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El Berlín de Zweig

…precisamente porque allí no existía una verdadera tradición ni una cultura milenaria, la ciudad seducía a los jóvenes y los alentaba a experimentar. Y es que tradición significa también rémora. Viena, ligada a la antigüedad, idólatra de su pasado, se mostraba cauta y expectante ante los jóvenes y sus audaces experimentos. En cambio, en Berlín, que quería configurarse rápidamente y cobrar una forma personal, los jóvenes buscaban la novedad. Era muy natural, pues, que acudiesen allí desde todas las partes del imperio, incluso desde Austria. (…) Salvo la vieja “Unter den Linden”, no existía un centro propiamente dicho, no existía un coso como en nuestro Graben y, gracias al viejo espíritu ahorrador prusiano, faltaba por entero una elegancia general.

Así describe Stefan Zweig en “El mundo de ayer” el Berlín que conoció en su juventud. Yo no lo veo tan diferente al de ahora.

 

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De sexo, porno y tecnología

Cindy Gallop

Hoy he pasado el día en la Tech Open Air (TOA), uno de esos eventos en los que fundadores de start-ups y startuppers-wannabe se hacen la pelota mutuamente y de paso se dan palmaditas en la espalda convencidos de que van a cambiar el mundo para bien, todo muy rollo “The Circle“. En estas conferencias (o keynotes, como se llaman ahora, que queda más cool), hay gente con dos dedos de  frente y postureo, mucho postureo. Entre los segundos he escuchado defensas acérrimas del síndrome de Peter Pan (“suspended adulthood” lo llaman) e ideas para ayudar a los refugiados que pasan (agárrense que vienen curvas) por montar un festival de música en la frontera greco-turca: como todo el mundo sabe, lo que necesitaba un refugiado atrapado en Grecia es un montón de hipsters jugando a ser solidarios mientras se emborrachan de cerveza y ego…

Al margen del típico flipado de la vida, también ha habido conferencias más que decentes, curiosamente, las mejores, las han dado mujeres que superaban con creces la media de edad de los asistentes, como Paola Antonelli, que ha presentado el brutal proyecto del MoMA “Design and violence“. Pero si hay una ponente que se ha ganado el título de jefa suprema, ésa es Cindy Gallop (a quien no sé cómo no he descubierto hasta hoy, dicho sea de paso). Hace 7 años lanzó Makelovenotporn.com, que tiene detrás una idea muy obvia: reivindicar el sexo en vez del porno. En su web no sólo explica la diferencia entre porno y sexo en la vida real en temas como la depilación brasileña o el sexo anal, sino que además enfatiza en ideas importantísimas: el consentimiento, la empatía y el diálogo. La cosa no queda ahí, claro, también hay una web en la que la gente puede compartir sus experiencias, sus vídeos… y ganar dinero con ellos. Pero hay mucho más detrás, por supuesto, y lo ha habido también en la presentación de Gallop, y es la idea de que las mujeres podemos redefinir no sólo la industria del sexo, sino también la de la tecnología: como la sociedad, las start-ups están plagadas de hombres heterosexuales blancos repitiendo los mismos esquemas de siempre, por muy innovadores que sean en algunos campos, el modelo final que exportan es más de lo mismo. Gallop lo ha dejado claro hoy: “women challenge the status quo because we are never it”.  ¿Ingenuidad? No. Es imposible escuchar a Gallop, ver cómo se merienda a todos los millenials, cómo se pasa por el forro las convenciones y encima se gana la vida con ello y no creerla.

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Llama lo que quieras a las Spice Girls, pero no las llames feministas

Spice Girls

Si vuelvo a leer un artículo más que hable de las Spice Girls como imagen del feminismo y del “girl power” (girl, edulcorado, inofensivo, a años luz del grrrl), me doy golpes contra una pared. Con la cosa del aniversario del “Wannabe”  (lo que quiere ser, lo que no es, a lo que aspira y no llega) andan los medios dando artículos sobre la efeméride. Y no hay uno que no lleve las palabras feminismo y girl power. Los que llevan las palabras márketing, producto, fantasía sexual masculina no los he leído aún, porque una de dos, o Google los indexa fatal o es que no se han escrito.

Las Spice Girls eran una versión infantiloide, tonta, comercial y patriarcal de las riot grrrls. Las segundas no se podían empaquetar y vender a gran escala, así que Fuller se sacó de la manga un girl power de vergüenza ajena, elegido por casting, vestido por estilistas, que por no tener nada de power no tenían ni el de decir que es lo que “realmente, realmente quieren” para seguir con frases que dan tanto miedo como “si quieres mi futuro, olvida mi pasado”: quiéreme sin pasado, como si fuera una virgencita tonta, que no ha hecho nada de conocerte, hagamos tabula rasa, finjamos que no tengo pasado. Eso, la primera línea de la canción. Por no hablar de que todas las fotos de promo nos las mostraban vestidas según los cánones de las fantasías masculinas: poca ropa y muy ceñida, y las tetas cuanto más cerca de las amígdalas mejor. Hasta una “baby Spice”, no me jodas.

De feministas las Spice Girls no tenían ni el nombre (“chicas picantes, especiadas”). Y por más que la ONU lance un vídeo con la canción de marras para reivindicar los derechos de las niñas, las Spice Girls y el Wannabe seguirán siendo puro márketing. Punto.

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Soy una bruja, soy una bruja, soy una bruja

Tienes el compromiso de liberar a nuestros hermanos de la opresión y de los roles sexuales estereotipados (tanto si les gusta como si no) al igual que a nosotras mismas. Te vuelves Bruja al decir en alto “soy una Bruja” tres veces y al pensar en ello. Te vuelves Bruja siendo mujer, no dócil, enfadada, alegre e inmortal.

W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno) acabaron hartas de esos hombres de izquierdas que debían ser sus compañeros de lucha pero que las dejaron en la estacada, como esos que ahora se llenan la boca de compañeras y compañeros pero siguen aferrados a su privilegio. Las W.I.T.CH. se hartaron tanto que decidieron montárselo por su cuenta retomando la imaginería de las brujas, haciendo hechizos y organizando aquelarres performativos en la calle. “¡Qué tontería, qué ingenuidad!”, pensará mucha gente… pero ver a mujeres vestidas de bruja reivindicando sus derechos y pidiendo la abolición del heteropatriarcado se ve que algo sí acojonaba, porque cuando montaron el aquelarre en Wall Street en 1968 el Dow Jones cayó: no, no es brujería, es que a la bolsa le gustan poco las cosas sobre las que no tienen control.

Aunque tarde, por fin ha caído en mis manos la edición de los textos de W.I.T.C.H. publicados por La Felguera. Sus páginas no sólo contienen sus “hechizos”, sino también sus manifiestos (como el editorial “secuestrado” de la revista  Rat) e intervenciones tan poderosas como la que llevaron a cabo en una feria de novias. Pero sin duda, la edición es clave, con numerosas notas a pie de página que contextualizan, informan y dan ganas de leer y conocer aún más. Compradlo, sacadlo de una biblioteca o robadlo si hace falta, pero leedlo… y sed brujas.

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Ya está bien de “victim shaming”

Es curioso como todo el mundo tiene una opinión sobre Amber Heard desde que interpuso una demanda por maltrato y una petición de alejamiento para Johnny Depp. El mismo día que se conocía la noticia, la caverna no tardó ni media hora en acusarle de buscafortunas, trepa, y demás lindezas, hasta el punto de que ha tenido que filtrar trapos sucios como fotos o mensajes (para leer los comentarios hay que taparse la nariz). Tampoco han faltado las declaraciones de amigos y familia del actor defendiéndole, por supuesto.

A mí el proceso, el divorcio, los díme y diretes me dan igual, pero me preocupa seriamente que sin conocer los detalles, sin ser juez ni parte, sin nada de nada, todo el mundo haya decidido que la víctima es en realidad la culpable, y que tenga que ser la víctima la que salga a defenderse. “Victim shaming at its best”. Es grave. El mensaje que la sociedad está mandado a las víctimas de violencia machista es que no se las va a creer, no van a tener apoyo, se las va a tildar de busconas y trepas. Me da igual quién sea el maltratador, me da igual cómo se llame y me da igual lo que haga. En caso de denuncia, lo mínimo que se debe hacer es conceder a la víctima el beneficio de la duda, no someterle a un linchamiento público.

El de Heard no es el único caso de “victim blaming”, no. Los hay a cientos, a diario, de mujeres anónimas (ya se sabe, “la culpa es de los padres que las visten como putas”, “ella se lo ha buscado”, jueces que preguntan a las víctimas si “cerró bien las piernas“…). La adolescente víctima de violación múltiple en Brasil no sólo fue cuestionada por la policía, sino que en la rueda de prensa dijeron que tenían que investigar si tenía costumbre de participar en sexo grupal, como si eso importara, como si lo que unx haga en su esfera privada y de forma consentida despenalizara el crimen, como si por eso dejara de ser un crimen. Es el eterno juzgar a la víctima y querer convertirla en verdugo, y a diferencia de las leyes, la psique colectiva no se puede cambiar con tanta facilidad.

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La intrahistoria de Alemania

cliff

Desde que pisé Berlín por primera vez, una de las cosas que más me fascina es esa “historia” escrita en minúscula y compuesta por millones de historias que jamás conoceremos pero que han asistido a algunos de los acontecimientos clave de Europa. Es fácil conocer tu “intrahistoria” cuando creces en tu país, pero cuando estás de acogida la tienes que aprender. La lectura es parte importante del proceso, pero siempre te quedará por conocer la historia de esa viejecilla que se sienta en el metro (¿de qué lado estaba, qué sabía?) o la de ese vecino mayor que pasea a su perro cada noche vestido con ropa que parece sacada del baúl de los recuerdos.

Mi obsesión por conocer la intrahistoria de Alemania pasa por rebuscar en las cajas de zapatos repletas de fotos desechadas de los mercadillos. ¿Quiénes son esas personas? ¿En qué lado de la guerra les tocó vivir? ¿Qué sabían? ¿Este u oeste? De mi pared cuelgan fotos de mujeres decimonónicas, con su opresivo corsé, familias posando en lo que parece una fiesta de Navidad, con una fecha escrita en el reverso imposible de eludir: 1933, niños de la postguerra, con vestidos inmaculados que parecen ajenos al drama vivido sólo unos años, un par de carpinteros, una mujer trabajadora, con pañuelo atado al cuello, posando en la puerta de una casa, parejas en un “kneipe” o jóvenes como la de la foto, jugando a hacer equilibrios, como los que hace ahora la historia, que parece querer asomarse al vacío una vez más.

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Pegida sólo quiere niños arios

 

Kinderschokolade

Marchando otra de mi “Hassobjekt” favorito: Pegida, ese grupo que declara luchar contra la “islamización de occidente” y cuyos seguidores niegan ser nazis o racistas, por más que sus actos digan lo contrario. Hoy, además, han demostrado al mundo que también son idiotas. Una de las facciones del grupo, en el sur de Alemania, ha lanzado en internet una campaña de boicot al chocolate Kinder: que en  las cajas de las chocolatinas hubiera niño de todos los colores en vez del clásico ario no les ha sentado nada bien. Algunos seguidores han empezado a dejar comentarios en el post de Facebook que ha originado la polémica (y que me niego a buscar y enlazar) y en Twitter anunciando que iban a boicotear a Ferrero y que poco menos que se acercaba el fin de la civilización y que a lo mejor se trataba de “advertencias de futuros terroristas”.

Lo que han demostrado, en realidad, es que son todo lo racistas que niegan ser, pero además han hecho el mayor de los ridículos, porque esos niños no son otros que los jugadores de la selección alemana.

La respuesta en Twitter no se ha hecho esperar, y bajo el hashtag #cutesolidarity cientos de alemanes están compartiendo sus fotos infantiles contra Pegida o comparándoles con Hitler en el hashtag #Kinderschokolade.

Yo creo que mañana me voy al súper a comprar Kinder bueno, pero sólo si llevan la cara de Boateng o Gundogan.

 

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Adiós, sexy MF

Prince

La santísima trinidad del mainstream de los 80 eran Madonna, Prince y Michael Jackson. No se había acuñado lo de la corrección política, faltaban décadas para que cada día se generase un debate sobre la apropiación cultural y no había cuotas, y ahí estaban, una mujer  y dos hombre negros, cortando el bacalao, publicando discos legendarios y de paso,  en los casos de Prince y Madonna, cuestionando todas las ideas establecidas sobre el género. Ahí estaba Prince, mucho antes de ser “AFKAP”, jugando a la ambigüedad sexual, a  no definirse, a no cuadrar en ninguna casilla, y ser, pese a todo, un “sexy motherfucker“.

Cambió las reglas del juego, como muy bien cuenta Javier Blánquez en El Mundo  y compuso algunas de las mejores canciones del siglo XX, pero también ayudó a redifinir los roles de género mucho antes de que se acuñara lo de “gender fluid”, haciéndose acompañar de bandas compuestas por mujeres en sus giras, tratando incluso de crear supergrupos femeninos  (¿alguien más recuerda a Vanity 6?) e incluyendo el sexo en su obra como una variable más (por no hablar de sus tacones o sus “crop tops”). Ahora no parece revolucionario, pero en esos 80 de puritanismo, pegatinas de “explicit content” en los discos y rombos en las películas, esa reivindicación de una sexualidad libre, sin represión y  en la que todo valía siempre que fuera consentido, era liberadora. Uno podía ser/sentir/desear lo que le diera la gana. Y Prince, como Madonna, hizo de ello una bandera justo cuando la mojigatería se empezaba a imponer como modelo. Lástima que él también viera “la luz” y terminara convertido en una caricatura puritana contraria al matrimonio homosexual y a la libertad sexual de la que él mismo hizo gala (“God came to earth and saw people sticking it wherever and doing it with whatever, and he just cleared it all out. He was, like, ‘Enough.’”, declaraba en una entrevista en 2008). Yo, hoy, prefiero recordar al otro Prince.

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“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”

El otro día hablabla con un alemán de los papeles de Panamá. Alemanes, de momento, sólo hay uno en los papeles: Nico Rosberg (aunque a algunos nos encantaría que saliera Schäuble, no nos engañemos, o cualquiera de los líderes de Pegida o AfD). Españoles o italianos, los hay espuertas, y a diferencia de Islandia, en España no se mueve nadie del sillón (si la dimisión de Soria depende de la decisión de la pantalla de plasma, se forma gobierno antes de que decida). Me decía que él tiene la teoría de que con la educación protestante cada error cuenta, mientras que con la católica, se entona el mea culpa y hala, perdonados, a otra cosa, tabula rasa. No soy ninguna experta en protestantismo, así que ignoro si alguna fisura se me escapa, pero que en España tenemos una larga tradición de intentar resolver las cosas con un “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, es innegable.

Llevamos unos días de declaraciones del tipo “no era yo, es que los deberes se los ha comido el perro”, que dan mucha vergüenza.Y piensas que igual que una de las primeras palabras que aprendes en alemán es “ordnung” (seguida muy de cerca de “gesetz”), un alemán que aprendiera español no podría entender la prensa ni la historia sin conocer “corrupción”. Y vas a clase de alemán, o te relaciones con lugareños, y en cuanto salen los papeles, sale “Spanien”. Pero no pasa nada, se entona el mea culpa (cuando se entona, que otros ni eso) y a seguir cortejando a las cadenas rivales (chapeau por quienes votaron contra la renovación del programa troglodita ése de Osborne) o a pensar en la alfombra roja de Cannes. “La vida sigue igual”, que canta el ex-portero del Madrid. Y yo, lo confieso, ya tengo marcado en rojo en el calendario ir a ver “Julieta” en cuanto pise Spanien, pero yo no perdono un drama de Almodóvar, qué le vamos a hacer. “Mea culpa” y ya tal.

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Un ‘PornoBurka’ para esconder los prejuicios

ponoburka

Si alguien de cuyo criterio te fías te dice que tienes que leer ‘PornoBurka‘ de Brigitte Vasallo, allá que vas sin pensártelo dos veces (además no hay excusas, que el libro se puede descargar de forma legal y gratuita en la web de la autora). Y según lo empiezas, te llevas una sorpresa, porque no hay porno y sólo un burka (que además ni es lo que parece ser, pero mejor que éso lo descubra el lector), pero sí que hay muchas reflexiones sobre el acercamiento o el rechazo al otro y a lo desconocido, sobre la gentrificación y hasta sobre la modernidad mal entendida. En vez de tratar de sentar cátedra, la autora se limita a poner en boca (y mente) de sus protagonistas todos los prejuicios que hemos escuchado y hasta aquéllos de los que nos creemos exentos.

‘PornoBurka’ empieza siendo una reflexión sobre la identidad, el género y el feminismo, pero termina poniendo entre las cuerdas todo tipo de prejuicios, hasta aquellos que tienen los que se creen libres de ellos. Y lo hace además con mucho humor y usando el Raval como metáfora de esa Barcelona que quiere ser moderna a cualquier precio y que no se diferencia tanto de los barrios de otras ciudades que a costa de cambiar la mercería de toda la vida por el Starbucks de turno terminan por perder su identidad (ya está, ya me salió el prejuicio, se me escapó del burka mental).