Uno de los grandes problemas del arte moderno, no me canso de decirlo, es su ruputura con el público: un público que no lo entiende y que por desgracia, en su mayoría, desconoce por completo los principales nombres del arte actual. Quitando a Tapiès, Barceló, Tracey Emin o Damien Hirst (y éstos porque son artistas que muy de tarde en tarde aparecen en los telediarios), el resto de los artistas contemporáneos son grandes desconocidos. Y cuando su obra asalta al espectador encontramos los chascarrillos de siempre “esto lo hace cualquiera”, “vaya mierda”, “ni siquiera saben dibujar” y ese largo etcétera lleno de lugares comunes. Como si el arte tuviera que quedarse anclado en la pintura figurativa o en el hiperrealismo de Antonio López. Cuidadito con hacer algo nuevo, que no pienso molestarme en pensar por qué alguien mete una vaca en formol o en qué significa. Y mucho menos en aceptarlo (aunque se acepte, eso sí, el urinario de Duchamp).
De acuerdo en que no todo lo que se ve es arte, pero no todo lo que se edita es literatura o música. Al menos no es bueno. Pero el problema es que vivimos en una época en la que se hace muy poco por acercarse al arte o por entenderlo. Culpo a los museos, que rara vez exponen algo posterior a los años 60 (el MUSAC de León, el MACBA de Barcelona o el CAC de Málaga son dos honrosas excepciones) y culpo también a los medios de comunicación generalistas que sólo se acuerdan del arte cuando se fallan los premios Turner o cuando se celebra ARCO. Una lástima, porque la mejor forma de conocer a un artista es viendo su obra. Y (casi) ninguno tendrá problemas en explicar qué hay detrás de lo que hace si se le da la oportunidad.
Una buena prueba de ello son los artistas Gilbert & George, que durante casi dos horas explican en el documental de Julian Cole ‘With Gilbert and George’ no sólo cómo hacen su obra, sino lo que pretenden transmitir con ella. Incluso se toman la molestia de llamar a los periodistas que publican críticas sin haberla comprendido para explicarles todo. Aunque ahora son dos artistas ‘consagrados’ que cuentan con el beneplácito de la crítica y que incluso aparecen en la prensa con relativa frecuencia, no siempre ha sido así: desde que se conocieron en St. Martins hasta sus compañeros les miraban como a bichos raros. Ninguna galería quería saber nada de ellos y su obra fue rechazada sistemáticamente. Así que optaron por hacer arte de su propia vida. Empezaron haciendo esculturas humanas hasta llegar a donde están ahora, entre los grandes nombres del arte contemporáneo.
El haber conseguido hacerse un hueco en un mundo tan cerrado no les ha hecho asentarse un ápice: siguen cuestionando absolutamente todo, desde el pensamiento único a la religión pasando por el racismo. Pero lo hacen de una forma tan colorista que la crítica puede pasar casi desapercibida para alguien que se limite a ver en vez de a mirar. Pero su obra tampoco es elitista ni pretende serlo. De hecho, en el documental (dirigido con humor, cariño y mucho talento) reivindican la idea del “arte para todos” y hablan de la importancia que tiene para ellos que su obra se pueda ver y entender en cualquier parte del mundo. No hablan con la boca cerrada: en 1990 expusieron en la extinta Unión Soviética pese a la oposición del Gobierno británico y teniendo que llevar incluso los clavos con los que colgar las obras porque Rusia estaba al borde del colapso económico y no tenían ni para montar la exposición. Pero lo que más me maravilla, sin duda alguna, es el fervor con el que creen que el arte puede cambiar personas y sociedades. Una creencia que el arte (en cualquiera de sus formas) nunca debería perder de vista.
En Filmin se puede ver ‘With Gilbert and George’ por 1,95. Quien viva en Madrid, además, se puede pasar por la galería Ivory Press hasta el 14 de mayo para ver su última obra.