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Emigrantes que se olvidan que lo son

Hay un tipo de emigrante absolutamente absurdo que se olvida de que lo es, y que en cuanto sale el tema de los refugiados (y en Alemania, huelga decirlo, sale mucho) empieza a despotricar contra ellos con unos argumentos dignos de Pegida: que si suponen un gasto, que si no saben alemán, que si no trabajan… en fin, argumentos todos absurdos, fáciles de desmontar y que a mí además hace que se me salgan los ojos de las órbitas, porque es el mismo tipo de dialéctica falaz que Pegida o AfD usan contra los extranjeros que a su vez se quejan de los refugiados.

La última diatriba la he vivido en clase de alemán, donde está un extranjero, emigrante, que obviamente no domina el idioma, pero que se cree superior a alguien que lo ha perdido todo. Todo ha empezado cuando la profesora nos ha explicado cuáles son los principales partidos políticos y dónde se posicionan. Ella podía haberse limitado a seguir con el programa y haber omitido la pregunta de una alumna sobre un partido político y se había evitado meterse en jardines, pero pacientemente, lo ha explicado. Y llega el turno de AfD, cuenta de qué van, qué defienden y que están ideológicamente en el mismo saco que Pegida. Entonces interviene el mirlo blanco, cuyo nombre hasta desconozco, y dice que la gente de Pegida y AfD es normal (ahí he intuido que se avecinaba una tragedia) y a continuación dice que después de todo, tienen razón y que ya se podían haber quedado en Siria. Lo tenía sentado al lado y he tenido que reprimir las ganas de darle una colleja, pero había que ver las miradas que le hemos echado todos. La profesora, aún más desconcertada, le dice que cómo se van a quedar allí, que no hay nada, que si no ha visto imágenes de Alepo, que dónde se van a quedar si no tienen ni casa. Y él, ni corto ni perezoso, va y suelta que entonces se podían haber quedado en Grecia, que allí estaban “bien”.  Me han dado ganas de preguntarle que por qué no vive él así si se está bien y que por qué no se ha quedado él en su país (ignoro cuál) si seguimos con su lógica absurda, pero se me ha adelantado la profesora cuando le ha preguntado si sabe algo de cómo y dónde vivían en Grecia.

Pero claro, éste es el tipo de estupideces que propicia autodenominarse “expat” y olvidar que no, que uno es un emigrado que tiene más de Gastarbeiter que de ciudadano naturalizado. Y si no, intenta votar en la generales en 2017.

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Tres años en Berlín

Voilà, tres años ya. Hace ya mucho tiempo que quedaron atrás esos días en que me despertaba sin saber muy bien dónde estaba y en que se me hacía raro llamar “casa” a Berlín. Ahora a veces siento que tengo dos vidas que a veces ni se tocan y otras coinciden de lleno. No estás allí, pero aquí siempre tienes algo de allí. Y tanto allí como aquí seré siempre la de fuera. Luego está la eterna pregunta, que te hacen también aquí y allí: ¿piensas volver? Pero es que ésta es también mi casa, parecen olvidar. Y si algo aprendes yéndote es que no sirve de nada hacer planes. Y volver a qué, para qué y en qué condiciones. Pero la pregunta está siempre en el aire, siempre surge, y aunque nadie la formule, te ronda la cabeza. Conozco a quien se volvería mañana mismo si pudiera, y a quien cada vez ve más lejos regresar porque cuanto más tiempo pasa, aquí es menos extraño y más casa.

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Ventajas de la copa menstrual

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Hace sólo dos meses, cada vez que alguien me intentaba convencer de que me pasara a la copa menstrual, yo desplegaba todo mi ingenio (y estupidez) para decir que sí, hombre, que iba a a estar yo a cuestas con una copa en la vegina, que qué asco, que ni de coña… y bla, bla, bla. Pero resulta que vivo en un país en el que es más difícil encontrar un tampón con aplicador que jamón serrano en Lidl, y donde además me he terminado de radicalizar en todo lo que tiene que ver con el reciclaje (tengo cuatro cubos de basura, no cojo bolsas de plástico ni para la verdura, salvo que sean picotas, ya no recuerdo lo que es comprar una botella de plástico de agua y despotrico de la Nespresso tanto como de Pegida). Así que pensé, “vamos a ver si estás ofuscando en tu línea habitual y luego te tienes que tragar todo lo que has dicho”. Y bingo, así ha sido.

Pero vamos con las ventajas…

  1. Es cómoda. Mucho más que un tampón, mil veces más. No la notas, y sólo necesitas cambiarla cada 8 o 12 horas. Eso significa que hasta puedes dormir con ella puesta.
  2. No filtra. Nada, absolutamente nada. Si filtra, es que no te la has puesto bien o que no se ha abierto dentro. Para “abrirla” basta con girar un poco la base y listo.
  3. Sólo neceseitas agua corriente. Entre un cambio y otro la pasas por el grifo y lista para usar. Entre una menstruación y otra, basta con hervirla tres minutos en agua.
  4. Dura años, literalmente.
  5. Es más barata. En Alemania, la copa cuesta 15.95 euros en cualquier droguería. Por internet, hay que sumar los gastos de envío. Pero te ahorras tampones y compresas el resto de tu vida. Si la caja de tampones sale a 2 euros (4 largos en España) y otro tanto en compresas, no hay que ser un genio de las matemáticas para averiguar que la amortizas en seguida.
  6. Las hay de mil tamaños, capacidades, durezas y formas… Según tu peso, flujo, edad y si has parido o no, necesitarás una u otra. Aquí hay una guía que ayuda a saber cuál es la mejor. Yo recomiendo tener dos, una normal para los primeros días, otra más pequeña para los últimos.
  7. No provoca alergias ni síndrome de shock tóxico.
  8. No contamina.
  9. Viene con una bolsita que te permite llevártela de viaje sin problema alguno.

Así que os recomiendo que hagáis la prueba. Aunque se inventaron en el siglo XIX y empezaron a fabricarse de forma industrial en la década de los 30, la información que hay sobre ellas es muy escasa. Por algo se gastan un pastizal marcas como Tampax en anuncios, y está claro que los anunciantes no quieren ver que los medios a los que pagan sacan loas a una competencia que les puede arruinar. En las farmacias, al menos aquí en Alemania, ni saben de qué les hablas cuando pides una, pero en las droguerías se encuentran sin problemas. En España no sé cómo estará la cosa, pero siempre se puede acudir a internet (RubyCup, por ejemplo, además dona una copa menstrual en África por cada copa que venden).

¿Inconvenientes? Ni uno. Las dos primeras veces que la usas puede resultar aparatoso ponerla y quitarla, pero en seguida te acostumbras y lo puedes hacer con los ojos cerrados (exactamente igual que con los tampones, vaya). Se puede introducir de varias formas (aquí va una pequeña guía en alemán, pero los dibujos son universales) y para sacarla basta con tirar del apéndice, hacer vacío y listo (aquí va un vídeo muy claro también). Si la llego a haber descubierto antes, no me había gastado ni un céntimo en tampones.

 

 

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El Berlín de Zweig

…precisamente porque allí no existía una verdadera tradición ni una cultura milenaria, la ciudad seducía a los jóvenes y los alentaba a experimentar. Y es que tradición significa también rémora. Viena, ligada a la antigüedad, idólatra de su pasado, se mostraba cauta y expectante ante los jóvenes y sus audaces experimentos. En cambio, en Berlín, que quería configurarse rápidamente y cobrar una forma personal, los jóvenes buscaban la novedad. Era muy natural, pues, que acudiesen allí desde todas las partes del imperio, incluso desde Austria. (…) Salvo la vieja “Unter den Linden”, no existía un centro propiamente dicho, no existía un coso como en nuestro Graben y, gracias al viejo espíritu ahorrador prusiano, faltaba por entero una elegancia general.

Así describe Stefan Zweig en “El mundo de ayer” el Berlín que conoció en su juventud. Yo no lo veo tan diferente al de ahora.

 

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La intrahistoria de Alemania

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Desde que pisé Berlín por primera vez, una de las cosas que más me fascina es esa “historia” escrita en minúscula y compuesta por millones de historias que jamás conoceremos pero que han asistido a algunos de los acontecimientos clave de Europa. Es fácil conocer tu “intrahistoria” cuando creces en tu país, pero cuando estás de acogida la tienes que aprender. La lectura es parte importante del proceso, pero siempre te quedará por conocer la historia de esa viejecilla que se sienta en el metro (¿de qué lado estaba, qué sabía?) o la de ese vecino mayor que pasea a su perro cada noche vestido con ropa que parece sacada del baúl de los recuerdos.

Mi obsesión por conocer la intrahistoria de Alemania pasa por rebuscar en las cajas de zapatos repletas de fotos desechadas de los mercadillos. ¿Quiénes son esas personas? ¿En qué lado de la guerra les tocó vivir? ¿Qué sabían? ¿Este u oeste? De mi pared cuelgan fotos de mujeres decimonónicas, con su opresivo corsé, familias posando en lo que parece una fiesta de Navidad, con una fecha escrita en el reverso imposible de eludir: 1933, niños de la postguerra, con vestidos inmaculados que parecen ajenos al drama vivido sólo unos años, un par de carpinteros, una mujer trabajadora, con pañuelo atado al cuello, posando en la puerta de una casa, parejas en un “kneipe” o jóvenes como la de la foto, jugando a hacer equilibrios, como los que hace ahora la historia, que parece querer asomarse al vacío una vez más.

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Adiós, sexy MF

Prince

La santísima trinidad del mainstream de los 80 eran Madonna, Prince y Michael Jackson. No se había acuñado lo de la corrección política, faltaban décadas para que cada día se generase un debate sobre la apropiación cultural y no había cuotas, y ahí estaban, una mujer  y dos hombre negros, cortando el bacalao, publicando discos legendarios y de paso,  en los casos de Prince y Madonna, cuestionando todas las ideas establecidas sobre el género. Ahí estaba Prince, mucho antes de ser “AFKAP”, jugando a la ambigüedad sexual, a  no definirse, a no cuadrar en ninguna casilla, y ser, pese a todo, un “sexy motherfucker“.

Cambió las reglas del juego, como muy bien cuenta Javier Blánquez en El Mundo  y compuso algunas de las mejores canciones del siglo XX, pero también ayudó a redifinir los roles de género mucho antes de que se acuñara lo de “gender fluid”, haciéndose acompañar de bandas compuestas por mujeres en sus giras, tratando incluso de crear supergrupos femeninos  (¿alguien más recuerda a Vanity 6?) e incluyendo el sexo en su obra como una variable más (por no hablar de sus tacones o sus “crop tops”). Ahora no parece revolucionario, pero en esos 80 de puritanismo, pegatinas de “explicit content” en los discos y rombos en las películas, esa reivindicación de una sexualidad libre, sin represión y  en la que todo valía siempre que fuera consentido, era liberadora. Uno podía ser/sentir/desear lo que le diera la gana. Y Prince, como Madonna, hizo de ello una bandera justo cuando la mojigatería se empezaba a imponer como modelo. Lástima que él también viera “la luz” y terminara convertido en una caricatura puritana contraria al matrimonio homosexual y a la libertad sexual de la que él mismo hizo gala (“God came to earth and saw people sticking it wherever and doing it with whatever, and he just cleared it all out. He was, like, ‘Enough.’”, declaraba en una entrevista en 2008). Yo, hoy, prefiero recordar al otro Prince.

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“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”

El otro día hablabla con un alemán de los papeles de Panamá. Alemanes, de momento, sólo hay uno en los papeles: Nico Rosberg (aunque a algunos nos encantaría que saliera Schäuble, no nos engañemos, o cualquiera de los líderes de Pegida o AfD). Españoles o italianos, los hay espuertas, y a diferencia de Islandia, en España no se mueve nadie del sillón (si la dimisión de Soria depende de la decisión de la pantalla de plasma, se forma gobierno antes de que decida). Me decía que él tiene la teoría de que con la educación protestante cada error cuenta, mientras que con la católica, se entona el mea culpa y hala, perdonados, a otra cosa, tabula rasa. No soy ninguna experta en protestantismo, así que ignoro si alguna fisura se me escapa, pero que en España tenemos una larga tradición de intentar resolver las cosas con un “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, es innegable.

Llevamos unos días de declaraciones del tipo “no era yo, es que los deberes se los ha comido el perro”, que dan mucha vergüenza.Y piensas que igual que una de las primeras palabras que aprendes en alemán es “ordnung” (seguida muy de cerca de “gesetz”), un alemán que aprendiera español no podría entender la prensa ni la historia sin conocer “corrupción”. Y vas a clase de alemán, o te relaciones con lugareños, y en cuanto salen los papeles, sale “Spanien”. Pero no pasa nada, se entona el mea culpa (cuando se entona, que otros ni eso) y a seguir cortejando a las cadenas rivales (chapeau por quienes votaron contra la renovación del programa troglodita ése de Osborne) o a pensar en la alfombra roja de Cannes. “La vida sigue igual”, que canta el ex-portero del Madrid. Y yo, lo confieso, ya tengo marcado en rojo en el calendario ir a ver “Julieta” en cuanto pise Spanien, pero yo no perdono un drama de Almodóvar, qué le vamos a hacer. “Mea culpa” y ya tal.

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Meándose en la puerta de la casa de Kafka

Gente esperando a ver cómo da la hora el relo astronómico

Cuando se vive en Alemania, visitar Praga es tan fácil como acercarse a Marruecos o Portugal desde España. Queda cerca, y a diferencia de los países nórdicos vecinos, es barato. Llevaba dos años resistiéndome porque me  daba en la nariz que podía ser un parque temático turístico… y no me equivocaba. Bonito, sí, pero algunas zonas estaban más concurridas que el centro de Madrid en vísperas de Navidad. ¿Que querías ver cómo daba la hora el reloj astronómico? Pues te ibas media hora antes a “coger sitio” o lo intuías. ¿Que tocaba cruzar el puente de Carlos? Peor que el metro con servicios mínimos por huelga… y así con todo. Y por supuesto, también tocaba esquivar despedidas de soltero/a, “pub crawls” con guías que se anuncian con “la mejor noche que nunca vas a recordar” y por supuesto, restaurantes que anuncian su menú en inglés. Una maratón.

Así que cuando decides que te toca ver el museo de Kafka piensas “bueno, pues ahora a ver las cosas desde la barrera, que debe estar aquéllo como para ver la Gioconda”. Y según te acercas, por supuesto, empiezas a ver más gente otra vez, gente apiñada alrededor de “algo”, que por fin alcanzas a ver… una fuente de dos hombres meando sobre el mapa de la república checa. Y detrás, el museo… prácticamente vacío, con 5 personas por sala a lo sumo. Un museo maravilloso, dicho sea de paso, un remanso de paz mientras en las puertas todo el mundo se agolpa a ver la estatua de los meones.

Este año me voy de vacaciones a algún lugar lejano y frío, donde no me encuentre captadores de tours de “pub crawl” ni despedidas de soltero/a.

La atracción no es el museo de Kafka, sino la escultura de los meones

 

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¿Qué es Liquen?

Liquen

Si alguna vez has buscado información en Wikipedia (y probablemente no seas de este planeta si nunca lo has hecho) habrás observado ese sesgo WASP que tiene: buscar información sobre minorías o mujeres relevantes frustra, porque o bien es escasa, o apesta a patriarcado. Un sencillo ejemplo: la búsqueda de Sartre muestra un extenso índice dedicado a su obra y pensamiento. Si buscamos a Simone de Beauvoir, el índice antepone la muerte de Sartre y sus relaciones personales a su obra. Y no, esos apartados no existen en la entrada dedicada al primero. Da igual que estemos ante una de las feministas y pensadoras más relevantes del siglo XX, su papel como “pareja de” y su vida sentimental cuentan más para los editores de la Wikipedia, en su mayoría, hombres (nada menos que el 90% de quienes dedican su tiempo a la web). Las mujeres no son las únicas que salen perdiendo: cualquier minoría o país que no pertenezca a occidente y el primer mundo también ven mermada su representación.

El problema no se ciñe a la Wikipedia, sino que es extensible a buena parte de las redes sociales, donde mujeres y minorías ven cómo se perpetúan estereotipos manidos (es una ironía que sea una mujer, Hedy Lamarr, quien sentara las bases de la comunicación digital inalámbrica).

Volviendo a la pregunta de qué es Liquen: pues es nada menos que un proyecto que pretende terminar con ese ‘status quo’ no sólo estudiando ese sesgo, sino creando una app que permita explorar la Wikipedia informando sobre el mismo. Y tú puedes ayudar: basta con registrarse en esta web (no lleva ni cinco minutos) y participar en un sencillo cuestionario: unx puede quejarse, pero eso no basta para cambiar las cosas.

 

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“Let’s dance the blues”

david bowie

De la muerte de Bowie se ha escrito largo y tendido, se escribe aún casi a diario. Todos recibimos la noticia con incredulidad: que nuestros ídolos no son inmortales es algo que sabemos, pero que no queremos creer. Por eso son ídolos, porque en nuestro subconsciente no son simples mortales: han puesto la banda sonora de nuestras vidas, nos han acompañado (la voz de Bowie suena ahora por mis altavoces, como casi a diario desde que conocí la noticia) y nos han hecho soñar, evadirnos e incluso recuperar la esperanza en la humanidad cuando abres un periódico o miras alrededor. Sí, el hombre puede ser mediocre, ruin y vil. Pero también puede ser genial, tener destellos de lucidez, dar sentido a llamarnos “hombres” (básicamente es la capacidad de crear y no una secuencia genética o el caminar de pie lo que nos separa de los animales). A muchos, Bowie incluso les ayudó a salir del armario o a no sentirse marcianos con su sexualidad. Y a millones, nos hizo soñar, emocionarnos o algo que a priori parece tan simple como bailar.

No me voy a repetir, no voy a hablar de las mil caras de Bowie, ni de su legado musical, que ahí está, para quien lo quiera buscar si es que no lo conoce ya, tampoco voy a hablar del fin de una era (Óscar Broc ya lo ha hecho mejor que yo), pero que no vengan a decirme si puedo lamentar o no la muerte de alguien que era algo más que un artista al que nunca conocí personalmente como ha querido hacer JK Rawling: a lo mejor uno no ha vivido de verdad, y simplemente ha pansado de puntillas por aquí, si nunca se ha encerrado en su habitación a escuchar una canción una y otra vez mientras se le pone la carne de gallina. Cuando alguien trasciende lo meramente musical y se convierte en un fenómeno social, como hizo Bowie, que vengan a decirnos si podemos o no lamentar su muerte es absurdo (además, por esa norma, para qué hacer uso de la empatía, para qué preocuparnos por el prójimo si total, su dolor no es el nuestro, su lucha no es la nuestra). Prefiero quedarme con la actitud de Arcade Fire celebrando su música en un funeral masivo en Nueva Orléans, y parafraseando al mismísimo Bowie, qué demonios, “let´s dance the blues”.