gobierno de España lo es conmigo.

Y por arte de magia, aparece el papel que tengo que rellenar (y que sí, efectivamente, también se puede pedir en el consulado por mucho que la buena mujer no quisiera ayudarme). Tenía un palé de papeles como ése impresos la mujer. Pero no, es más fácil decir váyase y busque en internet y se jode si no tiene impresora porque no queremos que vote.

He salido de allí como todos los que lo han hecho antes que yo: cabreada. Y además, ahora convencida de que me han inscrito en una lista negra de antisistemas. Pero mi solicitud de voto ya está en camino, y esperemos que no se tuerza nada más, porque si hay que amotinarse una segunda vez, pues una que se amotina.

Eso sí, en caso de morriña idiota, nada como un paseo a la embajada de turno.

Información decente sobre cómo votar y lidiar con cualquier traba para hacerlo, en Marea Granate.

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Lebenssinn

Llevamos unas semanas hablando en clase de alemán del sentido de la vida (der Lebenssinn), como si fuera una pregunta con respuesta fácil (no lo es en mi idioma, en alemán imposible, que ni siquiera sé cómo se dice “sartriano”): que si la religión, o el dinero, o la familia, o qué. Y me sorprendía que en una clase llena de italianos y portugueses que se han venido a Berlín por la crisis, nadie mencionara que ddesde 2008, el sentido de la vida, para millones de personas, es sobrevivir, y que todo lo demás, viene después. Pirámide de Maslow pura y dura: si no tienes para comer, llenar el plato se convierte en tu prioridad. Basta con abrir la prensa cualquier día y leer sobre millones de personas en paro, que no pueden dar la calefacción porque no tienen con qué pagarla, recortes en la seguridad social, en las prestaciones por desempleo y mil cosas más que están matando lentamente a miles de personas en España, Grecia, Portugal, Italia… Cada vez que leo la prensa o voy a España y veo cómo están las cosas, se me abren las carnes, y llevamos así ya demasiados años.

Así que hoy hay gente quemando coches de policía y destrozando mobiliario urbano en Frankfurt para protestar contra el BCE y la austeridad (aquí se puede ver en directo) y me encuentro a mucha gente indignada por las redes sociales por esos destrozos. Y a mí no me da nada de pena que se quemen cuatro coches. Me indigna y me da pena la gente que no tiene presente ni futuro. Así que, “rock the casbah!”