
Por “culpa” de Luna Miguel me he vuelto a acordar de Umbral. De la piscina de Umbral, más bien: aquella célebre piscina que tenía en su “dacha” y en la que arrojaba sin piedad los libros malos que le enviaban. Siempre imaginé aquella piscina en un permanente día gris de otoño cubierta de hojas amarillas. Aun sin conocerla o haber visto jamás una foto, me fascinaba aquella piscina. La idea de usar un espacio “de ocio” como espontáneo contenedor de basura me parecía decadente, soberbio y punk.
Cada día leía la columna que Umbral publicaba en El Mundo y lamentaba no poder comentarla con mis amigos sin que me mirasen mal: eran los años en que tocaba manifestarse contra la Ley de Pasantía en la puerta del Colegio de Abogados (era realmente complicado rimar “pasantía” en una proclama sin rozar el ridículo), en que mi mejor amiga calzaba Dr. Martens rojas y tinte de pelo a juego para dejar claros sus colores y en los que prácticamente todo lo que viniera de una voz con autoridad estaba mal visto. Así que comentar lo que escribía un tipo decadente que hablaba de sus encuentros con Pitita o que llamaba “chais” a las mujeres era lo más parecido a buscar pelea.
Cuando murió, recordé su piscina. ¿La vaciarían de libros? ¿Los dejarían ahí? ¿Osaría alguien arrojar uno más?
A veces me pregunto qué fue de la piscina de Umbral.






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