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El lado más sórdido del cabaret

Anita Berber

 

Imposible no sentir fascinación por la república de Weimar: la crisis económica de los años 20 y 30 es imprescindible para entender por qué subió Hitler al poder, pero además, desde el cine y la literatura se nos ha vendido una época de libertinaje a la que es difícil resistirse.  Menos aún después de que Liza Minnelli pusiera cara a la Sally Bowles de Christopher Isherwood: a partir de ese momento, el cabaret y Berlín pasaban a estar para siempre unidos en el imaginario colectivo. Pero como todo en Berlín, hay que rascar si no quiere uno quedarse con una imagen superficial.

“Voluptuous Panic: The Erotic World of Weimar Berlin” surge cuando Mel Gordon inicia una colaboración con Nina Hagen que le lleva a investigar el mundo del cabaret y de la sexualidad en la república de Weimar. Y sí, había diversión, libertinaje y una libertad que nos creemos que es de ahora (ya en los años 30 había clubs en los que el dress code era ir desnudo -“nachtlokal“- y el nudismo tenía cientos de adeptos), pero también había mucha sordidez y prostitución provocada por la crisis económica: embarazadas que cotizaban al alza mientras duraba su gestación, prostitución infantil, viudas  a las que no les quedaba otra que vender su cuerpo para tener algo caliente en el plato… se calcula que en los años de la crisis había sólo en Berlín unas 120.000 prostitutas, a las que hay que sumar unos 35.000 chaperos (los ritos iniciáticos de los “wild boys” que se dedicaban a la calle eran de una violencia brutal).

Había pues dos “cabarets”, dos “berlines” y dos “libertinajes”: el consentido y buscado (en el que sobre todo encontraron una libertad absoluta transexuales, homosexuales y lesbianas) y el forzado por el hambre. Cuando Hitler llegó al poder, el que inmediatamente prohibió con leyes represivas fue, por supuesto, el primero.

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Votar desde el extranjero: miedo, asco y tongo en la embajada

Que votar desde el extranjero no iba a ser fácil ya lo sabía: el “vuelva usted mañana” de Larra es moco de pavo en comparación con la realidad. Con la que se ha liado esta mañana en la embajada española, pensé que a muchos de los que estábamos allí nos detenían o nos quitaban la nacionalidad. No ha pasado nada de eso, pero fijo que ya estamos en una lista negra.

Vayamos por partes: la embajada española en Berlín está al lado del zoo, tan al lado que antes de llegar a la puerta pasas junto a la jaula de las llamas, desde donde te llega el inconfundible efluvio de mierda de animal enjaulado. Todo un presagio.

Como muchos otros, aunque estoy inscrita y registrada como residente desde hace un año, no aparezco en el censo… así que me he tenido que presentar en la embajada a reclamar mi derecho al voto. No era la única con ese problema: había tanta gente en las mismas que las puertas de seguridad que no dejan pasar ni con cuatro míseras monedas en el bolsillo (historia verídica) se han bloqueado. De la embajada se entraba y salía sin control alguno, sin tocar un solo timbre, sin nada de nada. Eso sí, no se le ocurra a uno aparcar la bici cerca que le sale un picoleto a chistar “señorita, quite de ahí la bici” (verídico).

Mientras esperaba mi turno he visto cómo chillaban a dos chicas y cómo a uno se lo llevaban tras una puerta que han cerrado de un portazo y que ha salido poco después relatando en arameo, quejándose de que no le dejan registrarse. Así estaban los ánimos: se ve que la consigna es impide que voten como sea.

Llega mi turno, y antes de nada, la empleada cuyo sueldo sale del bolsillo de todos los españoles tiene que ponerse los pendientes, mirar el colgante, decidir cómo se lo coloca, y ponérselo. Da igual que hubiera una veintena de personas esperando en una sala de 5 metros cuadrados esperando a ir a trabajar, en esta vida, todos lo sabemos, hay prioridades. Y cuando por fin me atiende, empezamos mal: que claro, igual no estoy en el censo, porque me registré a finales de año. ¿Mayo es finales de año? Acabáramos. Bueno, pero se mudó. Sí, pero comuniqué mi mudanza. Se le acaban las excusas. Llama a otra funcionaria que le dice que lo que pasa es que en España no habrán podido leer el censo porque va encriptado (EE.UU. tiene la NSA; España aún tiene la T.I.A.) y me dan un papel para el censo. Lo relleno y seguimos para bingo, porque una casilla dice “apellido de casada”. No hay opción de “apellido de casado” (si mañana me casara con un alemán, él podría coger mi apellido, aunque a nuestro gobierno eso no se le pasa ni por la cabeza).

Entrego el papel, y comienza la pesadilla. Pregunto que si ahora no tengo que pedir el voto, o rellenar algo que diga que quiero votar, y me responde la mujer que lo tengo todo muy clarito en internet (no me dice ni en qué web) y que ella no está “para eso”, que lo busque en internet que ahí está todo.

– Bueno, su sueldo sale de los impuestos que pagamos los españoles para que ayude a quienes vivimos en el extranjero, ¿no?
– Está usted siendo muy desagradable.
– Estoy siendo tan desagradable como el gobierno de España lo es conmigo.

Y por arte de magia, aparece el papel que tengo que rellenar (y que sí, efectivamente, también se puede pedir en el consulado por mucho que la buena mujer no quisiera ayudarme). Tenía un palé de papeles como ése impresos la mujer. Pero no, es más fácil decir váyase y busque en internet y se jode si no tiene impresora porque no queremos que vote.

He salido de allí como todos los que lo han hecho antes que yo: cabreada. Y además, ahora convencida de que me han inscrito en una lista negra de antisistemas. Pero mi solicitud de voto ya está en camino, y esperemos que no se tuerza nada más, porque si hay que amotinarse una segunda vez, pues una que se amotina.

Eso sí, en caso de morriña idiota, nada como un paseo a la embajada de turno.

Información decente sobre cómo votar y lidiar con cualquier traba para hacerlo, en Marea Granate.

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Lebenssinn

Llevamos unas semanas hablando en clase de alemán del sentido de la vida (der Lebenssinn), como si fuera una pregunta con respuesta fácil (no lo es en mi idioma, en alemán imposible, que ni siquiera sé cómo se dice “sartriano”): que si la religión, o el dinero, o la familia, o qué. Y me sorprendía que en una clase llena de italianos y portugueses que se han venido a Berlín por la crisis, nadie mencionara que ddesde 2008, el sentido de la vida, para millones de personas, es sobrevivir, y que todo lo demás, viene después. Pirámide de Maslow pura y dura: si no tienes para comer, llenar el plato se convierte en tu prioridad. Basta con abrir la prensa cualquier día y leer sobre millones de personas en paro, que no pueden dar la calefacción porque no tienen con qué pagarla, recortes en la seguridad social, en las prestaciones por desempleo y mil cosas más que están matando lentamente a miles de personas en España, Grecia, Portugal, Italia… Cada vez que leo la prensa o voy a España y veo cómo están las cosas, se me abren las carnes, y llevamos así ya demasiados años.

Así que hoy hay gente quemando coches de policía y destrozando mobiliario urbano en Frankfurt para protestar contra el BCE y la austeridad (aquí se puede ver en directo) y me encuentro a mucha gente indignada por las redes sociales por esos destrozos. Y a mí no me da nada de pena que se quemen cuatro coches. Me indigna y me da pena la gente que no tiene presente ni futuro. Así que, “rock the casbah!”

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Un Berlín no tan abandonado

güterbahnhof

Uno de los blogs más populares en Berlín es Abandoned Berlin: en él no sólo se recogen sitios abandonados de Berlín, sino consejos para entrar en ellos y hasta el nivel de dificultad. En los últimos meses, el blog ha dado el salto a la prensa internacional (con reportajes incluídos en The Guardian). Eso, sumado a la llegada del buen tiempo (que aquí en realidad es la desaparición de las temperaturas bajo cero) y a la creciente popularidad del “urbex”, ha tenido una consecuencia inmediata en la exploración de edificios abandonados: ya parecen todo menos abandonados. El último edificio que visité, la estación de Pankow, estaba tan lleno que en algunos momentos coincidíamos hasta una docena de personas en un sólo lugar, incluso había un photoshoot de un grupo alemán con estilista incluido.

Así no sorprende a nadie que haya algún avispado que cobre hasta 50 euros por llevar visitas guiadas a Beelitz (pese a que lo ha adquirido un grupo para su reconversión en estudios) o que ya no se pueda visitar Teufelsberg sin pagar antes (lugar que por cierto van a reconvertir en cafetería y mmirador). Es un nicho de negocio: ir a visitar un edificio que se cae a pedazos se ha convertido en una actividad turística más. Lo raro es que esto no haya pasado antes. La pregunta es hasta cuándo se podrán visitar sin pasar por caja, en qué momento el urbex será una forma de turismo más.

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Los muertos de Berlín

berlin

Cuando paseas por Berlín, cuando corres a través de un parque o cuando vas a casa de alguien, no piensas que estás pisando tumbas colectivas. Pero es así: la mayoría de las colinas que hay en los parques esconden escombros de la guerra (EE.UU. aprovecjó esas colinas artificiales para montarse su propia sede de la NSA en Teufelsberg) y los árboles del Tiergarten son nuevos, porque los berlineses los usaron para leña y después convirtieron el parque en un enorme campo de patatas. Lo que no sabía hasta que no leí ‘Una mujer en Berlín‘, pese a que no era difícil de intuir, es que llegó un momento en que tenían que enterrar a los muertos donde fuera, y ese donde fuera, a menudo eran los jardines de las casas y los parques.

Pero los muertos más duros de figerir de ‘Una mujer en Berlín’ son los muertos en vida: las violaciones, el hambre, los hogares destruidos…

El diario de Marta Hillers, que cuenta cómo sobrevivió a aquellos días en que la mejor protección que podía tener una mujer era emparejarse “voluntariamente” con un oficial soviético, en que no se sabía si habría comida en el plato al día siguiente o una casa en la que dormir y en que había que caminar hasta 20 kilómetros diarios para ir a trabajar (las bicicletas eran tan codiciadas se usaban incluso sin llantas y cubiertas y el transporte público no funcionaba). Lo hace sin piedad. La obra de Hillers fue cuestionada y en seguida se señaló que durante el nazismo había contribuido a hacer propaganda. Se persiguió tanto a Hillers, que ella se negó a que la obra se volviera a publicar. Hasta que no falleció en 2001, no se volvió a imprimir. Y en 2005, aún había que defender la autenticidad del contenido del libro.

Ya nadie se cuestiona las vivencias de Hillers que son, además, las de millares de berlinesas.

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“Stasiland”

stasiland

Se ha escrito mucho sobre el nazismo, pero de la Stasi y la RDA, menos. Al fin y al cabo,  se han tenido más años para estudiar el primero, pero sólo hace 25 años que el muro de Berlín cayó y supongo que aún son muchos los que no quieren hablar precisamente porque han pasado de tener la sartén por el mango a vivir en la sombra.  De eso precisamente trata “Stasiland”, una obra de Anna Funder que retrata el lado más amargo de la RDA, y lo hace a través de las víctimas de la Stasi, que se niegan a que el tiempo borre lo sucedido y la gente se quede con la cara amable que muestran algunos museos y películas, y los mismo agentes de la RDA, que a menudo se ven como pobres incomprendidos que no hacían más que luchar contra el capitalismo y la corrupción.

Anna Funder se entrevistó con víctimas y perseguidores a finales de los 90: para muchas de las víctimas, hablar con ella tuvo un efecto catártico. Otras, ni se reconocían como tales. Y entre los agentes de la Stasi, prima sobre todo la sensación de fidelidad a un régimen ya muerto, y sobre todo, el miedo a que se conozca su pasado.

Algunas cifras que da Funder hablan por sí solas: antes de que cayera el muro, 97.000 personas trabajaban para la Stasi y tenía además 173.000 informadores. Eso hace un total de un agente oficial o un espía por cada 63 personas. Si se incluye a los informadores a tiempo parcial, la cantidad se eleva a uno por cada 6,5 personas (y no había internet, ni Facebook ni nada que facilitara el espionaje, como sucede ahora con la NSA).

Cuenta Funder que cuando cayó el muro había tantos documentos incriminatorios de muertes y torutras por destruir que en la RDA se quedaron si destructores de documentos y tuvieron que ir de tapadillo a la RFA a por más.

Entre los documentos que se salvaron de la quema, aparecieron planes para una hipotética invasión de Berlín occidental, que empezaron a preparse en los 60 y en los que aún se trabajaba… ¡en 1985! y que detallaban hasta las condecoraciones que se darían en caso de victoria.

Pero lo más demoledor, sin duda, es el control absoluto que la RDA ejercía en sus ciudadanos a través de la Stasi. Puso en marcha un auténtico imperio del miedo y el terror que no se basaba en la paranoia, sino en la realidad (se hablaba del “mauer im kopf”, el “muro en la cabeza”). Como cuenta uno de los propios agentes a los que entrevistó Funder, a finales de los 80, el 65% de los líderes religiosos colaboraban con la Stasi… los mismos líderes en los que confiaban a menudo los resistentes al régimen porque las iglesias se convirtieron en uno de los centros de reunión de la disidencia. Había incluso un “archivo de olores“: ya fuera hurgando en la basura o con triquiñuelas, la Stasi se hacía con muestras de olores de los perseguidos, las guardaban en tarros y en caso de emergencia, ya tenían qué dar a los perros para darles caza.

Lo que venía después, lo que sucedía si te convertías en “persona non grata”, se puede ver en la cárcel de Hohenschönhausen, en pleno Berlín, pero que entonces era una isla dentro de otra isla, en cuyos alrededores sólo vivían los que trabajaban en la prisión (igualito que en Sachsenhausen, por cierto).

 

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Cementerios berlineses: “segundo” round

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El de Weissensee es el cementerio judío más grande de Europa, y cosa rara en Berlín, el único que no profanaciones durante el nazismo (llegaron más tarde, incluso en los 80, pero durante el nazismo se mantuvo intacto). No es la única curiosidad que ofrece a priori: a diferencia de lo que se estila en los cementerios judíos, en este se ven grandes mausoleos y tumbas grandilocuentes, muy del gusto decimonónico.

Pero en el momento en que se cruza la puerta, aparece también la historia negra de Alemania, con una lápida por cada campo de concentración en que murieron millones de judíos: Treblinka, Auschwitz, Sachsenhausen… lápidas cubiertas por esas piedras que dejan los vivos a los muertos, en señal de respeto y recuerdo. Luego, sólo unos metros más adentro, hay toda una sección del cementerio con lápidas con los que perdieron la vida luchando por Alemania durante la I Guerra Mundial, y en el centro, un monumento, intacto, con la imagen de un león descansando. ¡Cómo cambiaron las tornas sólo una generación después! Porque tumbas de muertos durante el nazismo hay muchas: se cuentan por decenas, pese al destino de la mayoría de los cadáveres. La mayoría no especifican el lugar de fallecimiento, como si no mentarlo doliera menos o maquillara la realidad. Pero en otras lo pone, casi siempre es Auschwitz, y en ocasiones, ese Auschwitz va acompañado de un recordatorio de  los descendientes de EE.UU. o Inglaterra, probablemente de los pocos que pudieron salir a tiempo del país.

Y pese a todo, es un cementerio bonito.

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Mauerweg (II)

De Oberbaumbrücke a Potsdamer Platz: sólo 7 de los 155 kilómetros que rodeaban y dividían Berlín. En teoría, siete kilómetros que no debería llevar más de una hora y media recorrer, en la práctica, tan llenos de gente que me llevó el doble de tiempo. Había muchas más personas que el viernes, sobre todo en Checkpoint Charlie y la East Side Gallery (“tourist traps”…). Pero había, sobre todo, centenares de alemanes (me pregunto cuántos de ellos habrán recorrido ese muro, pero no de luz, sino de hormigón) que se detenían a ver cada documental o a explicar a niños de apenas 10 años que tal día como hoy cayó el muro.

Y de nuevo, decenas de historias de intentos de huida y muertes, como la de Peter Fechter, a quien dejaron morir, sin hacer nada por ayudarle (me pregunto a menudo cuántas historias desconozco aún, cuántos intentos de fuga o muertes permanecen incluso silenciados).

Esta noche se cumplen los 25 años de la caída del muro de Berlín: liberarán los globos, recogerán el chiringuito y el mundo se olvidará de este muro (como se olvida a diario del de Palestina), pero el impuesto de solidaridad recuerda cada mes que el símbolo ha caído, pero que la reconstrucción alemana está lejos de haber terminado.

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Mauerweg (I)

Confieso que cuando el jueves vi los preparativos del “lichtgrenze” (la barrera de luz que hace el recorrido del muro de Berlín hasta mañana) me pareció horrible: sin globos, con una bolsas de plástico que parecían del Lidl, y una caseta de feria en cada esquina, pensé que eso lo iba a ver Rita. En algunas zonas (Potsdamer Platz, la entrada del Mauerpark) hay un montón de bloques de plástico azul con logotipos (entre ellos el de la S-Bahn, que después de vender abonos a 15 euros para este fin de semana van y se ponen en huelga), tiendas de recuerdos y en fin, un ambiente que parece de verbena a la que sólo le falta una actuación del equivalente alemán a Loco Mía.

Así que cuando salí de trabajar pensé “vale, me acerco a la puerta de Brandenburgo, veo el chiringo que han montado y tiro para casa”. Lo que no podía prever era la curiosidad: una vez allí quería ver cómo era Berlín con muro, qué debía sentirse recorriendo una ciudad brutalmente dividida. Y empecé a caminar recorriendo ese muro de luz que marcaba por dónde pasó una vez el muro. Por más que la doble línea de adoquines marque cada día dónde se levantó una vez, no es lo mismo que ver luces en lo alto: es más fácil imaginar lo que debió ser alguna vez mirar al frente y encontrar un bloque de cemento y los últimos pisos de unos edificios que estando en la misma ciudad, eran, sin embargo, otro país. Cuando me dí cuenta llevaba ya varios kilómetros caminando, y conmigo, decenas de personas: había aceras vacías, pero en las que se erigía el “lichtgrenze” apenas cabían las bicis y los peatones. Había incluso grupos de gente corriendo a lo largo del muro.  Rodeé hospitales, atravesé un cementerio (el muro tampoco respetaba tumbas), caminé junto al río, subí y bajé escaleras… en un trazado irregular y absurdo, tan absurdo y cruel como la división de la ciudad. Varios kilómetros después llegué a Bornholmer Brücke, uno de los pasos fronterizos y el primer lugar en el que se “cayó” el muro. Antes de llegar allí, pasé delante de otros dos puntos clave, donde murió Günter Litfing,  la primera víctima por disparos) y donde se produjo el último intento de fuga, el 8 de abril de 1989 en Chaussestrasse (fue el último disparo, pese a que se habían prohibido unos días antes).

Entre hoy y mañana, me toca recorrer la segunda parte: de Potsdamer Platz a Warschauer Strasse.

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El muro invisible

Faltan sólo unos días para que se celebre el 25º aniversario de la caída del muro. Un muro, que sin embargo, a veces sigue ahí, invisible y silencioso, pero marcando unas diferencias entre oeste y este que aún son palpables, aunque empiecen a difuminarse. Pienso en mi barrio: me basta con mirar arriba para ver edificios que llevan escrita la guerra fría en su fachada, una fachada gris, a menudo desconchada, con balcones que amenazan con caerse. Van renovando esos edificios poco a poco, pero un cuarto de siglo más tarde ahí siguen, sobreviviendo dos guerras y el abandono que conllevó la fría. No son los únicos vestigios que hay en mi barrio de la división: numerosas viviendas de protección oficial, parques con monumentos comunistas (algunos mejor cuidados que otros, pero todos con ese aspecto imponente tan característico de la RDA) e incluso la gente (basta con darse un paseo por Weissensee un domingo por la tarde o con acercarse a Müggelsee para sentirse transportado en el tiempo, a una ciudad aún dividida). A veces me pregunto cuántas décadas han de pasar para que dejen de notarse diferencias… que no para que se olvide, porque si hay algo que esta ciudad no se permite es olvidar su propia historia, por negra que ésta sea.

El caso es que de cara al aniversario hay programandas cientos de actividades, más de las que puedo seguir: desde visitas guiadas a lo largo del muro para todos los gustos (las oficiales salen cada hora y sólo cuestan cinco euros), a exposiciones, charlas, el cacareado muro de luz formado por globos (me gustaría saber cuánto duran esos globos en otra ciudad) hasta el concierto de Barenboim dirigiendo la 9ª sinfonía de Beethoven en la puerta de Brandenburgo (va a ser imposible acercarse, por supuesto). Por haber, hay hasta una carrera de 9 kilómetros.

Yo me he propuesto recorrer ya de una vez una parte del muro, como mínimo de Pankow a Kreuzberg, aunque estos días se puede recorrer el muro incluso a través de la pantalla, ya sea leyendo a Will Self, a Wim Wenders o mirando algunas de las múltiples galerías de fotos que andan publicando estos días todos los medios del mundo.