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Adiós, sexy MF

Prince

La santísima trinidad del mainstream de los 80 eran Madonna, Prince y Michael Jackson. No se había acuñado lo de la corrección política, faltaban décadas para que cada día se generase un debate sobre la apropiación cultural y no había cuotas, y ahí estaban, una mujer  y dos hombre negros, cortando el bacalao, publicando discos legendarios y de paso,  en los casos de Prince y Madonna, cuestionando todas las ideas establecidas sobre el género. Ahí estaba Prince, mucho antes de ser “AFKAP”, jugando a la ambigüedad sexual, a  no definirse, a no cuadrar en ninguna casilla, y ser, pese a todo, un “sexy motherfucker“.

Cambió las reglas del juego, como muy bien cuenta Javier Blánquez en El Mundo  y compuso algunas de las mejores canciones del siglo XX, pero también ayudó a redifinir los roles de género mucho antes de que se acuñara lo de “gender fluid”, haciéndose acompañar de bandas compuestas por mujeres en sus giras, tratando incluso de crear supergrupos femeninos  (¿alguien más recuerda a Vanity 6?) e incluyendo el sexo en su obra como una variable más (por no hablar de sus tacones o sus “crop tops”). Ahora no parece revolucionario, pero en esos 80 de puritanismo, pegatinas de “explicit content” en los discos y rombos en las películas, esa reivindicación de una sexualidad libre, sin represión y  en la que todo valía siempre que fuera consentido, era liberadora. Uno podía ser/sentir/desear lo que le diera la gana. Y Prince, como Madonna, hizo de ello una bandera justo cuando la mojigatería se empezaba a imponer como modelo. Lástima que él también viera “la luz” y terminara convertido en una caricatura puritana contraria al matrimonio homosexual y a la libertad sexual de la que él mismo hizo gala (“God came to earth and saw people sticking it wherever and doing it with whatever, and he just cleared it all out. He was, like, ‘Enough.’”, declaraba en una entrevista en 2008). Yo, hoy, prefiero recordar al otro Prince.

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“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”

El otro día hablabla con un alemán de los papeles de Panamá. Alemanes, de momento, sólo hay uno en los papeles: Nico Rosberg (aunque a algunos nos encantaría que saliera Schäuble, no nos engañemos, o cualquiera de los líderes de Pegida o AfD). Españoles o italianos, los hay espuertas, y a diferencia de Islandia, en España no se mueve nadie del sillón (si la dimisión de Soria depende de la decisión de la pantalla de plasma, se forma gobierno antes de que decida). Me decía que él tiene la teoría de que con la educación protestante cada error cuenta, mientras que con la católica, se entona el mea culpa y hala, perdonados, a otra cosa, tabula rasa. No soy ninguna experta en protestantismo, así que ignoro si alguna fisura se me escapa, pero que en España tenemos una larga tradición de intentar resolver las cosas con un “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, es innegable.

Llevamos unos días de declaraciones del tipo “no era yo, es que los deberes se los ha comido el perro”, que dan mucha vergüenza.Y piensas que igual que una de las primeras palabras que aprendes en alemán es “ordnung” (seguida muy de cerca de “gesetz”), un alemán que aprendiera español no podría entender la prensa ni la historia sin conocer “corrupción”. Y vas a clase de alemán, o te relaciones con lugareños, y en cuanto salen los papeles, sale “Spanien”. Pero no pasa nada, se entona el mea culpa (cuando se entona, que otros ni eso) y a seguir cortejando a las cadenas rivales (chapeau por quienes votaron contra la renovación del programa troglodita ése de Osborne) o a pensar en la alfombra roja de Cannes. “La vida sigue igual”, que canta el ex-portero del Madrid. Y yo, lo confieso, ya tengo marcado en rojo en el calendario ir a ver “Julieta” en cuanto pise Spanien, pero yo no perdono un drama de Almodóvar, qué le vamos a hacer. “Mea culpa” y ya tal.

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Un ‘PornoBurka’ para esconder los prejuicios

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Si alguien de cuyo criterio te fías te dice que tienes que leer ‘PornoBurka‘ de Brigitte Vasallo, allá que vas sin pensártelo dos veces (además no hay excusas, que el libro se puede descargar de forma legal y gratuita en la web de la autora). Y según lo empiezas, te llevas una sorpresa, porque no hay porno y sólo un burka (que además ni es lo que parece ser, pero mejor que éso lo descubra el lector), pero sí que hay muchas reflexiones sobre el acercamiento o el rechazo al otro y a lo desconocido, sobre la gentrificación y hasta sobre la modernidad mal entendida. En vez de tratar de sentar cátedra, la autora se limita a poner en boca (y mente) de sus protagonistas todos los prejuicios que hemos escuchado y hasta aquéllos de los que nos creemos exentos.

‘PornoBurka’ empieza siendo una reflexión sobre la identidad, el género y el feminismo, pero termina poniendo entre las cuerdas todo tipo de prejuicios, hasta aquellos que tienen los que se creen libres de ellos. Y lo hace además con mucho humor y usando el Raval como metáfora de esa Barcelona que quiere ser moderna a cualquier precio y que no se diferencia tanto de los barrios de otras ciudades que a costa de cambiar la mercería de toda la vida por el Starbucks de turno terminan por perder su identidad (ya está, ya me salió el prejuicio, se me escapó del burka mental).

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Machismo en los libros de alemán

Lo último que me esperaba al abrir un libro de alemán era encontrarme la foto de una carpintera  con preguntas como”¿qué es lo que llama la atención en esta foto?” y “¿conoces más profesiones típicamente masculinas o femeninas?”. Lo grave es que no es un manual de 1938, sino del siglo XXI, y con una edición revisada en 2008. Se ve que los editores de Hueber consideran que en pleno siglo XXI (2008 no queda tan lejano) una mujer carpintera me tiene que causar sorpresa.

Cada tema del manual empieza con una foto que debe servir para hablar, introducir vocabulario… las cosas típicas, vaya. Hace unas semanas ya puse el grito en el cielo cuando en un tema sobre el futuro usaban para ilsutrarlo un robot-mujer haciendo la compra con el niño en el carrito. Como toda mujer sabe, en el futuro, aspiramos a que a la mujer se la siga confinando al cuidado de la unidad doméstica, ya sean replicantes, robots o humanos. Cuando en clase comenté que el futuro no pintaba muy bien si pensamos seguir perpetuando roles caducos, aunque sea con robots, sentí esa mirada de “ya está otra vez con lo mismo” que tan bien me conozco. Pero la foto de la carpintera ha sido demasiado incluso para el único hombre que hay en clase (es pasar el B1, y los hombres se convierten en una especie en extinción en las aulas).

A mí de momento esa foto me ha servido para autoimponerme más deberes: escribir una carta a Hueber quejándome de que aún estemos con tonterías de que una mujer carpintera nos debe sorprender. Algo me da en la nariz que la leerá un hombre.

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Meándose en la puerta de la casa de Kafka

Gente esperando a ver cómo da la hora el relo astronómico

Cuando se vive en Alemania, visitar Praga es tan fácil como acercarse a Marruecos o Portugal desde España. Queda cerca, y a diferencia de los países nórdicos vecinos, es barato. Llevaba dos años resistiéndome porque me  daba en la nariz que podía ser un parque temático turístico… y no me equivocaba. Bonito, sí, pero algunas zonas estaban más concurridas que el centro de Madrid en vísperas de Navidad. ¿Que querías ver cómo daba la hora el reloj astronómico? Pues te ibas media hora antes a “coger sitio” o lo intuías. ¿Que tocaba cruzar el puente de Carlos? Peor que el metro con servicios mínimos por huelga… y así con todo. Y por supuesto, también tocaba esquivar despedidas de soltero/a, “pub crawls” con guías que se anuncian con “la mejor noche que nunca vas a recordar” y por supuesto, restaurantes que anuncian su menú en inglés. Una maratón.

Así que cuando decides que te toca ver el museo de Kafka piensas “bueno, pues ahora a ver las cosas desde la barrera, que debe estar aquéllo como para ver la Gioconda”. Y según te acercas, por supuesto, empiezas a ver más gente otra vez, gente apiñada alrededor de “algo”, que por fin alcanzas a ver… una fuente de dos hombres meando sobre el mapa de la república checa. Y detrás, el museo… prácticamente vacío, con 5 personas por sala a lo sumo. Un museo maravilloso, dicho sea de paso, un remanso de paz mientras en las puertas todo el mundo se agolpa a ver la estatua de los meones.

Este año me voy de vacaciones a algún lugar lejano y frío, donde no me encuentre captadores de tours de “pub crawl” ni despedidas de soltero/a.

La atracción no es el museo de Kafka, sino la escultura de los meones

 

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El feminismo vende

El feminismo vende: ahí está Lena Dunham, por ejemplo, que con su newsletter ha logrado 400.000 suscriptores en medio año y un índice de apertura del 65% (vamos, que no termina en la papelera sin abrir). No sólo eso: el contenido de Lenny acaba copando incluso los titulares de la prensa generalista, como pasó con la carta abierta de Jennifer Lawrence sobre la brecha salarial en Hollywood.

Después de años de letargo, en que parecía que escribir de según qué temas estaba fuera de lugar (¿pero por qué eres feminista, si ya hay igualdad?, es la pregunta más estúpida que he aguantado durante años… y los que me quedan), de repente hay un boom de hablar y abordar el feminismo. Pero aún estamos a años luz de lo que deberíamos tener. Habrá a quien le parezca que se habla mucho del tema, pero aún estamos rodeados de mierda. Según un estudio de 2010, el 46% de las historias que se escribían sobre mujeres sólo reforzaban los esterotipos de siempre. En 2015 las cosas no eran mucho mejores (este estudio tiene más de 100 páginas, pero ya en el índice salen datos incómodos sobre los medios en EE.UU.). O la brecha salarial entre hombres y mujeres, que en un país como Alemania es del 21.6% (sólo superada por Estonia y Austria).

En los últimos años los medios se han dado cuenta de que el feminismo vende, y ya sea por verdadero interés o por no quedarse al remolque de los clicks que podrían pillar, cada vez hay más contenidos sobre el tema. A los segundos, a los que van a por el click, se les caza inmediatamente, porque suelen caer en el “mansplaining”: hombres que no sabrían ni cómo usar un tampón, que nunca han sufrido discriminación salarial o a los que jamás han preguntado en  cuándo piensan tener hijos se empeñan en opinar de feminismo, en explicárnoslo y peor aún, en criticarlo, porque ellos lo valen, claro, porque es lo que han estado haciendo toda la vida, dominar la conversación, la agenda… y no van a perder su privilegio ahora, así tengan que descalificar a la mujer de turno, acusarnos de feminazis o sacarse de la manga un homenaje rancio. Y esta semana, toca todo eso. Hay medios que hacen una labor diaria de denuncia de la desigualdad, pero hay otros que sólo se acuerdan esta semana, porque toca pillar clicks, mejorar el posicionamiento SEO y viralizarse en las redes sociales. Medios que reproducen los peores clichés a diario, que reducen la presencia de la mujer a la sección de bazares cosméticos o cuyas plantillas apestan a testosterona sacarán esta semana su columnita o reportajito de rigor, no sea que los tilden de machistas. Y habrá hombres explicándonos lo difícil que es ser mujer, lo reivindicable que es X o Z, o lo horrorosas que son Y y W o peor aún, lo feminazis que somos y cuánto sacamos las cosas de quicio. Y mientras esos medios que nunca se acuerdan de nosotras y en cuyos titulares las mujeres “aparecen muertas” y no son asesinadas o dan cabida a hombres que hacen uso de su privilegio y les pagan por columnas en las que se limitan al “mansplaining”, las que tenemos que luchar a diario contra el techo de cristal somos nosotras.

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Ai Weiwei convierte a los refugiados en carne de photocall

#cinemaforpeace Berlin

Una foto publicada por Ai Weiwei (@aiww) el

En su última cruzada, Ai Weiwei ha decidido llamar la atención sobre el tema de los refugiados, pero hace ya tiempo que cruzó la línea que separa la preocupación con la explotación: primero fue a Lesbos a hacerse selfies con los refugiados y después hizo el ridículo posando como Aylan. Pero una de las escenas más vergonzantes se ha producido en la Berlinale, donde se ha terminado de convertir un drama huminatario en carne de papel cuché y fama 2.0.

El lunes se celebró en la Berlinale la gala Cinema for Peace, que premia las películas que promueven la paz y el entendimiento. Hasta ahí, todo más o menos normal. Ai Weiwei aprovechó la ocasión para llamar la atención sobre los refugiados colocando cientos de chalecos salvavidas en las columnas del Konzerthaus, el teatro que acogió la gala. También colgó un bote utilizado  por quienes cruzan el Mediterráneo huyendo de la guerra con las palabras “safe passage”. Pero el artista chino parece haber olvidado la persecución que él mismo ha sufrido y aquéllo le debió parecer poco, así que decidió que se colocaran las mantas térmicas que recibien los refugiados al llegar a la costa en las sillas de los invitados a la gala para después pedirles que se cubrieran con ellas y se hicieran un selfie. Y ahí la cosa se convirtió en algo dantesco, con Charlize Theron y Pussy Riot llenando las páginas de la prensa alemana de fotos en las que las vemos cubriendo sus vestidos de alta costura y sus diamantes con las mantas doradas mientras posan sonrientes a la cámara. La indignación no tardó en llgar a las redes sociales, donde #cinemaforpeace se convirtió en trending topic  algunos se apresuraron a mostrar el destino de las mantas: arrinconadas en las esquinas junto a botellas de alcohol vacías. Querían mostrar solidaridad y apoyo, han demostrado frivolidad.

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En ‘The Hateful 8’ no hay machismo, hay supervivencia

hateful 8

Le tenía ganas a ‘The Hateful 8‘, no sólo porque sea Tarantino, sino por esas acusaciones de misoginia que recaían sobre la cinta. “Vas a odiar a Daisy Domergue”, me decía un amigo, “es odiosa”. No, no lo es, es una superviviente, una persona a la que quieren destruir, a la que a tratan como a un animal, y que para mantener la dignidad sólo le queda la venganza, el hijoputismo, el orgullo. ¡Y vaya si lo usa!

Había leído también que había misoginia, que era una cinta machista, que para una protagonista que hay, y tiene que ser Domergue… Me sorprendía, porque en las películas de Tarantino, de entrada, los personajes femeninos suelen ser de armas tomar, así que allá que me fui a verla sabiendo que iba a analizar a Daisy con lupa. Y las cosas como son, no sólo no me ofendio un ápice, sino que su personaje me encantó, desde esa mala baba nacida de su orgullo y de su reticencia a ser domesticada a su actitud victoriosa al final de la cinta, cuando la vemos cubierta en sangre en una imagen que recuerda mucho a “Carrie”.

En “The Hateful 8” reciben todos, blancos, negros, mujeres, hombres, ancianos, jóvenes… pero Domergue es de las pocas que mueren matando: lucha hasta el final, y sus compañeros no la miran por encim del hombro, no: la temen, la odian y la respetan, porque saben que incluso encadenada es capaz de hacer daño, y veces le basta con la lengua. Y éso, se mire por donde se mire, no es machismo, ni misoginia ni desprecio. Todo lo contrario: incluso acorralada, Domergue tiene capacidad para hacer daño a sus mercenarios.

Y un detalle, por cierto: Tarantino ha escrito un personaje increíble  para una mujer que supera los 50 años.

 

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Lo que diga Beyoncé

Se ve que había más invitados a actúar en la gala de la Superbowl aparte de Beyoncé, pero de quien se habla hoy, es de Bey. De su caída que no fue caída (Madonna debe envidiarla mucho ahora), de su estilismo homenaje a Michael Jackson pero sobre todo,  y ésto es lo que me parece más interesante, de ese ejército de mujeres vestidas como las Panteras Negras que sacó a bailar “Formation” (también era sólo de mujeres la orquesta que acompañaba su actuación). Después del patinazo del vídeo con Coldplay (yo aún no le he perdonado a Madonna lo de “La isla bonita”, así que imagino que contentos deben estar en india), hacía falta recuperar a Queen Bey en todo su esplendor y nada para hacerlo como reivindicando su cultura y denunciando las muertes sistemáticas a manos de la policía de jóvenes cuyo único delito es ser negros. Si “Formation” ya levantó ampollas por su denuncia nada velada a la desidia de los políticos tras el paso del huracán Katrina, en la SuperBowl, que es lo más visto en la televisión norteamericana, ha optado por un mensaje más radical reivindicando a esas Panteras Negras que abogaban por la organización y la autodefensa. Sí, era un claro guiño al movimiento Black Lives Matter, y sus bailarinas tampoco ocultaron las pancartas que pedían justicia para Mario Woods. Y eso ha molestado mucho a ese “establishment” encantado con las ediciones de óscars en las que sólo se nomina a blancos y con las mujeres que se limitan a lucir palmito y escote, pero no demasiado.

Que a las mujeres se las utilice sistemáticamente para vender productos parece que no es grave, pero que Beyoncé reivindique los derechos de la comunidad negra es una afrenta de la que opina hasta Giuliani. A mí, creo que no hace falta decirlo, me parece estupendo lo que ha hecho Beyoncé: que aproveche su fama y el alcance que tiene cada uno de sus movimientos para soltar mensajes feministas o reclamar justicia es algo que no sólo no debería escandalizarnos, sino que deberíamos celebrar. Ya está bien de artistas calladitos, políticamente correctos, que aunque sean más conocidos que Jesucristo no abren la boca no sea que molesten a alguien. Y si con su actuación Beyoncé ha conseguido que alguien lea hoy las noticias para saber qué pasa en EEUU, o que busque en Google quiénes eran las Panteras Negras, o ha provocado un ataque de urticaria a los acólitos de Donald Trump, ya ha hecho mucho.

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¿Qué es Liquen?

Liquen

Si alguna vez has buscado información en Wikipedia (y probablemente no seas de este planeta si nunca lo has hecho) habrás observado ese sesgo WASP que tiene: buscar información sobre minorías o mujeres relevantes frustra, porque o bien es escasa, o apesta a patriarcado. Un sencillo ejemplo: la búsqueda de Sartre muestra un extenso índice dedicado a su obra y pensamiento. Si buscamos a Simone de Beauvoir, el índice antepone la muerte de Sartre y sus relaciones personales a su obra. Y no, esos apartados no existen en la entrada dedicada al primero. Da igual que estemos ante una de las feministas y pensadoras más relevantes del siglo XX, su papel como “pareja de” y su vida sentimental cuentan más para los editores de la Wikipedia, en su mayoría, hombres (nada menos que el 90% de quienes dedican su tiempo a la web). Las mujeres no son las únicas que salen perdiendo: cualquier minoría o país que no pertenezca a occidente y el primer mundo también ven mermada su representación.

El problema no se ciñe a la Wikipedia, sino que es extensible a buena parte de las redes sociales, donde mujeres y minorías ven cómo se perpetúan estereotipos manidos (es una ironía que sea una mujer, Hedy Lamarr, quien sentara las bases de la comunicación digital inalámbrica).

Volviendo a la pregunta de qué es Liquen: pues es nada menos que un proyecto que pretende terminar con ese ‘status quo’ no sólo estudiando ese sesgo, sino creando una app que permita explorar la Wikipedia informando sobre el mismo. Y tú puedes ayudar: basta con registrarse en esta web (no lleva ni cinco minutos) y participar en un sencillo cuestionario: unx puede quejarse, pero eso no basta para cambiar las cosas.