Archivos de la Categoría: batiburrillo

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Hoy he vuelto a bailar

Yo bailaba mucho de pequeña: en casa, en el patio del colegio, en la calle… donde fuera. La tontería se me pasó con la edad, con la asunción de las convenciones sociales, y en casa, el día que mi padre me pilló bailando el ‘Vogue’ de Madonna y me preguntó que por qué estaba haciendo señales de tráfico. Desde entonces, lo de bailar lo dejé para las discotecas y para cuando estaba sola. Pero últimamente ya ni eso, la última vez que me vine arriba fue cuando aún vivía en Barcelona. Hasta esta noche. La culpa es de este mix de bRUNA que tiene todas las canciones que bailaba de pequeña, las mismas que grababa en una cinta pegando la grabadora al altavoz del radiocassette, las que escuchaba con mis primas cuando me quedaba a dormir en su casa, las que pedía a mis padres que no quitaran de la radio cuando sonaban en el coche, las que me tenían los fines de semana pegada a la tele para escuchar en Rockopop, las que me descubrieron que la música te podía cambiar el día… y hasta la vida. Pasen, descarguen… y bailen.

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‘Groove is in the heart’

Te das cuenta de que estás viejuna cuando escuchas ‘Groove is in the heart‘ y recuerdas que por aquel entonces eras menor de edad, la bailabas en discotecas que ya no existen y aún bebías Bayley’s (con cuidado, eso sí, de no mezclarlo con Coca – Cola, no fuera que se te hiciera bola en el estómago) y te subías a sitios insólitos a bailar (como aquella barandilla de madera blanca, quién nos mandaba). Y si encima la misma noche ponían ‘Technotronic’, apaga y vámonos…

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La foto

Hoy (me) he encontrado (en) una foto tuya.

No me ha hecho ni puta gracia.

Pensé que bastaba con mandar todo a la papelera de reciclaje.

Maldito internet.

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Walden electrónico

Creo que Thoreau se sorprendería bastante si descubriera que ahora basta con apagar un botón para desaparecer, que ya no hace falta irse a una cabaña en Walden. Hace poco, Paul Rouguet, uno de los desarrolladores de código de Mozilla decía que iba a intentar vivir dos meses sin usar internet. Para él, el verdadero reto está ahí, y no en el tiempo que va a pasar en un país cuya lengua incluso desconoce. Incluso The Guardian anda preparando un reportaje sobre lo que supone dejar la vida on line y las dificultades de cerrar perfiles en algunas redes sociales: alguna técnicas, sin duda;  otras, las más inquietante que se escapan a nuestro control son los datos que las empresas dueñas de esas redes sociales almacenan y que nos pueden sobrevivir (no entiendo el revuelo causado por el primer episodio de la segunda temporada de ‘Black Mirror’: salvo el cyborg, todo lo demás está más que presente).

A veces, ya ni siquiera basta con la discreción on line: ¿quién no tiene un amigo que sube una foto en la que te etiqueta y que jamás querría que nadie viera, el que deja un comentario en tu muro sobre un tema que no quieres airear o del que te felicita en redes sociales aunque tú ocultas la fecha de tu cumpleaños? No me sorprende que cada vez más gente inhabilite opciones como publicaciones de terceros en el propio muro de Facebook o que pidan aprobar antes el etiquetado en las fotos ajenas. A veces me pregunto qué pensaran en 15 o 16 años todos esos bebés que ahora pueblan la red hasta cuando comen por obra y gracia de sus padres, como si hubieran nacido con una webcam incorporada: padres que han convertido a sus hijos en protagonistas de ‘El show de Truman‘ pero que se escandalizan con el “gran hermano”.

Así que ahora basta un simple gesto (apagar el router) para desaparecer on  line. Ni siquiera hace falta darse de baja en todos los perfiles. Basta con no actualizar, no entrar, y para mucha gente será casi igual que si te hubieras instalado en Walden.

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Aberraciones arquitectónicas en nombre de la gentrificación

Hubo un tiempo en Madrid en que éramos  eran tan modernos que en vez de remodelar los edificios neoclásicos del XIX, los tiraban y en su lugar plantaban moles de cristal. Basta con un paseo por la Gran Vía para encontrarse una de esas aberraciones frente al Chicote: tras ese horrible cristal verde, si la luz es la adecuada y uno se fija, puede ver una de esas fachadas decimonónicas. Esos edificios, que tan modernos parecían en la década de los 80, son la cosa menos habitable y ecológica del mundo. Trabajar tras una cristalera enorme supone pelarse de frío en invierno, de calor en verano, y abusar de calefacción y aire acondicionado. Los atardeceres son impagables, eso es cierto, pero es la única ventaja que les he encontrado en años, no sé si compensa.

Cuanto más “moderna” es una ciudad, más afán hay por tener el edificio más estrambótica del mundo (ay, las torres KIO). Y claro, era de esperar que Williamsburg sucumbiera a esa fiebre. Lo de la foto es el proyecto para cambiar la cara de la antigua Sugar Factory: la verdad es que parece más propio de Dubai que de Brooklyn, que lo mejor que tiene son precisamente esos antiguos almacenes y edificios de ladrillo rojo que sobreviven a pesar de todo.

Pero ésa no es la única aberración arquitectónica que deja el fin de semana: Berlín, una vez más, en peligro. Como no tienen suficiente con instalar tuberías azules gigantes sobre las cabezas de los transeúntes (salen más baratas que ponerlas bajo tierra), ahora han autorizado una construcción de lujo junto East Side Gallery, donde se mantiene en pie parte emblemática del muro, donde más gente murió tratando de saltar al otro lado. A priori, parece que lo de construir viviendas de lujo en la ciudad con mayor precariedad y paro de Alemania no tiene sentido, pero con los planes de convertir a Berlín en la Silicon Valley de Europa la especulación empieza a campar a sus anchas. El domingo se logró parar el desmantelamiento de esa parte del muro, pero sólo temporalmente. La contrucción del edificio sigue adelante, y que esa parte del muro desaparezca o acabe tras una vitrina, es cuestión de tiempo.

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El afro de Solange Knowles

Con Solange Knowles me sucede como con su hermana Beyoncé: me gustan un par de canciones, las que me gustan, me gustan mucho, y el resto me da un poco igual. Pero hay algo que me fascina en Solange, y es ese afro todopoderoso con el que ha decidido presentarse ante el mundo cuando ha empezado a tomarse en serio lo de la música. No siempre lo ha llevado así,  pero ahora lo luce siempre. A mí me recuerda al afro de Angela Davis. Me parece, además, una declaración de principios: nada de amoldarse al estereotipo de belleza blanco.

Me sorprende que nadie hable del afro de Solange. Ese afro no es una elección meramente estética, es una declaración de principios. Basta con echar un vistazo a este reportaje de Al Jazeera para ver cómo a la mujer negra se le blanquea la piel con Photoshop en EE.UU. o la polémica por un anuncio de Nivea en que un hombre con la cabeza rapada lanzaba como si fuera una pelota su “antigua cabeza”, que lucía un imponente afro, bajo el eslógan “re- civilízate” (el reportaje, por cierto, también analiza el cómo y el por qué vuelve a ponerse de moda el afro en EE.UU.).

Me gusta el afro de Solange, mucho más que esas fotos de su hermana para promocionar “4″. A ver cuánto tiempo puede seguir llevándolo.

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Huevos, pollos y conejos

Cuando era pequeña, en muchos sitios (pollerías, supermercados incluso), al comprar una docena de huevos te regalaban un pollito. Un pollito vivo, sí, no es una leyenda urbana. Era algo “normal”, “habitual”. A veces, incluso, estaban pintados de colores.

De pequeña, accidentalmente, maté a uno de esos pollitos jugando con él. Afortunadamente no lo recuerdo.

Sí recuerdo, por desgracia, aquellos conejos con los que jugamos un día entero. A mí me tocó el que nadie quería, el conejo negro al que le faltaba una oreja. Porque nadie lo quería, porque era negro y le faltaba una oreja, le cogí mucho cariño. Me parecía más especial que los demás conejos. La mañana  siguiente, cuando fuimos a jugar con los conejos, habían desaparecido. No es difícil adivinar qué se comió aquel día.

Nací en una España cruel, gris y profunda. Una España que pensé que no vería volver. Espero que nunca más vuelvan a regalar pollitos con los huevos.

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Resistir… ¿y luego qué?

Leo dos posts hoy, uno de Sonicando y otro de La Chica Friolera, y los dos hablan de lo mismo: resistir. Hablan de lo que hablan todos mis amigos: la crisis, salir adelante, huir de aquí o quedarse, de irse, a dónde, cómo, para qué. Para huir, está claro. Ya tengo muchos amigos que han huido, intuyo que de aquí a dos años pocos serán los amigos que queden aquí. Y quienes se fueron antes de que empezara todo esto, no van a volver. No, al menos, a corto-medio plazo.

“La esperanza es lo último que se pierde”, te obligan a repetir como una letanía cuando creces. Pero la esperanza, intuyo, abandonó el barco de muchos hace tiempo. Se suponía que la cosa iba a ir a mejor. Que era cuestión de tiempo. Ya va para cinco años desde que quebró Lehman Brothers. Y no veo salida. Ni futuro. Hace unos años, no tantos, podía fantasear con mi futuro. Ya no. Vivo en un presente continuo.

Es curioso. Esta noche soñaba que tenía que elegir entre el amor de mi vida o el trabajo de mi vida. Elegía el trabajo. Hace unos años, sin duda, habría pensado “que ya llegará otro trabajo”, que lo importante son las personas, que bla, bla, bla. Ya lo dije una vez, ha cambiado el paradigma, y con él las prioridades.

Resistir, sí, pero después, ¿qué? ¿Qué nos aguarda la vuelta de la esquina? Miedo me da.

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Anglicismos

Leo que en Francia ha prohibido el uso de la palabra “hashtag” para evitar la intoxicación del francés con anglicismos, y aunque me parece una medida excesiva (basta además que prohíban algo para que tenga más atractivo), pero por otra parte entiendo la preocupación por preservar el lenguaje.

Llevo tiempo evitando, en la medida de lo posible, anglicismos a la hora de escribir, que luego pasa lo que pasa, que uno entra a leer un reportaje y en sólo dos párrafos se encuentra un “hipster”, un “trendsetter” y un “personal shopper” de compras mientras escuchan “on repeat” en su “smartphone” con una “app” ese disco que es un “grower” del grupo ése tan “cool” que va a tocar en ese festival “curado” (éste es mi término más odiado: maltraducir comisariar no tiene perdón) por ese otro grupo que ha hecho un “comeback” y que se convirtió en “trending topic”  ayer y cuya “frontman” es una “MILF”, con un punto “nerd”, pero en plan “techie”, y con un bajista un poco “gayer”, pero rollo “leather”. “True story”. Parece surrealista, sí, pero basta con pasar un par de horas por la red para encontrarse cientos de anglicismos.

Insisto, que yo también los uso, y decir “correo electrónico” en vez de mail me parece absurdo, pero “curado” en vez de “comisariado” a mí me hace pensar en heridas o en queso. Al menos cuando escribo para medios intento contenerme, cada vez más. Ése es mi propósito para 2013… y escuchar el disco nuevo de My Bloody Valentine, pero eso, me temo, no depende de mí.

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Yo no quiero ser centenaria

Leo en El País que según los últimos estudios, para llegar a centenaria conviene hacer dieta, mucho ejercicio, tener hijos después de los cuarenta… así que voy bien encaminada para no llegar a los 100, porque no me planteo vigilar las calorías, ni hacer deporte ni tener hijos, menos aún pasados los 40 (¡ja!). Además, tal y como están las cosas, llegar a la vejez de aquí a unos años, va a ser terrible: nada de pensión de jubilación, sanidad privatizada, urgencias bajo mínimos… Y  parafraseando a Tennessee Williams en ‘La gata sobre el tejado de cinc’: o eres pobre o eres viejo, pero nunca las dos cosas a la vez. Quien crea que ser centenario es un logro que le pregunte a un pobre jubilado malviviendo con la pensión, seguro que cambia de idea.

Luego está el tema social: ¿quién queda vivo a los 100 años? Probablemente, nadie a quien conozcas. Corres el riesgo de acabar convertido en carne de telediario y fiestas absurdas como esas que montan a los pobres abuelillos que llegan a los 100, faltándoles al respeto sólo porque no oyen bien o no tienen fuerzas para mandar a todos a la mierda (que francamente, es lo que yo haría). Y de nuevo, la soledad, porque a esas edades es inevitable ser un abuelo cebolleta, y si no tienes nietos historiadores, corres el riesgo de que no te hagan ni caso.

¿Y llegar, cómo? Sólo he conocido a una persona centenaria que pasara esa barrera al 100% de sus facultades y siendo autosuficiente, pero pasados los 70, a veces incluso antes, todo va cuesta abajo y sin frenos.

Así que no, no concibo que alguien quiera llegar a llos 100. No lo concebía a los 20, tampoco lo concibo ahora. Y seamos realistas, muchos corremos el riesgo de acabar convertidos en caricaturas de nosotros mismos, como en esta viñeta de Matt Groening.