periodismo

(Des)información digital

Nada nuevo ni que sorprenda, sobre todo si tenemos en cuenta que el obituario prematuro es de gatillo fácil en Twitter. Pero la lucha por la exclusiva, la primicia y el click a menudo aporta sólo ruido y desinformación.

Poynter (un observatorio de medios que cualquiera que se interese mínimamente en el periodismo debería seguir) señala que sólo en 2014 se escribieron más 1.500 artículos sobre 100 rumores (y eso que no conocen las tertulias del corazón de España, que entonces ya ese número se cuadruplica). Incluso cuando en el artículo en cuestión se menciona que se trata de un rumor, hay quien se lo toma como política de hechos consumados. Y lo que más grave: que se escribe la historia antes incluso de verificarla (volvemos a los obituarios de gatillo fácil).

La verdad es que el estudio poca cosa me ha descubierto (hace años que la cosa va de tonto el último en dar la noticia), pero sí me ha servido para conocer la existencia de Emergent, una web en la que comprobar si las noticias que circulan por ahí y que todos compartimos (entono el mea culpa) son o no ciertas. ¿La última que me han colado? La de que la prometida de Charles Manson sólo quería casarse con él para poder exhibir su cadáver en el futuro: exacto, aún sin verificar.

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Los muertos de Berlín

berlin

Cuando paseas por Berlín, cuando corres a través de un parque o cuando vas a casa de alguien, no piensas que estás pisando tumbas colectivas. Pero es así: la mayoría de las colinas que hay en los parques esconden escombros de la guerra (EE.UU. aprovecjó esas colinas artificiales para montarse su propia sede de la NSA en Teufelsberg) y los árboles del Tiergarten son nuevos, porque los berlineses los usaron para leña y después convirtieron el parque en un enorme campo de patatas. Lo que no sabía hasta que no leí ‘Una mujer en Berlín‘, pese a que no era difícil de intuir, es que llegó un momento en que tenían que enterrar a los muertos donde fuera, y ese donde fuera, a menudo eran los jardines de las casas y los parques.

Pero los muertos más duros de figerir de ‘Una mujer en Berlín’ son los muertos en vida: las violaciones, el hambre, los hogares destruidos…

El diario de Marta Hillers, que cuenta cómo sobrevivió a aquellos días en que la mejor protección que podía tener una mujer era emparejarse “voluntariamente” con un oficial soviético, en que no se sabía si habría comida en el plato al día siguiente o una casa en la que dormir y en que había que caminar hasta 20 kilómetros diarios para ir a trabajar (las bicicletas eran tan codiciadas se usaban incluso sin llantas y cubiertas y el transporte público no funcionaba). Lo hace sin piedad. La obra de Hillers fue cuestionada y en seguida se señaló que durante el nazismo había contribuido a hacer propaganda. Se persiguió tanto a Hillers, que ella se negó a que la obra se volviera a publicar. Hasta que no falleció en 2001, no se volvió a imprimir. Y en 2005, aún había que defender la autenticidad del contenido del libro.

Ya nadie se cuestiona las vivencias de Hillers que son, además, las de millares de berlinesas.

política

Syriza, Podemos… y esa derecha rancia que huele a cadáver

Esta portada de La Razón no es un fake: me gustaría que lo fuera, porque significaría que aún hay prensa digna, que la putrefacción no ha llegado al derecho a la información,  la ética, y a todas esas grandes palabras que se usan cuando se habla de periodismo (intento ponerme también en la piel de quienes trabajan allí por necesidad pero sin convicción, lo que deben sentir al ver “eso”). Pienso también en la imagen de ese Aznar de bigote cano y abdominales de acero apelando al miedo, a la España más negra, a esa que Valle-Inclán tan bien retrató. Pienso en Rajoy y en sus hilillos de plastilina, en Mato, en Soraya, en Bárcenas… y en toda esa mierda que cuando vives en el extranjero te da vergüenza ajena que se asocie con tu país. Pero lo peor no es eso, lo peor es pensar en qué clase de país te vas a encontrar cuando vuelvas (y si vuelves, porque cuando cada vez se van más es por algo) y en el país que tienen que aguantar cada día aquellos a quienes quieres y están allí, resignados ya, porque ya se han indignado tanto que  no les queda indignación.

Y entonces piensas en las elecciones, esas elecciones que les da miedo a convocar porque saben que tendrán que levantar sus culos trajeados de la poltrona, que no podrán perder en casa ningún otro Jaguar ni podrán seguir “trabajando en ello”.  Y toca pensar: “¿qué voto?, ¿Izquierda Unida otra vez para que el método D’Hondt regale mi voto a los de siempre, para que todo siga igual cuatro, ocho, doce años más?”.

Y llega Podemos, que no me convence, como no me convence ningún partido político ni nadie que llegue arriba. Echen la culpa a haber leído a Hobbes, échenle la culpa a la edad, pero me veo incapaz de creerme que todo va a ser color rosa cuando antes de llegar al poder ya están diciendo digo donde dijeron Diego. Que yo aún recuerdo esos “Otan, de entrada no” y luego ya sabemos cómo acabó la cosa.

Y también estoy cansada de que me vendan que la culpa de todo la tiene Alemania: vamos a ver, señores, Merkel gobierna para los alemanes. Ella pide, y la culpa no es de quien pide, sino de los calzonazos que nos gobiernan, se bajan los pantalones y dicen “¿con vaselina o a pelo?”. ¡Normal que no nos respeten! ¡Normal que sigamos hundidos en la mierda! La culpa no es de Merkel, sino de todos los Rajoys y Zapateros que vienen a Berlín olvidando que se deben a los españoles en vez de a su poltrona de cuero, a su sueldo de seis cifras y a su jubilación dorada como consejeros en empresas privadas o en universidades americanas en las que da charletas con acento de protagonista de culebrón.

Y lo raro no es que los catalanes se quieran independizar: lo raro es que no quieran independizarse muchos más. A mí a veces me entran ganas de montar un referéndum y plantarme en la embajada a decir “miren, que así no, que voy a hacer un referéndum yo también”.

Y votaré a Podemos con la nariz tapada. Todo sea, como dice un amigo, que no empiecen a subvencionar películas de koljosianas. Pero al “status quo” ya me lo conozco, ya sé lo que trae, ya sé a qué nos condena. Y empezamos a necesitar gente que no se baje los pantalones.

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“Stasiland”

stasiland

Se ha escrito mucho sobre el nazismo, pero de la Stasi y la RDA, menos. Al fin y al cabo,  se han tenido más años para estudiar el primero, pero sólo hace 25 años que el muro de Berlín cayó y supongo que aún son muchos los que no quieren hablar precisamente porque han pasado de tener la sartén por el mango a vivir en la sombra.  De eso precisamente trata “Stasiland”, una obra de Anna Funder que retrata el lado más amargo de la RDA, y lo hace a través de las víctimas de la Stasi, que se niegan a que el tiempo borre lo sucedido y la gente se quede con la cara amable que muestran algunos museos y películas, y los mismo agentes de la RDA, que a menudo se ven como pobres incomprendidos que no hacían más que luchar contra el capitalismo y la corrupción.

Anna Funder se entrevistó con víctimas y perseguidores a finales de los 90: para muchas de las víctimas, hablar con ella tuvo un efecto catártico. Otras, ni se reconocían como tales. Y entre los agentes de la Stasi, prima sobre todo la sensación de fidelidad a un régimen ya muerto, y sobre todo, el miedo a que se conozca su pasado.

Algunas cifras que da Funder hablan por sí solas: antes de que cayera el muro, 97.000 personas trabajaban para la Stasi y tenía además 173.000 informadores. Eso hace un total de un agente oficial o un espía por cada 63 personas. Si se incluye a los informadores a tiempo parcial, la cantidad se eleva a uno por cada 6,5 personas (y no había internet, ni Facebook ni nada que facilitara el espionaje, como sucede ahora con la NSA).

Cuenta Funder que cuando cayó el muro había tantos documentos incriminatorios de muertes y torutras por destruir que en la RDA se quedaron si destructores de documentos y tuvieron que ir de tapadillo a la RFA a por más.

Entre los documentos que se salvaron de la quema, aparecieron planes para una hipotética invasión de Berlín occidental, que empezaron a preparse en los 60 y en los que aún se trabajaba… ¡en 1985! y que detallaban hasta las condecoraciones que se darían en caso de victoria.

Pero lo más demoledor, sin duda, es el control absoluto que la RDA ejercía en sus ciudadanos a través de la Stasi. Puso en marcha un auténtico imperio del miedo y el terror que no se basaba en la paranoia, sino en la realidad (se hablaba del “mauer im kopf”, el “muro en la cabeza”). Como cuenta uno de los propios agentes a los que entrevistó Funder, a finales de los 80, el 65% de los líderes religiosos colaboraban con la Stasi… los mismos líderes en los que confiaban a menudo los resistentes al régimen porque las iglesias se convirtieron en uno de los centros de reunión de la disidencia. Había incluso un “archivo de olores“: ya fuera hurgando en la basura o con triquiñuelas, la Stasi se hacía con muestras de olores de los perseguidos, las guardaban en tarros y en caso de emergencia, ya tenían qué dar a los perros para darles caza.

Lo que venía después, lo que sucedía si te convertías en “persona non grata”, se puede ver en la cárcel de Hohenschönhausen, en pleno Berlín, pero que entonces era una isla dentro de otra isla, en cuyos alrededores sólo vivían los que trabajaban en la prisión (igualito que en Sachsenhausen, por cierto).

 

política sociedad

Berlín sale a la calle contra Pegida

El Reichstag y la puerta de Brandenburgo, apagadas contra Pegida.

 

Un tema del que se habla poco en la prensa española pero mucho entre quienes vivimos en Berlín, es el auge de Pegida (“patriotas europeos contra la islamización de occidente”), que llevan manifestándose desde que comenzó el invierno contra la islamización de Alemania: aunque dicen que no tienen ningún problema contra los musulmanes, la realidad que muestran es otra, se manifiestan con crucifijos decorados con la bandera alemana y a poco que se suelten las pocas veces que dan la cara en algún reportaje o que hablan desde el anonimato de los comentarios de internet, queda clarísimo que son anti-musulmanes y xenófobos. Su discurso se puede resumir en el escalofriante “Alemania para los alemanes, y si son cristianos, mejor”. Su líder, Lutz Bachmann, es un mirlo blanco con antecedentes penales que con sus consignas ha aunado a mucho alemán de a pie, a neonazis, y a la AfD, la extrema derecha con la que se reúnen los de Pegida esta misma semana (y ese encuentro, a muchos nos pone los pelos como escarpias).

Las marchas contra la “islamización de Alemania” están siendo multitudinarias en Dresden, donde ojo, sólo hay un 2,8% de inmigrantes (de los cuales, musulmanes son sólo el 0.1%). En Berlín, por ejemplo, los inmigrantes somos el 15%. Justo antes de Navidad, en Dresden salieron a la calle 12.700 personas a cantar “villancicos” y de paso, recordar al mundo que Alemania es para los alemanes. La catedral, la ópera y otros edificios de la ciudad apagaron las luces y colgaron pancartas pidieron a la gente que abriera los ojos. También salió a la calle otra contra-manifestación, en contra de Pegida (basta con buscar #nopegida en Twitter o Facebook para encontrar información sobre el rechazo que generan). Lo de las contramanifestaciones, es algo a lo que estamos acostumbrados quienes vivimos aquí. Por cada 10 nazis que salen a la calle, salen 100 antifascistas. Al final, la Polizei tiene que acordonar las manis con lecheras y antidistubrios para evitar los enfrentamientos. Por desgracia, aquella contramani fue anecdótica, tan sólo unos cientos salieron a la calle. En Bonn, afortunadamente, pasó justamente lo contrario.

Los lunes es el día clave de Pegida: es cuando salen a la calle, apropiándose del “Wir sind das Volk” (somos el pueblo) que coreaban los ciudadanos de la RDA contra la Stasi en los 80. Todo delirante, pero decenas de miles de personas parece que han olvidado su propia historia.

La situación es tan sangrante que Merkel encaró el problema en su discurso de Navidad, y no como hacen los políticos españoles, que pasan de puntillas (si pasan) por las cosas sin llamarlas por su nombre, sino abiertamente, pidiendo a los alemanes que no acudan a unas marchas en las que sus participantes están “están llenos de prejuicios, frialdad, e incluso odio“.

Hoy, Pegida salía a la calle en Berllín (aquí se hacen llamar “Bärgida”, en Bonn “Bogida”, Kögida en Colonia…). No sólo en Berlín, sino en toda Alemania. Y ayer ya había convocadas tres contramanis en la capital alemana. Un centenar de partidarios de Pegida no han podido avanzar desde la Rathaus porque se han quedado literalmente atrapados por los miles de contramanifestantes (que esos sí, han llegado sin problemas hasta la puerta de Brandeburgo). Pero no sólo los berlineses han dado la espalda a la xenofobia: también lo han hecho las instituciones. Durante unos minutos, la torre de televisión, la puertda de Brandeburgo y el Reichstag se han apagado en señal de rechazo (también lo ha hecho la catedral de Colonia). Berlín se ha quedado a oscuras.

política

Hemos vuelto a las cavernas

Sin título

Parece un chiste malo: los líderes políticos más valorados por los españoles, ni siquiera han sido elegidos democráticamente, sino por “gracia divina”. Da igual que pregunten a un votante de derechas o de izquierdas, la respuesta es la misma: los reyes y el papa son los más valorados. Estamos hablando de gente que no ha sido votada, ni elegida, en el caso de los reyes, cuyo único mérito es el haber nacido en una familia de “sangre azul”. Casta pura y dura aprobada por los mismo que critican la casta. Del votante del PP no esperaba menos, ¿pero del de izquierdas?

feminismo

Leyes hechas por hombres… y para hombres

Que en pleno siglo XXI aún haya que explicar que el aborto no es plato de gusto para ninguna mujer es delirante, pero que haya que tolerar que decidan sobre el derecho al aborto curas, médicos, maridos y cualquier ser humano que tenga un rabo entre las piernas en vez de un útero es negarle a la mujer ser un sujeto de pleno derecho.  Mucha gente se lleva las manos a la cabeza cuando se entera de que las mujeres necesitaban el permiso del padre o el cónyuge para abrir una cuenta bancaria durante el franquismo, eso sí, que sobre lo que sucede en nuestro útero decida hasta un cura, es “normal”.

En una nueva entrega de “opinemos sobre el cuerpo de la mujer porque a dónde van ellas decidiendo qué quieren hacer con sus vidas”, el gobernador de Missouri quiere que ahora sean las parejas de las embarazadas quienes decidan, en última instancia, si las mujeres pueden o no abortar. ¡Menos mal que están los hombres para pensar con nosotras, sobre todo ahora que sabemos que sus decisiones son las más inteligentes!

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Cementerios berlineses: “segundo” round

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El de Weissensee es el cementerio judío más grande de Europa, y cosa rara en Berlín, el único que no profanaciones durante el nazismo (llegaron más tarde, incluso en los 80, pero durante el nazismo se mantuvo intacto). No es la única curiosidad que ofrece a priori: a diferencia de lo que se estila en los cementerios judíos, en este se ven grandes mausoleos y tumbas grandilocuentes, muy del gusto decimonónico.

Pero en el momento en que se cruza la puerta, aparece también la historia negra de Alemania, con una lápida por cada campo de concentración en que murieron millones de judíos: Treblinka, Auschwitz, Sachsenhausen… lápidas cubiertas por esas piedras que dejan los vivos a los muertos, en señal de respeto y recuerdo. Luego, sólo unos metros más adentro, hay toda una sección del cementerio con lápidas con los que perdieron la vida luchando por Alemania durante la I Guerra Mundial, y en el centro, un monumento, intacto, con la imagen de un león descansando. ¡Cómo cambiaron las tornas sólo una generación después! Porque tumbas de muertos durante el nazismo hay muchas: se cuentan por decenas, pese al destino de la mayoría de los cadáveres. La mayoría no especifican el lugar de fallecimiento, como si no mentarlo doliera menos o maquillara la realidad. Pero en otras lo pone, casi siempre es Auschwitz, y en ocasiones, ese Auschwitz va acompañado de un recordatorio de  los descendientes de EE.UU. o Inglaterra, probablemente de los pocos que pudieron salir a tiempo del país.

Y pese a todo, es un cementerio bonito.

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Mauerweg (II)

De Oberbaumbrücke a Potsdamer Platz: sólo 7 de los 155 kilómetros que rodeaban y dividían Berlín. En teoría, siete kilómetros que no debería llevar más de una hora y media recorrer, en la práctica, tan llenos de gente que me llevó el doble de tiempo. Había muchas más personas que el viernes, sobre todo en Checkpoint Charlie y la East Side Gallery (“tourist traps”…). Pero había, sobre todo, centenares de alemanes (me pregunto cuántos de ellos habrán recorrido ese muro, pero no de luz, sino de hormigón) que se detenían a ver cada documental o a explicar a niños de apenas 10 años que tal día como hoy cayó el muro.

Y de nuevo, decenas de historias de intentos de huida y muertes, como la de Peter Fechter, a quien dejaron morir, sin hacer nada por ayudarle (me pregunto a menudo cuántas historias desconozco aún, cuántos intentos de fuga o muertes permanecen incluso silenciados).

Esta noche se cumplen los 25 años de la caída del muro de Berlín: liberarán los globos, recogerán el chiringuito y el mundo se olvidará de este muro (como se olvida a diario del de Palestina), pero el impuesto de solidaridad recuerda cada mes que el símbolo ha caído, pero que la reconstrucción alemana está lejos de haber terminado.

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Mauerweg (I)

Confieso que cuando el jueves vi los preparativos del “lichtgrenze” (la barrera de luz que hace el recorrido del muro de Berlín hasta mañana) me pareció horrible: sin globos, con una bolsas de plástico que parecían del Lidl, y una caseta de feria en cada esquina, pensé que eso lo iba a ver Rita. En algunas zonas (Potsdamer Platz, la entrada del Mauerpark) hay un montón de bloques de plástico azul con logotipos (entre ellos el de la S-Bahn, que después de vender abonos a 15 euros para este fin de semana van y se ponen en huelga), tiendas de recuerdos y en fin, un ambiente que parece de verbena a la que sólo le falta una actuación del equivalente alemán a Loco Mía.

Así que cuando salí de trabajar pensé “vale, me acerco a la puerta de Brandenburgo, veo el chiringo que han montado y tiro para casa”. Lo que no podía prever era la curiosidad: una vez allí quería ver cómo era Berlín con muro, qué debía sentirse recorriendo una ciudad brutalmente dividida. Y empecé a caminar recorriendo ese muro de luz que marcaba por dónde pasó una vez el muro. Por más que la doble línea de adoquines marque cada día dónde se levantó una vez, no es lo mismo que ver luces en lo alto: es más fácil imaginar lo que debió ser alguna vez mirar al frente y encontrar un bloque de cemento y los últimos pisos de unos edificios que estando en la misma ciudad, eran, sin embargo, otro país. Cuando me dí cuenta llevaba ya varios kilómetros caminando, y conmigo, decenas de personas: había aceras vacías, pero en las que se erigía el “lichtgrenze” apenas cabían las bicis y los peatones. Había incluso grupos de gente corriendo a lo largo del muro.  Rodeé hospitales, atravesé un cementerio (el muro tampoco respetaba tumbas), caminé junto al río, subí y bajé escaleras… en un trazado irregular y absurdo, tan absurdo y cruel como la división de la ciudad. Varios kilómetros después llegué a Bornholmer Brücke, uno de los pasos fronterizos y el primer lugar en el que se “cayó” el muro. Antes de llegar allí, pasé delante de otros dos puntos clave, donde murió Günter Litfing,  la primera víctima por disparos) y donde se produjo el último intento de fuga, el 8 de abril de 1989 en Chaussestrasse (fue el último disparo, pese a que se habían prohibido unos días antes).

Entre hoy y mañana, me toca recorrer la segunda parte: de Potsdamer Platz a Warschauer Strasse.