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Alex Ross: “Tenemos que aprender a vivir con la complejidad”

Alex Ross: “Tenemos que aprender a vivir con la complejidad”

En plena época de cancelaciones y con el debate entre la separación de la obra del autor más candente que nunca, Alex Ross publica “Wagnerismo”, una obra que analiza en profundidad a una de las figuras más polémicas y relevantes de la historia de la música: Richard Wagner. Hablamos con el erudito y gran divulgador de la música clásica de nuestra era.

Acometer la tarea que Alex Ross (Washington D.C., 1968) se autoimpuso al escribir las casi mil páginas de “Wagnerismo. Arte y política a la sombra de la música” (“Wagnerism. Arts And Politics In The Shadow Of Music, 2020; Seix Barral, 2021) resulta peliaguda. La de Richard Wagner es posiblemente una de las figuras más problemáticas de la música: abiertamente racista y misógino (como bien explica Ross, “era un volcán de opiniones y está todo escrito”), no solo transformó la ópera, sino que su influencia se extendió a todas las artes y llega hasta nuestros días. Más sorprendente aún resulta su influencia en el feminismo, la cultura queero la apropiación de su obra por intelectuales afroamericanos y músicos judíos, ya sea como reapropiación o como forma de construir un imaginario. En “Wagnerismo” Ross profundiza en esas lecturas menos conocidas de su obra, en la influencia que ha tenido en la cultura y en las aristas existentes en cualquier debate sobre la separación entre autor y obra.

¿Por qué decidiste escribir sobre Wagner?

Bueno, cuando escribí “El ruido eterno” (2007; Seix Barral, 2009) tuve que tener en cuenta la influencia de Wagner, sobre todo al principio, con Mahler y Strauss, porque Wagner era una presencia importante. En esa época di un pequeño rodeo, analizando la influencia de Wagner no solo en la música, sino también en el arte, y me vi tan fascinado con esa relación que cuando terminé “El ruido eterno” pensé que debía centrarme directamente en Wagner, pero no quería escribir sobre su vida y música, porque ya hay miles de libros sobre eso, sino que me interesaba su influencia fuera del mundo de la música: en la literatura, la pintura, el baile, la arquitectura, el cine… Su influencia era tan extensa que me di cuenta de que nadie había tratado de escribir nunca un libro sobre eso; a lo mejor sobre un aspecto, pero no sobre todo.

Me ha llevado una parte importante de presupuesto, diez años de lecturas y de investigación y explorar cientos de figuras; pero también ha sido una experiencia muy gratificante porque al final “Wagnerismo” no es sobre Wagner, sino sobre cómo otra gente experimenta a Wagner y cómo lo usaron para sus propios fines.

¿Qué fue lo más sorprendente que descubriste sobre el compositor? 

Fue muy satisfactorio trabajar sobre Wagner y los afroamericanos, que es algo de lo que no se había hablado mucho. Existe una gran cantidad de escritores, artistas y pensadores afroamericanos en torno a 1900 y en décadas posteriores que encontraron una gran inspiración en Wagner. El más importante es W.E.B Du Bois, una figura muy relevante no solo en la historia afroamericana, sino en general, y que amaba la música de Wagner. Eso sorprende, claro, porque Wagner era racista y defendía ideas de supremacía blanca, pero eso no impidió a Du Bois apreciar a Wagner y verlo, de hecho, como un modelo para que el arte negro usara los mitos y leyendas de la misma forma en que Wagner empleó las leyendas germánicas en su trabajo. Pero el descubrimiento más fascinante es el de la cantante Luranah Aldridge, que se hizo muy famosa en Europa y fue contratada por Cosima Wagner para cantar en Bayreuth, llegando a tener una buena relación con la familia y con Eva Wagner, su hija. De nuevo, tenemos esta imagen tan racista de Wagner en Bayreuth, y estas historias no borran ese hecho, sino que lo complican.

Hablas de un Wagner socialista y de izquierdas que, de hecho, participó activamente en la revolución de la Primavera de los Pueblos de 1848. ¿Crees que esta vertiente se conoce?

La imagen de Wagner ha pasado por tantos cambios en las últimas décadas… A finales del siglo XIX, Wagner estaba más asociado con la izquierda que con la derecha, y se le veía como una figura revolucionaria, tuvo que huir de Alemania en 1849, no regresó hasta los 60 y muchos en la izquierda imaginaban a Wagner como una figura heroica y una inspiración, sobre todo por sus escritos como “Arte y revolución”. Pero la política de Wagner es muy excéntrica, y no se puede decir que fuera comunista o socialista, aunque tenía muchas simpatías e inclinaciones en ese sentido. Todo cambió en el siglo XX, cuando se relacionó a Wagner con la derecha y la Alemania nazi, que se lo apropió como uno de los grandes iconos dentro del nazismo. Esa es la asociación que ha calado: si la gente sabe algo de Wagner es que era el compositor favorito de Hitler y que es lo que sonaba todo el tiempo en la Alemania nazi. Pero olvidar su poderosa vinculación con la izquierda es un error y una distorsión del legado de Wagner. La gente quiere una respuesta sencilla, quiere saber si es bueno o malo y si se le puede escuchar o no, y la respuesta no está clara. Respeto a quien se niega a escuchar a Wagner por su antisemitismo o por lo que sea, pero reducir a Wagner a ese aspecto es un error, porque hay evidencias históricas y tenemos que aprender a vivir con la complejidad y la ambigüedad, aunque nos resulte difícil. 

Las mujeres en las óperas de Wagner suelen ser débiles, pero también hay otras, como la Brunilda de la tetralogía “El anillo del Nibelungo”, que no son la típica heroína operística de la época que se mueve por amor. Eso te lleva a hablar del feminismo en Wagner… 

Muchas mujeres percibían así a Wagner y acogían a estos personajes como símbolos de fuerza, poder y resistencia femenina. Uno puede argumentar hasta la saciedad qué es lo que Wagner pensaba, y de hecho tenía opiniones muy misóginas, pero el hecho es que estas mujeres eran muy poderosas y fuertes en el escenario, no solo los personajes, sino las cantantes, por el registro y la fuerza que hay que tener para cantar a Brunilda y a Isolda. La soprano Lillian Nordica, una de las intérpretes icónicas de Brunilda en el XIX, fue una figura feminista que luchó por el voto de la mujer y usó su imagen de heroína wagneriana para avanzar en su causa. Muchas mujeres se identificaron con estos personajes, aunque de nuevo hay aspectos complicados porque hay elementos tanto progresivos como reaccionarios, pero es interesante observar cómo inspiraron a las mujeres a finales del siglo XIX.

En el libro hablas de un “wagnerismo judío”, que quizá sea el más difícil de entender… 

Los judíos amantes de la música y de la ópera han tenido una lucha muy larga que se remonta a 1850, cuando Wagner publica ese ensayo asqueroso y repulsivo que es “El judaísmo en la música”, y a los judíos a los que le gusta Wagner tienen un grave conflicto con respecto a qué hacer con Wagner y su antisemitismo: algunos lo han rechazado, otros lo han aceptado, y en algunos casos hay un elemento de autorrepresión por el que de alguna forma tratas de borrar tu identidad vinculándote a este ideal nacionalista alemán. Pero también hay personas orgullosas de su judaísmo, sin intención de camuflarlo y que pese a todo pensaban que, escuchando a Wagner, de alguna forma se estaban apropiando de él, vengándose de su antisemitismo. Es un proceso que sigue vigente, y yo, que no soy judío, no soy quién para decir a la gente lo que ha de pensar respecto a Wagner o cómo reaccionar ante su obra, pero creo que el problema nace cuando uno es forzado a escuchar a Wagner a través de sus ideas. Él mismo era confuso y contradictorio, y no hay forma de saber tampoco cómo quería que escucháramos sus piezas, pero todo mi libro es sobre gente que se agarra a Wagner y lo transforma según su propia experiencia, deseos y ambiciones, y durante ese proceso el propio Wagner desaparece y queda relegado al fondo.

También analizas su influencia en la cultura pop, de “Star Wars” a “El señor de los anillos”…

Si pensamos en la cultura popular podemos percibir ecos de Wagner en los cómics, en la ciencia ficción y en todas las historias de superhéroes que, como “Sigfrido”, son historias de hombres descubriendo sus poderes… Wagner no inventó nada de esto, pero sí que lo popularizó y modernizó de una forma que ha sido recurrente en la cultura, sobre todo si miras a Hollywood: muchos compositores lo imitaban o adaptaban sus historias al cine, y aún puedes encontrar ecos de Wagner en “La guerra de las galaxias”, “El señor de lo anillos”, “Matrix”, “Capitán América” y en casi todas las películas de superhéroes, aunque la idea del héroe y del salvador también es muy problemática en muchos sentidos, porque el héroe es siempre un hombre. Lo más increíble en Wagner es que el héroe, Sigfrido, es un personaje muy decepcionante: al final de la saga de los Nibelungos tienes a este héroe rubio con su espada que se convierte en un adulto muy poco atractivo y que pierde su heroísmo. Acaba siendo Brunilda la que interviene y lo salva todo, con lo que la heroína es la que juega un rol importante, pero a Wagner no le interesaban los personajes puramente buenos o malos; lo que realmente te quiere contar son historias modernas de personajes complicados, y toda la historia del anillo es una alegoría de la vida moderna, y de la política, y de la psicología. Eso es lo que me interesa de Wagner: su complejidad, la historia de la burguesía y su decadencia contada a través de estos arquetipos de la mitología alemana.

“El anillo” también se podría traducir a la situación actual, con todos los Bezos y Musks del mundo…

Sí, es como todo lo que pasa con Silicon Valley y Facebook y todos estos personajes que tienen tanto poder. Lo más interesante de “El anillo del Nibelungo” es que el conflicto se desencadena por este objeto pequeño, que no es un arma masiva pero describe un poder inconcebible… Podría ser una metáfora de cómo la gente usa internet. La gran paradoja del “Anillo” es que da un gran poder, pero la gente que lo posee nunca es feliz, y acaban tratando de corregir su error y disculpándose por lo que han hecho. Parece ser el destino que espera a todos los que acumulan poder y que jamás lograrán un final feliz.

¿Recuerdas cuál es la primera ópera de Wagner que viste?

La primera que escuché fue “Lohengrin”. Era muy joven, debía tener diez años, y era una grabación que saqué de la biblioteca. No me gustó, era muy rara, me hizo sentir enfermo… Lo rechacé. En la universidad fui a ver “Tristán e Isolda” y recuerdo la emoción con el tercer acto, que empieza con esta música que es un sueño oscuro y lúcido… Y el sonido del violonchelo y de las cuerdas, y esa desesperación… La música me habló y fue la primera vez que conecté con Wagner, pero me llevó años llegar a entender qué estaba pasando, no solo en el drama, sino con las ideas que refleja su obra.

Publicado en Rockdelux (octubre 2021)

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