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“20.000 days on Earth”: una elegía

20days

A priori, “20.000 days on Earth” suena un poco a paja mental: una película en tono documental escrita por Nick Cave, protagonizada por Nick Cave, con música de Nick Cave y sobre Nick Cave. Vamos, que si no te gusta Nick Cave, para qué vas a ver una cinta que parte de una premisa totalmente autocomplaciente, amable y hasta egocéntrica…  Pero no, resulta que la cosa va un poco más allá.

Es cierto que la cara que se ofrece de Cave es más bien amable y que pasa de puntillas por los temas más espinosos (impagable esa escena con Blixa, en plan amante despechado, con una tensión que bien puede ser impostada o absolutamente real) o los toca desde la anécdota o en clave de humor (como lo de su rutina yonki misa-chute), pero de forma seguramente premeditada, a medida que avanza la película ésta se va convirtiendo en una reflexión sobre la memoria, la vejez (el final, con las imágenes de un Cave jovencísimo intercaladas en fogonazos entre otras de una actuación reciente y una reflexión que no por manida deja de ser menos cierta: más vale arrepentirse de lo que se hace que dejar que la vida pase de puntillas.

Y sales del cine y piensas que lo último que te apetece es coger el tranvía y ver a un montón de gente que sólo mira la pantalla de su móvil, estando sin estar, así que te adentras en la espesa niebla y caminas a casa por esas calles ya vacías, aunque tardes más en llegar y el frío empiece esté llamando a la puerta, porque sabes que al menos ese momento no se convertirá en otro rutinario y alienante viaje.

batiburrillo

“Berlinversary”

Pues un año ya aquí, y se me ha pasado rápido, sobre todo cuando pienso en todo lo que me quedar por ver, hacer, leer y aprender (sobre todo alemán).

Como no tengo mucho tiempo, me voy a limitar a enumerar algunas de las ideas preconcebidas a las que me llevo enfrentando este año, ideas, que en el 99% de los casos, vienen además de gente que no ha vivido nunca aquí y casi nunca fuera de su país.

– Mi vida es una fiesta continua: NO.

– En Alemania son más eficaces: NO necesariamente. Buena suerte con la instalación de internet y la burocracia.

– Berlín es baratísimo: NO. Ya no.

– Te vas de España y no luchas por tu país, es egoísmo: NO. Del concepto decimonónico de nación hablamos otro día, y de qué ha hecho mi país por mí, también, y de que sólo tengo una vida, creo que no hace falta ni hablar.

– Puedes vivir sin alemán: sí… pero NO. Buena suerte buscando piso, dentista o leyendo un menú.

– ¿Cuándo vas a volver? No lo sé, no tengo prisa, no es algo en lo que piense. La forma en que haces planes y piensas en el futuro cambia radicalmente cuando vives fuera. Además, soy feliz  aquí.

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Cuando los bosques entran en los museos

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A priori, la idea de encerrar un bosque en un museo suena horrible… hasta que se ve. Aprovechando que van a renovar la Neues Nationalgalerie (siempre digo que Berlín aún está en proceso de construcción, que a diferencia de otras capitales europeas, no está “terminada”), David Clipperfield ha metido nada menos que 144 troncos que ejercen de magníficas columnas del edifico de Mies van der Rohe y que a su vez también provienen de un bosque del norte de Alemania en proceso de renovación (de vuelta al nada se tira, todo se transforma, tan intrínseco a la ciudad de Berlín).

Impresiona ver esos abetos desnudos y centenarios ahí metidos: por fuera parece una vitrina de un museo de ciencia, pero una vez dentro,  y pese a la disposición tan geométrica de los troncos (y tan poco natural) que tienen, la luz cenital consigue insuflarles una nueva vida.

 

He hecho algunas fotos, pero mucho me temo que no le hacen justicia.

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Matthew Herbert: “The recording” (2ª entrega)

Sigo fascinada con el espacio de debate que ha creado Matthew Herbert en la Deutsche Oper: no se trata tanto del resultado (que se presenta el jueves y para el que está todo vendido) como del proceso en sí, y las preguntas que ese proceso genera (por supuesto, ahí hay muchas butacas vacías, que la “fiesta” es lo primero, aunque luego tengas un “lost in translation” en toda regla). Y durante ese proceso se ha hablado de religión, de rituales, de modos de vida, del virtuosismo… y de lo que se seguirá hablando, porque cada día se pone un tema sobre la mesa que se disecciona con la ayuda de ponentes con bagajes bien distintos…

Y hoy, a propósito del virtuosismo (en el que ha salido varias veces, por cierto, el nombre del músico que más me ha aburrido en directo los últimos años pese a su impecable técnica), ha salido a colación el “Get Ur Freak On” de Missy Elliot. Se preguntaba Herbert cómo era posible que una canción tan buena, tan perfecta, tuviera un mensaje tan tonto, que vaya una oportunidad desperdiciada. Y yo, que no me puedo callar ni debajo del agua, mirando a ese panel que hoy estaba compuesto por una mayoría de hombres blancos presumiblemente heterosexuales que están en una posición privilegiada (no ha sido la norma, el de ayer era sólo de mujeres, pero el de hoy incluía a periodistas y programadores de conciertos, músicos de la Deutsche Philarmonie y sólo una mujer), he tenido que decir que no, que con todos mis respetos, pero discrepo. Discrepo profundamente. Me parece que una mujer negra, que además no responde al estándar de belleza que impone la norma, saque un temazo como “Get Ur Freak On” (con una letra que además juega con la sexualidad), me parece revolucionario, sobre todo en un momento en el que las riot grrrls estaban muertas y enterradas y en el que el hip hop llevaba el nombre de Eminem. Y para mí, Missy Elliot cantando aquello empoderaba tanto a la mujer como Patti Smith agarrándose una polla imaginaria en sus actuaciones del CBGB´s mientras cantaba “Gloria”, y un corte de mangas al patriarcado y a lo que la mujer puede/debe hacer como cualquier otro.

Yo no sé si después de mi intervención de hoy me van a prohibir la entrada al resto de jornadas o si Herbert recogerá el guante del reto que le han lanzado hoy: componer mañana un tema en alemán que diga el equivalente a “Get Ur Freak On”. Mañana, por desgracia, no voy a estar allí. Pero si alguien va, por favor que me cuente cómo termina la cosa… no sea que el miércoles me veten en la puerta.

música política

Matthew Herbert: “ruido, se graba”

Siempre quise colarme en un estudio de grabación, lo que no podía imaginar es que iba a ser posible hacerlo nada menos que en el de Matthew Herbert y, además, ser parte activa de la misma. De eso va “The Recording”: durante una semana, el británico graba con y ante el público un álbum en la Deutsche Oper en la que el público, además, participa de todas las maneras imaginables (haciendo ruidos que se samplean posteriormente, hablando en paneles de discusión que giran en torno a la música y la política, asistiendo a los ensayos…).  Es fascinante ver cómo todos esos sonidos van convirtiéndose en una pieza coherente, asistir a sus transformaciones, escuchar cómo se hace algo y por qué… y todo, con un hilo argumental: ayer, el placer; hoy, la espiritualidad.

Las jornadas terminan el jueves 25, con una fiesta en la que se presentará el álbum, y para la que ya no quedan entradas, pero sí las hay para participar en la grabación (cada sesión dura seis horas, se puede entrar y salir libremente y sólo cuesta 5 euros). No sólo lo recomiendo, es que me da rabia incluso no poder ir cada día. Fotos de ayer, por aquí.

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Estudios de lujo… nür in Beelitz

En una ciudad en la que un alcalde que se cree Gallardón tiene que dimitir porque se embarca en la construcción de un aeropuerto faraónico y en la que la especulación inmobiliaria hace ya tiempo que se deja sentir, estaba cantado que los espacios abandonados tenían los días contados.

La última víctima es el complejo hospitalario de Beelitz, construido en el siglo XIX: el edificio sobrevivió dos guerras (incluyendo la presencia de Hitler como paciente), la división del país, servir de decorado para alguna que otra película y las visitas de cientos de aficionados al “urbex”… pero lo que lo ha rematado son los hipsters con dinero, que han comprado el complejo (no quiero ni imaginarme la pasta que ha tenido que costar) y lo van a convertir en lucrativos estudios para “fotógrafos, músicos, escritores, diseñadores…” a 1.800 euros el metro cuadrado del más barato (muy bohemio todo, “natürlich”). ¿Que te da mal rollo terminar convertido en una especia de Jack Nicholson con “cabin fever” por estar en un sitio con tanto peso histórico malrollero? No pasa nada, habrá una sala comunal, no sea que a un arrendatario le dé por pasearse con un hacha gritando que está viendo al fantasma de Hitler…

Y para celebrar tan magno acontecimiento, mañana hay un “picnic” en el que los asistentes (entre los que intuyo mucho bigotito hipster y barba post-irónica) serán recibidos por una mujer vestida de enfermera (no especifican de qué época, pero intuyo que decimonónica no será, intuyo que se decantarán por una pin-up imposible). ¿El cebo para ir al picnic y dejarse los cuartos en un proyecto de especulación? “Eh, que es tu última oprtunidad de ver Beelitz tal y como está”. Pues conmigo que no cuenten, danke.

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La cara menos amable de la RDA

Ese minúsculo pedazo de cielo, con guardas de seguridad armados vigilando en la valla de la izquierda, es el único pedacito de cielo que veían los presos de la stasi, en un minúsculo patio en el que hacían ejercicio. Un pedazo de cielo de apenas unos metros, pero que era un mundo para quien dormía en celdas de grueso cristal viselado que no permitían saber si era invierno o verano, si nevaba o llovía, ni en qué ciudad se estaba siquiera… La cárcel de Hohenschönhausen estuvo abierta hasta 1989, y cuesta creer que tanto horror siguiera vivo hasta la caída del muro.

 

Desde el momento mismo de la detención, el objetivo de la stasi era único: romper a los presos y obligarles a firmar confesiones inventadas por el personal que allí mismo tenía oficinas en las que redactaban delitos y faltas a voluntad: y era fácil que firmasen esas confesiones tras pasar un confinamiento absoluto, en el que no había contacto alguno con otro recluso, en el que hasta escribir, dibujar, cantar o bailar se castigaba con un aislamiento aún mayor (celdas de dos por dos, sin ventanas, sin váter, sin colchón, sin calefacción). El régimen de internamiento y el shock por el arresto (del que nunca se daban motivos ni explicaciones) eran tales que hasta tenían celdas acolchadas, totalmente oscuras, sin una mísera cama, para quien se volvía loco (¿cómo no enloquecer en una prisión en la que te despertaban si no estabas durmiendo en la postura reglamentaria?).

Sospecho que el museo de la DDR, que aún no he pisado, debe ser mucho más “amable”, más “simpático”, apto para todas las familias. Pero la prisión de Hohenschönhausen, que además enseñan quienes allí estuvieron presos (o guías más jóvenes que han aprendido de ellos) deja una huella difícil de borrar. “Ostalgie, oder?

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1055 Berlin

1055 berlin

La primera vez que pisé Berlín, hace ya diez años largos, la ciudad aún no llevaba la palabra “gentrificación” escrita en su ADN (¿se había acuñado el término siquiera?) pero era evidente que la transformación iniciada con la caída del muro iba a toda velocidad. Pese a todo, no había dinero para tanta reforma y eran muchas las calles que aún gritaban su pasado reciente desde fachadas grises y agrietadas (en algún momento tengo que recuperar las fotos de aquel viaje, con aquella gigante pancarta que colgaba en Kastanienalle y en la que se leía “8 Mai nazi frei”).

Prenzlauer, que era donde me quedaba entonces, estaba aún lejos de ser el cotizado barrio que es ahora, y aunque ya apuntaba maneras, aún era fácil darse de bruces con la historia sin tener que ir a buscarla rascando la superficie.  Pero desde luego, nada que ver con el Prenzaluer que documenta Jürgen Hohmuth en “1055 Berlin“: calles prácticamente vacías, comercios fantasma, hombres grises cruzando puentes y una juventud que se niega a resignarse y que crea sus propios códigos, sobre todo unos códigos estéticos que están en las antipódas de sus vecinos.

Al llegar a casa, mirando esas fotos una y otra vez, he empezado a preguntarme hasta qué punto es lícita esa cantinela del “Berlín ya no es lo que era”. ¿Qué Berlín reivindica esa sentencia? Porque ese Berlín pobre, gris y de vecinos-espías, no puede ser.

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Aquí todo se recicla(ba)

Hasta los edificios. ¿Que no sabes qué hacer con el búnker de Hitler? Pues lo conviertes en un párking. ¿Que tienes torres de vigilancia abandonadas? Perfectas para practicar escalada y dar cobijo a miles de murciélagos en Berlín. ¿Una fábrica en desuso o una planta eléctrica en desuso? Pues se convierte en club o sala de conciertos y a otra cosa. Y así, decenas de ejemplos.

Pero en una ciudad en la que el mercado inmobiliario se está convirtiendo en un negocio muy lucrativo (y que a mí me recuerda cada vez más a la cultura del “ladrillazo”), esto no podía durar: quieren poner hoteles y pisos de lujo en la East Side Gallery, se pudo frenar una propuesta muy parecida en el aeropuerto de Tempelhof y ahora se están recogiendo firmas para evitar que el rastro de Mauerpark cambie de mano (donde por supuesto, también se quieren construir viviendas de lujo, porque pese a ser la ciudad con más paro de Alemania, aquí se ve que sólo se conciben los pisos de “alto standing”). Se ve que la paciencia de los de siempre está llegando al límite y que no están por la labor de aguantar más votaciones, manifestaciones o cortapisas, porque la última víctima ha sido el parque de atracciones de Spreepark: directamente lo han incendiado. Ahora es cuestión de tiempo ver quién pone el primer ladrillo.

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“Estaba todo roto”

Camino de Müggelsee, el lago más grande de Berlín y situado en la antigua RDA, sólo se ven mansiones y casas antiguas con decoración art-déco. Metros y metros de casoplones no tan modernos como los del área de Wannsee (el primer sitio en el que me reí y mucho de aquéllo que dicen de que Berlín es “poor but sexy”), pero dede luego mansiones que bajo ningún concepto esperaba encontrar en una zona de la otrora Alemania oriental. En seguida he comenzado a fabular con los altos cargos de la república que debían vivir en el área. No encontraba otra explicación hasta que un matrimonio alemán nos han dicho que en esa zona, en los 80, “estaba todo roto”, todo fatal, o que quienes vivían en Prenzlauer Berg en la época lo decían casi con vergüenza, porque era una de las zonas de Berlín que peor estaba, y ahora, en cambio “nuestra hija paga 500 marcos (sic) por una habitación”.

Luego paseas por la playa de Müggelsee y te sientes como un figurante en “Goodbye Lenin“: hombres mayores con mullet, “speedos” de colores y estampados imposibles, mujeres bañándose en ropa interior, chavales con los gayumbos asomando bajo el bañador y abuelas tapándose la nariz con una hoja de árbol para no quemarse (en vez de usar protección solar) y te preguntas cómo viven esas personas los cambios que aún se producen en la ciudad, si para ellos son gentrificación o una simple mejora, esa reconstrucción que en Berlín occidental se pudo llevar a cabo tras la guerra pero que en el oriental se quedó a medio hacer. Pero lo que tengo cada vez más claro es que aún existen dos “berlines”, y a veces sólo los separan seis estaciones de S-Bahn.