Archivos de la Categoría: arte

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Escapada a Dessau desde Berlín

Casa de los maestros

Ir a Dessau era una de esas cosas que tenía pendiente, el típico viaje que precisamente por estar tan cerca he ido dejando casi seis años. Ahora ya sí que no tenía escapatoria: con el centenario de la Bauhaus, es casi imposible pisar la calle sin encontrarse carteles en cada esquina anunciando exposiciones o eventos relacionados (escribí para El Salto sobre el centenario a principios de año), así que la idea de escaparme a Dessau volvió a tomar forma, máxime después de averiguar que se puede dormir en la que fue la residencia de estudiantes de la Bauhaus (todos los fines de semana están ya ocupados hasta 2020, pero entre semana, es cuestión de escribir con tiempo y la noche sale por 40 euros).

Kornhaus

Llegar a Dessau lleva entre dos horas -si se coge el tren regional directo– y hora y media si se hace un transbordo o en autobús, pero hay menos frecuencia y la verdad, a mí no me cuadraban los horarios, pero sale más barato y la opción existe.

Bauhaus

La estación de tren queda a 600 metros del edificio de la Bauhaus, así que si te quedas allí a dormir, más fácil imposible. Si vas en bici mejor, pero si no, y allí no quieres caminar ni alquilar una, hay una línea de autobús (la 10, si no recuerdo mal) que para en todos los edificios emblemáticos de a Bauhaus en Dessau.

Bauhaus

Si sólo quieres ver la Universidad y las casas de los profesores, en un día da tiempo de sobra, si quieres aprovechar y visitar la Kornhaus (donde se puede comer, iba a escribir «disfrutar» comida tradicional alemana, pero seamos realistas, la comida tradicional alemana no me mata), la Stählhaus, las viviendas de Gropius Bau en el sur de la ciudad o el economato, hacen falta dos días salvo que vayas en coche, bajes, hagas la foto y vuelvas a subir al coche hasta la próxima parada (que hay quien lo hace, pero allá cada cual).

Bauhaus

El mes que viene además se inaugura el museo de la Bauhaus, así que hay otra razón más de peso para quedarse y echar allí dos días (asomarte a tu propio balcón en una habitación y sentirte como una Bauhäuslerin es otra, la verdad). Y quien se sature con arquitectura modernista, también puede disfrutar de los incontables parques y bosques de la ciudad (que no viene nada mal cuando te pilla una de esas olas de calor que que convierten a Alemania en una versión de Madrid sin aire acondicionado).

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Las reglas del juego

«Siempre voy a ser demasiado cara para comprar», «lo que digo siempre va a ser lo que pienso», «siempre voy a hacer las cosas que digo que voy a hacer». ¿Quién puede firmar un contrato asegurando que va a vivir de acuerdo con alguna de las máximas? ¿Quién puede hacerlo pasada la infancia? ¿Acaso no tenemos precio en el momento en que entramos en el mercado laboral y hay que pagar un alquiler? ¿No terminamos tirando la toalla cuando se trata de llevar a cabo no ya proyectos irreales, sino cosas mucho más pequeñas (ir más al gimnasio, dejar de fumar, aprender idiomas? ¿Realmente puede alguien ir por la vida diciendo lo que piensa en todo momento?

Ése es el punto de partida de la instalación de Adrian Piper en el Hamburguer Bahnhof de Berlín: tres mostradores, uno por cada sentencia. El visitante elige a qué se compromete, firma un contrato, sa su mail y recibe un papel a cambio. «A fecha tal, Fulano de Tal dijo que siempre va a hacer todo lo que dice que va a hacer». En la teoría, se trata de estudiar las bases de un contrato social en el que sepas a ciencia exacta con quién cuentas para qué. En la práctica, se establece un diálogo con uno mismo: ¿puedo firmar realmente alguno de estos contratos? ¿Acaso no he roto ya todas estas normas hace años? ¿Cuántos principios me he saltado, cuántas cosas que dije que nunca haría he terminado haciendo, cuántas más haré? ¿Cuántas veces me he callado lo que pienso «por no liarla» y cuántas más se que me espera callar cada día, cada mes, cada año?

Así que ves a la gente, paseando y mirando los puestos, indecisos, haciendo preguntas, hablando entre ellos. Sólo vi un grupo firmando todos los contratos posibles alegremente, sin pensar, entre risas: ni uno de ellos debía superar los 25 años e iban en grupo, claro (la manada, la validación a través del otro, el venga, vamos, por qué no).

En septiembre, cuando retiren los mostradores, todos los que han firmado uno de los contrato recibirán un listado con los nombres de las personas que también se han adscrito a esa sentencia. Podrán ponerse en contacto. Pongamos que ves en la lista el nombre X, y quieres preguntarle a X «¿de verdad has terminado y hecho todo lo que dijiste que harías?, ¿dices siempre lo que piensas?, ¿no tienes precio?». Entonces puedes escribir al museo, y pedir que te pongan en contacto con X. Las leyes alemanas de protección de la privacidad no lo ponen tan fácil, el museo no te va a dar su mail así sin más. Primero tendrán que ponerse en contacto con el otro, decirle que tú quieres hablar con él/ella, y sólo si acepta, el museo podrá darte el mail.

Me pregunto: ¿alguien habrá firmado con el fin de ponerse en contacto con los firmantes y dinamitar sus creencias, cuestionar la robustez de su argumento? ¿Será la propia Adrian Piper quien escriba para demostrar la falacia? ¿Se puede crear un nuevo contrato social basado en la verdad?

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Cuando los bosques entran en los museos

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A priori, la idea de encerrar un bosque en un museo suena horrible… hasta que se ve. Aprovechando que van a renovar la Neues Nationalgalerie (siempre digo que Berlín aún está en proceso de construcción, que a diferencia de otras capitales europeas, no está «terminada»), David Clipperfield ha metido nada menos que 144 troncos que ejercen de magníficas columnas del edifico de Mies van der Rohe y que a su vez también provienen de un bosque del norte de Alemania en proceso de renovación (de vuelta al nada se tira, todo se transforma, tan intrínseco a la ciudad de Berlín).

Impresiona ver esos abetos desnudos y centenarios ahí metidos: por fuera parece una vitrina de un museo de ciencia, pero una vez dentro,  y pese a la disposición tan geométrica de los troncos (y tan poco natural) que tienen, la luz cenital consigue insuflarles una nueva vida.

 

He hecho algunas fotos, pero mucho me temo que no le hacen justicia.

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La cosa esa del «punk» en el Met

El lugar del punk no es un museo: que lo llamen tanatorio, bonito cadáver, memorabilia, o lo que realmente es: OPORTUNISMO. Y lo de la alfombra roja es directamente inenarrable. Normal que al sarao no haya habido huevos de invitar a un verdadero punk: les habría jodido el photocall.

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Intentando descifrar a Warhol

La figura de Warhol es esquiva: él mismo jugó a dar una premeditada  imagen de frivolidad, aunque esa frivolidad a menudo era un escudo para que nadie se acercara a su yo más íntimo. Basta con leer el volumen de entrevistas seleccionadas y editadas por Kenneth Goldsmith y publicadas en castellano por Blackie Books para intuir que tras esa imagen de bon vivant irreverente que no se preocupaba demasiado por lo que hacía había en realidad un artista al que no le importaba tanto la ejecución de la obra (que como todo el mundo sabe delegaba en otros) como por las posibilidades que le ofrecían las nuevas tecnologías y por ir un poco más allá de la pintura tradicional. A Warhol se la pelaba la idea de obra única, hablando mal y pronto. También le daba igual hacer una obra maestra. Él lo que quería hacer era un arte popular, en el sentido más estricto de la palabra, al alcance de todos, lejos de complicados ejercicios intelectuales o sesudas explicaciones. A lo largo de ‘Entrevistas’, Warhol no hace más que repetir que la razón por la que pintaba sopas Campbell era porque se trató de su dieta durante muchos años. Las teorías sobre su obra como reflejo de la producción industrial o del capitalismo vendrían después, pero no fue él quien las elaboró. Él mismo explica su obra de una forma mucho más prosaica, sencilla y creíble, totalmente alejada de pretensiones:

«En el fondo todos hacemos un único cuadro. Hacerlo cuando necesitas dinero, repetir el mismo cuadro una y otra vez, es una idea fabulosa porque, de todos modos, la gente te recuerda por eso».

A través de sus entrevistas, Warhol se empeña en elevar un muro infranqueable, en dar una imagen de aparente superficialidad, responde con monosílabos y anima a sus entrevistadores a que se inventen las respuestas, los interroga sobre el mundo de Hollywood y esquiva hablar de cosas «serias», pero basta con rascar un poco para ver que tras esa capa se escondía una mente lúcida a la que simplemente no le apetecía jugar a tomarse en serio a sí mismo y bastante crítica con algunas actitudes.

«Me pregunto cómo es que todo el mundo quiere dárselas de algo, y se pone ropa extravagante y cosas por el estilo, y acaba pareciendo uno más».

También explica por qué desprecia las entrevistas:

«Creo que las preguntas que me suelen hacer en las entrevistas deberían ser más inteligentes y brillantes, deberían intentar averiguar más cosas sobre mí».

«Fue una pregunta superficial, así que les di una respuesta superficial».

Entrevistar a Warhol no era fácil, pero cuando algun periodista lograba derribar el muro de indiferencia y sus recurrentes «no sé»,  regalaba grandes entrevistas. Y el libro está lleno de ellas.

arte diseño gráfico

Watdafac: galería a a vista

Habrá a quien le suene el nombre de Manuel Donada como 50% de Grabba Grabba Tape y fundador de Gssh! Gssh! y habrá a quien le suene por su trabajo como diseñador gráfico e ilustrador (suya es la ilustración que abre este post, ‘The Marvel in Me’)’. Por si fuera poco, Donada se ha metido ahora a galerista.

El próximo 19 de abril se inaugura en pleno centro de Madrid la galería Watdafac con una exposición del propio Donada. Ya hay cerradas una muestra de Braulio Amado y otra exposición colectiva con obras de Hugo Sierra, Rubenimichi, Arnau Sala, Nano 4814, HAZ, Luis Demano y otros nombres más que conocidos dentro del arte urbano y el diseño gráfico. La cosa promete…

arte música

11.11.11

Mañana hay una cita inusual pero muy interesante en Barcelona: Arnau Sala presentará 11.11.11, un proyecto que mezcla la música con la instalación artística y con el arte efímero.

Aprovechando la peculiar fecha (11.11.11), Arnau presentará un proyecto en el que combina música, numerología, artes gráficas y azar. El proyecto nace tras una colaboración con L’ull cec en Berlín: es entonces cuando Arnau comienza a trabajar en 11.11.11: once vinilos con once pistas cortadas a mano que terminan en un ‘loop’. Así lo explica Arnau en el boletín que envía L’ull cec:

Cada disco contiene 11 pistas ha sido cortado a mano indivualmente. Cada una de estas 11 pistas finaliza en un locked groove o surco cerrado, es decir, al llegar al final de cada pista la aguja se queda atrapada en un bucle infinito y la grabación se sigue repitiendo ad infinitum hasta que uno la reposiciona en otro punto del disco. Se trata pues de un loop mecánico, de una duración exacta de 1.8 segundos cuando la velocidad de reproducción seleccionada es de 33 1/3 revoluciones por minuto. (…) Durante el directo, combinaré los loops explorando las posibilidades que me ofrezcan, como herramientas únicas, 11 tocadiscos y mesas de mezclas.

En las últimas semanas, Arnau Sala ha ido colgando fotos, información y audios de este complejo trabajo que podéis ver aquí y aquí.

Si no me pillara a 600 kms de distancia, mañana a las 23 (en punto, por supuesto) estaría en la octava planta de Almogàvers 68-70 disfrutando de esta experiencia única.

Arnau Sala no es el único músico que va a aprovechar esta significariva fecha para hacer algo especial: Boredoms, como ya hicieron el 10/10/10 y cada día, mes y año coincidente desde el 7/7/7, harán su particular ‘boadrum’ en Australia.

(Aprovecho para recordar que mañana en Madrid también hay dos citas imprescindibles: concierto de Prisma en Llamas y la fiesta de aniversario de Tower of Meaning con Pional).

arte cine

‘Pina’

‘Pina’ no es un documental al uso: tiene una importante dosis de hagiografía, cierto; pero sobre todo tiene mucho de Pina. Me explico: el protagonista absoluto del documental es el baile. A través de las coreografías de Bausch el espectador se acerca a su obra de la mejor forma posible. Wenders apenas tira de archivo (salvo cuando se refiere a ‘Café Müller‘) y en algunos casos saca a los bailarines del teatro y les coloca en parques, complejos industriales, calles, acantilados, tranvías, piscinas o incluso túneles abandonados con grafitis de Os Gemeos. Esa aparente descontextualización funciona, porque da más fuerza a algunos de los temas latentes en la obra de Pina: incomunicación, absurdo, ‘joie de vivre’, muerte, miedo, soledad, pasión, locura, incomprensión, manipulación… Temas universales sin fecha de caducidad.

Las declaraciones de los bailarines de su compañía tampoco están filmadas como se espera en un documental: Wenders les graba con la boca cerrada, mirando a cámara, mientras suena su voz en off con los recuerdos de Pina. Por lo que cuentan los bailarines de su compañía Pina era reservada, apenas daba instrucciones, dejaba que fueran los propios bailarines quienes encontraran su voz, su estilo, su camino y su motivación.

Wenders consigue con ‘Pina’ que el público se acerque a la obra de la coreógrafa y que explore su universo desde dentro, sin decir al espectador qué tiene qué pensar y sin entrar en detalles biográficos. Es la obra la que define la vida del artista, y no al revés, como sucede en la mayoría de los documentales. Un documental atípico, digno de una mujer excepcional, innovadora y que estuvo trabajando hasta el último momento.

arte periodismo

Hace falta más arte

Me explico: hay artistas, muchos. Haciendo cosas interesantes. Pero apenas aparecen en los medios de comunicación. Salvo que se mueran, los medios generalistas rara vez se ocupan de los artistas: lo hacen cuando se falla el premio Turner o cuando se celebra la Bienal de Venecia, pero poco más. A lo sumo dedican páginas a Tàpies o Barceló, que tienen ya reservado con creces su espacio en la historia del arte. Se hacen eco de exposiciones de Antonio López y de otros artistas que más que modernos ya son clásicos. Warhol y Picasso ya son arte clásico, ¿por qué se les sigue tratando como a artistas contemporáneos?

Con suerte se pueden leer reportajes sobre Tracey Emin o Damien Hirst, pero rara vez explican, por ejemplo, que cuando Hirst decidió vender su obra sin la mediación de marchantes o galerías fue como cuando un gran grupo decide autoeditar su obra y pasar de las discográficas.

Reconozco que fui una privilegiada: gracias a que trabajé en Neo2 en seguida me familiaricé con nombres como Pepo Salazar, Carles Congost, Gilbert & George, Maurizio Cattelan o Jake & Dinos Chapman. Pero son artistas casi desconocidos para el gran público. La mayoría de los grandes medios siguen ignorando el arte moderno y como mucho se centran en la anécdota.

Recuerdo que en diciembre de 2008 compré con gusto Interview: todo un número dedicado a artistas emergentes como Banks Violette, cuya obra ya se exhibe en el Guggenheim de Nueva York. Devoré aquel ejemplar.

Estaría bien poder leer algo más de arte sin que tenga que aparecer en la sección de obituarios.

arte cine

El mundo del arte, contra las cuerdas


No es la primera vez que se pone en entredicho el arte moderno: cada nueva entrega de los premios Turner sirve para poner en tela de juicio a artistas, críticos, galeristas y todo el que se ponga por medio. Pero a menudo, la mejor crítica es la que además consigue arrancar sonrisas y guiños de complicidad incluso entre los neofitos, y éso es exactamente lo que hace Roger Corman en «A bucket full of blood».

Dirigida en pleno auge del movimiento beatnik (1959), la cinta pretende parodiar a los beats. Hay personajes en los que incluso se puede reconocer a Ginsberg: ¿se puede pasar por alto que el poema que recita Brock al principio de la película está inspirado en «Aullido»? Creo que no.

El argumento es sencillo: Walter Paisley se pudre en un local de moda limpiando mesas mientras sueña con pertenecer a ese grupo de artistas a los que sirve café y retira los ceniceros sucios. Pero nadie le hace caso: no es uno de ellos, así que nada de lo que dice interesa a sus admirados poetas y pintores. Hasta que un día aparece con la escultura de un gato. De la noche a la mañana, Paisley deja de ser un camarero para convertirse en un artista más. Hasta adopta sus tics y su forma de vestir. Para ello cuenta con la ayuda inestimable del dueño del bar, quien de repente se convierte en improvisado marchante libre de prejuicios: lo que sea en el nombre del dinero arte.

A partir de ese momento se desarrolla una trama cercana al cine negro (de serie B, eso sí) pero que sirve de excusa para reírse de poetas, músicos, modelos, coleccionistas y demás bon-vivants que se mueven alrededor de las «magistrales» obras de arte de Paisley.

Está claro que la cinta de Corman no tiene más pretensiones que la de ser un divertimento con el que reírse a costa de los entonces emergente beatniks (la banda sonora, por supuesto, cuenta con buenas dosis de jazz). Y lo consigue, que no es poco. Pero es que además pone contra las cuerdas un mundo del arte en el que cada vez hay más clichés.