La piscina de Umbral

Por “culpa” de Luna Miguel me he vuelto a acordar de Umbral. De la piscina de Umbral, más bien: aquella célebre piscina que tenía en su “dacha” y en la que arrojaba sin piedad los libros malos que le enviaban. Siempre imaginé aquella piscina en un permanente día gris de otoño cubierta de hojas amarillas. Aun sin conocerla o haber visto jamás una foto, me fascinaba aquella piscina. La idea de usar un espacio “de ocio” como espontáneo contenedor de basura me parecía decadente, soberbio y punk.

Cada día leía la columna que Umbral publicaba en El Mundo y lamentaba no poder comentarla con mis amigos sin que me mirasen mal: eran los años en que tocaba manifestarse contra la Ley de Pasantía en la puerta del Colegio de Abogados (era realmente complicado rimar “pasantía” en una proclama sin rozar el ridículo), en que mi mejor amiga calzaba Dr. Martens rojas y tinte de pelo a juego para dejar claros sus colores y en los que prácticamente todo lo que viniera de una voz con autoridad estaba mal visto. Así que comentar lo que escribía un tipo decadente que hablaba de sus encuentros con Pitita o que llamaba “chais” a las mujeres era lo más parecido a buscar pelea.

Cuando murió, recordé su piscina. ¿La vaciarían de libros? ¿Los dejarían ahí? ¿Osaría alguien arrojar uno más?

A veces me pregunto qué fue de la piscina de Umbral.

#12M: una pequeña crónica

Fue, tal vez, menos gente de la esperada (al menos de la que yo esperaba): no ayudó la sensación generalizada de que la policía podía cargar en cualquier momento. No había miedo, pero sí algo de inquietud.

Las 22:00 en la Puerta del Sol: entramos en la hora en que las concentraciones ya no están permitidas. Expectación. No pasa nada. En realidad no pasa nada durante las dos próximas horas. Escucho a una chica gritando “aquí no hacemos nada, vamos al Congreso”: nadie la escucha… o nadie la quiere escuchar, porque ni la miran siquiera.  Las 00:00: grito mudo, expectación… se han desafiado los horarios establecidos, no ha pasado nada. ¿Demostración de fuerza del 15M o indiferencia del poder establecido?

La gente empieza a irse y en la plaza apenas quedan un centenar de personas hasta que comienza la Asamblea. Llega mucha más gente que se sienta a intentar escuchar lo que se dice (y escribo intentar porque sólo con un megáfono es imposible escuchar nada). En la Asamblea se está decidiendo si se acampa o no mientras hay quienes ya andan montando el campamento: cartones, lonas, mochilas y hasta una maleta. Para cuando la Asamblea termina, ya hay incluso quienes duermen.  Lo que pasa un par de horas más tarde ya lo sabemos todos: desalojo y detenciones. Y de nuevo el efecto llamada, de nuevo las manifestaciones convocadas hoy a las 17:00, y de nuevo la sensación de que no se avanza, de que el 15M se pierde con lo estático (acampar)… aunque sea una minoría, aunque las asambleas avancen, aunque los grupos de trabajo funcionen. Todo el interés mediático, una vez más, en el viejo “¿acampar o no?“. Mientras, la apisonadora continúa su trabajo decretazos mediante. Lo viernes, recortes.

15M: un año después, más necesario que nunca

Lo confieso: no tengo ni la más remota idea de hacia dónde vamos. No lo sé. Hace un año empecé con mucho escepticismo, me convertí en día y medio, me cuestioné algunas cosas y apoyé (y apoyo) decididamente otras. Pero da igual que las protestas sean globales, multitudinarias, pacíficas… El poder (entiéndase por poder lo que se quiera: mercados, gobiernos, Bankia o el presidente de la comunidad de vecinos que impide guardar bicis en el portal), pues a lo que iba, el poder sigue haciendo lo que le sale de los mismísimos. Viernes sí viernes también tenemos decretazo y disgustos: que si hoy nos cargamos la Sanidad, mañana las Autonomías, pasado los derechos laborales y en breve decretan falda para las mujeres y rasurado facial para los hombres (mejor no dar ideas).

Está claro que con biodanza, gritos mudos y abrazos colectivos no vamos a ninguna parte. Francamente, entre nosotros, si yo estuviera atropellando de esta forma el Estado de Bienestar y me vinieran con abrazos colectivos me reiría más que el Sr. Burns: “mírales, ya están otra vez abrazándose, qué enternecedor”.

Pero las cosas como son: hay que salir a la calle. Que sí, que sabemos lo que hacéis, sabemos cómo las gastáis, pero no me callo. Que quieres un pueblo sumiso y aborregado, pero no. Hay que posicionarse. Y quejarse. Porque hasta con eso quieren terminar: y sólo si callamos habremos perdido la batalla.

Convocatorias para esta semana en Madrid y una guía muy útil de no violencia.

My Bloody Valentine

Lo confieso: no recuerdo cuándo escuché a My Bloody Valentine por primera vez, entre otras cosas porque aquella fue una época en la que empecé a descubrir mucha música nueva que en nada se parecía a lo que había escuchado antes. Pero sí recuerdo que My Bloody Valentine es uno de los grupos por los que sentí predilección desde el principio. Y sí, ‘Loveless’ era mi disco favorito.

Con los años, inevitablemente, dejé de escucharlos tanto, pero nunca los abandoné del todo. En 2008, a saber por qué, me dio otra vez por ellos. Recuerdo que me los ponía a todo volumen por la mañana cuando iba a trabajar, sin que aún hubiera amanecido, y a la vuelta, cuando la noche ya se había cernido sobre la ciudad. Pocos meses después anunciaban su concierto en el Primavera Sound. Aunque cada vez soy más escéptica con las reuniones de grupos, en ese caso no lo fui. Ya había leído por ahí cómo las gastaban en directo y que tenían que repartir tapones. Pues con tapones, vale. Lo que haga falta por escuchar ‘I only said’, ‘Touched’ o ‘Feed me with your kiss’.

My Bloody Valentine tocaron dos días seguidos en el festival. La primera noche, al aire libre: me gustó, pero nada tenía que ver con lo que me esperaba al día siguiente en el Auditori. Todo lo que había leído y escuchado sobre sus conciertos, todos los años que había pasado escuchando al grupo a todo volumen y todos los tapones del mundo (que repartieron a la entrada) no podían preparar a nadie para aquella tormenta de ruido apocalíptico que se sintió en el Auditori. Y escribió ‘sintió’ en vez de ‘escuchó’ porque aquello fue un atraco a mano armada (de guitarras y pedales) a los sentidos. Se me movieron, literamente, todos los músculos y órganos del cuerpo. Salí de allí temblando, perdida: nada del cartel me interesaba ya, no podía quitarme de la mente a My Bloody Valentine, y tampoco quería, así que me fui pronto de allí y a la mierda con el resto del cartel. No pude dormir: su música aún retumbaba en mis tímpanos. Si cerraba los ojos me sumergía de nuevo en aquel ruido apocalíptico y catártico. Pero tampoco me importaba.

Mañana se reeditan ‘Isn’t anything’ y ‘Loveless’ y además salen a la luz todos sus EPs reunidos y con material inédito. Todo, remasterizado por Kevn Shields, que ha usado los másters originales y ha adaptado el sonido a las especificaciones técnicas de los lectores de CDs para que ‘Loveless’ suene como tiene que sonar. Mientras, los más ansiosos ya podemos escuchar las dos versiones del disco por cortesía de The Guardian. En ésas estoy ahora mismo. Y lo sigo disfrutando como si fuera la primera vez, como si los acabara de descubrir anteayer.

‘El público’

Las primeras páginas de ‘El público‘ producen un tremendo desasosiego: se supone que estamos ante una distopía ficticia, pero es una distopía tan parecida a la realidad que asusta. Un periodista que malvive y que ha visto cómo se desvanecían sus sueños es contratado por un periódico para hacerse cargo de la redacción de un suplemento de lujo y tendencias. Solución a sus problemas financieros que a su vez le supone un dilema ético: ¿se puede escribir sobre “lujo asiático” y estilos de vida elitistas cuando se sueña con una revolución?

A partir de ese momento el protagonista sufre un desdoblamiento entre lo que es y lo que desea ser que sirve al autor como vehículo para hacer un lúcido análisis tanto de los medios de comunicación como del momento que estamos viviendo. ¿Distopía o realidad? Pues es el propio ‘público’, nunca mejor dicho, quiene tiene que decidir dónde empieza y termina el juego que Galindo propone.

Poco más se puede contar de ‘El público’ sin destriparla… pero obviarla es un error.

Nocturno distópico

La distopía es aquí y ahora, la distopía es escuchar a Crystal Castles en un andén vacío, de madrugada, sin casa propia a la que ir, sin sueños factibles que asir… Sólo el vacío, una adolescencia alargada ‘ad aeternam’ a nuestro pesar, una vida robada… un andén vacío, en definitiva, con trenes que no tienen hora de llegada ni destino alguno.

La distopía es irse a casa sin follar.

‘I want my MTV’: cuando la MTV aún era musical

Yo no tenía MTV. Tampoco la tenían mis amigas. No la vi por primera vez hasta que fui a EE.UU.  Recuerdo que mi hermana y yo nos quedamos pegadas a la tele, y no queríamos irnos de la habitación, ” a ver qué vídeo ponían ahora”. Mis padres nos sacaron de allí a regañadientes. Pero en los 80, afortunadamante, en España había programas de música: los suficientes como para poder pasar unas horas pendiente del próximo vídeo que pondrían. Por éso no me ha costado trabajo sumergirme en la lectura de ‘I want my MTV‘ y visualizar mentalmente todos los vídeos de los que hablan. Después de todo, pertenezco a esa generación que creció viendo vídeos musicales, que se asustó viendo ‘Thriller‘ (me consuela leer que Cee Lo también salió despavorido de la habitación), que vivió el escándalo del ‘Like a prayer‘ y que canturreaba el ‘Video killed the radio star‘.

El libro de Craig Mark y Rob Tannenbaum, pese a todo, no es un relato nostálgico al más puro estilo “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sino una historia oral y muy bien documentada sobre cómo era por dentro la MTV, cómo cambió la industria musical y cómo lanzó las carreras de músicos y directores. Ojo, que tampoco es una hagiografía: no faltan los detalles escabrosos, claro, pero lo más chocante es descubrir el racismo y sexismo que había tras ese canal de televisión que aparentemente lideraba la vanguardia: se negaron a emitir vídeos de Michael Jackson hasta que no se vieron entre la espada y la pared, ningunearon el rap hasta que descubrieron que era rentable y rechazaron entrevistar a Don Letts cuando se presentó en la cadena y descubrieron que era negro. Que las mujeres de los videoclips de los 80 no tenían más papel que el de lucir palmito y lencería es algo que salta a la vista, pero dentro de la cadena el machismo también campaba a sus anchas… junto a la homofobia. Unos mirlos blancos, en definitiva, cuyos excesos a menudos superaban los que se atribuían a las estrellas de rock pero que cambiaron la forma en que se presentaba la música y que en última instancia tenían poder para lanzar o arruinar una carrera.

Marks y Tannenbaum hacen un análisis que trasciende lo meramente musical a través de las declaraciones de trabajadores de la MTV, músicos y directores que pudieron abrirse camino en el cine gracias a los videoclips (David Fincher es un buen ejemplo). Fechan el fin de la MTV a principios de los 90, con la llegada de los anti-vídeos de Nirvana y Pearl Jam y la decisión de la cadena de apostar por los ‘realities’ que, a día de hoy, siguen ocupando la mayor parte de su parrilla.  Pero tampoco reivindican la vuelta del pasado: en la era de YouTube, es uno quien elige lo que ve y cuándo lo ve. Y no nos engañemos, casi todos buscamos vídeos antiguos.

‘He hit me (and it felt like a kiss)’

Si hay una letra excesiva y enfermiza hasta decir basta, es la de ‘He hit me (and it felt like a kiss)’. En su momento dijeron Carole King y Gerry Goffin, los ‘visionarios’ que escribieron la letra, que estaba basada en la respuesta que una cantante les dio para justificar el maltrato que recibía. Ya está. No dicen más ni se posicionan. ‘Me pegó y me sentó como un beso’. Tremendo. Cualquiera que vea a Carole King posando como una cándida hippy en la portada del ‘Tapestry’ difícilmente podría creer que es autora de semejante glorificación del maltrato. Y digo glorificación, porque la versión original, grabada por The Crystals y con arreglos de Phil Spector (el colmo ya) es arrebatadora, adictiva y maravillosa. Enfermiza, sí, pero tal vez una de las mejores canciones grabadas por Spector. ¿Retorcido? Sí, mucho. Casi tanto como la versión que grabó Courtney Love: mucho más cruda que la de The Crystals, eso sí.

Ahí va la canción original, en todo su esplendor y crueldad.

Madrid con veinte años

Cerveza en botellín y olor a tabaco en la ropa,

horas muertas sentada en la plaza “del dosde”,

cuando la estatua aún no tenía valla

y los traficantes guardaban la ‘merca’ en los árboles.

“Anda y dad una vuelta que no os tenga que pedir los datos”,

es lo que decía la policía si te veía con un porro.

Veranos sentados en las fuentes vacías de Sabatini,

espantando murciélagos con los mecheros.

En los bares sonaba rock sucio

y escuchar a Pulp en el Maravillas no era nostalgia.

Madrid con veinte años aún parecía nueva,

olía a libertad.

No estaba gastada aún.

No era rancia.

Hole: cualquier tiempo pasado fue mejor

Ayer publicaba Pitchfork, vía The Village Voice, un demoledor vídeo en el que se puede ver una reunión ¿espontánea? de Hole con motivo de la presentación de ‘Hit so hard‘, el documental dedicado a Patty Schemel. Aunque no creo mucho en las reuniones de grupos pasados tantos años, la curiosidad me pudo. No en vano, ‘Live through this‘ es uno de mis discos favoritos.

La decepción que sufrí al ver el vídeo fue enorme. Tanto, que no pude ver cómo Hole terminaban de destrozar ‘Violet’ en directo. Primero, Auf Der Maur se marca un aburridísimo speech de tres minutos, después sale “Curni” fiel a su estilo “Ana Obregón del rock” y toda recaurchutada. Empieza a tocar la guitarra… bastante mal. Y la voz no sólo no le llega, es que transmite cero emoción y credibilidad. Todo esto aderezado con gritos histéricos del público al más puro estilo adolescente histérica (“oh my God, oh my fucking God!”).

No sé si me estoy conviertiendo en una vieja gruñona intolerante (puede ser) o es que todo parecía una triste parodia de lo que una vez fueron Hole. Pero si hay reunión, conmigo que no cuenten… y para que yo diga esto, es que la cosa está muy mal. A continuación, el vídeo.