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Cuando los bosques entran en los museos

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A priori, la idea de encerrar un bosque en un museo suena horrible… hasta que se ve. Aprovechando que van a renovar la Neues Nationalgalerie (siempre digo que Berlín aún está en proceso de construcción, que a diferencia de otras capitales europeas, no está “terminada”), David Clipperfield ha metido nada menos que 144 troncos que ejercen de magníficas columnas del edifico de Mies van der Rohe y que a su vez también provienen de un bosque del norte de Alemania en proceso de renovación (de vuelta al nada se tira, todo se transforma, tan intrínseco a la ciudad de Berlín).

Impresiona ver esos abetos desnudos y centenarios ahí metidos: por fuera parece una vitrina de un museo de ciencia, pero una vez dentro,  y pese a la disposición tan geométrica de los troncos (y tan poco natural) que tienen, la luz cenital consigue insuflarles una nueva vida.

 

He hecho algunas fotos, pero mucho me temo que no le hacen justicia.

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La cosa esa del “punk” en el Met

El lugar del punk no es un museo: que lo llamen tanatorio, bonito cadáver, memorabilia, o lo que realmente es: OPORTUNISMO. Y lo de la alfombra roja es directamente inenarrable. Normal que al sarao no haya habido huevos de invitar a un verdadero punk: les habría jodido el photocall.

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Intentando descifrar a Warhol

La figura de Warhol es esquiva: él mismo jugó a dar una premeditada  imagen de frivolidad, aunque esa frivolidad a menudo era un escudo para que nadie se acercara a su yo más íntimo. Basta con leer el volumen de entrevistas seleccionadas y editadas por Kenneth Goldsmith y publicadas en castellano por Blackie Books para intuir que tras esa imagen de bon vivant irreverente que no se preocupaba demasiado por lo que hacía había en realidad un artista al que no le importaba tanto la ejecución de la obra (que como todo el mundo sabe delegaba en otros) como por las posibilidades que le ofrecían las nuevas tecnologías y por ir un poco más allá de la pintura tradicional. A Warhol se la pelaba la idea de obra única, hablando mal y pronto. También le daba igual hacer una obra maestra. Él lo que quería hacer era un arte popular, en el sentido más estricto de la palabra, al alcance de todos, lejos de complicados ejercicios intelectuales o sesudas explicaciones. A lo largo de ‘Entrevistas’, Warhol no hace más que repetir que la razón por la que pintaba sopas Campbell era porque se trató de su dieta durante muchos años. Las teorías sobre su obra como reflejo de la producción industrial o del capitalismo vendrían después, pero no fue él quien las elaboró. Él mismo explica su obra de una forma mucho más prosaica, sencilla y creíble, totalmente alejada de pretensiones:

“En el fondo todos hacemos un único cuadro. Hacerlo cuando necesitas dinero, repetir el mismo cuadro una y otra vez, es una idea fabulosa porque, de todos modos, la gente te recuerda por eso”.

A través de sus entrevistas, Warhol se empeña en elevar un muro infranqueable, en dar una imagen de aparente superficialidad, responde con monosílabos y anima a sus entrevistadores a que se inventen las respuestas, los interroga sobre el mundo de Hollywood y esquiva hablar de cosas “serias”, pero basta con rascar un poco para ver que tras esa capa se escondía una mente lúcida a la que simplemente no le apetecía jugar a tomarse en serio a sí mismo y bastante crítica con algunas actitudes.

“Me pregunto cómo es que todo el mundo quiere dárselas de algo, y se pone ropa extravagante y cosas por el estilo, y acaba pareciendo uno más”.

También explica por qué desprecia las entrevistas:

“Creo que las preguntas que me suelen hacer en las entrevistas deberían ser más inteligentes y brillantes, deberían intentar averiguar más cosas sobre mí”.

“Fue una pregunta superficial, así que les di una respuesta superficial”.

Entrevistar a Warhol no era fácil, pero cuando algun periodista lograba derribar el muro de indiferencia y sus recurrentes “no sé”,  regalaba grandes entrevistas. Y el libro está lleno de ellas.

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Watdafac: galería a a vista

Habrá a quien le suene el nombre de Manuel Donada como 50% de Grabba Grabba Tape y fundador de Gssh! Gssh! y habrá a quien le suene por su trabajo como diseñador gráfico e ilustrador (suya es la ilustración que abre este post, ‘The Marvel in Me’)’. Por si fuera poco, Donada se ha metido ahora a galerista.

El próximo 19 de abril se inaugura en pleno centro de Madrid la galería Watdafac con una exposición del propio Donada. Ya hay cerradas una muestra de Braulio Amado y otra exposición colectiva con obras de Hugo Sierra, Rubenimichi, Arnau Sala, Nano 4814, HAZ, Luis Demano y otros nombres más que conocidos dentro del arte urbano y el diseño gráfico. La cosa promete…

arte música

11.11.11

Mañana hay una cita inusual pero muy interesante en Barcelona: Arnau Sala presentará 11.11.11, un proyecto que mezcla la música con la instalación artística y con el arte efímero.

Aprovechando la peculiar fecha (11.11.11), Arnau presentará un proyecto en el que combina música, numerología, artes gráficas y azar. El proyecto nace tras una colaboración con L’ull cec en Berlín: es entonces cuando Arnau comienza a trabajar en 11.11.11: once vinilos con once pistas cortadas a mano que terminan en un ‘loop’. Así lo explica Arnau en el boletín que envía L’ull cec:

Cada disco contiene 11 pistas ha sido cortado a mano indivualmente. Cada una de estas 11 pistas finaliza en un locked groove o surco cerrado, es decir, al llegar al final de cada pista la aguja se queda atrapada en un bucle infinito y la grabación se sigue repitiendo ad infinitum hasta que uno la reposiciona en otro punto del disco. Se trata pues de un loop mecánico, de una duración exacta de 1.8 segundos cuando la velocidad de reproducción seleccionada es de 33 1/3 revoluciones por minuto. (…) Durante el directo, combinaré los loops explorando las posibilidades que me ofrezcan, como herramientas únicas, 11 tocadiscos y mesas de mezclas.

En las últimas semanas, Arnau Sala ha ido colgando fotos, información y audios de este complejo trabajo que podéis ver aquí y aquí.

Si no me pillara a 600 kms de distancia, mañana a las 23 (en punto, por supuesto) estaría en la octava planta de Almogàvers 68-70 disfrutando de esta experiencia única.

Arnau Sala no es el único músico que va a aprovechar esta significariva fecha para hacer algo especial: Boredoms, como ya hicieron el 10/10/10 y cada día, mes y año coincidente desde el 7/7/7, harán su particular ‘boadrum’ en Australia.

(Aprovecho para recordar que mañana en Madrid también hay dos citas imprescindibles: concierto de Prisma en Llamas y la fiesta de aniversario de Tower of Meaning con Pional).

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‘Pina’

‘Pina’ no es un documental al uso: tiene una importante dosis de hagiografía, cierto; pero sobre todo tiene mucho de Pina. Me explico: el protagonista absoluto del documental es el baile. A través de las coreografías de Bausch el espectador se acerca a su obra de la mejor forma posible. Wenders apenas tira de archivo (salvo cuando se refiere a ‘Café Müller‘) y en algunos casos saca a los bailarines del teatro y les coloca en parques, complejos industriales, calles, acantilados, tranvías, piscinas o incluso túneles abandonados con grafitis de Os Gemeos. Esa aparente descontextualización funciona, porque da más fuerza a algunos de los temas latentes en la obra de Pina: incomunicación, absurdo, ‘joie de vivre’, muerte, miedo, soledad, pasión, locura, incomprensión, manipulación… Temas universales sin fecha de caducidad.

Las declaraciones de los bailarines de su compañía tampoco están filmadas como se espera en un documental: Wenders les graba con la boca cerrada, mirando a cámara, mientras suena su voz en off con los recuerdos de Pina. Por lo que cuentan los bailarines de su compañía Pina era reservada, apenas daba instrucciones, dejaba que fueran los propios bailarines quienes encontraran su voz, su estilo, su camino y su motivación.

Wenders consigue con ‘Pina’ que el público se acerque a la obra de la coreógrafa y que explore su universo desde dentro, sin decir al espectador qué tiene qué pensar y sin entrar en detalles biográficos. Es la obra la que define la vida del artista, y no al revés, como sucede en la mayoría de los documentales. Un documental atípico, digno de una mujer excepcional, innovadora y que estuvo trabajando hasta el último momento.

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Hace falta más arte

Me explico: hay artistas, muchos. Haciendo cosas interesantes. Pero apenas aparecen en los medios de comunicación. Salvo que se mueran, los medios generalistas rara vez se ocupan de los artistas: lo hacen cuando se falla el premio Turner o cuando se celebra la Bienal de Venecia, pero poco más. A lo sumo dedican páginas a Tàpies o Barceló, que tienen ya reservado con creces su espacio en la historia del arte. Se hacen eco de exposiciones de Antonio López y de otros artistas que más que modernos ya son clásicos. Warhol y Picasso ya son arte clásico, ¿por qué se les sigue tratando como a artistas contemporáneos?

Con suerte se pueden leer reportajes sobre Tracey Emin o Damien Hirst, pero rara vez explican, por ejemplo, que cuando Hirst decidió vender su obra sin la mediación de marchantes o galerías fue como cuando un gran grupo decide autoeditar su obra y pasar de las discográficas.

Reconozco que fui una privilegiada: gracias a que trabajé en Neo2 en seguida me familiaricé con nombres como Pepo Salazar, Carles Congost, Gilbert & George, Maurizio Cattelan o Jake & Dinos Chapman. Pero son artistas casi desconocidos para el gran público. La mayoría de los grandes medios siguen ignorando el arte moderno y como mucho se centran en la anécdota.

Recuerdo que en diciembre de 2008 compré con gusto Interview: todo un número dedicado a artistas emergentes como Banks Violette, cuya obra ya se exhibe en el Guggenheim de Nueva York. Devoré aquel ejemplar.

Estaría bien poder leer algo más de arte sin que tenga que aparecer en la sección de obituarios.

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El mundo del arte, contra las cuerdas


No es la primera vez que se pone en entredicho el arte moderno: cada nueva entrega de los premios Turner sirve para poner en tela de juicio a artistas, críticos, galeristas y todo el que se ponga por medio. Pero a menudo, la mejor crítica es la que además consigue arrancar sonrisas y guiños de complicidad incluso entre los neofitos, y éso es exactamente lo que hace Roger Corman en “A bucket full of blood”.

Dirigida en pleno auge del movimiento beatnik (1959), la cinta pretende parodiar a los beats. Hay personajes en los que incluso se puede reconocer a Ginsberg: ¿se puede pasar por alto que el poema que recita Brock al principio de la película está inspirado en “Aullido”? Creo que no.

El argumento es sencillo: Walter Paisley se pudre en un local de moda limpiando mesas mientras sueña con pertenecer a ese grupo de artistas a los que sirve café y retira los ceniceros sucios. Pero nadie le hace caso: no es uno de ellos, así que nada de lo que dice interesa a sus admirados poetas y pintores. Hasta que un día aparece con la escultura de un gato. De la noche a la mañana, Paisley deja de ser un camarero para convertirse en un artista más. Hasta adopta sus tics y su forma de vestir. Para ello cuenta con la ayuda inestimable del dueño del bar, quien de repente se convierte en improvisado marchante libre de prejuicios: lo que sea en el nombre del dinero arte.

A partir de ese momento se desarrolla una trama cercana al cine negro (de serie B, eso sí) pero que sirve de excusa para reírse de poetas, músicos, modelos, coleccionistas y demás bon-vivants que se mueven alrededor de las “magistrales” obras de arte de Paisley.

Está claro que la cinta de Corman no tiene más pretensiones que la de ser un divertimento con el que reírse a costa de los entonces emergente beatniks (la banda sonora, por supuesto, cuenta con buenas dosis de jazz). Y lo consigue, que no es poco. Pero es que además pone contra las cuerdas un mundo del arte en el que cada vez hay más clichés.

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Morente

Me dolió la muerte de Morente. No hacía ni un mes que le había visto actuar en Torrelodones: no hubo más espacio que para el flamenco puro, y ni falta que hizo que hubiera más. La voz de Morente emocionaba, ponía la carne de gallina, hacía saltar las lágrimas de emoción y daba ganas de bailar. Era capaz de lograr todo eso con un solo recital. Aquella fría noche de noviembre que le vi actuar no me sorprendió: ya se lo había visto hacer mucho antes, muchos años y muchas veces antes.

La voz de Morente era capaz de emocionar y estremecer como pocas. Escucharle y no enamorarse inmediatamente denota falta de sensibilidad o algún tipo de tara de difícil cura: su voz era humana, tremendamente humana. No hay que ser un aficionado al flamenco para entenderle. Yo me sumergí de lleno en el mundo de Morente (que es -era- al fin y al cabo el mundo de cualquier ser humano) hace ya más de una década, y desde entonces su voz me ha acompañado en solitario, con Lagartija Nick, con Sonic Youth y con Los Planetas. Porque Morente tocó todos los palos y con todos los músicos que se le pusieran por delante, tuvieran algo que ver o no con el flamenco: éso le hacía aún más grande en un mundo (el del flamenco) que a veces peca de estrecho y pequeño.

Ya se ha estrenado el documental Morente de Emilio Ruiz Barrachina. Más que un documental, resulta un testimonio gráfico en el que podemos ver a Morente paseando por Madrid y Granada, respondiendo entrevistas por teléfono o ensayando con sus músicos. Poco o nada se cuenta de su vida, y lo poco que se cuenta es anecdótico o previsible (los halagos de su familia y allegados). Aparentemente el documental quiere ahondar en la gestación de “El barbero de Picasso”, pero tampoco lo consigue. Supongo que el montaje del documental debió quedar influenciado por la muerte de Morente y al final se queda a medio camino entre una cosa y la otra, entre la aspiración a biografía y la documentación de la obra. “Ni chicha ni limoná”, vaya. Una lástima, porque tanto la historia de Morente como la amistad entre Picasso y su barbero dan para mucho más. El documental, al menos, es una buena oportunidad para disfrutar de la voz de Morente de la forma más parecida a la que suponía verle en directo. Que no es poco.

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‘With Gilbert & George’

Uno de los grandes problemas del arte moderno, no me canso de decirlo, es su ruputura con el público: un público que no lo entiende y que por desgracia, en su mayoría, desconoce por completo los principales nombres del arte actual. Quitando a Tapiès, Barceló, Tracey Emin o Damien Hirst (y éstos porque son artistas que muy de tarde en tarde aparecen en los telediarios), el resto de los artistas contemporáneos son grandes desconocidos. Y cuando su obra asalta al espectador encontramos los chascarrillos de siempre “esto lo hace cualquiera”, “vaya mierda”, “ni siquiera saben dibujar” y ese largo etcétera lleno de lugares comunes. Como si el arte tuviera que quedarse anclado en la pintura figurativa o en el hiperrealismo de Antonio López. Cuidadito con hacer algo nuevo, que no pienso molestarme en pensar por qué alguien mete una vaca en formol o en qué significa. Y mucho menos en aceptarlo (aunque se acepte, eso sí, el urinario de Duchamp).

De acuerdo en que no todo lo que se ve es arte, pero no todo lo que se edita es literatura o música. Al menos no es bueno. Pero el problema es que vivimos en una época en la que se hace muy poco por acercarse al arte o por entenderlo. Culpo a los museos, que rara vez exponen algo posterior a los años 60 (el MUSAC de León, el MACBA de Barcelona o el CAC de Málaga son dos honrosas excepciones) y culpo también a los medios de comunicación generalistas que sólo se acuerdan del arte cuando se fallan los premios Turner o cuando se celebra ARCO. Una lástima, porque la mejor forma de conocer a un artista es viendo su obra. Y (casi) ninguno tendrá problemas en explicar qué hay detrás de lo que hace si se le da la oportunidad.

Una buena prueba de ello son los artistas Gilbert & George, que durante casi dos horas explican en el documental de Julian Cole ‘With Gilbert and George’ no sólo cómo hacen su obra, sino lo que pretenden transmitir con ella. Incluso se toman la molestia de llamar a los periodistas que publican críticas sin haberla comprendido para explicarles todo. Aunque ahora son dos artistas ‘consagrados’ que cuentan con el beneplácito de la crítica y que incluso aparecen en la prensa con relativa frecuencia, no siempre ha sido así: desde que se conocieron en St. Martins hasta sus compañeros les miraban como a bichos raros. Ninguna galería quería saber nada de ellos y su obra fue rechazada sistemáticamente. Así que optaron por hacer arte de su propia vida. Empezaron haciendo esculturas humanas hasta llegar a donde están ahora, entre los grandes nombres del arte contemporáneo.

El haber conseguido hacerse un hueco en un mundo tan cerrado no les ha hecho asentarse un ápice: siguen cuestionando absolutamente todo, desde el pensamiento único a la religión pasando por el racismo. Pero lo hacen de una forma tan colorista que la crítica puede pasar casi desapercibida para alguien que se limite a ver en vez de a mirar. Pero su obra tampoco es elitista ni pretende serlo. De hecho, en el documental (dirigido con humor, cariño y mucho talento) reivindican la idea del “arte para todos” y hablan de la importancia que tiene para ellos que su obra se pueda ver y entender en cualquier parte del mundo. No hablan con la boca cerrada: en 1990 expusieron en la extinta Unión Soviética pese a la oposición del Gobierno británico y teniendo que llevar incluso los clavos con los que colgar las obras porque Rusia estaba al borde del colapso económico y no tenían ni para montar la exposición. Pero lo que más me maravilla, sin duda alguna, es el fervor con el que creen que el arte puede cambiar personas y sociedades. Una creencia que el arte (en cualquiera de sus formas) nunca debería perder de vista.

En Filmin se puede ver ‘With Gilbert and George’ por 1,95. Quien viva en Madrid, además, se puede pasar por la galería Ivory Press hasta el 14 de mayo para ver su última obra.