Cine de sobremesa

En domingos lluviosos y fríos como hoy, en que lo único que apetece es esconderse bajo una manta y ver una película, no puedo evitar acordarme de aquellos ciclos de cine clásico con los que crecí: cada sábado y domingo, después del telediario, pasaban por una de las dos únicas cadenas de televisión una película “antigua”. Entonces no éramos tan modernos y lo del cine en blanco y negro no era una cuestión de esnobismo o audiencias, tampoco estaba mal visto que pusieran largometrajes de los años 50 y lo normal era que dedicaran ciclos enteros al western, a las películas de gángsters, de aventuras… Mis favoritas, sin duda, eran las de piratas y mafiosos. Y si encima las protagonizaba una mujer (como en el caso de ‘La mujer pirata’), ya no podía pedir más.

Para cuando llegué a mi adolescencia, además de haber desarrollado un gusto por las películas de época que aún arrastro, tenía un bagaje cinematográfico mínimo. No resulta difícil encontrar a alguien nacido en los 70 que se haya visto más películas del oeste que alguien de la generación posterior.

Ahora, cada fin de semana, la misma historia: películas en color, modernas sin duda, pero planas. Antes que echar una cinta en blanco y negro, las televisiones prefieren apostar por un “Estrenos TV” con niñera perversa, padres alcohólicos, hijos conflictivos y demás miserias. Cine de resaca, vaya.

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