batiburrillo

Seis meses en Berlín

Hoy hace seis meses que aterricé en Berlín con maleta y media y una sonrisa que no me cabía en la cara y esas cursilerías que se suelen escribir en estas ocasiones y que en fin, para qué replicar. Medio año más tarde y aún me peleo con el alemán (creo que hasta para respirar debe regir dativo o acusativo según se inspire y expire), ya me parece lo más normal del mundo tener que pagar 20 euros para lograr un papel que diga que no tienes deudas para buscar piso y hace tiempo que dejó de llamarme la atención que la gente haga la compra poco a poco, casi a diario, en vez de para quince días.

Seis meses pero aún sigo rascando la superficie, abriendo bien los ojos, tratando de fijarme en los detalles con la curiosidad de las primeras semanas, con miedo a que la rutina no deje espacio a la sorpresa y a la disección.

batiburrillo

Cementerios berlineses: primer “round”

Me fascinan los cementerios: la forma en que un pueblo  entierra a sus muertos me dice tanto o más de su cultura que muchas otras cosas, porque a diferencia de la gastronomía, el ocio o la forma de vestir, el ceremonial de la muerte aún no está globalizado.

A diferencia de los cementerios españoles e incluso de los franceses, los alemanes son sobrios: rara vez se encuentra uno esculturas dramáticas que lleven escrito “sentimiento trágico de la vida” entre líneas (las pocas que hay, son casi todas antiguas), no hay cipreses de sombras alargadas y a menudo, incluso, el cementerio es incluso un lugar de recreo en sentido literal (en el de Prenzlauer hay incluso un parque infantil y los primeros días llama la atención ver a gente que va a correr al camposanto, luego ya se convierte en una estampa habitual). No es lo único que sorprende, también lo hacen otros detalles: esa lápida negra sin fechas o nombres pero con un inquisito “Warum?” escrito en el reverso o la existencia de un cementerio para los para los suicidas (condenado a desaparecer y en el que está enterrada Nico pese a no ser “namenlosen”) o la sobriedad espartana de las lápidas (las macabras fotografías enmarcadas atornilladas al mármol brillan por su ausencia). Ni siquiera Marx (Groucho) es capaz de superar el “weitermachen!” de Marcuse.

batiburrillo

El cielo sobre Berlín

El cielo de Berlín es inexistente, como un gran vacío, una nube plomiza enorme, capaz de cubrir toda la ciudad. La mayoría de las veces miras al cielo y no ves nada, sólo el vacío, el perfil de los edificios recortados con nitidez contra una claridad grisácea, uniforme, y a veces inquietante. Como si fuera un croma o el fondo de un plató de fotografía. No es contaminación, ni niebla, sino una “ausencia de cielo”.

batiburrillo

La “decadance” de Berlín

Una de las cosas que más me fascina de Berlín son los  edificios fantasma que aún se pueden encontrar: cada vez menos porque aquí también ha llegado la especulación inmobiliaria y cada vez más inaccesibles ya sea porque los van tapiando o porque alguien decide sacarse unos euros a costa de quien quiere colarse en un edificio en ruinas.

De los edificios abandonados que he visitado en Berlín, uno de los más fascinantes es  Grünau Ballhaus, un antiguo salón de baile/hotel/restaurante/zona-de-vacaciones que estuvo activo hasta bien entrado el siglo XX y que pese a la pintura desconchada, los techos caídos y el suelo agujereado, aún transmite buena parte de ese esplendor.

A tenor de la gente que había hoy (he llegado a contar casi una quincena de personas), sospecho que será cuestión de meses, si no semanas, que lo tapien por completo. Pero por unos momentos ha sido bonito imaginarlo en todo su esplendor decimonónico o en plena “decadance” durante los años 20.

batiburrillo

La compra

Cuando cambias de país empiezas a sentirte a gusto el día que por fin puedes hacer la compra con los ojos cerrados: parece estúpido, pero aún recuerdo los primeros días en Berlín, vagando por los pasillos de los supermercados, tratando de descifrar qué coño era eso de la “buttermilch” (que en contra de lo que indica su nombre de leche sólo tiene el color y de mantequilla más bien poco), por qué algunos calabacines parecen pepinillos gigantes, ignorando que pudiera haber casi un pasillo entero sólo para los cereales y complejos vitamínicos y buscando con poco éxito alcohol  sanitario (preguntar por él en la doguería significa que te señalen la estantería de vinos, porque sí, es posible comprar vino en una droguería) o un mocho de fregona. Eso sin contar con cosas más simples como que no saber suficiente alemán te puede llevar a comprar un café que sirva para todo menos para despertarse (“kräftig” es la palabra cable para no caerse por las esquinas nada más desayunar) o que convierte en misión imposible leer el prospecto de una medicina. Y ni sueñes con encontrar fácilmente garbanzos o judías en un barrio en el que no haya tiendas de turcos, porque directamente es misión imposible (imcomprensiblemente, eso sí, puedes encontrar lentejas de colores ácidos en supermercados de comida orgánica, por mucho que esos naranas, amarillos o verdes apesten a artifial). Y del pescado ya casi mejor que hablamos otro día…

feminismo música

Beyoncé no puede ser feminista

Beyoncé no puede ser feminista. No lo digo yo, lo dicen opinadores/as que parecen no querer aceptar que se puede ser mujer, joven, atractiva, segura de sí misma, y negra para más inri, y además feminista. Que no, hombre, no, que todo el mundo sabe que las feministas somos mujeres feas, gordas, amargadas y enemigas de la depilación, hasta ahí podíamos llegar. Lo dicen sobre todo hombres blancos que han crecido en heteropatriarcados con todos los privilegios que sus gónadas y sexualidad les dan desde que nacen. Los segundos, eso sí, lo suelen decir en “petit comité”, no sea que alguna feminista soliviantada ponga el grito en el cielo. Hoy me he encontrado con otra de esas críticas hechas por hombres, pero no es el primer día: desde que Beyoncé sacó su último disco, me he visto ya defendiendo varias veces (casi siempre ante un hombre) que se puede ser Beyoncé y creer firmemente en la igualdad de oportunidades. Pero que un hombre no entienda/acepte eso, es, por desgracia, el pan-nuestro-de-cada-día, ahora bien, que muchas mujeres le critiquen por declararse feminista me parece más grave  (afortunadamente, son las menos).

Si algo ha puesto en claro Beyoncé con su último disco (y ahora también con su manifiesto) es un tema que se viene hablando desde hace tiempo y que por un motivo u otro se pasa de largo, y es cómo el feminismo no ha sido inclusivo con la mujer negra.  Como bien apuntaba Mikki Kendall en The Guardian, no existe la talla única para el feminismo, o como señalaban en NPR, hay toda una comunidad de mujeres que no entienden por empoderamiento lo mismo que una larga tradición de mujeres blancas de clase media. Y parece que molesta, y mucho.

economía política sociedad

“It´s the economy, stupid!”

Ahora que está todo el mundo con las listas de lo mejor del año, Pew Research ha recuperado uno de sus exhaustivos (e imprescindibles) estudios sobre la percepción que algunos países tienen de temas tan dispares como la administración Obama (no sorprende que la popularidad del presidente haya caído tras las revelaciones de Snowden, aunque sí sorprende que Alemania sea el país  que más confía en él, tal vez se deba a que la última actualización es de julio) o la confianza en EE.UU. (pocas sorpresas tampoco en que Israel sea el segundo país con la opinión más favorable).

El estudio no sólo se centra en EE.UU, sino en temas como la economía global, la confianza en el euro, en la Unión Europea o en la capacidad de Angela Merkel para gestionar la crisis. Y ahí, en lo que toca a España, los resultados son demoledores: desde que comenzó la crisis, la satisfacción con el rumbo del país se ha derrumbado hasta un paupérrimo 5% (el año que se hundió Lehman Brothers, la cifra era del 50%), un  51% (lejano del casi 70% pre-crisis) define su situación financiera como buena (seguramente ahí estén esos mileuristas que continuamente deben escuchar que no se quejen que al menos tienen trabajo), sólo un 4% de la población describe como buena la situación financiera del país, ni un 25% espera que la situación mejore, más de la mitad creen que la cosa ha empeorado desde la integración económica con la UE (pese a todo, el 67% prefiere quedarse con el euro) y ni un 40% cree que Angela Merkel esté gestionando bien la crisis (aunque sin duda la escasa credibilidad de Rajoy, al que no reconocen como presidente ni en las reuniones de la Unión, tampoco ayuda). Pero lo peor, lo más triste, es que resulta difícil no comulgar con los pronósticos más agoreros.

batiburrillo

España y olé

Otra vez el anuncio de Campofrío, a vueltas con lo español, que para Icíar Bollaín pasa por tocarse mucho e invadir el espacio vital, hablar a gritos y hacer chistes (como ejemplo de humorista, nada menos que Chiquito de la Calzada). Pues no. Ni me gusta la gente sobona, me da vergüenza la gente a la que se oye desde la otra punta del vagón y para humor me quedo con el de Billy Wilder. Sólo le ha faltado meter a un figurante gritando “Gibraltar, español”. Con anuncios así lo raro es que no se quiera hacer extranjera más gente, porque si “eso” que es lo mejor que tiene el “ser español”, vamos apañados. Después de esta perla y la de la lotería, sólo falta por ver con qué nos sorprende Freixenet, pero así, nostalgia cero.

batiburrillo

Berghain sin fotos

Del Berghain está ya casi todo dicho/escrito, tanto que la prohibición de hacer fotos en su interior no me cogió por sorpresa cuando lo pisé por primera vez hace unos días: miraron mi móvil y con un tono imposible de obviar me ordenaron que nada de fotos (no era una petición, era una orden). Más tarde, en el concierto, la norma se cumplía a rajatabla. Salvo un único fotógrafo, imagino que acreditado, no se veía ni una cámara ni un móvil  (tampoco se oía una voz, por cierto). Nada de gente preocupada por hacer saber al mundo lo que opinaba del concierto o por pavonearse, allí se iba a ver a Godflesh y a Pharmakon, o a lo que fuera (tampoco faltaban los carteles con advertencias de vigilar la bebida para evitar que alguien eche una “rape  drug” en el vaso), pero desde luego, no a sacar fotos para el Instagram o microvídeos para Vine.

Por unas horas, fue como viajar en el tiempo, cuando lo importante no era tanto contar lo que se hacía como hacerlo. Y no podía evitar preguntarme cuántas veces nos habríamos reprimido con veinte años de hacer algo sabiendo que en cualquier momento alguien podía sacar un teléfono, hacer una foto y enviarla a Facebook. Y puede que ésa sea una de las claves por las que tanta gente tiene querencia al Berghain, porque lo que se hace dentro, allí se queda… eso, y que las experiencias allí son reales, y no vicarias como en tantos otros sitios en los que a fuerza de mirar por la pantalla con el tiempo resultará difícil distinguir  lo real de lo imaginado.

batiburrillo cine

El tráiler de ‘Nynphomaniac’, censurado otra vez por YouTube

No me sorprende que YouTube haya censurado otra vez el tráiler de ‘Nynphomaniac’, lo que me extraña es que durase ahí casi un día (a Bowie lo censuraron en cuestión de horas por mucho menos). Pero con el sexo en YouTube no se juega: nada de mostrar pezones, aunque se puedan ver cosas mucho peores, pero claro que sí, no se ve un solo pezón, ¡hasta ahí podíamos llegar! Siempre nos quedará Vimeo.

Nymphomaniac Official Trailer from Zentropa on Vimeo.