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“Estaba todo roto”

Camino de Müggelsee, el lago más grande de Berlín y situado en la antigua RDA, sólo se ven mansiones y casas antiguas con decoración art-déco. Metros y metros de casoplones no tan modernos como los del área de Wannsee (el primer sitio en el que me reí y mucho de aquéllo que dicen de que Berlín es “poor but sexy”), pero dede luego mansiones que bajo ningún concepto esperaba encontrar en una zona de la otrora Alemania oriental. En seguida he comenzado a fabular con los altos cargos de la república que debían vivir en el área. No encontraba otra explicación hasta que un matrimonio alemán nos han dicho que en esa zona, en los 80, “estaba todo roto”, todo fatal, o que quienes vivían en Prenzlauer Berg en la época lo decían casi con vergüenza, porque era una de las zonas de Berlín que peor estaba, y ahora, en cambio “nuestra hija paga 500 marcos (sic) por una habitación”.

Luego paseas por la playa de Müggelsee y te sientes como un figurante en “Goodbye Lenin“: hombres mayores con mullet, “speedos” de colores y estampados imposibles, mujeres bañándose en ropa interior, chavales con los gayumbos asomando bajo el bañador y abuelas tapándose la nariz con una hoja de árbol para no quemarse (en vez de usar protección solar) y te preguntas cómo viven esas personas los cambios que aún se producen en la ciudad, si para ellos son gentrificación o una simple mejora, esa reconstrucción que en Berlín occidental se pudo llevar a cabo tras la guerra pero que en el oriental se quedó a medio hacer. Pero lo que tengo cada vez más claro es que aún existen dos “berlines”, y a veces sólo los separan seis estaciones de S-Bahn.

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¿Y si el verano no existe en Berlín?

¿Y si es en realidad una ficción? ¿Y si sólo es la cantidad de luz diaria la que marca el cambio de estación? Porque es el primer verano que paso en Alemania en el que no me separo de la manga larga ni el paraguas: en ninguna otra parte del país me había pasado antes., como si en vez de un verano fuera un otoño incipiente que regala estampas decadentes propias de “Muerte en Venecia”. Y pese a todo, la gente lo intenta, o se engaña a sí misma, y hay osados bañistas nadando en los lagos pes a los escasos 12 grados de temperatura… y es entonces cuando me pregunto si existe el verano en Berlín, o si acaso son esos doce grados que a mí me siguen pareciendo otoño.

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Bowie también es Berlín (pero sobre todo aquí)

Hace días ya que Bowie se ha adueñado de Berlín: hay un “Aladdin Sane” casi en cada calle recordando a la ciudad que Bowie ha vuelto, no hay periódico ni revista que no haya guiñado un ojo-rayo al músico ni berlinés (de nacimiento o adopción) ajeno a la exposición “David Bowie is“.

De la exposición se ha escrito ya todo, también de la carrera de Bowie, pero ningún artículo logra transmitir la sensación de estar en esa exposición, que lejos de quedar reducida a un muestrario de trajes y memorabilia, cobra vida y traza un retrato vívido de la obra e influencia de Bowie. Pero lo más espectacular, sin duda, es la parte dedicada a su etapa berlinesa, la más concurrida en la ciudad, una de las pocas salas en las que avanzar y asomar la cabeza a las llaves de su casa, a un koto o a unas fotos se convertía en tarea titánica. Decenas de berlineses, de todas las edades, miraban con atención aquellas imágenes de la ciudad dividida que Bowie conoció, ese plano del S-Bahn que marca cuál es el este y cuál el oeste, esas entrevistas en las que el músico habla de su vida aquí o esas proyecciones del concierto que dio en 1987 y que provocó enfrentamientos entre los jóvenes de la RDA que querían acudir al concierto y una policía que entonces aún podía evitar lo que en dos años más sería inevitable: no hace falta ser un fan de Bowie para emocionarse viendo a berlineses que probablemente vivieron aquello recorriendo la sala con una mezcla de emoción y reconocimiento. Porque sí, Bowie es muchas caras, muchas personas y muchas cosas, pero aquí, sobre todo, es Berlín.

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15M: ¿entre todos lo mataron y él solo se murió?

Estaba convencida de que el aniversario del 15M, como cada mayo, sería multitudinario, que Sol se cubriría una vez más de un mar de cabezas, que las portadas de los diarios abrirían con la ya clásica foto de cada año. Pero en su lugar fueron los colchoneros quienes inundaron las calles y coparon titulares, y hoy ni siquiera hay guerra de cifras en las escasas noticias que aparecen en la prensa, como si ya no importara, como si estuviera muerto, como si a nadie le interesara… Y me pregunto si es agotamiento o peor aún, que el “salir a la calle no sirve para nada” se haya convertido en realidad.

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La odisea de buscar piso en Berlín

En Berlín uno no vive en el piso que quiere, sino en el que puede, porque es el piso el que te elige a ti. Me explico: la búsqueda de piso empieza como en cualquier otra ciudad: horas y horas de rastrear anuncios en internet. Cuando ves algo que te gusta, escribes y empieza la odisea. Normalmente te dan cita X día a X hora, y salvo que tengas suerte, esa cita es inamovible, así que allá tú si te la dan en pleno horario laboral, que pierdes la oportunidad de ver el piso. Cuando llegas, encuentras a gente por decenas viendo el mismo piso, decenas de gente que entran y salen y esperan en la escalera, decenas compitiendo en plan “Battle Royale” con un arsenal de papeles: las tres últimas nóminas, un documento que previo pago de 20 euros asegura que no tienes deudas ni las has tenido y si eres solvente, un papel de tu casero diciendo que estás al día con todos tus pagos, fotocopia del pasaporte, en algunos casos hasta del contrato de trabajo vigente y además hay que rellenar un simpático formulario en el que te preguntan si fumas, tienes mascota y hasta bici (que qué importara tener o no bici para alquilar algo). Si además eres de fuera, es normal que te pregunten cuánto piensas quedarte en la ciudad (hay casos muchos más asquerosos, de auténtica xenofobia, en que directamente ves anuncios en internet que dicen en inglés y en mayúsculas “NO SPANISH PEOPLE”). Y luego, a esperar. Si llega alguien con más sueldo o avalado, ve despidiéndote de que te lo den. Y así día tras día, semana tras semana: he llegado a ver tres pisos por día, la media está en dos. Los he visto grandes, pequeños, con cocina amueblada, sin amueblar (ésa es otra, lo normal es que te toque un piso que sólo tiene fregadero y luego, agujeros para que te encargues tú de poner -y pagar- la cocina, y te los suelen dar incluso sin bombillas), con litera (se estila mucho aquí), sin ella, con balcón, sin él… Y seguimos, a saber cuántos pisos tengo que ver. Pero cada vez lo tengo más claro: aquí uno no se queda con lo que más le gusta, sino con lo que le toca. Y encima lo celebras como si te cayera el gordo de la lotería.

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Berlines paralelos

Una de las cosas que tiene Berlín es que a veces basta media hora en  transporte público para viajar en el tiempo, pisar barrios que aún parecen inmersos en la RDA o asomarse a esa Alemania romántica de bosques interminables recreada por Goethe y Friedrich o darse incluso de bruces con un parque que es una suerte de Poble Espanyol en el que pasas de un laberinto inglés a un pabellón chino en cuestión de metros (el parque más kitsch que he visto hasta la fecha en Berlín, dicho sea de paso, y que ese día acogía a cientos de adolescentes -y no tan adolescentes-  vestidos como sus héroes de anime). Cada nueva zona que exploro no hace sino reiterarme en algo que siempre he pensado, y es que no hay un Berlín, sino tantos como uno quiera y esté dispuesto a explorar… Y hoy me toca el del primero de mayo.

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Seis meses en Berlín

Hoy hace seis meses que aterricé en Berlín con maleta y media y una sonrisa que no me cabía en la cara y esas cursilerías que se suelen escribir en estas ocasiones y que en fin, para qué replicar. Medio año más tarde y aún me peleo con el alemán (creo que hasta para respirar debe regir dativo o acusativo según se inspire y expire), ya me parece lo más normal del mundo tener que pagar 20 euros para lograr un papel que diga que no tienes deudas para buscar piso y hace tiempo que dejó de llamarme la atención que la gente haga la compra poco a poco, casi a diario, en vez de para quince días.

Seis meses pero aún sigo rascando la superficie, abriendo bien los ojos, tratando de fijarme en los detalles con la curiosidad de las primeras semanas, con miedo a que la rutina no deje espacio a la sorpresa y a la disección.

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Cementerios berlineses: primer “round”

Me fascinan los cementerios: la forma en que un pueblo  entierra a sus muertos me dice tanto o más de su cultura que muchas otras cosas, porque a diferencia de la gastronomía, el ocio o la forma de vestir, el ceremonial de la muerte aún no está globalizado.

A diferencia de los cementerios españoles e incluso de los franceses, los alemanes son sobrios: rara vez se encuentra uno esculturas dramáticas que lleven escrito “sentimiento trágico de la vida” entre líneas (las pocas que hay, son casi todas antiguas), no hay cipreses de sombras alargadas y a menudo, incluso, el cementerio es incluso un lugar de recreo en sentido literal (en el de Prenzlauer hay incluso un parque infantil y los primeros días llama la atención ver a gente que va a correr al camposanto, luego ya se convierte en una estampa habitual). No es lo único que sorprende, también lo hacen otros detalles: esa lápida negra sin fechas o nombres pero con un inquisito “Warum?” escrito en el reverso o la existencia de un cementerio para los para los suicidas (condenado a desaparecer y en el que está enterrada Nico pese a no ser “namenlosen”) o la sobriedad espartana de las lápidas (las macabras fotografías enmarcadas atornilladas al mármol brillan por su ausencia). Ni siquiera Marx (Groucho) es capaz de superar el “weitermachen!” de Marcuse.

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El cielo sobre Berlín

El cielo de Berlín es inexistente, como un gran vacío, una nube plomiza enorme, capaz de cubrir toda la ciudad. La mayoría de las veces miras al cielo y no ves nada, sólo el vacío, el perfil de los edificios recortados con nitidez contra una claridad grisácea, uniforme, y a veces inquietante. Como si fuera un croma o el fondo de un plató de fotografía. No es contaminación, ni niebla, sino una “ausencia de cielo”.

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La “decadance” de Berlín

Una de las cosas que más me fascina de Berlín son los  edificios fantasma que aún se pueden encontrar: cada vez menos porque aquí también ha llegado la especulación inmobiliaria y cada vez más inaccesibles ya sea porque los van tapiando o porque alguien decide sacarse unos euros a costa de quien quiere colarse en un edificio en ruinas.

De los edificios abandonados que he visitado en Berlín, uno de los más fascinantes es  Grünau Ballhaus, un antiguo salón de baile/hotel/restaurante/zona-de-vacaciones que estuvo activo hasta bien entrado el siglo XX y que pese a la pintura desconchada, los techos caídos y el suelo agujereado, aún transmite buena parte de ese esplendor.

A tenor de la gente que había hoy (he llegado a contar casi una quincena de personas), sospecho que será cuestión de meses, si no semanas, que lo tapien por completo. Pero por unos momentos ha sido bonito imaginarlo en todo su esplendor decimonónico o en plena “decadance” durante los años 20.