feminismo

Leyes hechas por hombres… y para hombres

Que en pleno siglo XXI aún haya que explicar que el aborto no es plato de gusto para ninguna mujer es delirante, pero que haya que tolerar que decidan sobre el derecho al aborto curas, médicos, maridos y cualquier ser humano que tenga un rabo entre las piernas en vez de un útero es negarle a la mujer ser un sujeto de pleno derecho.  Mucha gente se lleva las manos a la cabeza cuando se entera de que las mujeres necesitaban el permiso del padre o el cónyuge para abrir una cuenta bancaria durante el franquismo, eso sí, que sobre lo que sucede en nuestro útero decida hasta un cura, es “normal”.

En una nueva entrega de “opinemos sobre el cuerpo de la mujer porque a dónde van ellas decidiendo qué quieren hacer con sus vidas”, el gobernador de Missouri quiere que ahora sean las parejas de las embarazadas quienes decidan, en última instancia, si las mujeres pueden o no abortar. ¡Menos mal que están los hombres para pensar con nosotras, sobre todo ahora que sabemos que sus decisiones son las más inteligentes!

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Cementerios berlineses: “segundo” round

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El de Weissensee es el cementerio judío más grande de Europa, y cosa rara en Berlín, el único que no profanaciones durante el nazismo (llegaron más tarde, incluso en los 80, pero durante el nazismo se mantuvo intacto). No es la única curiosidad que ofrece a priori: a diferencia de lo que se estila en los cementerios judíos, en este se ven grandes mausoleos y tumbas grandilocuentes, muy del gusto decimonónico.

Pero en el momento en que se cruza la puerta, aparece también la historia negra de Alemania, con una lápida por cada campo de concentración en que murieron millones de judíos: Treblinka, Auschwitz, Sachsenhausen… lápidas cubiertas por esas piedras que dejan los vivos a los muertos, en señal de respeto y recuerdo. Luego, sólo unos metros más adentro, hay toda una sección del cementerio con lápidas con los que perdieron la vida luchando por Alemania durante la I Guerra Mundial, y en el centro, un monumento, intacto, con la imagen de un león descansando. ¡Cómo cambiaron las tornas sólo una generación después! Porque tumbas de muertos durante el nazismo hay muchas: se cuentan por decenas, pese al destino de la mayoría de los cadáveres. La mayoría no especifican el lugar de fallecimiento, como si no mentarlo doliera menos o maquillara la realidad. Pero en otras lo pone, casi siempre es Auschwitz, y en ocasiones, ese Auschwitz va acompañado de un recordatorio de  los descendientes de EE.UU. o Inglaterra, probablemente de los pocos que pudieron salir a tiempo del país.

Y pese a todo, es un cementerio bonito.

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Mauerweg (II)

De Oberbaumbrücke a Potsdamer Platz: sólo 7 de los 155 kilómetros que rodeaban y dividían Berlín. En teoría, siete kilómetros que no debería llevar más de una hora y media recorrer, en la práctica, tan llenos de gente que me llevó el doble de tiempo. Había muchas más personas que el viernes, sobre todo en Checkpoint Charlie y la East Side Gallery (“tourist traps”…). Pero había, sobre todo, centenares de alemanes (me pregunto cuántos de ellos habrán recorrido ese muro, pero no de luz, sino de hormigón) que se detenían a ver cada documental o a explicar a niños de apenas 10 años que tal día como hoy cayó el muro.

Y de nuevo, decenas de historias de intentos de huida y muertes, como la de Peter Fechter, a quien dejaron morir, sin hacer nada por ayudarle (me pregunto a menudo cuántas historias desconozco aún, cuántos intentos de fuga o muertes permanecen incluso silenciados).

Esta noche se cumplen los 25 años de la caída del muro de Berlín: liberarán los globos, recogerán el chiringuito y el mundo se olvidará de este muro (como se olvida a diario del de Palestina), pero el impuesto de solidaridad recuerda cada mes que el símbolo ha caído, pero que la reconstrucción alemana está lejos de haber terminado.

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Mauerweg (I)

Confieso que cuando el jueves vi los preparativos del “lichtgrenze” (la barrera de luz que hace el recorrido del muro de Berlín hasta mañana) me pareció horrible: sin globos, con una bolsas de plástico que parecían del Lidl, y una caseta de feria en cada esquina, pensé que eso lo iba a ver Rita. En algunas zonas (Potsdamer Platz, la entrada del Mauerpark) hay un montón de bloques de plástico azul con logotipos (entre ellos el de la S-Bahn, que después de vender abonos a 15 euros para este fin de semana van y se ponen en huelga), tiendas de recuerdos y en fin, un ambiente que parece de verbena a la que sólo le falta una actuación del equivalente alemán a Loco Mía.

Así que cuando salí de trabajar pensé “vale, me acerco a la puerta de Brandenburgo, veo el chiringo que han montado y tiro para casa”. Lo que no podía prever era la curiosidad: una vez allí quería ver cómo era Berlín con muro, qué debía sentirse recorriendo una ciudad brutalmente dividida. Y empecé a caminar recorriendo ese muro de luz que marcaba por dónde pasó una vez el muro. Por más que la doble línea de adoquines marque cada día dónde se levantó una vez, no es lo mismo que ver luces en lo alto: es más fácil imaginar lo que debió ser alguna vez mirar al frente y encontrar un bloque de cemento y los últimos pisos de unos edificios que estando en la misma ciudad, eran, sin embargo, otro país. Cuando me dí cuenta llevaba ya varios kilómetros caminando, y conmigo, decenas de personas: había aceras vacías, pero en las que se erigía el “lichtgrenze” apenas cabían las bicis y los peatones. Había incluso grupos de gente corriendo a lo largo del muro.  Rodeé hospitales, atravesé un cementerio (el muro tampoco respetaba tumbas), caminé junto al río, subí y bajé escaleras… en un trazado irregular y absurdo, tan absurdo y cruel como la división de la ciudad. Varios kilómetros después llegué a Bornholmer Brücke, uno de los pasos fronterizos y el primer lugar en el que se “cayó” el muro. Antes de llegar allí, pasé delante de otros dos puntos clave, donde murió Günter Litfing,  la primera víctima por disparos) y donde se produjo el último intento de fuga, el 8 de abril de 1989 en Chaussestrasse (fue el último disparo, pese a que se habían prohibido unos días antes).

Entre hoy y mañana, me toca recorrer la segunda parte: de Potsdamer Platz a Warschauer Strasse.

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El muro invisible

Faltan sólo unos días para que se celebre el 25º aniversario de la caída del muro. Un muro, que sin embargo, a veces sigue ahí, invisible y silencioso, pero marcando unas diferencias entre oeste y este que aún son palpables, aunque empiecen a difuminarse. Pienso en mi barrio: me basta con mirar arriba para ver edificios que llevan escrita la guerra fría en su fachada, una fachada gris, a menudo desconchada, con balcones que amenazan con caerse. Van renovando esos edificios poco a poco, pero un cuarto de siglo más tarde ahí siguen, sobreviviendo dos guerras y el abandono que conllevó la fría. No son los únicos vestigios que hay en mi barrio de la división: numerosas viviendas de protección oficial, parques con monumentos comunistas (algunos mejor cuidados que otros, pero todos con ese aspecto imponente tan característico de la RDA) e incluso la gente (basta con darse un paseo por Weissensee un domingo por la tarde o con acercarse a Müggelsee para sentirse transportado en el tiempo, a una ciudad aún dividida). A veces me pregunto cuántas décadas han de pasar para que dejen de notarse diferencias… que no para que se olvide, porque si hay algo que esta ciudad no se permite es olvidar su propia historia, por negra que ésta sea.

El caso es que de cara al aniversario hay programandas cientos de actividades, más de las que puedo seguir: desde visitas guiadas a lo largo del muro para todos los gustos (las oficiales salen cada hora y sólo cuestan cinco euros), a exposiciones, charlas, el cacareado muro de luz formado por globos (me gustaría saber cuánto duran esos globos en otra ciudad) hasta el concierto de Barenboim dirigiendo la 9ª sinfonía de Beethoven en la puerta de Brandenburgo (va a ser imposible acercarse, por supuesto). Por haber, hay hasta una carrera de 9 kilómetros.

Yo me he propuesto recorrer ya de una vez una parte del muro, como mínimo de Pankow a Kreuzberg, aunque estos días se puede recorrer el muro incluso a través de la pantalla, ya sea leyendo a Will Self, a Wim Wenders o mirando algunas de las múltiples galerías de fotos que andan publicando estos días todos los medios del mundo.

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“20.000 days on Earth”: una elegía

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A priori, “20.000 days on Earth” suena un poco a paja mental: una película en tono documental escrita por Nick Cave, protagonizada por Nick Cave, con música de Nick Cave y sobre Nick Cave. Vamos, que si no te gusta Nick Cave, para qué vas a ver una cinta que parte de una premisa totalmente autocomplaciente, amable y hasta egocéntrica…  Pero no, resulta que la cosa va un poco más allá.

Es cierto que la cara que se ofrece de Cave es más bien amable y que pasa de puntillas por los temas más espinosos (impagable esa escena con Blixa, en plan amante despechado, con una tensión que bien puede ser impostada o absolutamente real) o los toca desde la anécdota o en clave de humor (como lo de su rutina yonki misa-chute), pero de forma seguramente premeditada, a medida que avanza la película ésta se va convirtiendo en una reflexión sobre la memoria, la vejez (el final, con las imágenes de un Cave jovencísimo intercaladas en fogonazos entre otras de una actuación reciente y una reflexión que no por manida deja de ser menos cierta: más vale arrepentirse de lo que se hace que dejar que la vida pase de puntillas.

Y sales del cine y piensas que lo último que te apetece es coger el tranvía y ver a un montón de gente que sólo mira la pantalla de su móvil, estando sin estar, así que te adentras en la espesa niebla y caminas a casa por esas calles ya vacías, aunque tardes más en llegar y el frío empiece esté llamando a la puerta, porque sabes que al menos ese momento no se convertirá en otro rutinario y alienante viaje.

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“Berlinversary”

Pues un año ya aquí, y se me ha pasado rápido, sobre todo cuando pienso en todo lo que me quedar por ver, hacer, leer y aprender (sobre todo alemán).

Como no tengo mucho tiempo, me voy a limitar a enumerar algunas de las ideas preconcebidas a las que me llevo enfrentando este año, ideas, que en el 99% de los casos, vienen además de gente que no ha vivido nunca aquí y casi nunca fuera de su país.

– Mi vida es una fiesta continua: NO.

– En Alemania son más eficaces: NO necesariamente. Buena suerte con la instalación de internet y la burocracia.

– Berlín es baratísimo: NO. Ya no.

– Te vas de España y no luchas por tu país, es egoísmo: NO. Del concepto decimonónico de nación hablamos otro día, y de qué ha hecho mi país por mí, también, y de que sólo tengo una vida, creo que no hace falta ni hablar.

– Puedes vivir sin alemán: sí… pero NO. Buena suerte buscando piso, dentista o leyendo un menú.

– ¿Cuándo vas a volver? No lo sé, no tengo prisa, no es algo en lo que piense. La forma en que haces planes y piensas en el futuro cambia radicalmente cuando vives fuera. Además, soy feliz  aquí.

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Cuando los bosques entran en los museos

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A priori, la idea de encerrar un bosque en un museo suena horrible… hasta que se ve. Aprovechando que van a renovar la Neues Nationalgalerie (siempre digo que Berlín aún está en proceso de construcción, que a diferencia de otras capitales europeas, no está “terminada”), David Clipperfield ha metido nada menos que 144 troncos que ejercen de magníficas columnas del edifico de Mies van der Rohe y que a su vez también provienen de un bosque del norte de Alemania en proceso de renovación (de vuelta al nada se tira, todo se transforma, tan intrínseco a la ciudad de Berlín).

Impresiona ver esos abetos desnudos y centenarios ahí metidos: por fuera parece una vitrina de un museo de ciencia, pero una vez dentro,  y pese a la disposición tan geométrica de los troncos (y tan poco natural) que tienen, la luz cenital consigue insuflarles una nueva vida.

 

He hecho algunas fotos, pero mucho me temo que no le hacen justicia.

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Matthew Herbert: “The recording” (2ª entrega)

Sigo fascinada con el espacio de debate que ha creado Matthew Herbert en la Deutsche Oper: no se trata tanto del resultado (que se presenta el jueves y para el que está todo vendido) como del proceso en sí, y las preguntas que ese proceso genera (por supuesto, ahí hay muchas butacas vacías, que la “fiesta” es lo primero, aunque luego tengas un “lost in translation” en toda regla). Y durante ese proceso se ha hablado de religión, de rituales, de modos de vida, del virtuosismo… y de lo que se seguirá hablando, porque cada día se pone un tema sobre la mesa que se disecciona con la ayuda de ponentes con bagajes bien distintos…

Y hoy, a propósito del virtuosismo (en el que ha salido varias veces, por cierto, el nombre del músico que más me ha aburrido en directo los últimos años pese a su impecable técnica), ha salido a colación el “Get Ur Freak On” de Missy Elliot. Se preguntaba Herbert cómo era posible que una canción tan buena, tan perfecta, tuviera un mensaje tan tonto, que vaya una oportunidad desperdiciada. Y yo, que no me puedo callar ni debajo del agua, mirando a ese panel que hoy estaba compuesto por una mayoría de hombres blancos presumiblemente heterosexuales que están en una posición privilegiada (no ha sido la norma, el de ayer era sólo de mujeres, pero el de hoy incluía a periodistas y programadores de conciertos, músicos de la Deutsche Philarmonie y sólo una mujer), he tenido que decir que no, que con todos mis respetos, pero discrepo. Discrepo profundamente. Me parece que una mujer negra, que además no responde al estándar de belleza que impone la norma, saque un temazo como “Get Ur Freak On” (con una letra que además juega con la sexualidad), me parece revolucionario, sobre todo en un momento en el que las riot grrrls estaban muertas y enterradas y en el que el hip hop llevaba el nombre de Eminem. Y para mí, Missy Elliot cantando aquello empoderaba tanto a la mujer como Patti Smith agarrándose una polla imaginaria en sus actuaciones del CBGB´s mientras cantaba “Gloria”, y un corte de mangas al patriarcado y a lo que la mujer puede/debe hacer como cualquier otro.

Yo no sé si después de mi intervención de hoy me van a prohibir la entrada al resto de jornadas o si Herbert recogerá el guante del reto que le han lanzado hoy: componer mañana un tema en alemán que diga el equivalente a “Get Ur Freak On”. Mañana, por desgracia, no voy a estar allí. Pero si alguien va, por favor que me cuente cómo termina la cosa… no sea que el miércoles me veten en la puerta.

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Matthew Herbert: “ruido, se graba”

Siempre quise colarme en un estudio de grabación, lo que no podía imaginar es que iba a ser posible hacerlo nada menos que en el de Matthew Herbert y, además, ser parte activa de la misma. De eso va “The Recording”: durante una semana, el británico graba con y ante el público un álbum en la Deutsche Oper en la que el público, además, participa de todas las maneras imaginables (haciendo ruidos que se samplean posteriormente, hablando en paneles de discusión que giran en torno a la música y la política, asistiendo a los ensayos…).  Es fascinante ver cómo todos esos sonidos van convirtiéndose en una pieza coherente, asistir a sus transformaciones, escuchar cómo se hace algo y por qué… y todo, con un hilo argumental: ayer, el placer; hoy, la espiritualidad.

Las jornadas terminan el jueves 25, con una fiesta en la que se presentará el álbum, y para la que ya no quedan entradas, pero sí las hay para participar en la grabación (cada sesión dura seis horas, se puede entrar y salir libremente y sólo cuesta 5 euros). No sólo lo recomiendo, es que me da rabia incluso no poder ir cada día. Fotos de ayer, por aquí.